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La peligrosa idea de Darwin

Por Episteme - 15 de Septiembre, 2007, 16:02, Categoría: Evolucionismo

Reseña de:

Dennet, Daniel (1999)

La peligrosa idea de Darwin.

Barcelona : Galaxia Gutemberg

(original en inglés, 1995), 926 páginas.

Alejandro Ramírez Figueroa

Sumario revista DOXA N°3

 

El origen de las especies se publicó en 1859. Desde entonces, pero especialmente en los últimos 50 años, la Teoría de la Evolución por selección natural se ha convertido en objeto de análisis epistemológico y filosófico en general. La razón de esto puede estar en los alcances de dicha teoría. Hay teorías científicas que , por su contenido y propuestas rebasan completamente los límites de su disciplina e influyen , no sólo en otras ciencias u otras teorías, sino que en casi todos los ámbitos de una cultura o de una civilización incluso. Ello ocurrió, por ejemplo, con el heliocentrismo; no se trató de un mero cambio entre una astronomía por otra más explicativa , con mayor alcance empírico o que resistiera mejor las contrastaciones, ni se trataba, tampoco, sólo de una transformación epistemológica radical. El fenómeno fue amplio , profundo y duradero en toda la cultura y en la manera de sentir la vida, en la forma en que los hombres se consideraron en el universo, en lo que significa ser o no ser un centro y entidad creada. Más adelante, la mecánica newtoniana, aparte de constituirse en la primera síntesis y modelo moderno de ciencia y de conocimiento, tuvo, también, una influencia parecida. Todo podía entenderse y reducirse a explicaciones mecánicas; no sólo eso, la Ilustración sintió que todo era explicable y racional en términos de acciones de fuerzas, desde los cuerpos, hasta la economía y el alma. Ello duró con plenitud hasta el mecanicismo , esto es, hasta fines del siglo XIX. Es posible que la teoría darwiniana tenga similar, o, incluso mayor relevancia, influencia ( buena o mala) y alcances en la cultura que las dos anteriores. Ni la física relativista ni la cuántica parecen poseer dicho sentido, a pesar del calibre epistemológico que conllevan. Es posible que la actual genética molecular pueda ponerse a la par del darwinismo en cuanto influencia cultural.

Darwin ha venido a trastrocar un mundo "tranquilo" . Antes de Darwin nada se oponía, en términos de conocimiento, de ciencia, a la idea de un mundo bondadosamente creado. Así expresa Dennett la idea matriz que guía su libro: Casi nadie es indiferente a Darwin y nadie debería serlo. La teoría de Darwin es una teoría científica, pero no sólo eso. Los creacionistas que se oponen tan amargamente tienen razón en una cosa: la peligrosa idea de Darwin penetra más profundamente en el entramado de nuestras creencias fundamentales de lo que muchos de sus refinados apologistas han admitido hasta ahora. ( cap I pág. 16 ). Y añade a continuación: El amable Dios que amorosamente nos ha creado ( a todas las criaturas, grandes y pequeñas) y que, para nuestra delicia, ha esparcido por el cielo las brillantes estrellas, ese Dios es, como Papá Noel, un mito de la infancia, y no algo en lo que un adulto en su sano juicio y no desesperado pudiera realmente creer. ( op. cit.)

Se trata, pues, de un asunto delicado. En la primera parte del libro , Dennett da la idea matriz de dicho asunto y hace ver por qué es delicado; en la segunda parte, debate con otros filósofos de la biología y biólogos acerca de dicha idea y en la tercera y última parte, extiende el problema hasta el problema de la mente y la cultura. En realidad, Dennett es un filósofo que ha tenido gran relevancia dentro de la actual filosofía de la ciencia cognitiva, al defender la postura intencional de la mente en contra, principalmente, de los eliminativismos de Churchland o Armstrong o del funcionalismo de Putnam o Fodor. En este texto, conecta sus intereses en filosofía de la mente con la cuestión de la evolución.

La idea central defendida por Dennett es que se puede entender la selección natural como un proceso algorítmico. Y nada más que eso. Nada más se requiere para que haya aparecido lo orgánico y, finalmente, la mente humana. Somos un algoritmo. Hasta Darwin era claro que algo como la mente no podía emerger de algo inferior , o distinto; se requería un "diseñador" , un ser cogitante en grado sumo. El autor se detiene en el análisis de los argumentos que daba Locke a favor de esta idea y de cómo Hume , en su Diálogo sobre la religión natural estuvo a punto de ver más allá. Pero el peso de las ideas reinantes era demasiado fuerte, y su intento abortó. Si no era mediante la idea de la actuación de una mente diseñadora, no era explicable la existencia de nuestras mentes.

