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El mito de la ciencia

Por Episteme - 18 de Septiembre, 2007, 13:46, Categoría: Filosofía de la ciencia

El Mito de la ciencia.

Miguel A. Quintanilla

No parece exagerado afirmar, por paradójico que resulte, que la ciencia es uno de los grandes mitos de nuestro tiempo. Nuestra sociedad rinde culto a la ciencia aunque no sabe muy bien (quizá porque no sabe muy bien) en qué consiste aquello que venera: el científico por su parte parece muy consciente de su propia ascendencia social y, en consecuencia, tiende a reforzar con signos externos la excelsitud de su tarea en vez de reforzarse (salvo raras excepciones) por salvar la distancia que existe entre la sociedad y él. Los mismos filósofos que pueden adoptar frente a la ciencia tanto una actitud de admiración e identificación como de crítica y "superación", se mantienen por lo general, en todo caso, dentro de la más estricta observancia del tabú: la ciencia no se pude tocar. Ante el fracaso de los últimos intentos de "reforma" filosofía de la ciencia, como el de Bergson, la actitud que predomina ahora entre quienes no quieren identificarse con (o "reducirse" a) el espíritu científico (generalmente con el propósito de salvar así el espiritualismo que ven amenazado por la ciencia) consiste a lo más en delimitar respetuosamente los campos y establecer pactos de no agresión renunciando de antemano a cualquier tipo de ingerencia en asuntos ajenos. Los filósofos más recalcitrantemente anticientíficos parecen así lanzados a una veloz carrera hacia la esquizofrenia intelectual, una especie de versión actualizada de la doctrina medieval de la doble verdad[1]. Y la comparación no es ociosa, puedes en último término se podría afirmar que nuestra sociedad es tan científica como la medieval pudo ser teológica: en ambos casos lo que predomina es una forma de pensamiento que ante todo y sobre todo resulta ser una dogma y un misterio. Apurando las cosas se podría afirmar, con cierto buen sentido, que la ciencia es una forma actual de la religión[2].

Ante esta situación pensamos que una de las tareas urgentes del filósofo crítico de la ilustración de nuestros días, es contribuir a disolver el mito de la ciencia.

Quien haya leído la última frase puede pensar que se encuentra ante algo así como el comienzo de un nuevo ataque de la filosofía contra la ciencia. Pero entiendase bien: nos proponemos  desmontar  la  mitificación de la ciencia,  no  la ciencia como tal.  Y  para  que  nuestra perspectiva que de clara desde el principio no tenemos inconveniente en declarar desde ahora que toda nuestra reflexión critica parte de un supuesto previo según el cual la ciencia es la forma mas desarrollada, compleja y apreciable del saber. Mas no se nos tache tampoco, por esta ultima declaración, de positivitas y cientificistas (positivismo, cientificismo) a ultranza, pues para nosotros la ecuación "saber = ciencia" no supone tanto la entronización cuando el derrocamiento de cualquier tipo de imperio absolutista ejercido por la sabiduría.

Como se vera en las paginas que siguen, la mitología de la ciencia que vamos a intentar desmontar tiene sus bases en una concepción positivista (es decir, entre otras cosas, cientificista y dogmática pero para nosotros la raíz de la mitificación no reside en el cientificismo positivista (ciencia = saber), sino en la actitud dogmática (saber = "sabiduría" o conocimiento absoluto, definitivo, etc.)[3]. A nivel de la filosofía de la ciencia este dogmatismo se localiza sobre todo en un dato que, de puro generalizado, normalmente apenas si se puede percibir: el hecho de que en cualquier discusión se de siempre por supuesto el contenido del concepto de ciencia. Para nosotros este concepto no es – o no es enteramente- algo dado de una vez por todas, sino precisamente algo que hay que construir (y reconstruir a cada paso de la historia). Su construcción será precisamente el objetivo fundamental de la filosofía de la ciencia. Para ello habrá que superar ciertas concepciones míticas (ideológicas) (ideología), ciertas imagines que, hoy por hoy, dificultan esta tarea De entre todas ellas centraremos nuestra atención en las que atribuyen a la ciencia alguna de las tres notas siguientes:

1.       la ciencia es infalible o al menos  absolutamente objetiva y progresiva;

2.       la ciencia es neutral;

3.       la ciencia es autónoma.


1.         La infalibilidad, la objetividad y el progreso de la ciencia 

Para una concepción positivista de la ciencia (para la concepción predominante en nuestra cultura) el conocimiento científico es un conocimiento seguro y su alcance es ilimitado. Lo más claro, sin embargo, de esta idea de la ciencia es un carácter mítico. Distinguiremos en este mito una formulación fuerte y una formulación débil.

La formulación  fuerte es la que se corresponde, estrictamente hablando, con el mito de la infalibilidad de la ciencia. Las ideas que componen este mito son las siguientes:

1)       La verdad científica es absoluta y definitiva: un enunciado realmente científico (que normalmente quiere decir comprobado), tiene un valor igual. Y muy semejante al de un enunciado del tipo "2 + 2 = 4"

2)       El conocimiento científico es un conocimiento total: lo que sea, por ejemplo, la inteligencia se agota en lo que la psicología científica me dice actualmente sobre ella.

3)        El conocimiento científico es el conocimiento seguro: las dudas no son asunto de la ciencia; cuando ésta ha logrado un descubrimiento o ha formulado una ley, esta ley se cumple siempre, aquel descubrimiento vale para siempre. Una consecuencia práctica  de  esta  concepción  es  la  que  hemos  elegido  para  dar nombre general a este conglomerado de ideas:

4)       Según ellas las predicciones científicas son infalibles: si la ciencia dice que en tales circunstancias sucederá tal cosa debe suceder; o si, por el contrario, queremos estar seguros de lo que sucederá en tal circunstancia, lo único que debemos hacer es preguntar a la ciencia.

Esta  mitología de la infalibilidad puede darse tanto en el ámbito de las ciencias naturales como en el de las ciencias sociales. En las ciencias sociales responden a una concepción de tipos clásicos, anclada en los tiempos en que se pensaba que la mecánica de Newton y la geometría de Euclides eran el sistema definitivo del mundo. Pero desde entonces acá se ha descubierto, entre otras cosas, que el sistema de Newton es falso y que la geometría de eclidea no es, desde el punto de vista lógico, mas de una de las muchas geometrías posibles, algunas de las cuales, no euclídeas, resulta que se prestan mejor que las de Euclides para representar ciertos niveles de mundo físico.

La aplicación del mito de la infalibilidad de las ciencias sociales era algo que venia exigido por el propio mito una ves que el ámbito de lo social se constituyo en centro de interés científico. La consecuencia más clara de esta transferencia la tenemos en los diversos intentos del siglo XIX. En primer lugar el proyecto positivista de una sociología

 (y un política o administración) científica. En segundo lugar la pretendida demostración de la necesidad del socialismo con bases en el titulo del famoso opúsculo de Engels Del socialismo utópico al socialismo científico. Paradójicamente hoy el mito de la infalibilidad

esta muy desprestigiado en las ciencias naturales, donde nació. Sin embargo, en las ciencias sociales se sigue manteniendo a veces de forma dogmática.    

La filosofía de nuestros días rara vez se defiende de forma explicita una epistemología que responda estrictamente a esta concepción mítica, solvo, si acaso, en aquellas filosofías que menos se han acercado al conocimiento científico en su concreta realidad. Sin embargo, dentro de las filosofías "científicas" se siguen cultivando concepciones muy próximas al mito de la infalibilidad. El verificacionismo (verificación )

del Circulo de Viena (si es que hoy hay alguien que siga defendiéndolo) podría entenderse de un sentido muy próximo al del mito.                      

 La epistemología que subyace al mito de la infalibilidad de la ciencia es inaceptable.

