Epistemología
Epistemología : Fundamentación epistemológica de las teorías

 

Epistemología: fundamentación epistemológica de las teorías


Autor:
Rodolfo-J. Rodríguez
Correo-E:
rodolfojrr@gmail.com

San José, Costa Rica, América Central




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Epistemología: Fundamentación epistemológica de las teorías

Marzo del 2009

 

La desesperante política económica

Enlace permanente 31 de Marzo, 2009, 18:30


Paul Krugman(*)



A lo largo del fin de semana, The New York Times y otros periódicos publicaban detalles filtrados sobre el plan para rescatar a los bancos del Gobierno de Obama. Tim Geithner, secretario del Tesoro, ha convencido al presidente Obama para que recicle la política del Gobierno de Bush, y más concretamente, la propuesta "Dinero a cambio de basura"  que presentó hace seis meses el entonces secretario del Tesoro Henry Paulson y que después se abandonó.



Esto es más que decepcionante. De hecho, me llena de desesperación. Después de todo, acabamos de pasar por una tormenta de fuego con las primas de AIG, durante la cual los miembros del Gobierno afirmaban que no sabían nada, que no podían hacer nada, y que de todos modos era culpa de otros.



Por otra parte, la Administración no ha resuelto las dudas de los ciudadanos acerca de qué hacen los bancos con el dinero público. Y ahora, por lo visto, Obama se ha decidido por un plan financiero que, en esencia, da por sentado que los bancos están básicamente saneados y que los banqueros saben lo que hacen.


Es como si el presidente estuviera decidido a confirmar la impresión cada vez más extendida de que él y su equipo económico han perdido el contacto con la realidad, y de que su visión económica está nublada por unos lazos excesivamente estrechos con Wall Street. Y es posible que para cuando Obama comprenda que necesita cambiar de rumbo, ya haya perdido su capital político.

Centrémonos por un momento en el análisis económico de la situación. Ahora mismo, nuestra economía se ve lastrada por un sistema financiero disfuncional, paralizado por las enormes pérdidas provocadas por los activos hipotecarios y otros activos.

Como bien pueden explicar los historiadores económicos, ésta es una vieja historia, no muy distinta de docenas de crisis similares a lo largo de los siglos. Y hay un procedimiento probado para lidiar con las repercusiones de la quiebra financiera generalizada, que es el siguiente: el Gobierno se asegura la confianza en el sistema garantizando muchas deudas bancarias (aunque no necesariamente todas). Al tiempo, asume el control provisional de los bancos verdaderamente insolventes, para limpiar sus balances. Es lo que Suecia hizo a principios de la década de 1990. Es también lo que hizo EE UU tras la catástrofe de las cajas de ahorro en los años de Reagan. Y no hay razón para que ahora no podamos hacer lo mismo.

Pero al parecer, el Gobierno de Obama, al igual que el de Bush, quiere una salida más fácil. El elemento común entre el plan de Paulson y el de Geithner es la insistencia en que los activos incobrables de los libros contables valen en realidad mucho, mucho más de lo que cualquiera está dispuesto a pagar por ellos en la actualidad. De hecho, su verdadero valor es tan alto que si se les adjudicara el precio que les corresponde, los bancos no tendrían problemas.

Y por ello el plan es usar fondos públicos para impulsar al alza el precio de los activos incobrables hasta que alcancen niveles "justos". Paulson proponía que el Gobierno comprase directamente los activos. Geithner, por el contrario, plantea un complejo plan según el cual el Gobierno presta dinero a inversores privados, que lo usan para comprar esos activos. La idea, explica el principal asesor económico de Obama, es usar "la experiencia del mercado" para establecer el valor de los activos tóxicos.

Pero el plan de Geithner propone una apuesta cuyo resultado ya se sabe de antemano: si el valor de los activos sube, los inversores se benefician, pero si baja, los inversores pueden escaquearse de su deuda. Por lo tanto, en realidad no se trata de permitir que los mercados funcionen. Es sólo una forma indirecta y encubierta de subvencionar la compra de activos incobrables.



Dejando a un lado el probable coste para los contribuyentes, hay algo extraño en todo esto. Según mis cuentas, ésta es la tercera vez que el Gobierno de Obama presenta un plan que es esencialmente un refrito del plan de Paulson, y cada vez ha añadido un nuevo conjunto de extras y afirmado que está haciendo algo completamente distinto. Empieza a parecer obsesivo.

Pero el verdadero problema de este plan es que no va a funcionar. Sí, es posible que los activos problemáticos estén algo infravalorados. Pero el hecho es que los ejecutivos financieros apostaron literalmente sus bancos basándose en la creencia de que no había una burbuja de la vivienda, y en la creencia relacionada de que los insólitos niveles de endeudamiento de las familias no eran un problema. Perdieron esa apuesta. Y ningún abracadabra financiero -porque en el fondo eso es lo que es el plan de Geithner- va a cambiar ese hecho.



A lo mejor se preguntan por qué no probar el plan y ver qué pasa. Una respuesta es que el tiempo se está agotando: cada mes que no atacamos la crisis, desaparecen otros 600.000 puestos de  trabajo.

Sin embargo, lo más importante es la forma en que Obama está malgastando su credibilidad. Si este plan fracasa -como sucederá casi con toda seguridad- es improbable que consiga persuadir al Congreso de que apruebe más fondos para hacer lo que debería haber hecho desde el principio.

No todo está perdido: los ciudadanos quieren que Obama tenga éxito, lo cual significa que todavía puede rescatar su plan para rescatar a los bancos. Pero se nos acaba el tiempo.


(*)Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía de 2008. © 2009 New York Times News Service. Traducción de News Clips.


Fuente:

Krugman, Paul (24/03/2009). La desesperante política económica. El Pais.com  [En linea]. Disponible en:
http://www.elpais.com/articulo/economia/desesperante/politica/economica/elpepieco/20090324elpepieco_3/Tes


| Referencias (0)


 

La vigencia plena del marxismo

Enlace permanente 29 de Marzo, 2009, 16:19


Entrevista con Alan Woods(*)

1. Lo obsoleto es el capitalismo y las ideas de sus defensores

Tras la caída del muro de Berlín
y la implosión de la ex Unión Soviética, los ataques contra el pensamiento marxista recrudecieron. En muchos centros académicos los defensores del marxismo revolucionario han sido calificados como obsoletos, anacrónicos o dinosaúricos. Frente a esto Alan Woods señala que lo que es obsoleto es el capitalismo. Alan explica cómo a raíz del colapso de la URSS, se dio pie a una contraofensiva ideológica sin precedentes por parte de la burguesía para atacar al marxismo y al socialismo. Esto, dice el marxista galés, se convirtió además en una industria, en un negocio rentable. El autor de Razón y Revolución explica que lo que fracasó hace veinte años no fue el socialismo en el sentido entendido por Marx, Engels, Lenin o Trotsky, sino una caricatura burocrática y totalitaria del socialismo que fue el estalinismo. Esto causó un gran impacto y, en ese momento, la burguesía y sus defensores se pusieron eufóricos anunciando el fin del socialismo, del comunismo y del marxismo.

Los enemigos de las ideas de Marx y Engels llevan más de 150 años anunciando su muerte. Pero ¿por qué se preocupan del marxismo si está muerto?, se pregunta Alan Woods. No obstante esto, los ideólogos de la burguesía todos los años se ven en la necesidad de publicar nuevos libros, artículos, tesis doctorales demostrando que el marxismo está muerto. Para Alan esto tiene una explicación. La clase dominante no es tonta y no gastaría su tiempo atacando ideas muertas. La burguesía ataca ideas que son peligrosas para su clase. Pero tras 20 años desde la caída de los regímenes del llamado "socialismo real", todas estas ilusiones de la burguesía y sus defensores han colapsado. Estamos presenciando la crisis general del capitalismo prevista por Carlos Marx. Como hecho anecdótico Alan Woods dice que el libro más vendido en Alemania es Das Kapital (El capital), cuyas ventas se multiplicaron un 300 %, lo cual demuestra que lejos de ser ideas obsoletas, la gente busca una explicación de la crisis del capitalismo en las ideas científicas de Marx.

2. ¿Por qué tiene plena vigencia el marxismo?

Alan Woods plantea un reto a los lectores: acudir a las bibliotecas y buscar cualquier libro burgués de economía política o de ciencias sociales escrito hace 150 años. Asegura que esos materiales no tendrán más que un mero interés histórico y cero relevancia para la aplicación en el mundo moderno. No obstante, dice el dirigente de la Corriente Marxista Internacional, en El Manifiesto Comunista, escrito hace más de 150 años por Marx y Engels, se encontrará una descripción verdadera, rigurosa y brillante no del mundo de 1848, sino del mundo de hoy. Para ello pone dos ejemplos. El primero hace referencia a la globalización. Ésta ha sido presentada hace 20, 30 años por los economistas burgueses como algo novedoso. Sin embargo, la globalización fue explicada de antemano por Marx y Engels en las páginas de El Manifiesto Comunista. Allí se expone claramente como el capitalismo surge en primer lugar como un mercado nacional para luego convertirse necesariamente en un mercado mundial, siendo esto lo más importante de nuestra época, dice Alan Woods. Cuando Marx y Engels escribieron esta predicción tan brillante no existía el mercado mundial internacional, el capitalismo solo existía en Inglaterra, en Francia estaba en sus principios y Alemania era más atrasada todavía.

La segunda predicción, algo muy polémico, que los enemigos del marxismo han calificado como errónea, es la que se refiere a la concentración del capital. El capitalismo que empieza con pequeñas empresas, cuando Marx explica esto en Gran Bretaña no había grandes empresas, necesariamente producto de la competición y de las leyes del libre mercado, resulta en un proceso de concentración de riqueza en pocas manos y de miseria para otra parte. Cifras emitidas por la ONU señalan que más del 50 % de la riqueza disponible está en manos del dos por ciento de la población del mundo; 1,2 mil millones de seres humanos viven en la más absoluta miseria y de esos, 8 millones de hombres mujeres y niños mueren todos los años por falta de recursos económicos. Si eso no es una concentración de capital ¿qué es?, pregunta Alan Woods. Ese proceso se ha multiplicado por diez en las últimas décadas, hay una concentración de riqueza obscena y una concentración de miseria no solo en América Latina, sino en Inglaterra, en EEUU donde se expresó con mayor profundidad cuando la ciudad de Nueva Orleans fue azotada por el huracán Katrina en el año 2005. He aquí la realidad.

3. Los ataques contra Federico Engels

Federico Engels ha sido objeto de todo tipo de ataques que han pretendido desmerecer su obra. Alan Woods, en su libro escrito conjuntamente con Ted Grant, "Razón y Revolución", explica partiendo de datos obtenidos por recientes investigaciones científicas, la validez de las ideas de Engels y de su método de estudio e investigación. Es una tontería como un piano, como dicen en España, expresa Alan cuando responde a la pregunta sobre las acusaciones vertidas contra Engels. Federico Engels era un genio, pero era un hombre modesto, tan modesto que cuando murió dio órdenes explícitas de cremar su cadáver y echar sus cenizas al mar porque no quería que se erigiera ningún monumento en su honor. Él estaba a la sombra de Marx y eso no ha permitido ver su grandeza, la de un gran revolucionario, un gran pensador, un teórico muy profundo.



Acusar a Engels de ser un positivista es una bobada que solo se escucha en las universidades, dice.
Eso es una estupidez. Alan acude a una frase del poeta alemán Friedrich Shiller para explicar la barbaridad de esa imputación infundada: "Contra la estupidez los propios dioses luchan en vano". Es absurdo además expresar que sus ideas eran sólo del siglo XIX. Esto es lógico, Engels tenía que basarse en las ideas del siglo en el que vivió, no podía hacerlo sobre las ideas del siglo XXI, señala irónicamente Alan Woods. Sin embargo, los escritos de Engels, sobre todo La dialéctica de la naturaleza, no reflejan la ciencia del siglo XIX, sino que está bastante por delante de las ideas científicas de su época. Critica duramente las teorías de la mecánica clásica, la física de Newton, su sistema mecanicista. Los últimos descubrimientos del siglo XX y XXI, de los últimos cien años, han demostrado totalmente la vigencia del método de Federico Engels, que es el método dialéctico. Alan pone como ejemplo de su aseveración a la teoría del caos, donde se refleja la aplicación del método dialéctico.



4. ¿Por qué las ideas de Lenin y Trotsky están vigentes?


Lenin y Trotsky después de Marx y Engels fueron quienes defendieron y desarrollaron sus ideas en el siglo XX. Son ideas maravillosas, profundas, brillantes y totalmente vigentes. Se han dicho muchas falsificaciones acerca del papel de Trotsky, concretamente. Hay una cierta tendencia que viene del estalinismo, esa aberración, esa caricatura terrible del marxismo, que es totalmente falsa de señalar que hubo un conflicto fundamental entre las ideas de Lenin y Trotsky. La realidad es totalmente diferente, dice Alan que con Ted Grant realizaron un magnífico libro hace más de 40 años titulado "Lenin y Trotsky, qué defendieron realmente", donde explican con profundidad las ideas de estos dos revolucionarios.

Alan Woods cuenta una anécdota: "En Rusia hace unos 5 años me invitaron a una célula, un grupo de base del Komsomol, organización de la juventud comunista de educación y origen estalinista. Cuando yo entré en la sala, un joven se me acerca y me dice en ruso ¡¿pero usted es trotskista?! A ver si me explico, le contesté. Yo defiendo las ideas de Marx y Engels, por ende soy marxista; después de la muerte de Marx y Engels quien defendió sus ideas yo creo que fue Lenin, consecuentemente soy leninista; después de la muerte de Lenin quien defendió sus ideas creo yo que fue Trotsky, consecuentemente soy trotskista. ¿He contestado tu pregunta? ¿Puedo hacerte ahora yo una pregunta? ¿Has comprado una botella de vodka en la calle del libre mercado? En la botella viene una etiqueta que indica que el vodka es de categoría. Pero cuando te la bebes descubres que es cualquier cosa, menos de calidad. Hazme caso amigo, no prestes atención a las etiquetas, si yo voy a dar una charla aquí, si te gusta bien y si no, vamos a seguir hablando como camaradas que queremos la misma causa, pero vamos abrir un debate no basado en calumnias, ni basado en pioletazos, un debate honesto, democrático, amistoso entre todos los miembros de la familia comunista". Lo que hace falta es gente más abierta. Los nuevos jóvenes van a descubrir en la práctica la total vigencia del marxismo y van a descubrir que es la herramienta principal, la más potente, el arma, la palanca más fundamental para comprender el sistema capitalista y finalmente derrocarlo y establecer un nuevo orden social que se llame socialismo, señala Alan Woods.

5. Las cosas que Marx no avizoró y los nuevos problemas de la vida

El marxismo es un instrumento muy importante para echar luz sobre todos los problemas que enfrenta la sociedad humana; pero no podemos esperar que el marxismo nos ofrezca una bola de cristal o una varita mágica porque eso ya sale de la ciencia y nos meteríamos a los terrenos místicos y religiosos, dice Alan Woods. Eso sí, explica, esta herramienta nos ofrece un cuerpo de ideas bastante completo, profundo que nos posibilita analizar cualquier cosa, cualquier problema. El marxista galés explica cómo si bien es cierto que los problemas cambian y aparecen otros nuevos, no varían tanto como se podría pensar. Y esos problemas no sólo tienen que ver con la miseria de las masas, las guerras o el terrorismo. Hay otros que son iguales, o tal vez más importantes, que afectan a la persona, a la familia y que tienen que ver con la moralidad, la religión por ejemplo. Pero ¿no fue así también en el pasado?, cuestiona Alan Woods. Si miramos cualquier sociedad en los últimos diez mil años de lo que, correcta o incorrectamente, se ha dado en llamar como civilización, han existido diversos sistemas socioeconómicos como el esclavismo, el feudalismo, el capitalismo que han nacido, crecido, madurado y han llegado a un grado de desarrollo que después entra en declive, llegando a un tipo de techo de sus posibilidades y, entonces aparecen en forma más abierta las contradicciones que siempre están presentes, agravándose cada vez más, lo cual afecta a la sociedad en muchos aspectos.