La teoría evolutiva darwiniana cambió tal situación. Y ello basta para advertir los alcances culturales de la teoría que, al introducir un recurso histórico en las especies orgánicas hasta entonces pensadas como fijas desde y para siempre, proporcionó una segunda vía de explicación para la existencia humana y orgánica en general. Una explicación que no necesita suponer un diseñador que guíe, que piense y produzca las criaturas que somos. El libro, en toda su extensión, se dedica a defender esta interpretación del darwinismo.

El diseñador supremo, el cogitador infinito es reemplazado por la estupidez . El algoritmo es estúpido, mecánico, ciego. Pero, a la vez, invariablemente poderoso, productivo e infalible y, merced a eso, paradojalmente, capaz de producir algo inteligente y creador. Eso es la selección natural.

Dennett ejemplifica. El ejemplo de un campeonato deportivo por eliminación es esclarecedor. Es el caso de un torneo de tenis. Hay una organización en que juega cada pareja; los perdedores se retiran; los ganadores pasan a otra ronda y se enfrentan nuevas parejas. El procedimiento se repite hasta llegar a la última pareja y, de allí, el ganador será el campeón. Esto es, el algoritmo asegura que, de todos los jugadores que inician el juego solamente uno de ellos llegará al final sin haber perdido nunca. Otro ejemplo; afirma Dennett: un chef puede decir: Cocer a fuego lento el pescado en vino blanco hasta que esté bien hecho. Pero un algoritmo debe decir: Escoja un vino blanco cuya etiqueta diga seco; coja un sacacorchos y abra la botella; vierta un chorrito de vino..." ( pág. 73) etc., esto es una larga y fatigosa división de pasos, fáciles de seguir, y mientras más larga, mejor. Tal algoritmo, pues, no requiere decisiones ni conocimientos ni inteligencia por parte de quien la sigue; sólo necesita seguirla.

Volvamos ahora al ejemplo del tenis , que parece mucho más claro, para ver en qué consiste un algoritmo y cómo la selección natural se explica por ese concepto.. 1) Lo primero es la neutralidad, afirma Dennett, que, en realidad, es un rasgo formal. El algoritmo funciona con completa independencia de la materialidad y del poder causal de los elementos que componen el sistema de que se trate. Sólo es relevante la forma lógica. Es indiferente la ropa, el nombre, etc de los jugadores: lo decisivo es que jueguen a parejas y uno pierda. 2) Una segunda cuestión notoria es que el algoritmo gasta tiempo. Y en el caso de la evolución, mucho tiempo. La forma lógica es un proceso. Y eso es justamente la evolución: pasar de muchos jugadores hasta evolucionar hasta el campeón. 3) Quizás el rasgo más paradojal es lo que Dennett denomina la estupidez subyacente del algoritmo. Afirma: Mientras que el diseño global del procedimiento puede ser brillante, o producir resultados brillantes, cada paso constituyente así como la transición entre los pasos es absolutamente simple ¿Cómo de simple? Lo suficientemente simple para que un idiota obediente lo realice o para que un dispositivo mecánico lo lleve a cabo ( p.72) . Los algoritmos son como recetas ( el segundo ejemplo mencionado arriba). 4) Una cuarta determinación es la de proporcionar una garantía en los resultados. Como se ve, jueguen como jueguen los tenistas, alguien siempre gana y alguien siempre debe retirarse y alguien siempre resultará campeón. Aquí se presenta siempre un malentendido, afirma el autor. Los críticos de esta peligrosa idea se inclinan a pensar que en realidad es la calidad del jugador el que lo lleva a ganar y, al final, a vencer en el torneo. Su calidad tendría una eficacia causal en su éxito. Pero, el asunto es que , sea como sea que juegue un jugador, lo que afirma el algoritmo es que producirá un ganador, no que sea ni el mejor ni el que tuvo más suerte, etc. De igual modo, no se puede afirmar que sean las propiedades causales de los electrones de un circuito computacional el que produzca el cumplimiento de un programa; ello se lleva a cabo sólo por el orden lógico, por el algoritmo del programa, por los pasos fijos estipulados en la receta. Los músculos y el cerebro del tenista tendrán capacidades causales para hacerlo moverse en la cancha, más no para producir directamente el efecto de que el sistema total tenga un campeón. El hecho de que en el campeonato haya un campeón depende de la receta, de la forma en que está estipulado los pasos que se deben seguir. Si , por ejemplo, el juego se organizara de tal modo que se aceptara que el juego terminase en la semifinal, entonces sería otro algoritmo . Hicieran lo que hicieran los jugadores, siempre habría dos ganadores. 5) queda un rasgo , quizás el más difícil. El algoritmo no está hecho para que el tenista que salió campeón hubiera tenido que salir campeón. El torneo no estuvo hecho para que él justamente ganara. Lo único que asegura el algoritmo es que alguien será ganador, pero no quién. Si se volviera a jugar inmediatamente el mismo torneo, con las mismas condiciones, es claro que cualquier otro podría ganar esta vez. El azar, aquí, es el protagonista.