En primer lugar porque con ella se invalida prácticamente yoda la historia de la ciencia, es decir, porque esta en contradicción con un echo fundamental de tal historia: el hecho de que la ciencia evoluciona y de que en esta evolución hay múltiples errores, paso hacia atrás, cambio, modificaciones, etc. En segundo lugar, el carácter de certeza y seguridad que se atribuye al conocimiento científico es algo que hace referencia mas a una actitud psicológica (a una ilusión, en realidad) del sujeto (científico o filosofo) que a una nota intrínseca de la ciencia. Esta no tiene ningún medio para proporcionar un conocimiento cuya certeza este garantizada.

Quizá sea  k. Popper quien mas a contribuido en la actualidad a deshacer este mito de la infalibilidad de la ciencia De acuerdo con su teoría lo que caracteriza a la ciencia no es la infalibilidad, si no precisamente lo contrario: la falibilidad o, más estrictamente, la falsabilidad, es decir el echo de que la ciencia, a diferencia de lo que sucede en teología, astrología, etc., se indican siempre las condiciones en las que podría demostrarse que nuestro conocimiento es falso, que hemos cometido un error. Lo importante para la ciencia no es, en último término, acercar, sino intentar acertar afrontar sin miedo la posibilidad del error.Esta posibilidad se reconoce como un hecho en la historia de la ciencia, un hecho fructífero, pues de cada error salen nuevas enseñanzas que hacen progresar el conocimiento.

Pero precisamente en torno el falsacionismo de Popper se podría reconstruir lo que hemos llamado la formulación débil del mito de la infalibilidad o, más exactamente, su sustitución por el mito de la objetividad y el progreso absoluto del conocimiento científico.

En este nuevo mito, mucho mas vigente en la actualidad, se parte de que la ciencia es falible, de que la verdad científica no es absoluta, definitiva ni total, sino relativa, provisional y parcial, de que el conocimiento científico no es absolutamente cierto, sino, conjetural, ni las predicciones científicas son infalibles. Admitido esto, se entiende que subsisten sin embargo dos valores fundamentales en el conocimiento científico: la objetiva y el progreso. El intento fundamental de la epistemología falsacionista será precisamente hacer compatible estas creencias en la objetividad y el progresote la ciencia con la admisión inicial de la falibilidad, provisionalidad y relatividad del conocimiento científico.

Puede parecer exagerado que  califiquemos aquí de mito a la creencia en la objetividad y el progreso de la ciencia. Para evitar malentendidos hacemos una precisión: lo que consideramos mítico es la creencia en una objetividad absoluta y en un carácter absolutamente progresivo de la ciencia. En principio, por objetividad de la ciencia se entiende que los conocimientos científicos responden a la realidad. Por progreso se entienda que la ciencia en su evolución histórica conoce cada ves mas y mejor la realidad. Ahora bien, tanto la objetividad como el progreso científico se pueden entender en sentido absoluto o en sentido relativo. En sentido absoluto suponen que hay una sola objetividad posible y una sola línea de progreso. En sentido relativo se supone que la ciencia es objetiva en relación con ciertos parámetros o criterios de cierta objetividad, e igualmente que es progresiva en una determinada línea de evolución definida a su vez por criterios concretos.En este último se deja, pues, abierta la alternativa a otros parámetros de objetividad diferentes de los que la que ciencia sigue en un momento dado y a otros criterios de progreso diferentes de los que rigen a lo largo de su desarrollo.

Según el mito de la infalibilidad, la representación científica del mundo es absolutamente correcta, completa y definitiva. Según el mito de la objetividad la representación científica del mundo en un momento dado es falible, parcial y previsión, pero es la única presentación que puede corresponder con la realidad, es la única representación objetiva. Ahora bien, para justificar esta creencia se necesitara un criterio que nos permita saber cuando nuestras presentaciones son objetivas. En principio podría pensarse que este criterio es la práctica (o la verificación). Sin embargo, esta claro que la ciencia es una representación del mundo, no solamente un instrumento para su manipulación: las leyes y teorías pretenden describir el mundo tal y como es, no se limita solamente (como pretenden el instrumentalismo y el operacionalismo) a proporcionar reglas practicas para intervenir en este mundo (del tipo: "si quieres conseguir tal efecto, actúa de tal manera").Ahora bien, el criterio de la practica(o la verificación). Sin embargo, esta claro que la ciencia es una representación del mundo, no nos garantiza que la representación del mundo sobre la que nos basamos para actuar sea objetiva. Pondremos un ejemplo sacado de la parapsicología[4]: el fenómeno de las alusiones puede ser explicado por dos teorías, una que apela a los poderes diabólicos y otra que apela a factores psicológicos y neurofisiológicos. De ambas teorías se pueden derivar esquemas de verificación práctica. En el primer caso se puede demostrar como a través de un complejo sistema de invocaciones al diablo, siguiendo ritos determinados, pueden conseguirse efectos de alucinación en uno mismo o en los demás. Según la segunda teoría los mismos efectos se obtienen por técnicas de sugestión psicológica o simplemente mediante la administración de alucinógenos. Desde esta segunda teoría se puede además reinterpretar los resultados prácticos positivos que se apoyan en la teoría diabólica explicada como en los ritos que tal teoría exige realizar existen factores de sugestión o incluso utilización de alucinógenos. Pero también los partidarios de la teoría diabólica pueden reinterpretar los resultados de la verificación de la teoría neuropsicológica en términos de "poderes diabólicos" atribuidos al experimentador o a las sustancias alucinógenas utilizadas. Tenemos, pues, dos interpretaciones totalmente diferentes del mismo fenómeno con sus correspondientes verificaciones por la practica. Y sin embargo decimos que una teoría es objetiva, responde a la realidad, mientras la otra no ¿Qué base existe para hacer esta atribución?  

También podemos citar a Popper como el autor que, de forma más representativa, ha puesto en claro, casi sin pretenderlo, que la base de la objetividad científica no es otra que el consensos o el acuerdo de los científicos. Admiramos que tal es el único criterio posible de objetividad. Lo que nos interesa señalar es que precisamente tal criterio es de tipo sociológico e histórico, es decir, relativo. Que el mundo que describe la ciencia sea para nosotros el mundo real sólo quiere decir que tal descripción se aviene bien con nuestras creencias más firmes sobre cómo es el mundo. Sin duda este mundo "objetivo" será para una espiritista pura "fantasmagoría". Y con ello naturalmente no queremos decir que los mismos derechos tiene el mundo de los espiritistas a presentarse como un mundo objetivo, sino sólo recalcar la idea de que para nosotros en el mundo objetivo no existan demonios, ello sólo (¡y nada menos!) quiere decir que no somos espiritistas. Mantener entonces la objetividad de la ciencia como un valor absoluto es una pretensión excesiva. Y de malas consecuencias para la ciencia: cámbiese el ejemplo de la parapsicología por el del psicoanálisis y se vera en seguida como la defensa a ultranza de un criterio estrecho de objetividad científica (el que corresponde aproximadamente con el programa científico del conductismo) elimina del campo de la ciencia a un conjunto de teorías sobre las que lo menos que se puede decir es que hoy por hoy siguen ofreciendo un indudable interés como programa de investigación.

En general, podemos decir que el mito de la objetividad absoluta de la ciencia es una variante del dogmatismo implícito en la concepción de la infalibilidad. Supone que lo que es la evidencia establecida hasta el momento debe seguir siendo mantenido en el futuro, porque es la mejor representación posible de la realidad. Esta concepción conduce, pues, a una especie de conservadurismo científico que puede dificultar el desarrollo de la ciencia, especialmente los cambios revolucionarios en ésta y sobre todo aquellos cambios que suponen la instauración de una ciencia enteramente nueva.