Una calumnia estúpida emitida contra el marxismo es la que señala que Marx redujo todo a lo económico. ¿Cómo es posible que alguien pueda reducir todo a lo económico? Marx era un filósofo, la filosofía no es economía. La sociedad tiene muchos más aspectos que tienen que ver con la religión, la poesía o el arte que no están directamente vinculados a la economía. Lo que sí es verdad, que es una verdad como un templo, que no admite contradicción, es que en última instancia la viabilidad de cualquier sistema socioeconómico está determinado por la capacidad de desarrollar las fuerzas productivas, es decir la industria, la agricultura, la ciencia, la tecnología que son la base material, los fundamentos, los cimientos sobre lo cual todo lo demás se desarrolla, se rige. Cuando una sociedad llega a los límites de sus posibilidades, cuando ya no es capaz de desarrollarse y de mejorar la situación de las personas como el sistema capitalista, por ejemplo, eso tiene repercusiones importantes que se reflejan a nivel psicológico, generando un ambiente general de pesimismo, una especie de nihilismo. En Francia, en la actualidad, hay más astrólogos profesionales que curas católicos, el ex presidente de EEUU, Ronald Reagan tenía como una de sus asesoras a una astróloga, el misticismo ha invadido la ciencia, a nivel intelectual eso se refleja en la mal llamada filosofía posmoderna, etc.

Hoy hablan del fin de la ideología. Antes la burguesía tenía una ideología, el liberalismo, que fue bastante progresista. Era optimista. La burguesía estaba en una fase ascendiente, se sentía progresista y lo era de alguna manera. Ahora, en vez de decir la verdad, que este sistema en concreto no es capaz de seguir avanzando, se cuestiona la posibilidad de desarrollo y progreso en general. Todos estos son síntomas de una cultura en plena decadencia. Existe un nivel mezquino, miserable, trivial. No hay filosofía que valga el nombre, si comparas los productos miserables de los filósofos actuales con la filosofía gloriosa de Hegel, de Kant. La filosofía pretende ser reducida al estudio de la significación de palabras sueltas. Pero las grandes ideas siguen existiendo, dice Alan Woods. Pero no son las ideas de la burguesía, sino las que anticipan otra sociedad que si puede ofrecer a la humanidad lo que necesita y que no son sólo las que ofrecen trabajo, pan o casas. Es mucho más que eso.

La Biblia dice: no sólo de pan vive el hombre. Trotsky en su libro Problemas de la vida cotidiana analizó temas relacionados con los problemas de los seres humanos, la sexualidad, la moralidad por ejemplo. En esta sociedad hay un florecimiento del crimen, de las drogas, del alcohol. ¿Por qué la juventud acude a ello? Porque sus vidas son vacías. Cuando una sociedad entra en crisis, en declive, eso se siente aunque la gente no lo entiende en forma racional. Se entra en una fase de pesimismo general, de desorientación general. Frente a eso hay dos opciones: o cierras los ojos y vuelves la mirada hacia dentro, hacia el misticismo, o intentas llegar a una comprensión racional de este mundo y sus problemas para combatirlo o cambiarlo. La droga, el alcohol, la religión, el misticismo son intentos para escaparse de este mundo en lugar de luchar para cambiarlo. La única solución a la droga es revolución. Cuando la juventud comprende esa necesidad de luchar y se le ofrece una causa que vale la pena van a olvidarse de esos paraísos falsos, artificiales, como dice la frase del poeta francés Baudelaire.

Lamentablemente, hay un sinnúmero de elementos despreciables, reformistas que quieren sembrar la confusión, poner un muro que evite que la juventud tenga acceso a las lecciones históricas de la revolución rusa, a las enseñanzas del materialismo dialéctico. Es una función netamente contrarrevolucionaria, son retrógrados intelectualmente, una bancarrota total. Quieren aparecer como exponentes de ideas nuevas como el señor Heinz Dieterich, ideas que realmente no ofrecen nada nuevo, que son realmente sacadas de la prehistoria del movimiento obrero internacional, de los utópicos, ideas premarxistas. Las ideas auténticamente nuevas, son las ideas del marxismo. El marxismo es la filosofía del futuro.

6. Sobre Dieterich

Alan Woods, junto al nieto de León Trotsky, Esteban Volkov, realizó la presentación de su más reciente libro "Reformismo o Revolución". Este constituye un material imprescindible para desenmascarar las patrañas intelectuales de Heinz Dieterich, personaje que se jacta de científico y que con sus ideas lo que pretende es, en forma subrepticia, atacar al pensamiento marxista y reforzar las ideas reformistas. Alan con humor dice: este señor no llega hasta el tobillo de un Bernstein, de un Kautsky, ellos eran genios. Charlatán es una palabra mal sonante, Dieterich se cree un gran genio y, hoy por hoy, me quedo con una duda razonable al respecto.

7. Humor y revolución

Mi gran amigo, camarada y maestro, Ted Grant decía que para ser un revolucionario se necesita dos cosas: un sentido de la proporción y un sentido del humor, manifiesta Alan Woods. Cuando más vivo, más comprendo cuán profunda es esta idea. La idea de un intelectual como algo seco, alejado de la clase trabajadora no corresponde a la realidad. La ironía de Sócrates tenía un gran sentido del humor y era muy profunda, los aforismos de Heráclito son muy divertidos. El humor es dialectico. Marx y Engels tenían un gran sentido del humor y Lenin y Trotsky también. Marx tenía como su lema favorito: considero que nada humano es ajeno a mí. La imagen de un intelectual metido en una torre de mármol, aislado de la realidad, leyendo su libro, totalmente indiferente al destino de la humanidad es precisamente la que desprestigia a la filosofía.

El revolucionario galés afirma además que la llamada filosofía posmoderna está totalmente desprestigiada y pregunta ¿quién lo toma en serio ahora, a más de cuatro estúpidos en las universidades? Realmente no tienen nada que ofrecer y la gente lo sabe y si somos honestos cualquier estudiante lo sabe, cuando más superficiales y estúpidos son, más se toman en serio, se creen Gardel. Alan señala: para mí la filosofía es importante porque la vida, la sociedad es importante. Todos somos partícipes en esta gran aventura para cambiar el mundo. La filosofía debe ser una herramienta en esta lucha y como somos parte de la raza humana, nada humano nos puede ser ajeno.
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Alan  Woods discute sobre su libro Razón y Revolución, y explica desde un punto de vista marxista qué es la revolución, qué significa el socialismo y cómo se puede evitar el surgimiento de una burocracia.
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Alan Woods habla de la amenaza de contrarrevolución en Venezuela y se opone a la noción de que la revolución es irreversible. En la medida en que las palancas fundamentales de la economía sigan en manos privadas la oligarquía puede volver. Alan Woods está en firme desacuerdo con las ideas reformistas expresadas por intelectuales tales como Heinz Dieterich.
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Alan Woods advierte contra las peligrosas ideas de Heinz Dieterich, las cuales diluyen el auténtico contenido de lo que es el "socialismo del siglo XXI".
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(*)Alan Woods (Gales, 1944) es político trotskista, escritor británico y dirigente galés de la Corriente Marxista Internacional. Actualmente es el máximo dirigente de la CMI(Corriente Marxista Internacional) y editor de su página web In Defence of Marxism. Sus escritos actuales sobre la revolución en Venezuela y las tareas a llevar a cabo por los revolucionarios de todo el mundo son seguidos con entusiasmo por los miembros de la CMI en todo el mundo. Algunas de sus publicaciones son las siguientes:

* Lenin y Trotsky, qué defendieron realmente (1969)
* Razón y Revolución: filosofía marxista y ciencia moderna (1995)
* Bolchevismo: el camino a la revolución (1999)
* El marxismo y la cuestión nacional (2000)
* La revolución bolivariana, un análisis marxista (2005)
*Reformismo o Revolución, Marxismo y socialismo del siglo XXI, (2008)

(**)Toscano,Dax (28/2/2009) Entrevista con Alan Woods: La vigencia plena del marxismo. ArgenPress.Info.   [En línea]. Disponible en:
http://www.militante.org/node/785



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Lecciones del crack de 1929 y el New Deal

Enlace permanente 17 de Marzo, 2009, 0:26



La depresión económica mundial y los planes de la administración Obama


El mundo capitalista se encuentra trastornado. La crisis económica iniciada en el verano de 2007 en EEUU se ha convertido en una recesión mundial de consecuencias imprevisibles. A primera vista, las semejanzas con la mayor depresión de la historia del capitalismo, el crack de 1929, son evidentes por mucho que los estrategas de la burguesía se hayan resistido a aceptarlas durante meses. Y estas semejanzas dibujan un cuadro sombrío para la clase dominante.

Una nueva estrategia

La crisis se ha caracterizado por su rapidez y simultaneidad a la hora de contagiar a todas las economías del mundo, desde las más avanzadas hasta las más dependientes, y se extiende a una velocidad de vértigo por todos los vasos comunicantes de la actividad económica (industria, agricultura, sector servicios, sistema financiero, intercambio comercial...).

La conmoción ha puesto patas arriba lo que se consideraba axiomas inviolables de la economía de libre mercado, especialmente tras el derrumbe del estalinismo hace ahora dos décadas. Los gobiernos capitalistas, empezando por el de Obama, están buscando desesperadamente una solución, una orientación estratégica que impida una rebelión social de dimensiones mundiales y una catástrofe aún mayor. Este es el motivo por el que viejas ideas en defensa de la regulación de los mercados, de la intervención del Estado en la economía, de un nuevo esquema redistributivo han vuelto a la palestra con fuerza. Muchos economistas burgueses se desgañitan a favor de planes económicos keynesianos y un nuevo New Deal para sacar a la economía del hoyo. Se trata, en teoría, de aplicar reformas basadas en el déficit público y la inversión estatal con el objetivo de aumentar la demanda mundial, recuperar las tasas de inversión, la producción industrial y frenar la sangría del desempleo.

Para ilustrar la gravedad de la situación, el consenso a favor de la nacionalización de la banca, después del fracaso de la intervención multimillonaria para salvar el sistema financiero y de la nacionalización de bancos en países como Gran Bretaña y EEUU, se está haciendo cada día más patente. No es casualidad que el semanario norteamericano Newsweek titulara a toda plana en su portada de hace unas semanas "Ahora somos todos socialistas". Pero en realidad, todas estas medidas tienen muy poco de socialistas. Como señaló el desdichado ex presidente estadounidense George W. Bush, ahora es necesario abandonar los principios de la economía de mercado para salvar el capitalismo.

En un momento en que la prensa capitalista manosea para sus propios fines propagandísticos las medidas económicas y políticas adoptadas por Franklin D. Roosevelt con el llamado New Deal es necesario explicar qué supuso en realidad este plan, a quién benefició y si realmente evitó la crisis mundial. Las lecciones de aquella época, y el fracaso del keynesianismo a la hora de resolver los problemas de la clase obrera, arrojan luz para entender también las perspectivas para la crisis actual del capitalismo.

El crack de 1929

Para comprender las condiciones objetivas que llevaron a la burguesía estadounidense a adoptar la nueva estrategia del New Deal es imprescindible partir del crack de 1929. Pero a su vez el desplome bursátil de aquel año, y la subsiguiente recesión económica mundial, sólo se pueden explicar a partir del auge económico precedente.

Los EEUU emergieron de la Primera Guerra Mundial como la potencia económica decisiva, colocando a Gran Bretaña en una posición subalterna. Partiendo de la excepcional acumulación de capitales propiciada por la guerra, EEUU concentraba las mayores reservas de oro del mundo, el dólar era la única moneda convertible en oro y el superávit acreedor de EEUU alcanzaba los 3.000 millones de dólares. La industria norteamericana registró un gigantesco avance gracias a la aparición de nuevos mercados para sus manufacturas (Europa y Latinoamérica). Paralelamente, la aplicación de nuevos inventos y tecnología militar a la producción civil favoreció el desarrollo de nuevas ramas de la producción que transformarían la vida cotidiana (plástico, aeronáutica, telecomunicaciones,...). Este proceso dinámico se intensificó gracias a una nueva organización de la explotación fabril (fordismo y taylorismo), que a su vez impulsó un fuerte aumento de la productividad del trabajo.

En un periodo de seis años, entre 1923 y 1929, la producción de automóviles creció un 33% y el consumo de energía eléctrica se incrementó en más de un 100%. En 1925 las tasas de inversión productiva en EEUU rozaban el 20% del Producto Nacional Bruto.

No obstante, los primeros síntomas claros de desaceleración de la actividad productiva se manifestaron a finales de 1926 derivados del estancamiento europeo y de la saturación en los mercados mundiales de cereales y productos agrícolas. A partir de ahí se produjo un fenómeno típico de los periodos de ascenso: la sobreabundancia de capitales existentes, ya que no todos podían ser colocados de manera rentable en la economía productiva, empezó a pujar con fuerza el mercado bursátil y la especulación inmobiliaria en busca de mayores beneficios. Entre 1926 y 1929 se agudizó la brecha entre la actividad económica real y la bolsa de valores, enmascarando la crisis de sobreproducción latente. Cuando el estallido se produjo nada lo pudo detener.

Como en la actualidad, el desmoronamiento de las cotizaciones fue brusco y sorprendente, pero reflejaba un hecho incontrovertible: los activos de las empresas y su volumen de producción eran mucho menores que lo que indicaban los índices de cotización. La crisis de sobreproducción se agudizó por la existencia de miles de millones de capital ficticio que actuaron como una losa sobre el mercado y los efectos fueron devastadores. El crack de los valores bursátiles se trasladó inmediatamente al sector bancario que se vio incapaz de recuperar los créditos multimillonarios que habían concedido para financiar la compra de títulos y empresas que ya no valían nada. Entre 1929 y 1932, más de 7.000 entidades financieras entraron en bancarrota.

El colapso del crédito reflejó a su vez la caída abrupta de la actividad productiva estadounidense. Tomando un índice de producción industrial de 100 en 1928, en 1930 se situaba en el 83 y en 1932 en el 54. El parón de la producción provocó una oleada de cierre de empresas. Las tasas de inversión privada colapsaron: si en 1929 todavía se mantenían al 15,4%, en 1931 se redujeron al 7,2% y en 1932 al 1,5%. Paralelamente el desempleo creció a niveles desconocidos: de 1,5 millones de parados en 1929 se pasó a 4,5 millones en 1930, 7,9 millones en 1931, 11,9 millones en 1932 y 13 millones en 1933. En el campo se produjo un auténtico éxodo hacia las ciudades y regiones prósperas de más de 600.000 campesinos al año, retratado magistralmente por John Steinbeck en su obra Las uvas de la ira.

Proteccionismo y crisis de sobreproducción

En una economía mundializada, la crisis no se detuvo en las fronteras de los EEUU y se trasladó a Europa, donde el sistema financiero no pudo evitar quedar suspendido en el aire tras la repatriación de los capitales estadounidenses. Pero lo que tuvo mayores consecuencias a la hora de ampliar y profundizar el movimiento recesivo, fue la adopción generalizada de medidas proteccionistas y devaluaciones competitivas entre las diferentes potencias para proteger sus mercados. En EEUU los aranceles se incrementaron sensiblemente; en Francia, las tasas que gravaban las importaciones pasaron del 17,8% en 1929 al 29,4% en 1935. En Gran Bretaña también aumentó la dosis de proteccionismo: los aranceles subieron del 19,8% en 1932 al 23,3% en 1935. Todas estas medidas indujeron a una contracción del comercio mundial que sufrió una reducción muy severa. Tan sólo en EEUU, el valor de sus importaciones pasó de 4.400 millones de dólares en 1929 a 1.339 millones en 1932. En definitiva, la producción se desplomó en todos los países y el desempleo se convirtió en un fenómeno de masas.

El crack de 1929, como otras crisis anteriores y la que vivimos hoy, reivindican plenamente las palabras de Marx y Engels en El Manifiesto Comunista:
 "La historia de la industria y del comercio no es más que la historia de la rebelión de las fuerzas productivas modernas contra las actuales relaciones de producción, contra las relaciones de propiedad que condicionan la existencia de la burguesía y su dominación (...) Durante cada crisis comercial, se destruye sistemáticamente, no sólo una parte considerable de productos elaborados, sino incluso de las mismas fuerzas productivas ya creadas. Durante las crisis, una epidemia social, que en cualquier época anterior hubiera parecido absurda, se extiende sobre la sociedad: la epidemia de la superproducción (...) Y todo eso, ¿por qué? Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados medios de vida, demasiada industria, demasiado comercio (...) Las relaciones burguesas resultan demasiado estrechas para contener las riquezas creadas en su seno. ¿Cómo vence esta crisis la burguesía? De una parte, por la destrucción obligada de una masa de fuerzas productivas; de otra, por la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos. ¿De qué modo lo hace, pues? Preparando crisis más extensas y más violentas y disminuyendo los medios de prevenirlas".[1]


Los efectos políticos de la depresión económica fueron tremendos. El orden capitalista se vio amenazado en todo el mundo. En Europa se produjo una completa ruptura del equilibrio político y la sociedad fue sacudida por un nuevo ascenso revolucionario que se prolongó durante varios años. Las huelgas generales, las manifestaciones de masas y la crisis de la democracia burguesa y sus instituciones dominaron el panorama. Se abrió una fase en la lucha de clases europea sólo comparable con el periodo revolucionario de 1917-1923. La burguesía en Alemania y en Italia se volvió hacia el fascismo como la solución de la crisis política y social derivada del colapso económico.