Si se traslada todas estas características a la evolución, se tiene esta figura : la selección natural es capaz de explicar por qué hoy una especie es como es, sólo apelando a la capacidad de funcionamiento ciego de un algoritmo que selecciona y selecciona, a través de eones, que preserva a quienes mejor se adaptan a las condiciones del medio.( adaptacionismo). Como todo algoritmo, aquello que produce una especie determinada es sólo el poder formal aplicada infinidad de veces sobre sus propios resultados ( de allí que la evolución sólo es posible en grandes lapsos). Además, como todo algoritmo, es sólo un recetario simple y estúpido. Pues bien, es ese mecanismo ciego el que puede producir , mediante su infinita reduplicación, algo inteligente, tal como el torneo eliminativo al final produce el campeón. Pero, al igual que la identidad del campeón, la especie human que hoy conocemos, nosotros, no está asegurada por el algoritmo. El algoritmo no tiene ninguna finalidad. Es más, puede haber algoritmos perfectos , que no produzcan nada interesante. Esto nos enfrenta con la concepción humana que se contiene aquí: somos producto del azar. Una confusión siempre presente, dice Dennett, es creer que la selección natural es un procedimiento para producir finalmente al hombre. (Teilhard de Chardin creía eso.). Nada en el algoritmo asegura que un jugador en especial llegará al final. Hoy, en nuestro lugar, debido a la infinita variedad de circunstancias que intervienen, otra especie podría haber llegado a donde estamos nosotros. Es duro, afirma Dennett, pensar en que no estemos aquí por algo, debido a alguna razón especial para nosotros. Pero, si así fuera, no se lo puede demostrar. En cambio, el algoritmo , la selección natural, sí ofrece una explicación plausible, bastante contrastada. Quiero citar de nuevo a Dennett : "Aquí está, pues, la peligrosa idea de Darwin: el nivel algorítmico es el nivel que mejor explica la velocidad del antílope, las alas del águila, ...Es difícil creer que algo tan estúpido y tan mecánico como un algoritmo pueda producir cosas tan admirables. Por muy impresionantes que sean los productos de un algoritmo, siempre el proceso subyacente no consiste más que en un conjunto de pasos individuales , no inteligentes, que se suceden unos a otros sin la ayuda de una supervisión inteligente...Se alimentan unos a otros por el ciego azar .( p 87). Por supuesto que la mayoría de los algoritmos hacen cosas no interesantes o, aún, inútiles; pero no implica que haya otros que produzcan algo cualitativamente superior a su propio funcionamiento. Es el caso de la selección natural y sus producciones.