            Si estamos dispuestos a admitir que la objetividad científica es relativa, podemos incluso aquilatar  mucho más nuestras condiciones de objetividad y sus límites. Especialmente en el sentido de dar cabida en la ciencia no sólo al acuerdo, sino al desacuerdo radical entre los científicos dentro de un campo mucho más amplio que le que define la llamada evidencia establecida en un momento dado. En concreto podemos contentarnos con unas condiciones de objetividad mucho más amplias, como por ejemplo, la coherencia de la ciencia con una concepción materialista (materialismo) que actuaría como soporte ontológico de la comprensión científica del mundo. Este requisito tiene la ventaja de ser suficientemente amplio y suficientemente crítico. Sobre una base común materialista se puede criticar en realidad casi toda la evidencia establecida hasta el momento. Y sin embargo también es lo suficientemente estricto como para que en su nombre podamos descalificar las posibles pretensiones d objetividad por parte de una parapsicología que hace invocaciones al diablo[5]. Finalmente, queda claro que el materialismo es una posición filosófica típica de una cultura determinada y que, por consiguiente, la objetividad científica que en él se justifica tiene ese carácter relativo (relativo a la cultura) del que hablamos. Pero para defender todo esto hay que discutir otro de los mitos actuales sobre la ciencia: el que se refiere a su neutralidad. Antes de pasar a él, digamos todavía algo sobre el progreso científico.

Para que haya progreso científico es preciso dar por supuesto que el conocimiento científico es objetivo. Pero la idea de progreso tiene un contenido más rico que la simple idea de objetividad. El conocimiento es objetivo si responde a la realidad, es progresivo si cada vez abarca más amplia y profundamente la realidad. Una idea (mítica) tan actual como la de la objetividad absoluta de la ciencia es la del carácter absolutamente progresivo de su desarrollo, que no significa, estrictamente hablando, que la ciencia no comenta nunca errores, sino más bien que, aun con sus errores, la ciencia siempre avanza en su tarea de representar el mundo de la manera más amplia y precisa. En otras palabras podría decirse que, como sucedía con la objetividad (considerada como la única posible), también aquí el mito del progreso absoluto de la ciencia significa implícitamente que la línea de desarrollo que ésta sigue en su evolución es la mejor posible, la que de manera más eficaz garantiza el aumento de nuestro conocimiento. Si la garantía de la objetividad era el mantenimiento de la evidencia establecida y el acuerdo de los científicos sobre la base de tal evidencia, la garantía del progreso de la ciencia será el hecho de que las teorías científicas amplíen cada vez más al ámbito de su aplicación y vigencia (o que las teorías tengan cada vez mayor contenido, sean más comprensivas, etc.).

Está claro, sin embargo, que el progreso científico no tiene carácter absoluto. No se puede negar, desde luego, que la historia de la ciencia presente un carácter progresivo; pero de lo que trata es de saber si la línea de progreso no podría haber ido (en futuro anterior la pregunta no tiene sentido, pero se puede trasladar al futuro simple: si no podrá ir en adelante) por otros derroteros más interesantes. Dicho con otras palabras: en el desarrollo de la ciencia, como en la praxis política, cada paso condiciona a los que van a dar después, y comprometerse por una línea de desarrollo (de investigación) científico es un riesgo de la misma naturaleza que el que se da al comprometerse en una acción política[6]: no hay garantías a priori de que tal línea o acción sea la mas adecuada (para el progreso intelectual o moral de la humanidad o, en otros términos, para la "aproximación a la verdad" o "al bien"). Por eso la acción política sólo puede legitimarse democráticamente (y por consiguiente relativamente: la democracia, en sociedades divididas en clases intereses opuestos, es a lo sumo una democracia "por parcelas"). Se necesitaría pues, igualmente, una especie de metodología democrática para la ciencia[7].

2.         El  mito de la neutralidad de la ciencia.          

 Que la ciencia es neutral es algo demasiado escuchado en nuestros días como para que nos detengamos ahora a justificar la elección de esta nota como característica de la mitificación actual de la ciencia. Trataremos pues únicamente de desnudarla un poco desplegando algunos de los aspectos que encierra.

La neutralidad de la ciencia se plantea en dos dimensiones que denominaremos antológica y axiológica. La neutralidad antológica se refiere a la independencia del conocimiento científico con respecto a toda cuestión metafísica o filosófica sustantiva. La neutralidad axiológica encuentra su versión más conocida y ramplona en la idea de que la ciencia no es ni buena ni mala, sino que todo depende de para qué se utilice: justamente como si la ciencia fuera un artefacto o quizá una fuerza natural a disposición del usuario por un módico precio. Componentes más refinados del mito de la neutralidad axiológica se encuentran en la idea, también muy extendida, de que las ciencias sociales no implican si suponen ni obligan a una determinada forma de acción, sino que simplemente se limitan a proporcionar medios técnicos para conseguir fines previamente dados.

Dentro de este complejo mito de la neutralidad podemos distinguir todavía diversas formulaciones. Nos contentaremos con dos que denominaremos radical y moderada. La formulación radical es también característica  de una concepción positiva. Se apoya en unos cuantos prejuicios sobre la naturaleza de la ciencia. Concretamente los siguientes:

a)       La ciencia se ocupa de hechos y sólo de hechos: las leyes que descubrenop son sino generalizaciones empíricas;

b)       Los hechos son independientes de las teorías e interpretaciones, es decir que sobre un mismo hecho o conjunto de hechos podemos dar en principio diversas interpretaciones teóricas, pero estas interpretaciones no afectan al dato fáctico que permanece así como piedra de toque, juez imparcial de todas las teorías;

c)       Entre hechos y valores o normas hay un hiato insalvable, en el doble sentido de que de los hechos no se pueden derivar normas si sirven para fundamentar valore, y en el sentido opuesto de que las valoraciones y las normas no pueden en modo alguno afectar a la objetividad de los datos fácticos sobre los que se apoya la ciencia.
                                                                                                  

Esta claro que sobre estos presupuestos queda ampliamente fundamentado el mito de
la neutralidad: las cuestiones ontológicas no son si no un caso extremo  y especial de las cuestiones de interpretación teórica, de manera que si se rechaza al "contaminación" teórica de la ciencia, con más razón se rechazara la ontológica.

Pero igualmente esta claro que esta versión radical del mito de la neutralidad de la ciencia es difícilmente sostenible en cuanto se pretende ser minimamente crítico y realista. Hay  en concreto dos principios que son casi axiomas de la actualidad filosofía de la ciencia y que exigen una inmediata revisión del ingenuo neutralismo al que acabamos de referirnos:

1)     No hay hechos sin teorías ni observaciones sin interpretaciones. 

2)     No hay ciencia sin normas y valores.

El primer principio está ampliamente apoyado no sólo por exigencias de la propia reflexión filosófica sobre la ciencia y su metodología, sino también por los propios resultados científicos de la psicología de la percepción y del pensamiento. De hecho el supuesto positivista (y su versión fenomenalista o empirista) de que hay hechos puros (o fenómenos o experiencias puros) se asienta sobre algunas falsas interpretaciones de datos psicológicos elementales como los de la percepción o el pensamiento. La psicología de la forma y la psicología evolutiva de J. Piaget han demostrado en la actualidad que las configuraciones perceptivas y conceptuales no son "puras", sino que en ellas intervienen inevitablemente las aportaciones del sujeto. Por otra parte, a nivel de la metodología de la ciencia, también ha sido Popper quien más ha insistido –hasta lograr generalizar su teoría- sobre la imposibilidad de constatar puros hechos independientemente de su marco teórico.

Paralelamente, a nivel axiológico, se ha puesto de manifiesto, en primer lugar, que la propia ciencia es un valor o un sistema de valores[8], en segundo lugar que la metodología científica es ante todo un sistema normativo, y ello no sólo en el sentido de que por su propia naturaleza de metodología está constituida por un conjunto de reglas o preceptos (que pretender ser realización de valores científicos como la verdad, la intersubjetividad del conocimiento, etc.), sino también en el sentido de que buena parte de las reglas del método científico (y de los valore de la ciencia) son estrictamente reglas y valores morales: por ejemplo la sinceridad de las declaraciones de los científicos en los intentos de refutar teorías[9].