El movimiento obrero estadounidense

A diferencia del boom estadounidense de las últimas dos décadas, el periodo de crecimiento de los años veinte se tradujo en un aumento de los niveles de bienestar para una masa importante de trabajadores, especialmente de los sectores cualificados empleados en la industria. Los salarios experimentaron un alza considerable: entre 1914 y 1926 el ingreso anual promedio se elevó de 682 a 1.473 dólares; descontando el efecto de la inflación, el salario obrero creció un 38% en términos reales entre 1915 y 1929. El auge significó también el ocaso del sindicalismo combativo, representado por las organizaciones del IWW, y el fortalecimiento del sindicalismo colaboracionista de la AFL [2]. La conflictividad obrera se redujo considerablemente.

Partiendo de estas condiciones, el impacto del crack de 1929 entre los trabajadores fue dramático. La depresión pilló por sorpresa al grueso de los obreros norteamericanos y el látigo del desempleo paralizó temporalmente su voluntad de respuesta. En 1930 la tasa de desempleo superó el 15%, pero durante el invierno de 1932-1933 el paro alcanzó al 25% de la fuerza de trabajo. Los salarios cayeron un 40%. El impacto de la crisis entre los pequeños agricultores fue tremendo: en este sector los ingresos promedio descendieron a la mitad.

Salvar el capitalismo: el "New Deal'

Desde que Roosevelt ocupara la presidencia a finales de 1932, los líderes del Partido Demócrata buscaron una nueva estrategia para salir de la depresión económica sin afectar las bases fundamentales del sistema capitalista, exactamente como hoy intentan Obama y sus asesores. El recurso a la intervención del Estado en la economía, la reforma de la legislación para canalizar el descontento laboral, la defensa del pacto social con los líderes sindicales y políticos de la izquierda norteamericana (socialdemócratas y estalinistas) se convirtieron en el eje de la acción del gobierno Roosevelt. Una política semejante, intentada en Europa a través de los gobiernos de Frente Popular y que acabó en un tremendo fracaso, sólo podía ser aplicada con relativo éxito en un país con reservas económicas importantes. León Trotsky lo señaló en un texto escrito en 1938:
"Actualmente hay dos sistemas que rivalizan en el mundo para salvar al capital históricamente condenado a muerte: son el Fascismo y el New Deal. El fascismo basa su programa en la disolución de las organizaciones obreras, en la destrucción de las reformas sociales y en el aniquilamiento completo de los derechos democráticos, con el objetivo de prevenir el renacimiento de la lucha de clases del proletariado (...) La política del New Deal, que trata de salvar a la democracia imperialista por medio de regalos a la aristocracia obrera y campesina sólo es accesible en su gran amplitud a las naciones verdaderamente ricas, y en tal sentido es una política norteamericana por excelencia".[3]


En 1933, la economía norteamericana se encontraba al borde de la catástrofe: la mitad de los estados habían decretado el cierre de todos los bancos; el Producto Nacional Bruto (PNB) se redujo en un 30% y la producción industrial se desplomó un 50% con relación a 1929. La inversión privada, motor de la actividad económica bajo el capitalismo, simplemente se paró. En un contexto de hundimiento de la producción, interrupción del crédito, desempleo masivo, cierres de empresas, deflación generalizada y caída de la tasa de beneficios, las bases del capitalismo norteamericano estaban realmente amenazadas.

Las primeras medidas del New Deal fueron orientadas al sector financiero a través de medidas de rescate, inyectando miles de millones de dólares de dinero público que impidieran su quiebra total. Incluso se llevaron a cabo nacionalizaciones de entidades financieras. Como en la actualidad, este trasvase de recursos públicos se convirtió, en la práctica, en una aceleración de la concentración del capital financiero y un nuevo paso en el fortalecimiento de los monopolios. Lenin explicó en su libro sobre el imperialismo cómo funciona este mecanismo:
 "Los magnates bancarios parecen temer que el monopolio del Estado se deslice hasta ellos cuando menos lo esperen. Pero, naturalmente, dicho temor no rebasa los límites de la competencia entre dos jefes de negociado de una misma oficina, porque, de un lado, son al fin y al cabo esos mismos magnates del capital bancario los que disponen de hecho de los miles de millones concentrados en las cajas de ahorro; y de otro lado, el monopolio del Estado en la sociedad capitalista no es más que un medio de elevar y asegurar los ingresos de los millonarios que están a punto de quebrar en una u otra rama de la industria".[4]


La Administración Roosevelt también adoptó medidas de ayuda a la industria, a través de la NRA (Ley de Recuperación Industrial), que aceleraron la concentración empresarial y eliminaron las restricciones a los monopolios concediéndoles importantes préstamos y subsidios. Para acabar con la deflación de los precios agrarios se aprobó, entre otras, la Ley de Ajuste Agrícola (Agricultural Adjustment Administration, AAA) de 1933 que facilitó subsidios para limitar la superficie de cultivo y la cría de animales. En última instancia, estas decisiones beneficiaron a los grandes y medianos propietarios agrícolas aumentando la concentración de la propiedad de la tierra: se despidió a miles de jornaleros y pequeños arrendatarios que abandonaron en masa sus tierras.

A pesar de todo, estas medidas no evitaron que creciera el descontento social, especialmente entre los parados que se contaban por millones. En un primer momento, la administración Roosevelt recurrió a medidas de caridad públicas con la puesta en marcha de la Ley Federal de Auxilio de Emergencia, que distribuyó hacia los municipios y Estados una cantidad en torno a los 500 millones de dólares, cifra ridícula si se la compara con el desembolso realizado a favor de las empresas y los bancos. También se puso en marcha un plan de obras públicas para dar empleo a los parados a través de la PWA (Administración de Obras Públicas) que manejó un presupuesto de 3.000 millones de dólares. Para lograr el apoyo de la burocracia de la AFL a todas estas medidas, se incorporó a la NRA la famosa cláusula 7 a) que reconocía el derecho de los trabajadores a organizarse en sindicatos y negociar en forma colectiva con la intermediación del Estado.

El New Deal puso en marcha los recursos estatales para reactivar la economía privada y recuperar las ganancias de los grandes capitales. Al igual que hoy, la mayoría de las grandes empresas estadounidenses se mostraban satisfechas con esta intervención estatal, de hecho, los grandes monopolios fueron los que escribieron las reglas. En definitiva, la intervención estatal mostraba con toda crudeza lo lejos que había llegado la anarquía del libre mercado y la incapacidad del orden burgués para organizar la economía de manera progresiva, pero en ningún caso se trataba de un rasgo de socialismo. Federico Engels abordó la cuestión de la siguiente manera en su celebre Anti Dühring:
"Si las crisis descubren la incapacidad de la burguesía para seguir administrando las modernas fuerzas productivas, la transformación de las grandes organizaciones de la producción y cambio en sociedades anónimas y en propiedad del Estado muestra que la burguesía no es ya imprescindible para la realización de aquella tarea. Todas las funciones de los capitalistas son ya desempeñadas por los empleados a sueldo. El capitalista no tiene ya más actividad social que percibir beneficios, cortar cupones y jugar a la bolsa, en la cual los diversos capitalistas se arrebatan los unos a los otros sus capitales (...) Pero ni la transformación en sociedades anónimas ni la transformación en propiedad del Estado suprimen la propiedad del capital sobre las fuerzas productivas. En el caso de las sociedades anónimas, la cosa es obvia. Y el Estado moderno, por su parte, no es más que la organización que se da la sociedad burguesa para sostener las condiciones generales externas del modo de producción capitalista contra ataques de los trabajadores o de los capitalistas individuales. El Estado moderno, cualquiera que sea su forma, es una máquina esencialmente capitalista, un Estado de los capitalistas: el capitalista total ideal. Cuanta más fuerzas productivas asume en propio, tanto más se hace capitalista total, y tantos más ciudadanos explota. Los obreros siguen siendo asalariados, proletarios. No se supera la relación capitalista, sino que, más bien, se exacerba...".[5]


La ofensiva obrera

Durante toda esta etapa de crisis, Roosevelt entró en conflicto, a determinada escala, con individuos y grupos de capitalistas. Pero esos choques respondían, precisamente, a que el éxito de su política en defensa de los intereses generales del capitalismo, los grandes monopolios y el imperialismo norteamericano dependía de neutralizar el descontento de la clase obrera. Para lograrlo no dudó en fabricarse una imagen de "amigo de los trabajadores" y enemigo de los monopolios, dando rienda suelta a la demagogia más descarada mientras subordinaba a la burocracia sindical a los intereses generales del capital. Todas sus medidas y giros calculados fueron una respuesta a la ofensiva obrera que se desató desde 1932 hasta 1937 y que culminó en grandes luchas contra los desahucios, marchas masivas de parados y una oleada de huelgas masivas, ocupaciones de fábricas y escisión del movimiento sindical.[6]

Animados por las medidas del New Deal y los tímidos indicios de la reactivación económica, cientos de miles de obreros, entre 1932 y 1934, se organizaron sindicalmente en todos los sectores: en la industria textil, el automóvil, el acero, el caucho, etcétera. Ese movimiento masivo provocó un choque entre los intereses de la burocracia sindical de la AFL, que organizaba fundamentalmente a trabajadores cualificados, y miles de obreros no cualificados que luchaban por la formación de comités de fábrica integrados por toda la clase obrera. Finalmente, la cascada de luchas obreras, ocupaciones de fábricas y de-sobediencia sindical cristalizó en la escisión de la AFL en octubre de 1935: una fracción de la burocracia sindical, encabezada por John Lewis, dirigente del sindicato de mineros, organizó el CIO (Comité por la Organización Industrial) que agrupó a un número de sindicatos muy destacado.

El nuevo panorama abierto con el giro a la izquierda en el movimiento obrero tuvo hondas repercusiones políticas. La posibilidad de que los trabajadores culminasen con éxito el camino iniciado y se dotaran de una organización política independiente,[7] obligó a Roosevelt a realizar un nuevo giro para afianzar una nueva alianza con los sindicatos y los sectores proclives al acuerdo: el Partido Socialista y el Partido Comunista. Para calmar el descontento, el gobierno Roosevelt aprobó una nueva batería de medidas reformistas: desde una reforma fiscal significativa, pasando por la creación del sistema público de pensiones y nuevas ayudas públicas a los ayuntamientos y los Estados. También realizó concesiones a los nuevos comités de fábrica y a los líderes del CIO a través de la llamada acta Wagner, que legislaba a favor de la negociación colectiva por parte de los comités de fábrica. En esta coyuntura se crearon las condiciones para un cambio significativo del panorama político estadounidense. El Partido Demócrata consolidó la alianza entre un sector del capital norteamericano y los sindicatos, un modelo que se ha extendido hasta la actualidad, logrando mantener la confianza de una parte considerable de las masas en el Estado burgués y el sistema capitalista.

En las elecciones de 1936, Roosevelt cosechó un amplio apoyo entre los trabajadores norteamericanos gracias a la ayuda de la burocracia sindical, fundamentalmente del CIO, y de la izquierda, especialmente de los estalinistas que habían jugado un papel importante en la formación de los nuevos sindicatos. Trotsky señaló en aquel momento que "en los EEUU, el frente popular asumió la forma de rooseveltismo, es decir, el voto de los radicales, comunistas y socialistas por Roosevelt".

¿Resolvió el New Deal la crisis capitalista?

El conjunto de medidas adoptadas por el New Deal no pudo resolver la crisis ni las contradicciones profundas del capitalismo norteamericano y mundial. En 1937, tras dos años de modesta recuperación de los indicadores económicos, la recesión se hizo de nuevo visible. El paro seguía en tasas alarmantes (más de diez millones), y los niveles de inversión productiva no se habían recuperado. De hecho, la producción industrial en 1937 era un 9% inferior a la de 1929. Lo que sí consiguió la administración Roosevelt fue abortar el ascenso revolucionario de los trabajadores norteamericanos, neutralizar la expresión política independiente de su descontento, y lograr una adhesión al sistema capitalista que parecía imposible años antes. Para lograrlo contó con el auxilio de los reformistas, los estalinistas y la burocracia sindical. Estas fueron las precondiciones para garantizar el apoyo del movimiento obrero a los planes del gobierno a favor del rearme y de los preparativos de guerra, insuflando un nuevo sentimiento chovinista y patriota en la sociedad. Y fue el factor de la guerra, y su impulso económico tanto en los años que duró el conflicto como en la reconstrucción económica mundial al finalizar la contienda, lo que realmente permitió salir de la depresión iniciada en 1929 y fortalecer el dominio del imperialismo norteamericano sobre el mundo.

El fracaso del keynesianismo

A los teóricos del pacto social y la colaboración de clases, es decir a la socialdemocracia, la perspectiva de la crisis y sus consecuencias en la lucha de clases les provoca auténtico pánico. Por eso les gustaría volver a los buenos viejos tiempos, a los años de crecimiento económico de la posguerra en Europa occidental y EEUU, la época dorada del estado del bienestar, del keynesianismo y del reformismo.

La nota más destacada de aquel periodo en cuestión, que se prolongó hasta la década de 1970, fueron las grandes inversiones en la industria, el giro hacia la mecanización y la automatización, y el avance espectacular de la productividad del trabajo. Se asistió a un crecimiento tremendo de medios de producción y bienes de consumo. A su vez, esta espiral ascendente se vio fortalecida por el crecimiento del comercio mundial, que favoreció rápidos retornos del capital productivo acelerando el ciclo industrial, y una acumulación de capital formidable. Las tasas de ganancia que obtuvieron los capitalistas de los países avanzados en la década de los cincuenta y sesenta han sido las más altas en un siglo.

La intervención estatal fue un factor que contribuyó al auge de la posguerra, pero no fue el decisivo. En países de Europa occidental como Francia o Gran Bretaña, el Estado se hizo con el control de sectores productivos que el capital privado consideraba poco rentables. La modernización de estas industrias (ferrocarriles, minería, siderurgia, eléctricas, etc.) exigía grandes desembolsos de capital fijo, cuya amortización era mucho más lenta que en otras ramas productivas. Estos sectores estatalizados de la economía proporcionaban materias primas y servicios baratos a los capitalistas privados, que de esta manera se beneficiaban de los subsidios y las inversiones estatales. Pero esta intervención estatal no alteraba las leyes básicas ni las contradicciones en que se mueve el capitalismo. El factor clave del auge de posguerra fue el aumento de la inversión de capital privado que ya hemos señalado anteriormente. Era la dinámica del mercado, y no la intervención del Estado, lo que determinaba el movimiento ascendente de la economía.

Tal como los marxistas de la época no dejaron de señalar, esta fase extraordinaria de acumulación finalmente chocó con los límites de la producción y las contradicciones insalvables del sistema. En última instancia toda una serie de factores se combinaron para precipitar la recesión, es decir, la reaparición de la crisis de sobreproducción con sus efectos conocidos: cierres masivos de empresas, ataques a los salarios, desempleo de masas..., abriendo un nuevo periodo de ascenso revolucionario en la década de los setenta.[8]

La depresión económica actual

El contexto general en que se mueve la nueva administración Obama y el resto de los gobiernos capitalistas es espeluznante. Cada dato que se conoce diariamente es peor que el anterior y basta un repaso a los más esenciales para entender la extrema gravedad, profundidad y extensión de la crisis. La contracción de la economía norteamericana (PIB) en el último trimestre de 2008 ha sido del ¡6,2%!; sus exportaciones e importaciones cayeron respectivamente un 19,7% y un 15,7%, el mayor descenso desde 1971; a su vez el consumo se ha desplomado registrando la peor caída en 28 años; la inversión en bienes de equipo, indicador fundamental de la inversión productiva, se redujo en ese mismo periodo un 27,8%, el peor dato en medio siglo.