Este es, entonces, el punto central del libro. Pero el libro contiene mucho más. El lector podrá encontrar en él, en las partes II y III, los debates sobre la evolución en la propia biología , en la llamada síntesis moderna . Por ejemplo, el neodarwinismo ha producido la idea de que es posible una evolución sin adaptación, sólo por la reduplicación interminable de lo mismo. Es claro, afirma Dennett, que la teoría de Darwin puede acomodarse a eso mediante la idea del algoritmo. El autor debate con biólogos no adaptacionistas, como Gould, o Lewontin, por ejemplo, para tratar de demostrar que esa postura no implica nada en contra de la propuesta a favor del algoritmo. En la tercera parte y final, Dennett discute su interpretación de la evolución como algoritmo en la cultura, en las ideas y en la mente. Inevitable no toparse allí con la propuesta de Dawkins, quien en 1976 produjo la idea de que había, en la cultura, cierta unidad de evolución cultural. Al igual que es el gen el elemento que soporta la explicación evolutiva, sería el "MEME", la unidad de evolución cultural. El meme es una unidad de significado, no sintáctica, que se transforma y cambia. Por ejemplo, las primeras cuatro notas de la quinta sinfonía de Beethoven es un meme: se replica a sí misma en múltiples roles diferentes que se esparcen y separan de su contexto y comienzan a cambiar de significado. ( p.560). Al revés de lo que sucede con la selección natural, la cultural es rápida. Además, la selección natural no posee inercia: una presión puede ejercerse durante miles de años y luego desvanecerse. En cambio, en la evolución cultural, tal cosa no ocurriría. En todo caso, la idea fundamental es que , al igual que los genes, los memes no se replican" para algo"; sólo lo hacen, nada más. Y eso es suficiente fuerza explicativa. También, en el cap 13 de la parte III, se encuentra un importante debate en torno al carácter evolutivo del lenguaje. Para Descartes, por supuesto que el alma, la mente en términos actuales, no es evolucionada: es una marca no transformable que diferencia al hombre de la máquina y de los animales. Esta cuestión cobra, hoy, gran relevancia en la actual filosofía de la mente. Pensadores como Chomsky, Fodor y Gould, desde distintos lugares teóricos, atacan el evolucionismo: lo mental y, específicamente una de sus mayores marcas, el lenguaje, no puede haber evolucionado. En realidad, a nivel genético individual, estos autores parecen tener razón: un niño aprende su lengua materna más o menos automáticamente; algo tan complejo como una lengua no podría ser aprendida inductivamente. Sin embargo, argumenta Dennett, el punto no es cómo un niño se hace de un lenguaje, sino cómo nuestra especie llegó a incorporar el lenguaje, lo cual es un asunto distinto. Finalmente, recomiendo al lector, fijarse en la discusión de Dennett con Penrose acerca de la naturaleza de los algoritmos. ( cap.15). Si el algoritmo posee la importancia que hemos visto en la postura del autor, es importante asistir a la defensa que hace frente a otras opiniones sobre el tema.

Pero, dado que el asunto parece centrarse en el la naturaleza explicativa del algoritmo, podría pensarse en un contra argumento a favor del creacionismo. Se podría aceptar que un algoritmo sea el productor del hombre . Ello no impediría, entonces, plantear la tesis de la necesidad un autor del algoritmo mismo, lo que equivale a dar una vuelta al argumento de la gran mente diseñadora. Eso sí, aceptar la creación del algoritmo supone aceptar la creación de una formalidad que se cumplirá en eones, y no instantáneamente como supone el creacionismo tradicional. Dicha súper mente no diseñaría hombres directamente: diseñaría algoritmos para producirlo. Pero este argumento no funciona. Y no porque la hipótesis de una mente diseñadora del algoritmo no sea plausible, sino porque el algoritmo no trabaja como requeriría esa hipótesis. Recuérdese: el algoritmo no produce necesariamente algo determinado. La evolución no tenía por qué haber producido necesariamente a la especie humana, tal como el campeonato no asegura que una determinada persona llegue al final del juego. El biólogo Stephen J. Gould lo dice así: Si volviéramos a rebobinar la cinta de la vida, y la proyectáramos de nuevo, una y otra vez, la posibilidad de que fuéramos nosotros el producto final a través del molino de la evolución es infinitesimal.( p 82). La evolución no existe para nosotros. Sólo "de hecho" nos ha producido. Esto basta , a mi juicio, para dudar de la fuerza de un replanteo creacionista sobre la base de una mente diseñadora de algoritmos.

Pasaron aproximadamente cien años hasta que Kant tomara finalmente las ideas contenidas en la física moderna naciente para producir su gran síntesis explicativa sobre el conocimiento y la razón. Han pasado siglo y medio desde la teoría de la evolución. En ese lapso se ha replanteado en términos biológicos y se la ha estudiado en términos filosóficos, algunas veces con nefastas consecuencias sociales. Quizás no sea imposible pensar en una nueva síntesis sobre las ideas de razón, de mente y de conocimiento sobre la base de Darwin.

1.- Alejandro Ramírez es Dr. en Filosofía y académico del Departamento de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile. alramire@abello.dic.uchile.cl

 

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