Por último, y por lo que respecta a la ontología o "cuestiones últimas" también esta cada vez más claro que, de una forma u otra, en el lenguaje científico se asumen postulados de existencia de determinadas entidades e incluso que en buena parte de las discusiones teóricas, tanto a nivel de las ciencias formales (lógica y matemáticas) como de las empíricas, conducen en último término a tales cuestiones ontológicas[10]. Pero sobre todo se constata fácilmente que no sólo una determinada ontología puede ser necesaria para una ciencia, sino que la más especulativa de las metafísicas puede temer incluso un valor heurístico o genético para la ciencia[11].

Basándose en estas ultimas constataciones de puede construir una crítica del neutralismo radical, bastante contundente, aunque no deje de ser por ello una nueva forma, más moderada, de neutralismo que, sin embargo, nos sigue pareciendo mítica.

Por lo que se refiere a la neutralidad de la ciencia con respecto a la ontología, la metafísica o la filosofía, el neutralismo moderado pude llegar a admitir dos cosas:

1)    que la ciencia habla de la realidad, no sólo de las apariencias, y en este sentido supone la aceptación de la existencia de tal mundo real, supuesto que desde luego es ontológico o filosófico;

2)    que la metafísica tiene un valor de orientación e inspiración para la ciencia, en el sentido, por ejemplo, en que el atomismo filosófico puede ser un precedente de las modernas concepciones científicas atomistas. Pero, admitido esto, la línea de demarcación se impone después de forma tajante: a pesar de todas las familiaridades que pueden admitirse entre filosofía y ciencia, siempre quedará a salvo la neutralidad filosófica de ésta por el hecho simple de que la ciencia no podrá dirimir entre filosofías opuestas. Puede que una filosofía sea más adecuada que otra o más útil para la ciencia, puede suceder que de facto tal filosofía haya inspirado tales desarrollos en la historia de la ciencia, pero, desde un punto de vista lógico, cualquier filosofía es compatible con el conocimiento científico. Dicho de otra manera: aunque la ciencia implique un compromiso con la ontología, no implica ningún compromiso con esta o aquella ontología. Un enunciado científico supone siempre que "hay" algo tras los fenómenos, pero lo que sea ese algo no está determinado por el enunciado en cuestión ni por ningún otro que tenga estatuto científico: ese algo puede ser lo mismo el propio conjunto de los fenómenos (que quedan así como entidades últimas), que algún mundo de "noúmenos"a gusto del metafísico de turno. Otra forma de expresar lo mismo: aunque no hay discontinuidad entre hechos y teorías (a diferencia de lo que afirmaba el neutralismo radical o ingenuo), existe sin embargo todavía una discontinuidad entre teorías científicas y teorías filosóficas u ontológicas, reflejadas en el hecho de que mientras las relaciones entre teorías científicas y hechos son relaciones lógicas de implicación, las relaciones entre teorías científicas y filosóficas no lo son: una misma teoría científica puede ser compatible con diversas teorías filosóficas incompatibles entre si y viceversa, mientras que en la ciencia –al menos como ideal- una misma teoría científica no puede ser compatible con cualquier hecho ni a la inversa. De esta manera el neutralismo moderado termina en realidad por ser un neutralismo puro, aunque no tan grosero como el que veíamos anteriormente. Sus consecuencias por lo que respecta ala mitificación de la ciencia son, en cambio, similares. Por lo pronto la ciencia continuará siendo una especie de conocimiento "puro" de hechos, por más que estos hechos vengan ahora teñidos de ciertas connotaciones teóricas; en tales connotaciones habrá siempre un límite a partir del cual la inflación de teoría conducirá al abandono automático, y como por decreto, del campo de lo científico[12].

Por lo que respecta ala neutralidad axiológica, la versión moderna del mito se

Refugia, como último reducto inextricable, en le axioma de la llamada falacia naturalista: del hecho, en cualquier caso, no se puede pasar a la norma. De manera que, aunque se admita que para el desarrollo científico se necesita un cierto clima cultural y la vigencia de

un sistema de valores –entre los que habrá de contarse, por ejemplo, la libertad de expresión- , y aunque se admita también que la propia ciencia es un valor que puede servir

de modelo para otras prácticas sociales (propugnando la honestidad del científico, por ejemplo, o aun la pluralidad de opiniones, etc.)[13], sigue quedando en pie el axioma  fundamental del mito del neutralismo que afirma que los resultados de las ciencias son en

última instancia independientes de cualquier sistema de valores, o que los valores científicos son ante todo instrumentales: la ciencia proporciona medios valiosos para realizar fines que, sin embargo, pueden ser a su vez valiosos o no; la ciencia, en fin, aunque necesita un clima de libertad para desarrollarse, puede sin embargo ser utilizada para la opresión de la libertad… sin que esto sea una cuestión de su incumbencia.

En resumen, pues, la posición del neutralismo moderado podría formularse así: aunque existe una relación estrecha entre la ciencia y la filosofía, esta relación es heurística, no lógica, no afecta pues a la "esencia" de las ciencias; y aunque existe una relación entre la ciencia y los valores, esta relación es externa y unilateral: es posible que la investigación científica necesite apoyarse en un sistema determinado de valores y que, por lo tanto, en esta dirección –de los valores a la ciencia- la relación sea bastante estrecha; pero, en todo caso, en la dirección contraria sigue existiendo un hiato insalvable: la ciencia puede afectar derivadamente al sistema de valores de una sociedad pero en si misma y por si misma no crea valores: se mantiene siempre en el campo de lo que es y desde allí no puede nunca pasar a lo que debe ser. Pretender lo contrario sería incurrir en la falacia naturalista.

Ahora bien, aun en esta versión moderada y llena de matices, la pretendida neutralidad ontológica y axiológica de la ciencia nos sigue pareciendo un mito. Su planteamiento y defensa sólo es posible sobre la base de una consideración abstracta de la ciencia que deja a ésta reducida a su dimensión lingüística, e incluso al aspecto puramente sintáctico del lenguaje (sintaxis).

Desde el punto de vista sintáctico, en efecto, la ciencia aparece como un conjunto de enunciados que mantienen entre si determinadas relaciones lógicas (de deducibilidad) (deducción). Basta determinar un subconjunto de tal conjunto como punto de referencia básico por el que habrá que medirse todo enunciado que pretenda ser científico, para descartar ipso facto cualquier enunciado que no mantenga relaciones lógicas con el subconjunto de referencia (llámese este subconjunto el de los enunciados básicos, como en el caso de Popper, o el de los enunciados protocolares en Carnap o Neurath, o incluso el de las teorías más o menos vigentes en un momento dado). Pero basta situarse en un contexto más amplio (aun sin abandonar una caracterización lingüística de la ciencia) como es el de la semántica o la pragmática de un lenguaje para que las cosas se compliquen inmediatamente. A nivel semántico, en efecto, se plantea el problema del significado de los enunciados en cuestión y se descubre inmediatamente que tal significado no es independiente del resto de los enunciados posibles en un lenguaje dado[14], con lo cual parece que el "subconjunto de referencia" queda inmediatamente desdibujado y referido siempre a otros subconjuntos mas amplios, hasta abarcar enunciados metafísicos (e incluso, dentro de éstos, no simplemente declarativos, sino también    valorativos).     Entonces          la justificación de un determinado criterio de demarcación –de la prioridad concedida a una significación determinada de los enunciados científicos- se presenta como una cuestión pragmática y en último término irracionalizable dentro del ámbito de los enunciados en cuestión, una especie de decisión "política". Si abandonamos además el contexto más o menos estático en que hasta aquí hemos considerado el lenguaje científico y atendemos a los procesos de desarrollo de la ciencia (procesos que caracterizan a la ciencia tanto o más- que la propia estructura lógica de ésta) entonces podemos llegar incluso a detectar en que sentido una determinada ontología (no sólo la ontología en general) es precisa para el mantenimiento y el desenvolvimiento de la ciencia. Los trabajos de Bunge, por ejemplo, ponen de manifiesto la necesidad de una ontología no fenomenalista para salir del impasse que supone la interpretación de la mecánica cuántica propuesta por la escuela de Copenhague[15]. En ciencias que afectan más directamente al hombre, como son la biología, la psicología, o la sociología, la adopción de una metafísica pluralista (con diversos niveles integrantes de la realidad) frente a una metafísica monista, o bien de una metafísica materialista frente a una espiritualista (continuidad entre los niveles frente a discontinuidad insalvable al menos en algunos de ellos), es fundamental no sólo para que la ciencia se desarrolle, sino aun para que pueda iniciarse[16].