Por otra parte, la tasa de paro en los EEUU se sitúa ya en el 7,2% y podría acercarse al 10% en los próximos meses. Oficialmente 11 millones de estadounidenses están en el paro, un 48 por ciento más que hace un año. En 2008 el número de norteamericanos que se ha apuntado a las listas del desempleo es de 4,78 millones, la cifra más elevada desde que comenzaron las estadísticas en 1967. La crisis afecta a todos los sectores de la producción, donde el cierre de plantas y la destrucción de empleo se desarrolla a un ritmo endiablado. Pero este fenómeno de paro masivo no es privativo sólo de la economía estadounidense: afecta a todos los países en todos los continentes.[9]

La situación es igual de mala, o peor, en Europa. La actividad económica del conjunto de la UE se redujo el 1,5% durante el cuarto trimestre de 2008. La crisis golpea especialmente a Alemania, que vivió una caída de la actividad durante el último trimestre del pasado año del 2,1%, la más intensa desde la reunificación alemana de hace dos décadas. Las economías de Francia y Reino Unido cayeron también significativamente, el 1,2% y el 1,5%, respectivamente, mientras que Italia descendió el 1,8% y España, el 1%. Por su parte, la caída del PIB en Japón, la tercera economía mundial, fue del 11,7% durante el cuarto trimestre del pasado año en tasa anualizada, según datos de la oficina del gobierno. El índice de la producción industrial del país nipón se redujo un 9,6% en 2008 respecto al año anterior. En el caso de China, si en 2007 su economía había crecido un 13%, en 2008 el impacto de la crisis internacional redujo el crecimiento a un 6,7%.

Los gobiernos capitalistas están paralizados ante el tamaño de la crisis. Sus rescates multimillonarios del sistema financiero han fracasado miserablemente, y eso que han desembolsado más de dos billones de euros de dinero público entre inyecciones de liquidez y compras de activos bancarios en el último año (entre EEUU, Europa y Japón). La persistencia en el cortocircuito del crédito, cuya sequía es una consecuencia del desplome de la economía real, demuestra que todas estas aportaciones de capital se han incorporado a los balances de los bancos o han sido distribuidos directamente como beneficios entre los accionistas. Esta es la razón por la que se ha abierto de forma descarnada el debate sobre la nacionalización de la banca, y de por qué todos los defensores acérrimos de la libertad de empresa se inclinan ahora por la intervención estatal.

Todas estas intervenciones, incluida la nacionalización, tienen una lógica aplastante: auxiliar a la banca privada a través de las finanzas públicas, del dinero que saldrá del bolsillo de los trabajadores, del recorte de los subsidios de desempleo, de los gastos en educación y sanidad pública, sin que ello suponga que el capital de estos bancos se vaya a destinar a resolver las necesidades acuciantes de la población. Los marxistas no apoyamos este tipo de "nacionalizaciones" capitalistas. Nuestro programa frente a la crisis se basa en la expropiación de la banca y de los monopolios, sin indemnización salvo en casos de necesidad comprobada, y controladas por los trabajadores y sus organizaciones. Sólo de esta manera, poniendo este capital privado a disposición de la mayoría de la sociedad, capital que no es más que la plusvalía expropiada a los trabajadores en el proceso de la producción, se podría acometer la planificación de la economía de una manera racional, aumentando exponencialmente el bienestar del conjunto de la humanidad y acabando con la lacra del desempleo y la orgía de destrucción de fuerzas productivas a la que estamos asistiendo. Obviamente este sería un paso colosal en la transformación socialista de la sociedad, poniendo punto y final a esta pesadilla que se llama capitalismo. Pero esta opción, lógicamente, no es la que contemplan los gobiernos capitalistas del planeta, sean del signo que sean.

Las medidas de Obama y las perspectivas para la crisis

Los paralelismos entre el New Deal y los planes anunciados por Obama para tratar de sacar a la economía estadounidense de su actual atolladero son evidentes. Las medidas para rescatar el sistema bancario, pasando por los "planes" de déficit público, hasta el "aumento" de los impuestos para los ricos, demuestran que el guión de la historia ha sido bien estudiado. Incluso hasta en los detalles hay similitudes, como prueba la demagogia empleada por Obama en sus discursos contra los "excesos" de los especuladores y los salarios "escandalosos" de los altos ejecutivos, o sus declaraciones y las del vicepresidente, Joe Biden, a favor de "sindicatos fuertes". En todas las medidas de la nueva administración norteamericana hay un aroma calculado a New Deal, buscando fabricar una nueva legitimidad del sistema y transformar el descontento de millones de trabajadores norteamericanos en un apoyo al capitalismo "de rostro humano".

El nuevo plan económico de Barack Obama, anunciado a bombo y platillo como la solución para evitar una catástrofe, supondrá la utilización de 789.000 millones de dólares (615.000 millones de euros) con los que pretende crear tres millones y medio de puestos de trabajo en dos años. En el camino hasta lograr la luz verde del senado, Obama ha tenido que recortar muchas de sus previsiones iniciales debido a las presiones de los republicanos: ha reducido 40.000 millones de dólares destinados a los Estados para el fomento de la educación y otros 6.000 millones más para la rehabilitación de escuelas públicas, entre otros. El plan, tal como ha sido aprobado, supondrá que el Estado dejará de percibir unos 219.000 millones de euros en deducciones fiscales con el fin de "animar" el consumo de las clases medias. El resto del paquete, 395.000 millones de euros, son nuevas inversiones en infraestructuras, pagos a la seguridad social de los Estados que están al borde de la quiebra, educación y ayudas al desempleo. A este plan se suma el anuncio de un presupuesto para este año, que disparará el déficit presupuestario hasta 1,7 billones de dólares (12,3% del PIB).

Ahora bien, ¿será suficiente este plan para sacar a la economía norteamericana del atolladero? El primer paquete de estímulo aplicado por la administración Bush, cerca de 700.000 millones de dólares, fracasó estrepitosamente. Esta nueva cantidad de dinero puede evaporarse también, sobre todo teniendo en cuenta que es una nadería en comparación con la gravedad de la crisis del sector financiero y el desplome de la producción. La Oficina Presupuestaria del Congreso ha previsto que a lo largo de los próximos tres años se producirá un desfase de 2,9 billones de dólares entre lo que la economía puede producir y lo que de hecho producirá. Y 800.000 millones de dólares, aunque parezca mucho dinero, no sirve ni mucho menos para salvar ese abismo. Como hemos señalado anteriormente, la intervención estatal no es suficiente para reactivar la economía capitalista que depende de la inversión productiva y de la venta de mercancías para obtener beneficios, paralizados en estos momentos por la lógica de la sobreproducción.

Además los peligros de esta estrategia son evidentes. Recurrir al déficit masivo puede colocar en riesgo de suspensión de pagos al conjunto de la economía capitalista norteamericana que, no olvidemos, arrastra ya un déficit fiscal y comercial histórico financiado gracias a los miles de millones de dólares que China y otros países asiáticos emplean en comprar bonos del tesoro y demás títulos de deuda pública.[10] La diferencia fundamental con la época de posguerra, en pleno ascenso de las fuerzas productivas, es que la crisis también afecta a China y a Japón de una manera contundente. Obama corre el riesgo de quedarse bloqueado a la hora de obtener fondos para financiar este déficit espectacular que va a dispararse en los próximos meses. Si el gobierno norteamericano intenta cubrirlo poniendo en circulación una gran masa monetaria, como ya están haciendo, provocarán una devaluación aún mayor del dólar. Este hecho tendrá sus efectos. Por un lado, retraerá a los inversores extranjeros en deuda pública, que no querrán comprar más bonos del tesoro devaluados. En segundo lugar azuzará las medidas proteccionistas y las devaluaciones competitivas de otros países, un fenómeno que ya se está extendiendo por todo el planeta y que trae a colación los peores fantasmas del crack de 1929.[11]

La volatilidad de la situación es extrema. El lunes 2 de marzo, cuatro días después de que el presidente Obama presentara sus nuevos presupuestos, las bolsas mundiales registraron una nueva jornada de pánico, tras el anuncio del gobierno estadounidense de una nueva inyección de otros 30.000 millones de dólares a la aseguradora AIG. Por primera vez desde el crack de 1997 el índice Dow Jones cayó por debajo de los 7.000 puntos.

La dinámica de depresión económica es difícil de determinar en sus detalles. Pero una cosa es clara: igual que ocurrió con el crack de 1929, sus consecuencias políticas serán profundas. La confianza en el capitalismo será cuestionada por millones de trabajadores y jóvenes que, a pesar del fuerte impacto que están sufriendo en estos momentos, se verán obligados a pasar a la acción con una fuerza desconocida en las últimas décadas. Las grandes movilizaciones de Italia, Francia y Grecia son sólo un anticipo de lo que está por venir. Las organizaciones obreras, tanto políticas como sindicales, serán sacudidas de arriba abajo y las oportunidades para transformar la sociedad en líneas socialistas se multiplicarán en decenas de países. En estas circunstancias, el programa del genuino marxismo se abrirá paso con fuerza, ganando un apoyo consciente entre millones de oprimidos de todo el mundo.

NOTAS


1. Carlos Marx - Federico Engels, El Manifiesto Comunista, Fundación Federico Engels, p. 44.

2. IWW Trabajadores Industriales del Mundo  (IWW o los Wobblies), sindicato revolucionario estadounidense, inspirado en la doctrina del sindicalismo revolucionario y el anarcosindicalismo. AFL (American Federation of Labor), una de las primeras federaciones sindicales de EEUU. Fue fundada en Ohio en 1886 por   que la dirigió hasta su muerte en 1924,  basándose en un programa conservador y colaboracionista con las patronales y los diferentes gobiernos capitalistas de EEUU.
Si en 1919 se produjeron en torno a 3.600 huelgas que afectaron a más de 4 millones de trabajadores (casi el 21% de la fuera laboral norteamericana), diez años después las huelgas solo sumaron 900 y los trabajadores implicados fueron alrededor de 300.000, es decir, un 1,2% de la fuerza de trabajo.

3. León Trotsky, ¿Qué es el marxismo?, Fundación Federico Engels, Madrid 2003, p. 28.

4. V. I. Lenin, El imperialismo fase superior del capitalismo, Fundación Federico Engels, Madrid 2007, p. 375. Federico Engels, Anti Dühring, Editorial Grijalbo, OME, Barcelona 1977, p 289-90. El propio Engels contestó a aquellos "socialistas", como los socialdemócratas actuales, que veían en la intervención del Estado en la economía un signo de socialismo: "Recientemente, desde que Bismarck se dedicó también a estatizar, se ha producido un cierto falso socialismo -que ya en algunos casos ha degenerado en servicio al estado existente- para el cual toda estatalización, incluso la bismarckiana, es sin más socialista. La verdad es que si la estatalización del tabaco fuera socialista, Napoleón y Metternich deberían contarse entre los fundadores del socialismo..." (Ídem)

6. En 1933 y 1934 fueron a la huelga más de un millón de trabajadores de diferentes industrias, en defensa de los salarios, mejoras en los convenios colectivos y por el reconocimiento de las comisiones sindicales, de las cuales destacaron, por su combatividad y radicalización, la huelga de los Camioneros en Minneapolis, los estibadores de San Francisco y los del sector automotriz en la ciudad de Toledo. La primera de estas huelgas fue liderada por los trotskistas de la Liga Comunista, que organizaron un soviet en la ciudad de Minneapolis en el que participaron trabajadores de todos los sectores, encabezados por los camioneros y su sindicato local, y una auténtica milicia obrera que se enfrentó a miles de policías y esquiroles movilizados para acabar con la huelga. La segunda lucha fue dirigida por el PC. Los estibadores iniciaron la huelga para abolir el sistema de shape-up (una especie de mercados de esclavos donde por la mañana temprano se elegían grupos de trabajadores para el día), se enfrentaron a la represión armada de la policía en los muelles y la lucha se trasladó a toda la clase obrera de San Francisco que protagonizó una gran huelga general. Las tres huelgas mencionadas acabaron en grandes victorias.
En otoño de 1934 tuvo lugar la mayor de todas las huelgas, con 325.000 trabajadores textiles que abandonaron las fábricas y se organizaron en piquetes enfrentándose durante semanas a la represión policial y militar en numerosas ciudades. También fueron muy importantes las huelgas de brazos caídos, en realidad una manera de ocupar las fábricas e impedir la producción, como la de los trabajadores del caucho en Akron (Ohio) y la de la fábrica Fisher Body (General Motors) en Flint (Michigan) que se prolongó desde diciembre de 1936 hasta febrero de 1937. Para ver más en detalle el desarrollo de este periodo se puede consultar: Howard Zinn, La otra historia de los EEUU, Hiru, Hondarribia 1999; Farell Dobbs, Rebelión Teamster, Pathfinder, Canadá 2004.

7. En la Convención del Sindicato del Automóvil y en la de la AFL de 1935 (donde Lewis rompió para fundar el CIO), un sector de trabajadores propuso la formación de un Partido de Trabajadores nacional. Todos estos intentos expresaban un avance formidable en la conciencia política de amplios sectores de la clase obrera. En agosto de 1937 encuestas realizadas por Gallup mostraban que el 21% de los consultados apoyaban la formación de tal partido.

8. Por un lado el fuerte incremento de capital constante en proporción al capital variable hizo inevitable el aumento de la composición orgánica del capital. A pesar de todas las fuerzas contrarrestantes, la tasa de ganancia experimentó un descenso paulatino a partir del final de la década de los sesenta. Por otra parte, el aumento del precio de las materias primas industriales, especialmente del petróleo, fue un factor importante a la hora de encarecer los costes de producción. Éste hecho se enlazó a otros muchos. Uno de los más significativos fue el ascenso de la lucha de clases en el mundo colonial y también en los países capitalistas avanzados. Desde EEUU hasta Francia, donde la gran huelga revolucionaria de mayo de 1968 estuvo cerca de liquidar el capitalismo, o Italia, durante el otoño caliente de 1969. La larga lista de factores que influyeron no termina ahí. Los enormes déficits públicos, alimentados durante veinte años y que conformaban la espina dorsal de la doctrina keynesiana, actuaron como un lastre y dispararon la inflación. La sobreacumulación y las dificultades de colocación de los capitales calentó la burbuja especulativa. Un análisis brillante de todo este periodo se puede consultar en el primer volumen de las obras de Ted Grant, especialmente en la sección titulada: El auge económico de la posguerra. Orígenes, efectos y declive. Fundación Federico Engels, Madrid 2007.  

9. La Organización Internacional del Trabajo pronosticó que 2009 puede acabar con 50 millones de desempleados más en todo el mundo, considerando un total de 230 millones de parados para este año.

10. La teoría de Keynes y sus seguidores a favor de estimular la demanda puede funcionar temporalmente, si las reservas públicas están saneadas y son abundantes o durante una época de auge de la economía, aunque sea a costa de un endeudamiento agónico del Estado. Tal como ocurrió en los años del New Deal, los resultados que se pueden obtener con estos métodos en una fase de depresión económica son muy modestos. Pero en la actualidad se parte de unas condiciones muy diferentes: EEUU tiene en estos momentos una deuda global superior al 50% del PIB. El déficit público es de 1,3 billones de dólares, cerca de un billón de euros, el  mayor desde la Segunda Guerra Mundial, equivalente al 8,3% del producto interior bruto (PIB). En palabras del historiador estadounidense Paul Kennedy: "Estoy aterrado porque muy probablemente tendremos muy poco dinero para pagar los bonos del Tesoro que van a ser emitidos, en decenas de miles de millones cada mes, en los próximos años (...) Hoy, nuestra dependencia de los inversores extranjeros se aproximará más y más al estado de endeudamiento internacional que nosotros los historiadores asociamos con los reinados de Felipe II de España y Luis XIV de Francia" (El poder de EEUU está decayendo).

11. Los ejemplos de un nuevo proteccionismo proliferan por todas partes. Hace dos meses, Rusia decidió elevar del 5% al 30% el gravamen para los coches importados. También ha introducido aranceles a la carne de ave y de cerdo. India ha anunciado que durante los próximos seis meses prohibirá la importación de juguetes de China (la mitad de los que importa). El Gobierno chino antes elevó las deducciones de los impuestos a la exportación de sus juguetes en un 14% para ayudar a sus fabricantes nacionales. El presidente francés, Nicolas Sarkozy, ha aclarado que las ayudas a las empresas de automóviles son para "ayudar a frenar la huida de empleo de Francia". Estados Unidos ha salido a apoyar a los gigantes del motor de Detroit, pero sólo para que salven sus plantas en el país. Para que el PIB de los países avanzados crezca al 3%, el comercio internacional debe hacerlo al 8% pero ahora la economía mundial apenas crece. Según la OMC, el comercio mundial caerá en 2009 por primera vez en 27 años, en torno a un 2%.