Finalmente, si ampliamos nuestro contexto más allá del lenguaje, a los aspectos institucionales, sociológicos, culturales de la ciencia y de su historia, entonces veremos cómo las ideas metafísicas, su proliferación, su mantenimiento y su crítica son momentos esenciales de la actividad científica, tal como han puesto de relieve entre otros Feyerabend y Kuhn.

En definitiva, pues, parece que hay que acabar no sólo con el hiato irreductible del positivismo entre hechos y teorías, sino también con el hiato del neutralismo moderado entre teorías científicas y filosóficas.

Otro tanto sucede por lo que respecta a la relación entre la ciencia y los valores. La falacia naturalista conserva todo su vigor en un nivel estrictamente sintáctico, y ello por definición de las reglas del lenguaje. A nivel semántico podría, sin embargo, discutirse si las significaciones de nuestros enunciados declarativos no están afectadas de alguna manera por valoraciones, y aún si nuestros valores no están de alguna manera apoyados por la significación que damos a nuestros anunciados declarativos[17]. A nivel pragmático el primer sentido de la relación está claramente expresado en la fórmula wittgensteiniana: el significado de un término (o una expresión) es su uso en el lenguaje. Suponiendo que los usos lingüísticos estén de alguna forma regulados por normas y dependan, por lo tanto, de valores, estos nos llevarán rápidamente a admitir que, en último término,   los significados dependen de los valores[18]. Con ello sin embargo la ciencia podría seguir siendo neutral para, aunque ya no fuera neutral de (seguiría siendo neutral en sus resultados, aunque no lo fuera en su génesis). Pero la neutralidad para nos sigue pareciendo mítica, aunque para desvelar su carácter mítico tengamos que abandonar el contexto lingüístico de la ciencia. En efecto, es a nivel de la realidad institucional de ésta donde puede ponerse más claramente de manifiesto su ingerencia en el campo de los valores, y ello no de una forma extrínseca sino, por decirlo así, "esencial".

Elegiremos, por ejemplo, el contexto de la contrastación de las teorías científicas, contexto que, aunque rebasa el ámbito estrictamente lingüístico, nadie se atrevería hoy a afirmar que rebasa los límites de lo esencial de la ciencia. En efecto, la contrastación de teorías es una parte integrante esencial del desarrollo y de la investigación científica. Pues bien, en la contrastación de teorías se produce un cierto paso del es al debe, de forma además inevitable. Esto puede quedar claro si revisamos brevemente el esquema de la lógica de la contrastación. Partamos para ello de la lógica de la explicación, la predicción científica, y la aplicación tecnológica de la ciencia.

La estructura de la explicación científica se puede reconstruir como un esquema deductivo. Los elementos que intervienen en él son, por una parte, el enunciado A que describe un acontecimiento que hay que explicar (explanandum), por otra parte la conjunción de los enunciados (o conjunto de enunciados) que explican tal acontecimiento (explanans), entre los cuales hay que contar como mínimo con la teoría T y un enunciado empírico C que describe las condiciones en que tiene lugar el acontecimiento que se trata de explicar:


 

           

La lógica de la predicción científica responde al mismo esquema, sólo que leído en diferente dirección: se parte de una teoría T y unas condiciones iniciales C y se predice la producción del acontecimiento A que era quizá hasta entonces desconocido (en la explicación se parte del conocimiento de A).

Finalmente, se suele presentar la aplicación tecnológica de la ciencia como otra variante del mismo esquema. Aquí el punto de partida es también el acontecimiento A (pero no como dato objetivo que se trata de conseguir) y la teoría T que proporciona un conocimiento relevante para la producción de A; la tecnología lo que hace es crear las condiciones C que a la luz de T sabemos que nos permitirá obtener A.

Pongamos tres casos. Un caso de explicación científica: A es el calentamiento de un gas en ciertas circunstancias; para explicarlo construiremos la teoría T (teoría cinética de los gases) que explicará el acontecimiento A como una consecuencia de la circunstancia C de que el gas en cuestión estaba sometido a fuertes presiones. Un caso de predicción científica: conocemos la teoría T (la misma que en el anterior) y constatamos la presencia de las condiciones C (un gas está sometido a elevadas presiones), inmediatamente predecimos A (el gas se calentará hasta tal o cual grado). Un caso de aplicación tecnológica: deseamos conseguir el objetivo A (calentar un gas), y conocemos la teoría T (la misma), construiremos entonces un aparato que nos permita comprimir el gas hasta el punto requerido según T, creando así las condiciones C para la producción de A[19].

Aceptemos provisionalmente como válida esta caracterización formal de la lógica de la explicación, la predicción y la aplicación de la ciencia. Constataremos que en le último caso, el de la aplicación tecnológica, se debería señalar en estricta justicia la presencia de un enunciado normativo:


 




"Constrúyase C" es desde luego un mandato, no una declaración, pero su fundamentación no reside sólo en T (puramente declarativo), sino en la conjunción de T y "A es deseable" siendo aquí ya este último un enunciado valorativo. Así pues, si esta es la lógica de la tecnología, en ella no se da un paso del es al debe. Pero veamos con lo que sucede con la contrastación.

 El esquema de la contrastación es, en cierto modo, intermedio entre el de la técnica y la explicación. El punto de partida, sin embargo, a diferencia de lo que sucede en la predicción (que también puede servir de contrastación, pero vamos a situarnos en el caso extremo) es solamente la teoría T y algunos presupuestos más generales de la ciencia que por ahora omitiremos:


 
 


A primera vista no parece existir un paso lógico de T a "constrúyase C" y A. Pero ninguna teoría se postula en la ciencia de forma estrictamente gratuita, sino, al menos, en función de un valor matacientífico formulable en términos de "es preciso contrastar T", y entonces el paso lógico es claro:


 

               


Aquí "constrúyase C" aparece como una norma que se deduce lógicamente de la conjunción de T y los dos enunciados matacientíficos. Ahora bien, desde el punto de vista lógico T y "es preciso contrastar T" son independientes; de ahí que pueda decirse que "constrúyase C" no se deriva lógicamente de T; sin embargo, desde el punto de vista de la realidad material de investigación científica T y "es preciso contrastar T" son inseparables, de lo contrario T no sería una teoría científica, sino por ejemplo una expresión poética, mística, etc. Por consiguiente –y como afirmamos antes- T es en la práctica inseparable de "constrúyase C", esto es, la ciencia no sólo depende de normas, sino que crea normas, y los valores científicos no solamente son previos y exteriores a la ciencia, sino también internos a ella y consecuencias de ella. En este sentido, pues, la ciencia, como realidad institucional, no es neutral: impone valores y dicta normas de acción. El caso paradigmático de esta característica podría ser el imperativo de realizar pruebas neutrales (con todas las implicaciones éticas, políticas, etcétera, que conlleva) como condición (al menos así se hace ver a la opinión pública) necesaria para el progreso de la ciencia.