Juan Ignacio Ramos
El Militante
Fecha: 10 de marzo de 2009
Disponible en:  http://www.militante.org/lecciones-del-crack-1929


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Prospección de la Gran Depresión 2005 - 2014

Enlace permanente 11 de Marzo, 2009, 21:26


Es posible considerar diversos aspectos, que evidencian múltiples semejanzas entre la Gran Depresión, enmarcada en el período que abarca de 1926 a 1935 y la prospección de una Gran Depresión, que abarcaría el período de 2005 a 2014. Estos son algunos  de estos aspectos:


1)El ala más conservadora de Wall Street y los ideólogos del fundamentalismo de mercado han sostenido que la actual recesión, dista mucho de la Gran Depresión,  pues a inicios de la Gran Crisis de 1929, los niveles de desempleo eran muy superiores. Pero si se hace una prospección condicional, con base en lo sucedido en la Gran Depresión y lo que sucede en el contexto actual, y aplicando métodos inferenciales bayesianos, se puede hipotetizar con un alto grado de probabilidad, que  la intensidad de pérdida de empleos mensuales aumentará significativamente,   por lo que el nivel de desempleo abierto del período 2009-2010, puede llegar a alcanzar o superar los niveles de 1929-1930 y los niveles de subempleo, bien pueden ser superados a los de la la Gran DepresiónLos datos sobre el desempleo abierto  en EE.UU., que señalan en Febrero se alcanzó un 8.1%, es un indicio que se están alcanzando los niveles de la Gran Depresión iniciada en 1929 y que bien podría superar hacia finales del 2010, las cifras de 1930. Lo anterior, bien puede ser fundamentado en el siguiente gráfico comparativo:


Prospección  de la Gran Depresión 2005 - 2014,
condicional a la Depresión 1926 - 1955

2)Por otra parte, el movimiento de la Bolsa presenta algunas similitudes en 1924, pues los precios bursátiles, más que se triplicaron de 1924 hasta 1929, para luego descender un 80% de 1929 a 1932Desde septiembre de 1929, el S&P 500 perdió un 85% de su valor hasta junio de 1932, empleando 33 meses hasta lograr un suelo definitivo.Comparable con como  el valor real (corregido por la inflación) del índice estadounidense por excelencia, el S&P 500, casi se triplicó desde 1995, hasta el año 2000. Desde ahí, hasta el reciente Noviembre 2008, ha perdido un 60% de su valor.

Si se procede a realizar una inferencia prospectiva, entre los análogos de las fechas de entonces y lo que está sucediendo en la actualidad, se encuentra un alto nivel de similitudes entre las dos crisis. La hipótesis abducida a partir de esta inferencia prospectiva, sería que la fecha del próximo suelo de mercado sería julio de 2010. No obstante, en tanto se trata de un tipo de procedimiento inferencial no-monotónico, la abducción de diversas hipótesis y la selección de las más adecuadas, se optimizará gradualmente, con base se obtengan nuevos datos, en el contexto de esta tendencia.





Existen numerosas otras similitudes entre la era anterior a la Depresión y la actual. Paul Alexander Gusmorino dice:

 "La Gran Depresión fue la peor recesión económica de la historia de USA, y se extendió a virtualmente todo el mundo industrializado. La depresión comenzó a fines de 1929 y duró casi una década… La excesiva especulación a fines de los años veinte mantuvo al mercado bursátil artificialmente alto, pero terminó por llevar a grandes caídas del mercado. Estas caídas del mercado, combinadas con la mala distribución de la riqueza, llevó al zozobro de la economía estadounidense."

(La disparidad de ingresos) entre los ricos y la clase media creció durante todos los años veinte. Mientras el ingreso per capita disponible creció un 9% entre 1920 y 1929, los que tenían ingresos dentro del 1% superior gozaron de un estupendo aumento de un 75% en ingresos disponibles per capita. Una razón importante para esta brecha grande y creciente entre los ricos y la gente de clase trabajadora fue el aumento de la producción manufacturera durante este período. Entre 1923 y 1929 la producción promedio por trabajador aumentó un 32% en la manufactura.

Durante ese mismo período de tiempo los salarios promedio en la manufactura aumentaron sólo un 8% (Esto causa una disminución en la demanda y conduce al crecimiento de los gastos a crédito.)

El gobierno federal también contribuyó a la creciente brecha entre los ricos y la clase media. La administración de Calvin Coolidge (favorable a las empresas) aprobó la Ley de la Renta de 1926, que redujo dramáticamente los impuestos a los ingresos y a la herencia. (Al mismo tiempo) la Corte Suprema dictaminó que la legislación del salario mínimo era inconstitucional.

Los tres cuartos inferiores de la población tuvieron un ingreso agregado de menos de un 45 % del ingreso nacional combinado; mientras el 25% superior de la población recibió más de un 55% del ingreso nacional. Entre 1925 y 1929 el crédito total se más que duplicó de 1.380 millones de dólares a unos 3.000 millones." Resultando una copia, lo sucedido desde fines de los 90´s. La creciente brecha en los salarios ha producido masivas burbujas especulativas así como un aumento permanente en las compras a crédito. El estancamiento de los salarios obliga a los trabajadores a buscar otras oportunidades para salir adelante.

Cuando los salarios se quedan atrás respecto a la productividad, la demanda disminuye naturalmente y los negocios comienzan a flaquear. La única manera de incitar a más compras es la reducción de las tasas de interés o la expansión del crédito personal, y entonces es cuando comienzan a aparecer las burbujas bursátiles.

Es lo que sucedió con el mercado bursátil antes de 1929 así como en el mercado inmobiliario a partir del 2007.



El lunes 21 de octubre de 1929, el mercado bursátil sobrevaluado comenzó su caída. Logró una breve recuperación a mediados de semana, pero 7 días más tarde, el Martes Negro, volvió a derrumbarse: se pusieron a la venta 16 millones de acciones y no había compradores. El juego se había acabado. La confianza se evaporó de un día al otro. La gente dejó de comprar a crédito, la economía burbuja se derrumbó, y la poderosa locomotiva para el crecimiento, el consumidor estadounidense, cojeó hacia la Gran Depresión. Los aranceles fueron elevados, los extranjeros dejaron de comprar bienes estadounidenses; bancos cerraron, negocios quebraron, y el desempleo aumentó vertiginosamente. Diez años después el país seguía afectado por la implosión.

Y quien desconoce la historia, está condenado a repetirla. Alan Greenspan, -como presidente de la Reserva Federal-,  con su profundo optimismo en el fundamentalismo de mercado, la fe absoluta en las tesis liberales del monetarismo globalizado, y bajo las exigencias de los sectores más rapaces del sector financiero y de los diversos y poderosos  sectores oligopólicos,  ansiosos por expandir su poder financiero por todo el globo; estuvo  condicionado a poner su función pública al servicio de los intereses pecuniarios de los diversos agentes financieros y empresariales, que exigían a los agentes gubernamentales, liberar  el mercado, y con ello, el comercio intranacional e internacional de trabas y regulaciones. En este contexto se busca reducir a un mínimo las acciones gubernamentales, así como las inversiones en el sector público y en el bienestar social; en  lo que se ha denominado como un secuestro del sector público por parte de los intereses pecuniarios de los grandes agentes oligopólico - empresariales del mercadoTanto los agentes ejecutivos del sector público, de los organismos financieros internacionales (-FMI, BM, OMC-),  de los sectores empresariales y financieros privados, han sido los mismos;  y pasan de la función pública a los puestos directivos del sector privado, de manera libre y ligera, por un tipo de "puerta giratoria", quedando entonces, la función pública subordinada a un sistemático tráfico de influencias (- un vivo ejemplo de este tipo de actuaciones ha sido el ex-secretario del tesoro Henry Paulson -). En este contexto,  Alan Greenspan  bombeó incontables millones de dólares al sistema a través de "tasas bajas de interés", creando la mayor burbuja de todos los tiempos y preparado las condiciones para una profunda reducción de gastos. Las políticas inflacionarias de Greenspan estaban diseñadas para expandir la "brecha de la riqueza" y crear una mayor polarización económica entre las clases.

Greenspan, actuó como un gran director de la orquesta de todos los agentes del fundamentalismo del mercado, entre ellos las agencias hipotecarias con regulación estatal (- Fannie Mae, Freddie Mac - ), que seducidas por los falaces cantos de las sirenas de las agencias calificadoras de riesgo y por la garantía del respaldo gubernamental que ofrecía el mismo Presidente de la Reserva Federal, se liberaron  entonces, los mecanismos de regulación sobre estas agencias hipotecarias y el sector financiero en general, y que por medio de una alevosa torre de Babel financiera de instrumentos derivados, llevaron exitosamente a la nación estadounidense hacia la insolvencia virtualUn comité de la Cámara de Representantes de EE.UU., ha acusado a las agencias calificadoras de riesgo como: Standard and Poor's y Merril Lynch, de haber abusado de la confianza que se tenía en ellas y de haber ignorado las señales que anticipaban la crisis.

Contextualmente los paralelos entre la actual recesión y la Gran Depresión son sorprendentes.  En ambos casos el "efecto riqueza" produjo una juerga de gastos que parecía representar crecimiento pero que era realmente la continua, insidiosa expansión de la deuda que generaba actividad económica. En ambos períodos los salarios se mantuvieron fijos o disminuyeron y la brecha entre los ricos y la clase trabajadora se hizo más extrema de año en año.

Paul Alexander Gusmorino lo ha descrito en su artículo "Main Causes of the Great Depression":

"Muchos factores jugaron un papel en causar la depresión; sin embargo, la causa principal de la Gran Depresión fue la combinación de la inmensa desigualdad en la distribución de la riqueza durante todos los años veinte, y la amplia especulación en el mercado bursátil que tuvo lugar durante la última parte de la misma década."



Referencias:

*Crash 1929 - Crash 2008 (28/2/2003). Baile de números [En línea]. Disponible en: http://bailedenumeros.blogspot.com/2009/02/crash-1929-crash-2008.html

* EEUU destruye 651.000 empleos en febrero y la tasa de paro se dispara al 8,1%, la más alta en 25 años
(06/03/2009) Interconomía [En línea]. Disponible en: http://www.intereconomia.com/es/informacion_financiera/claves/20090306511-dato-paro-eeuu-febrero.html

* Gusmorino Paul Alexander(13/5/1996). Main Causes of the Great Depression. [On line] Avaivable: http://www.gusmorino.com/pag3/greatdepression/

* La crisis de 1929 y la Gran Depresión (25/5/2008). Historia del mundo contemporáneo. claves.[En línea]. Disponible en:
http://historiacontemporanea-tomperez.blogspot.com/2008/05/la-crisis-de-1929-y-la-gran-depresin.html


* La Gran Crisis de 1929 en comparación a la actual de 2009: ochenta años después(24/02/09) Entrevista a Ignacio Pereda  Luzán. En: Periodista Digital [En línea]. Disponible  en: http://blogs.periodistadigital.com/ladrillos.php/2009/02/24/crisis-recesion-depresion-1929-futuro-88935

* La tasa de desempleo en EE UU alcanza el 8,1%, su mayor nivel en 25 años (07/03/09). 20 minutos es. Internacional.[En línea] Disponible en: http://www.20minutos.es/noticia/455143/1/

* Panzner,Michael (2/1/2009). Unemployment Rate From 2005-2008 Higher Than 1926-1929. Daily Markets [On line]. Avaivable: http://www.dailymarkets.com/economy/2009/01/01/unemployment-rate-from-2005-2008-higher-than-1926-1929/

* Schuman, M.(3/3/2009). Roubini Sees More Economic Gloom Ahead. Time [On line] Avaivable:http://www.time.com/time/business/article/0,8599,1882729,00.html?xid=rss-topstories

* Whitney,Mike(07/03/2007). La segunda gran depresión. En: Rebelión.[En línea]. Disponible en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=47775
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Desempleo: cae la espada de Damócles en EE.UU.

Enlace permanente 6 de Marzo, 2009, 23:19


"Para aquel que ve una espada desenvainada sobre su impía cabeza, los festines de Sicilia, con su refinamiento, no tendrán dulce sabor, y el canto de los pájaros, y los acordes de la cítara, no le devolverán el sueño, el dulce sueño que no desdeña las humildes viviendas de los campesinos ni una umbrosa ribera ni las enramadas de Tempe acariciada por los céfiros."

Horacio, Odas III, 1

La rueda de la fortuna  se encuentra girando ahora sobre la desafortunada clase obrera de EE.UU., y es aplastada por la caída del muro de Wall Street. Mientras los habitantes de los desafortunados países de todas las regiones del mundo, que enfrentaban debacles financieras, pobreza, miseria, desempleo masivo, guerras y guerrillas, invasiones, genocidios, desaparecidos, torturas, etc., etc., soñaban con huir a las tierras del "sueño americano", hoy ese sueño, días tras día, mes tras mes, se transforma en la peor de las pesadillas para la población de EE.UU. y para el mundo entero

Tan solo en el mes de febrero,  en EE.UU, se destruyeron 651.000 empleos, alcanzado así, la tasa de desempleo en EE.UU.  el 8,1%, su mayor nivel en 25 años. Sin contar el subempleo ya pasa del 14%, el desempleo abierto ronda unos 12,5 millones de desempleados, la mayor cifra desde que se empezaron a recabar estos datos, en 1940. Los sectores más afectados han sido una vez más el industrial y el de servicios. El incremento del desempleo apenas se ha dejado notar en la sanidad, donde se crearon 27.000 puestos de trabajo.

De este modo, la nación que ostentado desde finales de la segunda guerra mundial, la nominación de primera economía mundial, acumula tres meses destruyendo más de 600.000 empleos mensualmente y eleva así a 2,6 millones la pérdida de puestos de trabajo en apenas cuatro meses y casi 4,4 millones de empleos desde que la EE.UU. entrara en recesión en diciembre de 2007, lo que representa el peor comportamiento del empleo en cualquier crisis económica desde la II Guerra Mundial.  Asimismo, el Departamento de Trabajo revisó al alza el dato de destrucción de empleo en enero, que pasa a 655.000 y no los 598.000 anunciados previamente, y en diciembre, cuando se produjeron 681.000 despidos, es decir, más de 100.000 despidos por encima de la referencia publicada anteriormente y el peor dato mensual desde octubre de 1949.

Barack Obama ha tomado conciencia del poco margen de maniobra que tiene a corto plazo, para evitar que la caída de esta espada de Damócles, cercene la yugular del sector financiero, de los sectores productivos y de las clases obreras de EE.UU. Al respecto ha dicho: "No acepto un futuro de desempleo en este país", poco después de hacerse públicos los datos referidos a febrero. En declaraciones efectuadas en Columbus (Ohio), donde participaba en un acto de graduación de nuevos policías, el presidente estadounidense defendió el plan de estímulo económico promulgado el mes pasado para asegurar que ya comienza a funcionar y contribuirá a sacar al país de la crisis.


No obstante, nada garantiza que estos sean los síntomas del inicio de una Gran Depresión, equivalente o mayor a la de los años 30´s. Por el momento, se pueden mencionar algunas similitudes y diferencias:

Prospección condicional 1926-1935 / 2005 - 20014

1)El ala más conservadora de Wall Street y los ideólogos del fundamentalismo de mercado han sostenido que la actual recesión, dista mucho de la Gran Depresión,  pues a inicios de la Gran Crisis de 1929, los niveles de desempleo eran muy superiores. Lo lamentable, que en una actitud irracional e irascible,  no logran recuperarse de su etapa  de negación en lo que respecta a la caída del muro de Wall Street y se niegan a aceptar la devastadora realidad socio-económica de la actualidad. Si se hace una prospección condicional, con base en lo sucedido en la Gran Depresión y lo que sucede en el contexto actual, y aplicando métodos inferenciales bayesianos, se puede hipotetizar con un alto grado de probabilidad, que  la intensidad de pérdida de empleos mensuales aumentará significativamente,   por lo que el nivel de desempleo abierto del período 2009-2010, puede llegar a alcanzar o superar los niveles de 1929 - 1930 y los niveles de subempleo, bien pueden ser superados a los de la la Gran Depresión

2)Por otra parte, el movimiento de la Bolsa presenta algunas similitudes en 1924, pues los precios bursátiles, más que se triplicaron de 1924 hasta 1929, para luego descender un 80% de 1929 a 1932. Comparable con como  el valor real (corregido por la inflación) del índice estadounidense por excelencia, el S&P 500, casi se triplicó desde 1995, hasta el año 2000. Desde ahí, hasta el reciente Noviembre 2008, ha perdido un 60% de su valor.