 Antes de pasar a otro punto, unas notas complementarias de lo que acabamos de decir: la primera sobre la relación entre los compromisos ontológicos y axiológicos de la ciencia. Desde luego no son independientes, como tampoco lo son sus respectivas mitificaciones. Quizá uno de los motivos fundamentales para predicar la neutralidad de la ciencia resida en el deseo de no cargar con el fardo de valoraciones que lleva consigo la filosofía; y acabamos de ver como las implicaciones valorativas y normativas que lleva consigo la ciencia dependen de supuestos filosóficos valorativos (hay que contrastar T para saber si es verdadera o falsa, porque hay que conseguir la verdad) fácilmente relacionables con sus correspondientes supuestos ontológicos (el mundo es real) y epistemológicos (podemos conocerlo).

 La segunda sobre la objetividad, el progreso y la neutralidad de la ciencia. Se trata de mitos complementarios. En cierto modo la objetividad es a la neutralidad ontológica lo que el progreso es a la neutralidad axiológica. Si la objetividad es relativa, lo es precisamente porque la ciencia –y sus criterios de objetividad- no son independientes de la ontología (materialista, según postulábamos antes) y ésta es filosófica, no comprobable, no "objetiva". Si el proceso científico es relativo, lo es porque su estimación depende de un sistema de valores y el sistema de valores no es independiente del propio sistema a medir: no se pueden medir los progresos en la estatura de un niño utilizando como medida el tamaño de si propio brazo que va creciendo con él. Por último, el carácter político del desarrollo científico del que hablamos en el apartado anterior no sólo es previo y como exterior de tal desarrollo (en el sentido de la política de investigación científica del correspondiente "ministerio"), sino intrínseco y consecuencia del propio proceso a través del cual se crean valore y se justifican objetivos que se comprometen el desarrollo futuro no sólo científico, sino social en general.

La tercera sobre la contrastación y la técnica. Es fácil advertir las analogías. No se trata solamente de que la técnica puede servir de instrumento de contrastación a la ciencia, sino de que es un elemento indispensable de ésta o, por lo menos, de que ambas, ciencia y técnica, comparten como mínimo un elemento: la norma "constrúyase C" . La diferencia estriba en que si en la técnica "constrúyase C" depende de "A es deseable", en la ciencia depende de "es preciso contrastar T". Esto en términos bastante abstractos. En la práctica es muy posible que el "constrúyase C" de la técnica sea en realidad el punto de partida no sólo para la contrastación de T sino para su misma construcción, para comenzar, pues, el propio proceso de investigación. Si esto fuera así, la técnica no sería el instrumento de contrastación científica, una hija de la ciencia, sino en cierto modo su madre, al menos en determinadas condiciones y casos.

Una última observación sobre los valores y las normas en la ciencia. Nuestra opinión podría resumirse diciendo que, a diferencia del mito moderado de la neutralidad científica, la ciencia no solamente es un valor, sino que crea necesariamente valores; no solamente es una actividad regida por normas, sino que necesariamente genera normas de actuación y actuaciones. O en otros términos: la ciencia no sólo puede ser "aplicada" por la tecnología, sino que debe ser aplicada por la tecnología; no sólo es un instrumento que sirve para diversos fines, sino también un generador de fines y objetivos para la acción. Pero todo esto tan sólo como primera aproximación. Si nos detenemos aquí abocamos a un nuevo carácter del mito actual de la ciencia: su autonomía. Y, sin embargo, como veremos a continuación, la ciencia no es autónoma. En este sentido había que decir que en realidad ni es un instrumento para conseguir objetivos dados, ni tampoco un generados puro de objetivos, sino más bien algo así como un instrumento para generar valores, es decir para justificar objetivos. Con ello entramos de lleno en el apartado siguiente.

3.         Autonomía y primacía de la ciencia. 

Trataremos aquí un último aspecto de la actual mitología de la ciencia. En términos generales podríamos denominarlo el mito de la autonomía. En realidad, sin embargo, este mito tiene dos componentes: la idea de la autonomía de la ciencia estrictamente dicha y la idea (que va siempre, de una forma u otra, conectada con la anterior, aunque no se reduzca a, ni se deduzca de ella) del poder determinante de la ciencia con respecto a otras esferas de la vida social.

Para entender lo que se quiere decir cuando se habla de autonomía, hay que partir de la distinción entre factores internos y externos de la ciencia, o de alguna otra distinción parecida como aspectos lógicos y aspectos empíricos (psíquicos, sociales, etc.). El mito de la autonomía se asienta sobre la concepción de que los factores internos, lógicos, son los únicos relevantes para comprender lo que podría denominarse la "esencia" de la ciencia y de su desarrollo. Por lo tanto, la filosofía de la ciencia sólo atenderá a tales factores y así concebirá a la ciencia y a su desarrollo como algo autónomo, independiente, como una realidad con una lógica propia. Pero no hace falta remitirse a filósofos de la ciencia para topar con este mito de la autonomía: las referencias a la historia y al desarrollo actual de la ciencia que se encuentran en manuales escolares o en informaciones periodísticas abundan en él. Por otra parte el culto al "genio científico", mucho más palpable, no es sino el reverso de la misma mitología.

 Por lo que respecta al pretendido poder determinante de la ciencia sobre otros aspectos de la vida social (a lo que aludimos en el encabezamiento de este apartado con la expresión "primacía de la ciencia"), se trata de una concepción igualmente mítica que sorprendentemente suele acompañar al mito de la autonomía. Sorprendentemente, pues, lo menos que podría pensarse es que si la ciencia es tan autónoma con respecto a los componentes de la estructura y la historia de la sociedad, debería ocurrir también que, con respecto a ellos, la ciencia fuera irrelevante. Si de hecho no sucede así, es porque tras la concepción de la autonomía de la ciencia  se oculta con frecuencia la concepción idealista de la sociedad, en la cual las ideas –que en principio deberían considerarse como un producto, o al menos como un subsistema del sistema social- aparecen en realidad como el motor y el origen de aquélla. De todas las maneras no es fácil, como veremos a continuación, mantener de forma coherente estos dos mitos (autonomía y primacía o poder determinante de la ciencia).

Utilizando terminología del materialismo histórico, podemos decir que para localizar a la ciencia en la estructura social caben dos soluciones: o bien considerarla como parte de la superestructura, o bien considerarla como parte de la infraestructura o base de la sociedad. Parece que para dar cuenta del hecho de que la ciencia es una forma de pensamiento, esta constituida por conceptos, teorías, ideas, etc., habría que situarla en la superestructura. Pero entonces, en buena lógica, no podría considerarse como una realidad autónoma ni menos aún determinante. Por otra parte, si se incluye en la infraestructura, podrá dotársele de un carácter autónomo y determinante, pero perderá su característica de ser una forma de pensamiento para pasar a ser una fuerza productiva más o menos ciega, para quedar en último término reducida a la técnica y la industria.

 Para este dilema se han dado en la actualidad dos intentos de solución. El primero vinculado a una concepción idealista de la ciencia y la sociedad. El segundo supone una concepción mecanicista (mecanicismo) de la que lo menos que se puede decir es que ésta cuajada de confusiones y abocada continuamente al idealismo o la incoherencia. Como ejemplo de la primera postura podemos considerar, una vez más, al racionalismo crítico de Popper. Como ejemplo de la segunda, la idea de la revolución científico-técnica y sobre todo la filosofía "tecnocratita" que de ella se deriva y que presenta diversas versiones, tanto  optimistas como pesimistas, y a su vez tanto de carácter socialista como capitalista.

 La solución del racionalismo crítico es, en el fondo, la más clásica y la más acorde con cierto sentido común que resulta ser en realidad bastante idealista. Se trata de postular que las ideas que mueven a los hombres son el dato fundamental para entender la acción de éstos y que la historia es el resultado de tal acción. En consecuencia el conocimiento científico y su desarrollo –autónomo- son fundamentales para entender la acción de los hombres (los hombres actúan según el conocimiento que tienen de las situaciones) y por consiguiente para comprender la historia humana. Pero de esta forma se desprecia por completo el hecho de que el conocimiento está inserto a su vez en contextos sociales e históricos concretos cuyo estudio nos permite incluso –mal que le pese a Popper[20]- llegar a conocer algo sobre le futuro de la propia ciencia. Y así es como, en último término, el mito de la autonomía y primacía de la ciencia, en sentido popperiano entra en contradicción con los resultados del propio conocimiento científico que nos proporciona la sociología de la ciencia.