3)Los precios de la vivienda en EE.UU. no habían caído tanto desde la Gran Depresión.

4)La volatilidad de las cotizaciones en los Mercados de Capitales, para inicios del 2009 es similar a la de 1929.

5)Los niveles de consumo en medición mensual, desde Octubre del  2008, han bajado tan aceleradamente como en el peor precedente de Abril de 1938.



Existen numerosas otras similitudes entre la era anterior a la Depresión y la actual. Paul Alexander Gusmorino dice:

 "La Gran Depresión fue la peor recesión económica de la historia de USA, y se extendió a virtualmente todo el mundo industrializado. La depresión comenzó a fines de 1929 y duró casi una década… La excesiva especulación a fines de los años veinte mantuvo al mercado bursátil artificialmente alto, pero terminó por llevar a grandes caídas del mercado. Estas caídas del mercado, combinadas con la mala distribución de la riqueza, llevó al zozobro de la economía estadounidense."

(La disparidad de ingresos) entre los ricos y la clase media creció durante todos los años veinte. Mientras el ingreso per
capita disponible creció un 9% entre 1920 y 1929, los que tenían ingresos dentro del 1% superior gozaron de un estupendo aumento de un 75% en ingresos disponibles per capita. Una razón importante para esta brecha grande y creciente entre los ricos y la gente de clase trabajadora fue el aumento de la producción manufacturera durante este período. Entre 1923 y 1929 la producción promedio por trabajador aumentó un 32% en la manufactura.

Durante ese mismo período de tiempo los salarios
promedio en la manufactura aumentaron sólo un 8% (Esto causa una disminución en la demanda y conduce al crecimiento de los gastos a crédito.)

El gobierno federal también contribuyó a la creciente brecha entre los ricos y la clase media. La administración de Calvin
Coolidge (favorable a las empresas) aprobó la Ley de la Renta de 1926, que redujo dramáticamente los impuestos a los ingresos y a la herencia. (Al mismo tiempo) la Corte Suprema dictaminó que la legislación del salario mínimo era inconstitucional.

Los tres cuartos inferiores de la población tuvieron un ingreso agregado de menos de un 45 % del ingreso nacional combinado;
mientras el 25% superior de la población recibió más de un 55% del ingreso nacional. Entre 1925 y 1929 el crédito total se más que duplicó de 1.380 millones de dólares a unos 3.000 millones." Resultando una copia, lo sucedido desde fines de los 90´s. La creciente brecha en los salarios ha producido masivas burbujas especulativas así como un aumento permanente en las compras a crédito. El estancamiento de los salarios obliga a los trabajadores a buscar otras oportunidades para salir adelante.

Cuando los salarios se quedan atrás respecto a la productividad, la demanda disminuye naturalmente y los negocios
comienzan a flaquear. La única manera de incitar a más compras es la reducción de las tasas de interés o la expansión del crédito personal, y entonces es cuando comienzan a aparecer las burbujas bursátiles.

Es lo que sucedió con el mercado
bursátil antes de 1929 así como en el mercado inmobiliario a partir del 2007.

El lunes 21 de octubre de 1929, el mercado bursátil sobrevaluado comenzó su caída. Logró una breve recuperación a mediados de semana, pero 7 días más tarde, el Martes Negro, volvió a derrumbarse: se pusieron a la venta 16 millones de acciones y no había compradores. El juego se había acabado. La confianza se evaporó de un día al otro. La gente dejó de comprar a crédito, la economía burbuja se derrumbó, y la poderosa locomotiva para el crecimiento, el consumidor estadounidense, cojeó hacia la Gran Depresión. Los aranceles fueron elevados, los extranjeros dejaron de comprar bienes estadounidenses; bancos cerraron, negocios quebraron, y el desempleo aumentó vertiginosamente. Diez años después el país seguía afectado por la implosión.

Y quien desconoce la historia, está condenado a repetirla. Alan Greenspan, -como presidente de la Reserva Federal-,  con su profundo optimismo en el fundamentalismo de mercado, la fe absoluta en las tesis liberales del monetarismo globalizado, y bajo las exigencias de los sectores más rapaces del sector financiero y de los diversos y poderosos  sectores oligopólicos,  ansiosos por expandir su poder financiero por todo el globo; estuvo  condicionado a poner su función pública al servicio de los intereses pecuniarios de los diversos agentes financieros y empresariales, que exigían a los agentes gubernamentales, liberar  el mercado, y con ello, el comercio intranacional e internacional de trabas y regulaciones. En este contexto se busca reducir a un mínimo las acciones gubernamentales, así como las inversiones en el sector público y en el bienestar social; en  lo que se ha denominado como un secuestro del sector público por parte de los intereses pecuniarios de los grandes agentes oligopólico - empresariales del mercadoTanto los agentes ejecutivos del sector público, de los organismos financieros internacionales (-FMI, BM, OMC-),  de los sectores empresariales y financieros privados, han sido los mismos;  y pasan de la función pública a los puestos directivos del sector privado, de manera libre y ligera, por un tipo de "puerta giratoria", quedando entonces, la función pública subordinada a un sistemático tráfico de influencias (- un vivo ejemplo de este tipo de actuaciones ha sido el ex-secretario del tesoro Henry Paulson -). En este contexto,  Alan Greenspan  bombeó incontables millones de dólares al sistema a través de "tasas bajas de interés", creando la mayor burbuja de todos los tiempos y preparado las condiciones para una profunda reducción de gastos. Las políticas inflacionarias de Greenspan estaban diseñadas para expandir la "brecha de la riqueza" y crear una mayor polarización económica entre las clases.

Greenspan, actuó como un gran director de la orquesta de todos los agentes del fundamentalismo del mercado, entre ellos las agencias hipotecarias con regulación estatal (- Fannie Mae, Freddie Mac - ), que seducidas por los falaces cantos de las sirenas de las agencias calificadoras de riesgo y por la garantía del respaldo gubernamental que ofrecía el mismo Presidente de la Reserva Federal, se liberaron  entonces, los mecanismos de regulación sobre estas agencias hipotecarias y el sector financiero en general, y que por medio de una alevosa torre de Babel financiera de instrumentos derivados, llevaron exitosamente a la nación estadounidense hacia la insolvencia virtualUn comité de la Cámara de Representantes de EE.UU., ha acusado a las agencias calificadoras de riesgo como: Standard and Poor's y Merril Lynch, de haber abusado de la confianza que se tenía en ellas y de haber ignorado las señales que anticipaban la crisis.

Contextualmente los paralelos entre la actual recesión y la Gran Depresión son sorprendentes.  En ambos casos el "efecto riqueza" produjo una juerga de gastos que parecía representar crecimiento pero que era realmente la continua, insidiosa expansión de la deuda que generaba actividad económica. En ambos períodos los salarios se mantuvieron fijos o disminuyeron y la brecha entre los ricos y la clase trabajadora se hizo más extrema de año en año.

Paul Alexander Gusmorino lo ha descrito en su artículo "Main Causes of the Great Depression":

"Muchos factores jugaron un papel
en causar la depresión; sin embargo, la causa principal de la Gran Depresión fue la combinación de la inmensa desigualdad en la distribución de la riqueza durante todos los años veinte, y la amplia especulación en el mercado bursátil que tuvo lugar durante la última parte de la misma década."



Es una pena, que los estadounidenses hayan tenido que hundirse en el fango, para tener que reinventarse y optar por un
presidente como Barack Obama, con conciencia social, humanismo y principios de solidaridad para con su propia gente. Resulta entonces paradójico, que aun cuando el resto del mundo que ha padecido las agresiones militares, políticas y económicas de EE.UU., hoy  no pueda más que compartir las decisiones excepcionales a las que se enfrenta el primer presidente afro-descendiente en los EE.UU. Aun cuando sus enemigos políticos quisieran verlo fracasar, el asunto es que si si Obama fracasa, los EE.UU. se hunden como nación, y no sería extraño verla desmembrarse, estado por estado, frente a la insolvencia y las revueltas sociales,  análogamente como pasó con la antigua URSS.  Así, que los monetaristas desconsolados,  republicanos melancólicos de la "reaganomics"tendrán que asumir que su proyecto económico se derrumbó, y que si no deciden  comprometerse en la reconstrucción de las bases económicas de los Estados Unidos de América, desde una nueva plataforma infraestructural,  no habrá poder político futuro por el cual luchar en los futuros Estados Des-Unidos de América.

No obstante, la intervención estatal inicial en el sector financiero, dista mucho de las tesis de J. M. Keynes, quien propuso intervención en el sector productivo, en el sector social, pero no al sector bancario - financiero, que para inicios del año 2009, se trata de un sector quebrado, por lo que la única salida para salvar lo que queda de este, es una nacionalización  de manera permanente, para evitar así, que  cíclicamente vuelva a fracasar y se vuelva a afectar destructivamente el  núcleo de la economía mundial. En este sentido, las primeras intervenciones del gobierno de EE.UU. en los últimos momentos de la administración de G.W. Bush, que se orientaron al sector financiero, y que terminaron dilapidando miles de millones de dólares en los típicos latrocinios a que acostumbraban los grandes ejecutivos del sector financiero de Wall Street.
 

Es por eso, que la inversión en el sector público, como los sectores de salud y educación que
comienza a hacer el presidente Obama, sí perfilan más cercanamente al enfoque keynesiano, pero cuyos resultados solo se verán a muy largo plazo.

El desempleo, - argumentaba Keynes en su obra: "
Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero"-, solo podía atacarse eficazmente mediante la manipulación de la demanda agregada, la cual,  puede ser evaluada como el gasto en consumo, más el gasto de inversión. Keynes, consideró que salir de un estado de desequilibrio económico, el Estado deberá poner en práctica una política económica, que se traduce tanto en políticas fiscales: aumentando el gasto público, interfiriendo en la cuestión impositiva y demás, como en políticas monetarias. De tal manera que el Estado asume el rol de impulsor del crecimiento, pues el denominado como "mercado libre",  por si solo no se autorregula, pues la  denominada como "mano invisible", es un tipo de mito quimérico incontrastable, y que ha sido sostenido por un sectarismo propio del fundamentalismo de mercado, que se adhiere a una "leyes metafísicas",  asumiendo una actitud que se convierte en un tipo de fe ciega en un enmarañado poder de un mercado, que es abstraído de las relaciones sociales concretas que lo sustentan; por ende,  las teorías clásicas y neoclásicas del libre mercado, no cuentan con las herramientas económicas explicativas, que den cuenta necesaria y suficientemente, de todas las variables involucradas en las  fluctuaciones económicas subsumidas por dichas teorías. Por lo tanto, y en el contexto keynesiano, el Estado entonces, debe intervenir e impedir la caída de la demanda agregada, aumentando sus propios gastos, para que de esa forma los individuos posean más dinero y consuman más, lo cual desembocaría en un eterno ciclo virtuoso. Es decir que el estado se convertiría en "el generador de la estabilidad económica y garante de un crecimiento sostenido". En breve, la propuesta keynesiana, planteaba la necesidad de un Estado intervencionista, el cual ataque los problemas del lado de la demanda y el consumo interno. Al realizar inversiones, la gente posee más dinero para gastar y compra más productos, necesariamente habrá mas empresarios dispuestos a producir bienes, para hacerlo necesitaran contratar mas empleados, lo cual haría que en poco tiempo se reduzca la desocupación. Al haber mas empleados que perciban sueldos habrá mas gente que consuma y así sucesivamente ( - efecto multiplicador -). Consecuentemente Keynes planteó la presencia de un estado fuerte que estaba capacitado para comprar mano de obra e inyectar grandes montos de dinero para financiar la obra publica en el caso en que el estado que estuviera muy golpeado financieramente. Un Estado que tome participación activa en la economía cuando los ciclos económicos sean negativos, reactivando la actividad, y luego, en ciclos positivos, le ceda parte de dicha participación a las empresas privadas. Conceptualmente, el Estado debe actuar de manera intermedia entre un Estado ausente y un Estado empresario.

Es por eso que el presidente Obama requerirá,  -para lograr su propósito de reconstruir los EE.UU., ciudad por ciudad, estado por estado-, más tiempo que el que le
tomará a Hugo Chavez para llevar a cabo su proyecto del Socialismo del siglo XXI; así que para su segundo período, será conveniente una reforma constitucional en EE.UU, que le permita estar en la presidencia por más de dos períodos.


Referencias:

* EEUU destruye 651.000 empleos en febrero y la tasa de paro se dispara al 8,1%, la más alta en 25 años (06/03/2009) Interconomía [En línea]. Disponible en: http://www.intereconomia.com/es/informacion_financiera/claves/20090306511-dato-paro-eeuu-febrero.html

* Ejecutivos de Merrill Lynch cobraron en secreto primas por US$3,600 millones, según fiscal  (11 /2/2009). EFE/Clave digital. [En línea]. Disponible en:
http://www.clavedigital.com.do/App_Pages/Portada/Titulares.aspx?id_Articulo=16960


* Gusmorino Paul Alexander(13/5/1996). Main Causes of the Great Depression. [On line] Avaivable: http://www.gusmorino.com/pag3/greatdepression/

* Keynes, J. M (1936). The General Theory of Employment, Interest, and Money [On line]. Avaivable: http://ebooks.adelaide.edu.au/k/keynes/john_maynard/k44g/

* La crisis de 1929 y la Gran Depresión (25/5/2008). Historia del mundo contemporáneo. claves.[En línea]. Disponible en:
http://historiacontemporanea-tomperez.blogspot.com/2008/05/la-crisis-de-1929-y-la-gran-depresin.html


* La Gran Crisis de 1929 en comparación a la actual de 2009: ochenta años después(24/02/09) Entrevista a Ignacio Pereda  Luzán. En: Periodista Digital [En línea]. Disponible  en: http://blogs.periodistadigital.com/ladrillos.php/2009/02/24/crisis-recesion-depresion-1929-futuro-88935

* La tasa de desempleo en EE UU alcanza el 8,1%, su mayor nivel en 25 años (07/03/09). 20 minutos es. Internacional.[En línea] Disponible en: http://www.20minutos.es/noticia/455143/1/

* Panzner,Michael (2/1/2009). Unemployment Rate From 2005-2008 Higher Than 1926-1929. Daily Markets [On line]. Avaivable: http://www.dailymarkets.com/economy/2009/01/01/unemployment-rate-from-2005-2008-higher-than-1926-1929/

* Schuman, M.(3/3/2009). Roubini Sees More Economic Gloom Ahead. Time [On line] Avaivable:http://www.time.com/time/business/article/0,8599,1882729,00.html?xid=rss-topstories

* Whitney,Mike(07/03/2007). La segunda gran depresión. En: Rebelión.[En línea]. Disponible en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=47775
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La economía de EEUU en caída libre

Enlace permanente 1 de Marzo, 2009, 2:40




La economía de EEUU cayó un 6,2% entre octubre y diciembre. Es la mayor recesión desde hace al menos 28 años, y duplica prácticamente las previsiones del gobierno de Obama.


La economía estadounidense se contrajo un 6,2% en el cuarto trimestre de 2008, un dato que está muy por encima de lo que esperaban los analistas y que, además, es el peor de los últimos 25 años.


Para hacerse una idea de la magnitud del parón de la primera economía del planeta basta con atender a la cifra que había anticipado el Gobierno estadounidense el mes pasado: el 3,8%.

Los analistas, en cambio, eran más pesimistas y anticipaban que el empobrecimiento de Estados Unidos en el último trimestre debía haber rondado el 5,4%.

Ambos se equivocaban. Atendiendo a los datos definitivos para todo el año pasado, EEUU arrancó 2008 en baja forma, retomó cierto aliento durante el segundo trimestre, se contrajo a un tímido ritmo anual del 0,5% en el tercer trimestre, para acabar el año con una estrepitosa caída.

Crisis generalizada

El agravamiento de los indicadores macroeconómicos obedece, en gran medida, a la caída del gasto de los consumidores, el principal motor económico de EEUU, y que se situó a finales del 2008 a los niveles más bajos de los últimos 28 años. Las empresas también redujeron sus gastos.

Para este trimestre, los analistas esperan que la economía se contraiga al menos un 5% adicional.

El presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, aseguró esta semana durante su comparecencia semestral ante el Congreso que EEUU podría salir de la recesión este año y comenzar la recuperación en 2010, siempre y cuando se estabilicen los mercados.

"Si las acciones adoptadas por el Gobierno, el Congreso y la Reserva Federal tienen éxito al lograr cierta estabilidad financiera -y sólo si ese es el caso, en mi opinión-, existe una posibilidad razonable de que la actual recesión acabe en el 2009", afirmó Bernanke el pasado martes.

Disponible en:
Kaos. Laboral y Economía
http://www.kaosenlared.net/noticia/economia-de-eeuu-caida-libre
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Un análisis histórico-económico clásico de la actual crisis.

Enlace permanente 1 de Marzo, 2009, 2:35


Entrevista(*) con Robert Brenner(**)
sobre la actual crisis


La mayoría de analistas califican la presente crisis como crisis financiera. ¿Está usted de acuerdo con esta denominación?
 
Es comprensible que los analistas de la crisis hayan situado el punto de partida en la banca y el mercado de valores. Pero el problema es que no han ido más allá. Empezando por el propio secretario del Tesoro, Paulson, y el presidente de la Reserva Federal, Bernanke, han sostenido que la crisis puede explicarse en simples términos de problemas en el sector financiero. Al mismo tiempo, aseveran que la economía real subyacente es fuerte, que los llamados fundamentos están en forma. La desorientación no podría ser mayor. El principal origen de la crisis actual está en el declive del dinamismo de las economías avanzadas desde 1973 y, especialmente, desde 2000. El crecimiento económico en los EEUU, Europa occidental y Japón se ha deteriorado seriamente en cada ciclo en términos de indicadores macroeconómicos muy estándar: PIB, inversión, salarios reales, etc. Aún más, el ciclo económico recién acabado, desde 2001 hasta 2007, ha sido, con mucho, el más endeble desde el período de posguerra, y ello a pesar del mayor estímulo económico público de la historia de los EEUU en tiempo de paz.
 
¿Cómo explicaría el debilitamiento a largo plazo de la economía real desde 1973, lo que usted llama la larga caída?

Lo que lo explica es sobre todo un declive profundo y duradero de la tasa de rendimiento en inversión de capital desde finales de los sesenta. La incapacidad de recuperar la tasa de beneficio es lo más destacable a la vista de la enorme caída de los salarios reales durante el período. La causa principal, aunque no la única, del declive de la tasa de beneficio ha sido una tendencia persistente a la sobrecapacidad en las industrias manufactureras mundiales. Lo que ha ocurrido es que nuevos poderes industriales fueron ingresando, uno tras otro, al mercado mundial: Alemania y Japón, los nuevos países industrializados del noreste asiático, los tigres del sureste asiático y, finalmente, el Leviatán chino. Esas economías de desarrollo tardío producían los mismos bienes que ya producían las economías más tempranamente desarrolladas, pero más baratos. El resultado ha sido un exceso de oferta en relación con la demanda en una industria tras otra, y eso ha implicado precios y, por lo mismo, beneficios bajos. Las empresas que han sufrido reducción de beneficios, además, no han abandonado dócilmente sus industrias. Han intentado conservar su lugar recurriendo a la capacidad de innovación, aumentando la inversión en nuevas tecnologías. Huelga decir que eso no ha hecho más que empeorar la sobrecapacidad. A causa de la caída de su tasa de rendimiento, los capitalistas obtenían plusvalías cada vez menores de sus inversiones. De ahí que no tuvieran más opción que aminorar el crecimiento en maquinaria, equipo y empleo; y, al tiempo, a fin de restaurar la rentabilidad, contener las indemnizaciones por desempleo, mientras los gobiernos reducían el gasto social. Pero la consecuencia de todos estos recortes de gasto ha sido un problema de demanda agregada a largo plazo. La persistente endeblez de la demanda agregada ha sido el origen inmediato de la endeblez a largo plazo de la economía.

La crisis, en realidad, ha sido provocada por el estallido de la histórica burbuja inmobiliaria, que se ha estado inflando durante toda la década. ¿Cómo juzga su importancia?

La burbuja inmobiliaria debe entenderse en relación con la sucesión de burbujas de precios de activos que ha sufrido la economía desde mediados de los noventa y, especialmente, con el papel de la Reserva Federal estadounidense en alimentar dichas burbujas. Desde el principio de la larga caída, las autoridades económicas públicas han intentado capear el problema de una demanda insuficiente incentivando el aumento del préstamo, tanto público como privado. De entrada, recurrieron al déficit presupuestario, evitando así recesiones verdaderamente profundas. Pero, con el tiempo, los gobiernos conseguían inducir cada vez menos crecimiento económico de lo que tomaban a préstamo. En efecto, a fin de conjurar el tipo de profundas crisis que han acosado históricamente al sistema capitalista, han tenido que aceptar la tendencia hacia el estancamiento. Durante los primeros noventa, los gobiernos en los EEUU y Europa, encabezados por la administración Clinton, intentaron célebremente romper su adicción al endeudamiento, poniendo todos proa de consuno hacia el territorio de los presupuestos equilibrados. La idea era dejar que el mercado libre gobernara la economía. Pero, como aún no se había recuperado la rentabilidad, la reducción de los déficits asestó un duro golpe a la demanda y contribuyó a producir, entre 1991 y 1995, la peor de las recesiones y el más bajo crecimiento de la era de posguerra. Para lograr que la economía volviera a una senda de crecimiento, las autoridades estadounidenses acabaron adoptando un enfoque aplicado por primera vez en el Japón de fines de los ochenta. Mediante la imposición de tipos de interés bajos, la Reserva Federal facilitaba el préstamo al tiempo que incentivaba la inversión en activos financieros. Al dispararse los precios de los activos, las empresas y familias obtendrían enormes aumentos de riqueza, al menos sobre el papel. Estarían, por tanto, en condiciones de tomar préstamos a una escala titánica, de incrementar infinitamente la inversión y el consumo y, así, conducir la economía. El déficit privado, pues, vino a substituir al déficit público. Lo que podría llamarse keynesianismo de precios de activos sustituyó al keynesianismo tradicional. Por tanto, durante la última docena de años hemos asistido a un extraordinario espectáculo en la economía mundial, y es que la continuación de la acumulación de capital ha dependido literalmente de unas oleadas de especulación de dimensiones históricas cuidadosamente alimentadas y racionalizadas por los diseñadores ─y reguladores─ de las políticas públicas: primero, la burbuja del mercado de valores de finales de los noventa, y después, las burbujas de los mercados inmobiliario y crediticio de los primeros años 2000.

Usted fue profético al prever la actual crisis, así como la recesión de 2001. ¿Cuál es su perspectiva respecto a la economía mundial? ¿Empeorará o se recuperará antes del final de 2009? ¿Espera que la actual crisis sea tan severa como la gran depresión?

La crisis actual es más seria que la peor de las recesiones previas del período de posguerra, la que se dio entre 1979 y 1982, y es concebible que rivalice con la Gran Depresión, a pesar de que no hay modo de saberlo realmente. Quienes se dedican a la realización de pronósticos económicos subestimaron su virulencia porque sobreestimaron la solidez de la economía real, sin comprender hasta qué punto dependía ésta de una acumulación de deuda fundada en las burbujas de los precios de los activos. En los EEUU, el crecimiento del PIB durante el reciente ciclo económico de 2001-07 ha sido, con mucho, el más bajo de la época de posguerra. No ha aumentado el empleo en el sector privado. El incremento de maquinaria y equipo ha sido cerca de un tercio más bajo que el de la posguerra. Los salarios reales se han mantenido prácticamente estancados. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, no se han registrados aumentos en el ingreso medio familiar. El crecimiento económico ha ido a parar íntegramente al consumo personal y a la inversión en residencia, lo que ha sido posible por el crédito fácil y el aumento de los precios de la vivienda. El resultado económico ha sido esta endeblez, aun a pesar del enorme estímulo de la burbuja inmobiliaria y de los enormes déficits federales de la administración Bush. La vivienda por sí sola sumó casi un tercio del crecimiento del PIB y cerca de la mitad del aumento del empleo entre 2001 y 2005. Era, por tanto, esperable que cuando reventara la burbuja inmobiliaria, cayeran el consumo y la inversión en residencia y se hundiera la economía.

Muchos sostienen que la actual es una típica "crisis Minsky", no una crisis marxiana, aduciendo que la explosión de la burbuja financiera especulativa ha jugado un papel central en ella. ¿Cómo les respondería?

Es ocioso contraponer así los aspectos reales y financieros de la crisis. Como he resaltado, es una crisis marxiana: hunde sus raíces en una caída a largo plazo de la tasa de beneficio y en la incapacidad de recuperación de la misma, lo que está en el origen principal de la disminución de la acumulación de capital hasta ahora. En 2001, la tasa de beneficio de las empresas no financieras fue la menor del período de posguerra, con la excepción de 1980. Las empresas no han tenido, por tanto, otra opción que contener la inversión y el empleo, pero eso ha agravado el problema de la demanda agregada, nublándose así el clima económico. Esto es lo que explica el extremadamente bajo crecimiento observable en el ciclo económico que acaba de terminar. Sin embargo, para comprender el colapso actual hay que demostrar la conexión entre la endeblez de la economía real y el desplome financiero. El vínculo principal es la que se da entre la cada vez mayor dependencia del préstamo para que la economía siga funcionando y la predisposición pública, todavía mayor, a confiar en las subidas de los precios de los activos para lograr mantener vida la dinámica del préstamo. La condición básica de las burbujas en los mercados inmobiliario y crediticio era la perpetuación de un coste bajo del préstamo. La endeblez de la economía mundial, especialmente después de las crisis de 1997-98 y 2001, además de las enormes adquisiciones de dólares por parte de gobiernos asiáticos para mantener al mismo nivel sus divisas y el crecimiento del consumo estadounidense, provocó unos tipos de interés insólitamente bajos. Al mismo tiempo, la Reserva Federal mantuvo los tipos de interés a corto plazo más bajos que nunca desde los años cincuenta. Como prestaban tan barato, los bancos estaban dispuestos a conceder préstamos a especuladores cuyas inversiones provocaban un precio cada vez más alto de activos de todo tipo y un rendimiento en el préstamo (tipos de interés de los bonos) cada vez menor. Sintomáticamente, los precios de la vivienda se dispararon y el rendimiento en términos reales de los bonos del tesoro estadounidense se hundió. Pero como los rendimientos cayeron cada vez más, a las instituciones del mundo que dependían de los rendimientos del préstamo les resultó cada vez más difícil obtener beneficios suficientes. Los fondos de pensiones y las compañías de seguros fueron golpeados de forma particularmente dura, pero también se vieron afectados los fondos hedge de cobertura y los bancos de inversión. Esas instituciones se mostraron más que dispuestas a realizar enormes inversiones en unas obligaciones respaldadas por hipotecas subprime más que dudosas a causa de los insólitamente elevados rendimientos ofrecidos y con desprecio de unos riesgos no menos insólitamente elevados. Lo cierto es que no lograron sacar tajada suficiente. Su masiva adquisición de obligaciones hipotecariamente respaldadas es lo que facilitó a los institutos bancarios generadores de hipotecas seguir realizando préstamos a prestatarios cada vez menos calificados. La burbuja inmobiliaria alcanzó proporciones históricas y permitió que prosiguiera la expansión económica. Ni que decir tiene, eso no podía durar mucho. Cuando cayeron los precios de la vivienda, la economía real entró en recesión y el sector financiero se desplomó, porque el dinamismo de una y de otro se fundaba en la burbuja inmobiliaria. Lo vemos ahora es que la recesión está empeorando el desplome, porque contribuye a exacerbar la crisis inmobiliaria. Y que el desplome está intensificando la recesión, porque está dificultando el acceso al crédito. Precisamente es esa interacción entre una crisis de la economía real y una crisis del sector financiero que se alimentan mutuamente lo que hace que el despeñadero hacia la depresión se resista a todas las políticas intentadas por las autoridades y que el potencial de catástrofe resulte tan evidente.

Aun concediendo que el capitalismo de posguerra hubiera entrado en un período de larga caída en los años setenta, parece innegable que la ofensiva capitalista neoliberal ha impedido el empeoramiento de la caída de la producción desde los ochenta.

Si por neoliberalismo se entiende el giro hacia las finanzas y la desregulación, no veo cómo puede haber ayudado eso a la economía. Pero si por neoliberalismo se entiende el desmedido asalto de los empresarios y los gobiernos a los salarios obreros, a las condiciones laborales y al estado del bienestar, la cosa ofrece pocas dudas: se ha impedido que la caída de la tasa de beneficio haya sido todavía peor. Con todo, la ofensiva de la patronal no esperó hasta la denominada era neoliberal de los ochenta. Comenzó con el despertar de la caída de la rentabilidad, iniciada a principios de los setenta, de la mano del keynesianismo. No condujo, empero, a la recuperación de la tasa de beneficio, y no hizo sino exacerbar el problema de la demanda agregada. El debilitamiento de la demanda agregada terminó por obligar a las autoridades económicas a adoptar formas de estímulo económico más potentes y temerarias: el "keynesianismo de precios de activos" que condujo al actual desastre.

Hay quien ha defendido que un nuevo paradigma de "financiarización" o "capitalismo financiero" ha provocado un llamado "resurgimiento del capital" (Gerard Dumeneil) desde los ochenta hasta el presente. ¿Qué piensa de las tesis de la "financiarización" o "capitalismo financiero"?

La idea del capitalismo financiero es una contradicción en los términos, porque, genéricamente hablando ─hay excepciones significativas, como el préstamo al consumidor─, el beneficio financiero sostenido depende de la obtención de beneficios sostenidos en la economía real. Para responder a la caída de la tasa de beneficio, algunos gobiernos, encabezados por el de los EEUU, incentivaron el giro hacia las finanzas mediante la desregulación del sector financiero. Pero, como la economía real seguía languideciendo, el principal resultado de la desregulación fue la intensificación de la competencia en el sector financiero, lo que hizo más difícil la obtención de beneficios e incentivó una especulación aún mayor y la adopción de riesgos. Destacados ejecutivos de bancos de inversión y fondos hedge estaban en condiciones de obtener fabulosas fortunas, ya que sus remuneraciones dependían de los beneficios a corto plazo. Podían asegurarse temporalmente altos rendimientos mediante la expansión de sus préstamos basados en activos e incrementando el riesgo. Pero esa forma de hacer negocio, tardara más o menos en verse, era a expensas de la salud financiera a largo plazo de las propias empresas, y en el caso más espectacular, condujo a la caída de los bancos de inversión más importantes de Wall Street. Todas y cada una de las sedicentes expansiones financieras habidas desde los años setenta han terminado rápidamente en una desastrosa crisis financiera y han precisado de enormes rescates públicos. Lo que vale para el boom crediticio del tercer mundo en los años 70 y principios de los 80, no menos que para el auge del ahorro y el crédito, la manía de compra apalancada de empresas   y la burbuja de los bienes raíces comerciales de los 80, o para la burbuja del mercado de valores de la segunda mitad de los 90 y, huelga decirlo, para las burbujas inmobiliaria y crediticia de los primeros años 2000. El sector financiero parecía dinámico sólo porque los gobiernos estaban dispuestos a hacer lo que hiciera falta para apoyarlo.

El keynesianismo o estatismo parece presto a volver como el nuevo Zeitgeist [espíritu de la época]. ¿Cuál es su valoración general del keynesianismo o estatismo renaciente? ¿Puede contribuir a resolver o, cuando menos, aliviar la actual crisis?