 El mito de la revolución científico-técnica parte en cierto modo de postulados completamente contrarios. En principio supone una concepción materialista: la ciencia se considera como una actividad teórica, si, pero ligada a la industria a través de la tecnología.

El dato empírico que apoya esta concepción es lo que ha dado en llamarse "tercera revolución industrial", cuyas notas más importantes son la aparición de la automación          del proceso productivo de la vinculación estrecha que se ha impuesto entre el desarrollo científico, desarrollo tecnológico y desarrollo industrial. El fenómeno es relativamente resiente: ha adquirido su máxima importancia a partir de la segunda guerra mundial con la aparición de disciplinas como la cibernética, la teoría de la información, etc.; y el desarrollo de la electrónica aplicada al cálculo, a la programación, etc. Otros fenómenos externos que permiten localizar esta nueva configuración son perfectamente analizables en términos cuantitativos: la aceleración del ritmo de crecimiento de la ciencia  constatada a través del análisis de la producción bibliográfica, del incremento de la población científica, etc.; fenómenos éstos ampliamente estudiados por la sociología y sociometría de la ciencia[21].

En la versión de la revolución científico-técnica la autonomía de la ciencia viene justificada, en cierto modo, como un aspecto de la autonomía de las fuerzas productivas de una sociedad. Se considera, en efecto, que la ciencia es una fuerza directamente productiva.

            A partir de aquí el carácter determinante de la evolución de la ciencia con respecto a la evolución de la sociedad se justifica de forma bastante fácil. No se tratará ya que los conocimientos científicos condicionen la acción de los hombres, agentes de la historia, sino más radicalmente, de que la revolución científico-técnica opere una trasformación en las condiciones materiales que en último término determinan las formas de la vida y la acción de los hombres en las sociedades. A partir de aquí, sin embargo, caben diversas interpretaciones sobre le sentido de esta influencia de la ciencia en la historia. Tanto interpretaciones pesimistas (la creación de un mundo tecnológico que oprime y "unidimensionaliza" al hombre.) como optimistas la revolución científico-técnica liberará al hombre[22], bien sea en le sentido de que le proporcionará un mayor bienestar sin necesidad de un cambio profundo en la estructura social, bien en el sentido de que impondrá necesariamente una transformación de tal estructura en una dirección socialista. Aquí tomaremos como paradigma de este mito la revolución científico-técnica de versión (que además nos parece la más interesante y respetable) optimista y socialista del equipo de R. Richta[23].

            Los puntos débiles de la ideología de la revolución científico-técnica radican, por una parte, en la concepción que en ella se mantiene sobre las relaciones entre ciencia y técnica. Por otra parte, en la concepción de las relaciones entre ciencia-técnica y actividad industrial.

            Históricamente el origen de ésta ideología tecnocrática (al menos en su versión socialista actual) radica en la sociología de la ciencia que ha puesto claramente de manifiesto los condicionamientos sociológicos de la ciencia en su desarrollo, condicionamientos tanto internos (límites de su crecimiento, etc.) como externos (dependencia con respecto a los presupuestos para investigación a la necesidad de la industria, etc.). En cualquier caso ha dejado en claro que la ciencia es una parte de la estructura social en la que influyen decisivamente factores no lógicos, no ideales, sino, por     decirlo así, materiales: ha puesto, pues, de manifiesto el carácter que solemos llamar institucional de la ciencia. Ahora bien, para pasar de la constatación de la realidad social de la ciencia (Bernal) a la idea del carácter socialmente determinante de la ciencia (Richta) hay que dar un salto en el vació: el salto que supone pasar de la concepción de la ciencia como parte de la superestructura cultural a la concepción de la misma como parte de la infraestructura[24].  El salto se pretende justificar consagrando como nota  esencial del actual pensamiento científico su vinculación con la tecnología. Pero de esta forma nos vemos enfrentados a un nuevo dilema. La relación ciencia-técnica se puede entender en un doble sentido: o bien la técnica no es más que una aplicación de la ciencia (entonces se puede mantener la autonomía de la ciencia, pero sólo se puede justificar su primacía en la sociedad desde un esquema idealista similar al del racionalismo crítico), o bien la ciencia se reduce ala técnica (y entonces la ciencia no es autónoma, sino que viene a ser un sistema de racionalización dominado por el desarrollo técnico que a su vez dependerá de las necesidades de la industria y por lo tanto la ciencia habrá perdido su primacía). Dejamos al lector la tarea de comprobar por cuál de los cuernos del dilema opta de hecho el equipo de Richta, aunque personalmente pensemos que jamás salen de las astas del toro, sino que todo su discurso ideológico consiste en un continuo debatirse dentro de ellas.

            Nos parece que la única forma de evitar las ambigüedades y dar cuenta al mismo tiempo de la realidad institucional de la ciencia es volver al primitivo espíritu de la sociología. Según éste, la ciencia será una parte de la superestructura social; en cuanto tal estará determinada en última instancia por la base de la sociedad;  por consiguiente no es autónoma ni determinante de           la evolución social. Esto nos lleva a replantear el modelo de lo que podrían ser las relaciones entre ciencia, técnica e industria en la sociedad actual.

            Para ello, hay que partir desde una constatación importante y que pertenece también por entero a este complejo fenómeno llamado revolución científico-técnica: el hecho de que la investigación científica esté en gran parte promovida y financiada por la industria. Este dato hace que en el sistema industrial se subvierta de forma radical la lógica de la investigación científica y de su aplicación tal como las veíamos reconstruidas en los esquemas del apartado anterior. En efecto, dentro de tal sistema, la tecnología no aparece en realidad como la búsqueda y construcción de las condiciones C que a luz de T  permiten obtener A. En este esquema el punto de partida era T y A y el resultado tecnológico era C. En la lógica de la investigación científica y técnica industrial el punto de partida en realidad es A y un conjunto dado y restringido de condiciones empíricas (Cr) que se desean aplicar para conseguir A. El objetivo de la investigación científica financiada por la industria es descubrir o inventar una teoría restringida Tr que permite obtener A dentro del conjunto de condiciones Cr. Por poner un solo caso muy actual: la industria de producción de energía está interesada en conseguir el objetivo A de aumentar la producción de electricidad abaratando los costes propios (y con desatención total al posible coste social de la operación), para lo cual desea que el objetivo A se logra en las condiciones restringidas Cr que implican la utilización de la red de distribución y de las materias primas controladas por la compañía en cuestión. En consecuencia, tal industria financiará las investigaciones de teorías Tr relacionadas con la construcción de centrales nucleares, por ejemplo, en vez de financiar proyectos sobre cuestiones relacionadas con la creación de generadores solares. Las diferencias entre este esquema y el esquema ideal de la aplicación tecnológica se aprecian en forma gráfica:





El segundo esquema pone claramente de manifiesto que la creación de teorías, la investigación científica, no es algo autónomo. Tampoco, por consiguiente, primordial en la dinámica social.

Para completar lo dicho sobre la autonomía y la primacía de la ciencia conviene discutir algunas cuestiones. La primera sobre las relaciones entre la industria y la ciencia. El esquema que acabamos de proponer es válido para la investigación científica industrial. Pero no implica que la ciencia en general se reduzca a la ciencia industrial y que, por lo tanto, la investigación científica toda haya de interpretarse en función de ese esquema. No lo implica, pero no porque nos veamos obligados a admitir una esfera no institucional de la ciencia (una ciencia "verdadera", autónoma, etc.), sino porque no hay ninguna razón para pensar que la institución "industria" sea la única institución social. Esto no es cierto históricamente porque la ciencia como fenómeno cultural es en cualquier caso (bien sea que se remonte su constitución al mundo griego o al mundo moderno) bastante anterior a la aparición de la economía industrial. Y no lo es ni siquiera en los tiempos actuales de la llamada "tercera revolución industrial", porque aún ahora siguen existiendo aspectos de la vida social que no pueden reducirse, sin más, a la lógica lineal de la producción. Por una parte subsisten instituciones –como las universidades en muchos casos- que no acaban de encajar bien en la máquina de la industria. Por otra parte –y esto es lo más importante- , el funcionamiento de la producción industrial está lejos de ser coherente: al tiempo que se desarrolla conforme a su propia lógica, desarrolla también instituciones y nuevas configuraciones sociales que entran en contradicción con el sistema de producción. Todas estas esferas de la sociedad, no reducibles a la lógica interna del sistema, son también factores sociales relevantes para la producción del pensamiento científico. La más importante de ellas, muy señalada por los teóricos socialistas de la revolución científico-técnica, pero en general mal aprovechada por ellos[25], es la llamada proletarización del científico o del intelectual, es decir la creación de una fuerza social nueva, con su propia configuración y su incidencia específica sobre la estructura social. A otro nivel, la independencia específica sobre la estructura social. A otro nivel, la independencia y el desarrollo de los pueblos del tercer mundo supone igualmente la instauración de nuevas figuraciones culturales en las que la ciencia  puede adquirir diferentes formas de desarrollo. Esto no significa, pues, que la ciencia no dominada por el sistema de producción industrial sea una ciencia autónoma e "ideal", sino más bien que está determinada en diverso grado por otras esferas de la estructura social.

La otra cuestión que queremos tratar brevemente se refiere a la relación entre nuestro esquema de la investigación científica industrial y el esquema anterior de la contrastación de teorías. A propósito de este último veíamos como la ciencia podía ser generadora de valores y normas. Ahora puede parecer que el esquema de la investigación se orienta en dirección contraria, en la medida en que la construcción de C no es una imposición de T, sino que C es más bien una condición restrictiva para la investigación de T. Los objetivos, las normas, los valores vendrían, pues, dados de antemano. Ahora bien, la contradicción entre los dos esquemas es sólo aparente, porque en realidad cada uno de ellos se mueve en un nivel diferente. El esquema de contradicción es le esquema de un proceso de justificación de conocimientos científicos. El esquema de la investigación es un esquema de producción de conocimientos científicos. Lo que resulta de asumir ambos a la vez, cada uno en su nivel, es precisamente lo siguiente: una cosa es el mecanismo de producción de objetivos en una sociedad, otra el mecanismo de su justificación. Pues bien, la ciencia, a la luz del esquema de contrastación aparece como un generador de valores, es decir, como un justificador de objetivos. Pero los objetivos son propuestos (o producidos) por la sociedad (o, si se prefiere, por los individuos integrados en instituciones sociales).

NOTAS:

________________________________________

[1] Sólo que al revés, pues si la doctrina medieval era un expediente para que la filosofía de la facultad de artes no se viera ahogada por la prepotencia teológica, la pasión de los teofilósofos actuales por demarcar, delimitar, separar su campo del de la ciencia no es si no una reacción defensiva frente a esta.

[2] Tal es la idea que con frecuencia ha defendido A. García Calvo o el mismo Fernando Savater (el pensamiento negativo: del vacío a los mitos).

[3] Dogmatismo en el cual –dicho sea de paso- se parecen mucho al positivismo aquellas filosofías que, por otra parte, "desprecian cuando ignoran", es decir, la ciencia

[4] El ejemplo esta inspirado en otro que expone Feyerabend en "how to be a good empiricist."

[5] En  mi artículo Notas para una teoría postanalitica de la ciencia he expuesto ya esta tesis y el papel que debe jugar en una teoría de la ciencia como la del cierre categorial de G. Bueno.

[6] Me complace constatar a este respecto la inspiración de Feyerabend encuentra para su critica de la metodología (cf. Contra el método) en los textos políticos de gentes como Lenin, Trotsky y Cohn-Bendit.

[7] Y naturalmente, hoy por hoy, esta metodología quizá también tenga que ser "por parcelas": he ahí una salida para el replanteamiento de las diferencias entre ciencias sociales y naturales.

[8] Así, por ejemplo, M. Bunge en Ética y ciencia, por citar sólo el más accesible.

[9] Cf. mi artículo Formalismo y epistemología en la obra de Kart Popper.

[10] Véase W. O. Quine en Desde un punto de vista lógico, especialmente el capítulo "Dos dogmas del empirismo".

[11] Popper lo afirma así en Sobre el carácter de la ciencia y la metafísica, en El desarrollo del conocimiento científico, 215 s., pero sobre todo sus discípulos, como por ejemplo J. Hagáis en The nature c scientific problems and their roots in metaphysics.

[12] Esto justifica una vez más la interpretación que en otras partes he dado de Popper (un moderado) como básicamente positivista. Cf. mi Idealismo y filosofía de la ciencia, especialmente el capítulo I.

[13] Véase a este respecto, aparte de Ética y ciencia de Bunge, el trabajo reciente de C. París: "El reconocimiento de la pluralidad como progreso moral" en el prólogo a Ciencia y cultura. La unidad de la ciencia y la diversidad de las culturas, Symposium de la UNESCO, Madrid (en prensa).

[14] En este sentido hay que entender la concepción holista de Quine. La misma tesis subyace en la crítica que hace Feyerabend de lo que el denomina el dogma empirista de la invariancia del significado.

[15] Cf. M. Bunge, Foundations of physics.

[16] Cf. M. Bunge, Method, model and matter y ¿Es posible una metafísica científica? También M. A. Quintanilla, Notas sobre "la metafísica en el horizonte actual de las ciencias del hombre" de J. Gómez Caffarena.

[17] J. Muguerza es una de las personas que más se ha preocupado de estudiar y relativizar la famosa dicotomía entre el es y el debe. A sus trabajos debo una buena cantidad de inspiraciones para lo que aquí estoy diciendo.

[18] Entre las obras que insisten en la necesidad de investigar las reglas del lenguaje desde una óptica wittgensteiniana está el serio trabajo de J L Blasco, Lenguaje, filosofía y conocimiento aunque dudo que su autor (explícitamente no lo afirma) esté dispuesto a pasar de las reglas a los valores como aquí postulo.

[19] Un tratamiento amplio y matizado de todos estos esquemas en M. Bunge, La investigación científica, especialmente la parte III.

[20] Mal que le pese porque la negativa a aceptar este carácter determinado de la evolución del conocimiento está en la base del argumento que Popper propone como demostración de la imposibilidad de la predicción histórica, argumento que es, por otra parte, la más clara expresión de la concepción idealista de la primacía de la ciencia. Cf. el prólogo de La miseria del historicismo. Bunge es mucho más cauto en este respecto, Cf. La investigación científica, 645 s.

[21] Cf. J. M. López Piñero, El análisis estadístico y sociométrico de la literatura científica y D. J. S. Price, Hacia una ciencia de las ciencias.

[22] C. Paris ha expresado bien esta tensión inherente al concepto de técnica en Mundo técnico y existencia auténtica, aunque parece que al final predomina en él una especie de optimismo tecnológico, si bien propuesto como proyecto desde una postura humana y, en este sentido, nunca libre de cierto dramatismo.

[23] Cf. R. Richta, La civilización en la encrucijada y Progreso técnico y democracia.

[24] No hago aquí sino reproducir la interesante observación de J. Marcelo en "Ciencia, técnica y estructuras", en La revolución científico-técnica.

[25] Una expresión sería la atención casi exclusiva que a este fenómeno presta Comunicación en su introducción al libro de Richta, Progreso técnico y democracia.

 

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