Los gobiernos actualmente no tienen otra opción que la de volver al keynesianismo y al estado para intentar salvar la economía. Después de todo, el libre mercado se ha demostrado totalmente incapaz de impedir o hacer frente a la catástrofe económica, por no hablar de asegurar la estabilidad y el crecimiento económicos. De aquí que las elites del mundo político, que todavía ayer celebraban la desregulación de los mercados financieros, se hayan vuelto de un día para otro y sin excepción keynesianas. Pero hay razones para dudar de que el keynesianismo –en el sentido de enormes déficits públicos y crédito fácil para hinchar la demanda— pueda llegar a tener el impacto que muchos esperan. Lo cierto es que durante los últimos siete años, y merced a la burbuja inmobiliaria cebada por el préstamo y el gasto de la Reserva Federal y por los déficits presupuestarios de la administración Bush, hemos asistido a lo que probablemente sea el mayor estímulo económico keynesiano de la historia en tiempos de paz. Y sin embargo, no ha alcanzado sino para lograr el ciclo económico más endeble de la época de posguerra. Ahora el desafío es mucho mayor, todavía. A medida que colapsa la burbuja inmobiliaria y que la obtención de crédito se hace más y más más difícil, los hogares reducen el consumo y la inversión en residencia. Por consecuencia, caen los beneficios empresariales. Lo que trae consigo recortes salariales y un ritmo acelerado de despido de trabajadores, lo cual, a su vez, genera una espiral descendente de demanda y rentabilidad a la baja. Las familias han contado durante largo tiempo con el aumento de los precios de la vivienda para estar en condiciones de que les presten más y han ahorrado para ello. Pero ahora, forzadas por a acumulación de deudas,   tienen que reducir el préstamo y aumentar el ahorro; y eso, en el preciso instante en que la economía más necesita que consuman. Lo presumible es que le grueso del dinero que el estado ponga en manos de las familias será destinado al ahorro, no al consumo. Si el keynesianismo a duras penas logró activar la vida económica en la fase de expansión, ¿qué puede esperarse que haga en medio de la peor recesión desde los años treinta? Para obtener un efecto significativo en la economía, la administración Obama tendrá probablemente que pensar en una enorme oleada de inversiones públicas directas o indirectas; en realidad, en una forma de capitalismo de estado. No obstante, acometer esa tarea en serio exige superar enormes obstáculos políticos y económicos. La cultura política estadounidense es tremendamente hostil a la empresa pública. Por otro lado, el nivel de gasto y endeudamiento que todo eso implicaría podría amenazar al dólar. Hasta ahora, los gobiernos del Este asiático han financiado alegremente los déficits externos y públicos estadounidenses, a fin de mantener, a un tiempo, el consumo estadounidense y sus propias exportaciones. Pero con una crisis que está llegando a afectar hasta a China, esos gobiernos podrían ver menguada su capacidad de financiación de los déficits estadounidenses, sobre todo porque estos últimos se han disparado a una magnitud sin precedentes. La perspectiva verdaderamente aterradora que asoma en el horizonte es el desplome del dólar.

¿Cuál es su valoración general de la victoria de Obama en las últimas elecciones a la presidencia? ¿Piensa que Obama es el "mal menor", comparado con la administración Bush? Muchos consideran a Obama el Franklin D. Roosevelt del siglo XXI. Obama promete un "nuevo New Deal". ¿Cree usted que los progresistas anticapitalistas pueden dar apoyo crítico a algunas medidas de este "nuevo New Deal"?

El triunfo de Obama en las elecciones debe ser bienvenido. Una victoria de McCain habría sido una victoria para el Partido Republicano y habría dado un enorme impulso a las fuerzas más reaccionarias de la escena política estadounidense. Se habría visto como un aprobado al hipermilitarismo  y al imperialismo de la administración Bush, así como a su programa explícito de eliminación de lo que queda de sindicalismo, estado de bienestar y protección ambiental. Dicho esto, Obama es, como Roosevelt, un demócrata de centro, de quien no puede esperarse que, por sí propio, haga gran cosa en defensa de los intereses de una inmensa mayoría que seguirá estando sometida a un desapoderado asalto empresarial empeñado en recuperar sus menguantes beneficios mediante la reducción del empleo, de las indemnizaciones, etc. Obama apoyó el titánico rescate del sector financiero, que acaso represente el mayor expolio al contribuyente estadounidense de la historia norteamericana, sobre todo porque se concedió sin contrapartidas para poner brida a los bancos. También apoyó el rescate de la industria automovilística, aun a sabiendas de que estaba a enormes reducciones de las indemnizaciones para los trabajadores. El balance es de Obama, como de Roosevelt, sólo puede esperarse que tome acciones resueltas en defensa del pueblo trabajador si se le empuja por la vía de la acción directa desde abajo. La administración Roosevelt sólo aprobó el grueso de la legislación progresista del New Deal, incluyendo la Ley Wagner y la Seguridad Social, arrastrado por la presión de una gigantesca y masiva oleada de huelgas. Algo parecido puede acaso esperarse de Obama.

Según Rosa Luxemburg y, más recientemente, David Harvey, el capitalismo supera su tendencia a la crisis mediante la expansión geográfica. Según Harvey, ello a menudo se incentiva mediante inversiones enormes en infraestructura para apoyar al capital privado, a menudo a la inversión extranjera directa. ¿Cree usted que el capitalismo puede encontrar una solución a la crisis actual, en la terminología de Harvey, mediante un "arreglo espacio-temporal-espacial"?

Ésta es una cuestión compleja. Para empezar, creo que es verdadera –y de importancia decisiva— la afirmación, según la cual la expansión geográfica ha sido un elemento esencial en todas las oleadas de acumulación de capital que registra la historia Puede decirse que el crecimiento del volumen de la fuerza de trabajo y el crecimiento del espacio geográfico son condiciones sine qua non, esenciales, del crecimiento capitalista. El auge de la posguerra es un buen ejemplo, porque se dieron espectaculares expansiones del capital en el sur y el suroeste de los EEUU y en una Europa occidental y un Japón devastados por la guerra. Las inversiones de los EEUU jugaron un papel decisivo, no sólo en los propios EEUU, sino también en la Europa occidental de la época. Sin duda, la expansión de la fuerza de trabajo y del área geográfica capitalista era indispensable para las altas tasas de beneficio que hicieron tan dinámico el boom de posguerra. Desde un punto de vista marxista, éste fue un ciclo clásico de acumulación de capital, e implicó, necesariamente, tanto la integración de enormes masas de trabajadores fuera del sistema, especialmente del agro precapitalista en Alemania y en Japón, como la incorporación o reincorporación de espacios geográficos adicionales a una escala enorme. Sin embargo, yo creo que, vista en perspectiva, la pauta mostrada por el largo declive al que hemos venido asistiendo desde finales de los sesenta y principios de los setenta, ha sido diferente. Es cierto que el capital ha respondido a la rentabilidad menguante mediante la expansión exterior, intentando combinar técnicas avanzadas con mano de obra barata. Se calla por sabido que el Este asiático constituye el caso principal: representa indudablemente un momento de alcance histórico-universal, una transformación esencial, del capitalismo. Pero a pesar de que la expansión al Este asiático puede interpretarse como respuesta a una rentabilidad menguante, no ha sido, en mi opinión, una solución satisfactoria. Porque, a fin de cuentas, la nueva producción industrial que tan espectacularmente ha surgido en el Este asiático, a despecho de que produzca más barato, se solapa demasiado con lo que se produce en el resto del mundo. El problema es que, a escala sistémica, eso exacerba más que resuelve el problema de sobrecapacidad. En otras palabras: la globalización ha sido una respuesta a la rentabilidad menguante; pero como las nuevas industrias, lejos de ser esencialmente complementarias en la división mundial del trabajo, son redundantes, el resultado ha sido la persistencia de los problemas de rentabilidad. El balance, creo yo, es que para resolver realmente el problema de rentabilidad que ha asolado durante tanto tiempo al sistema ─lenta acumulación de capital y generación de niveles de préstamo cada vez mayores para mantener la estabilidad─, el sistema necesitaba una crisis que había sido durante tan largo tiempo aplazada. Y como el problema es la sobrecapacidad, enormemente agravada por la acumulación de deuda, lo que aún se necesita, según la visión clásica, es una depuración sistémica, esto es, la purga de las empresas de costes altos y beneficios bajos, con el consiguiente abaratamiento de los medios de producción y la reducción del precio de la mano de obra. Ésta de la crisis es la vía histórica por la que el capitalismo ha logrado restaurar la tasa de beneficio y sentar las bases necesarias para una acumulación de capital más dinámica. Durante el periodo de posguerra se logró evitar las crisis; el coste de evitarlas fue la incapacidad para reactivar la rentabilidad, lo que llevó a empeorar la situación de estancamiento. La crisis actual es la depuración que nunca sucedió.

Entonces, ¿cree usted que sólo la crisis puede resolver la crisis? Ésta es una respuesta marxiana clásica.

Creo que es lo más probable. La analogía sería como sigue. De entrada, a principios de los años treinta, el New Deal y el keynesianismo resultaron ineficaces. En realidad, a pesar de la amplitud temporal de toda una década, no lograron sentar las bases de un nuevo boom, como se vio con la caída en la profunda recesión de 1937-38. Pero, finalmente, como resultado de la larga crisis de los treinta, se llegó a la purga de los costes altos y de los medios de producción con beneficios bajos, lo que terminó por sentar las bases para unas tasas de beneficio altas. De manera que, a fines de los años treinta, podía decirse que la tasa potencial de beneficio era alta y que todo lo que se necesitaba era un estímulo de la demanda. Esa demanda, huelga decirlo, vino a proporcionarlas el enorme gasto armamentístico de la Segunda Guerra Mundial. Así pues, durante la guerra se obtuvieron tasas de beneficio altas, y esas tasas altas sentaron las bases necesarias para el ulterior boom postbélico. Pero yo creo que, aun si se hubieran ensayado, los déficits keynesianos no habrían podido funcionar en 1933, porque antes era necesario, por decirlo en términos marxianos, una crisis que saneara el sistema.

¿Cree que la actual crisis supondrá un desafío a la hegemonía de los EEUU? Teóricos del sistema-mundo como Immanuel Wallerstein, también entrevistados por Hankyoreh, sostienen que la hegemonía del imperialismo americano está en declive.

Ésta es una cuestión muy compleja. Tal vez ande yo muy errado, pero pienso que muchos de los que creen que ha habido un declive de la hegemonía estadounidense tienden a ver esa hegemonía en términos de poder geopolítico, y al final, como capacidad militar norteamericana. Desde este punto de vista, es principalmente el predominio estadounidense lo que produce el liderazgo americano, es el poder estadounidense sobre y contra otros países lo que mantiene a los EEUU en la cumbre. Yo no veo así la hegemonía estadounidense. Yo veo a las elites del mundo, especialmente a las del núcleo capitalista en el sentido lato de la palabra, muy satisfechas con esa hegemonía norteamericana, porque eso significa que son los EEUU quienes asumen el papel y el coste de policías del mundo. Eso vale también, en mi opinión, incluso para las elites de los países más pobres. ¿Cuál es el objetivo de los policías del mundo norteamericanos? No es atacar a otros países. Es, sobre todo, mantener el orden social a escala mundial, crear condiciones estables para la acumulación de capital global. Su principal propósito es erradicar cualquier desafío popular al capitalismo, proteger las relaciones de clase existentes. Durante la mayor parte del periodo de posguerra, hubo desafíos nacionalistas-estatistas, especialmente desde abajo, al libre albedrío del capital. Fueron, desde luego, sometidos por los EEUU con la fuerza más brutal, con las expresiones más descarnadas de la dominación estadounidense. Aunque dentro del núcleo lo que había hegemonía norteamericana, fuera de ese núcleo había dominación. Pero, con la caída de la Unión Soviética, la entrada de China y Vietnam en la vía capitalista y la derrota de los movimientos de liberación nacional en lugares como Sudáfrica y Centroamérica, la resistencia al capital en el mundo en vías de desarrollo fue, al menos temporalmente, debilitada. Así, actualmente, los gobiernos y elites no sólo de Europa occidental y oriental, Japón y Corea, sino también de Brasil, la India y China ─la mayoría de países que pueda usted nombrar─ prefieren el mantenimiento de la hegemonía estadounidense. La hegemonía norteamericana no caerá por el surgimiento de algún otro poder capaz de competir con ella por el dominio del mundo. China, más que nadie, prefiere la hegemonía americana. Los EEUU no planean atacar a China y, hasta la fecha, han mantenido su mercado completamente abierto a las exportaciones chinas. Con los EEUU en el papel de policías del mundo y asegurando un comercio y unos movimientos de capital cada vez más libres, China puede competir en términos de costes de producción en un campo en igualdad de condiciones, y eso es increíblemente beneficioso para China; mejor, imposible. ¿Puede seguir la hegemonía estadounidense con la actual crisis? Ésta es una pregunta harto más ardua. Pero creo que, en el primer caso, la respuesta es sí. Las elites del mundo quieren por encima de todo mantener el actual orden globalizado y los EEUU son la clave para ello. Nadie, entre las elites del mundo, intenta explotar la crisis y los enormes problemas económicos de los EEUU para desafiar a la hegemonía norteamericana. China sigue diciendo "no vamos a seguir pagando para que los EEUU sigan derrochando", en alusión a los actuales récords en déficits por cuenta corriente sufragados por China durante la pasada década y a los titánicos déficits presupuestarios que están generando actualmente los EEUU. Pero ¿cree usted que China cortará ahora con los EEUU? En absoluto. China todavía está vertiendo todo el dinero que puede en los EEUU para intentar que mantegan a flote su economía y poder ella mantener así su vía de desarrollo. Claro está que siempre es posible todo lo que se desea. La profundidad de la crisis china puede llegar a ser de tal calado, que ya no le permita financiar por más tiempo los déficits de los EEUU. O la política de la Reserva Federal de embarcarse en unos déficits cada vez mayores e ir imprimiendo moneda podría terminar llevando al hundimiento del dólar y provocando una verdadera catástrofe. Sea ello como fuere, los dados están echados. Si tales cosas llegaran a suceder, habría construir un nuevo orden. Pero en condiciones de crisis profunda sería extremadamente difícil, porque en circunstancias así, los EEUU, lo mismo que otros estados, podrían fácilmente deslizarse por la pendiente del proteccionismo, el nacionalismo o incluso de la guerra. Creo que en este momento las elites del mundo están todavía tratando de evitar esa deriva: no están preparadas para eso. Lo que quieren es mantener los mercados, el comercio, abiertos. Y ello porque han comprendido que la última vez que el estado recurrió al proteccionismo para resolver el problema fue durante la Gran Depresión, lo que no sirvió más que para empeorarla, porque  cuando algunos estados iniciaron políticas proteccionistas todo el mundo hizo lo propio y el mercado mundial se cerró. Luego, por supuesto, vino el militarismo y la guerra. En la actualidad, el cierre de los mercados mundiales sería evidentemente desastroso; por eso elites y gobiernos se afanan de consuno en impedir salidas proteccionistas, estatistas o militaristas. Pero la política no es sólo la expresión de lo que las elites quieren, y además, las elites son tornadizas, y lo que quieren puede cambiar de un día para otro. Por lo demás, las elites suelen estar divididas, y la política tiene autonomía. De manera que, por poner un ejemplo, difícilmente puede descartarse que, si la crisis se pone muy fea ─lo que llegados a este punto no sería una gran sorpresa─, asistamos al regreso de políticas derechistas de carácter proteccionista, militarista, xenófobo o nacionalista. Este tipo de políticas podría tener no sólo un amplio atractivo popular. Sectores crecientes del mundo empresarial podrían llegar a verla como la única salida, puesto que si ven a sus mercados hundirse y al sistema en depresión, pueden considerar necesaria la protección contra la competencia y subvenciones públicas a la demanda mediante el gasto militar. Ésta fue, huelga decirlo, la respuesta que prevaleció en gran parte de Europa y Japón durante la crisis del periodo de entreguerras. Tenemos ahora a una derecha apabullada por los fracasos de la administración Bush y por la crisis. Pero si la administración Obama no es capaz de impedir el hundimiento económico, podría volver fácilmente… sobre todo porque los demócratas no ofrecen la menor alternativa ideológica real.

Ha hablado de una crisis potencial en China. ¿Qué piensa del estado actual de la economía china?

Creo que la crisis china irá a peor, mucho peor de lo que la gente espera. Por dos razones esenciales. La primera es que la crisis norteamericana, y la crisis global más en general, es mucho más grave de lo que la gente esperaba, y en última instancia, la suerte de la economía china depende inextricablemente de la suerte de la economía estadounidense y de la de la economía global. No sólo porque China depende en gran medida de sus exportaciones al mercado estadounidense; también porque la mayor parte del resto del mundo depende a su vez   mucho de los EEUU, y eso incluye especialmente a Europa. Si no voy errado, Europa se ha convertido recientemente en el mayor mercado de las exportaciones chinas. Pero como la crisis originada en los EEUU ha llegado a Europa, el mercado europeo se contraerá también para los bienes chinos. De modo, pues, que la situación es para China mucho peor de lo que la gente esperaba, porque la crisis económica es mucho peor de lo que se esperaba. La segunda razón es ésta: el entusiasmo con el crecimiento realmente espectacular de la economía China ha llevado a mucha gente a ignorar el papel desempeñado por las burbujas en curso seguido por la economía china. China ha crecido básicamente con las exportaciones, y señaladamente, merced a un creciente excedente comercial con los EEUU. A causa de ese excedente, el gobierno chino ha tenido que tomar medidas políticas para mantener baja su moneda y competitiva su industria. Concretamente, ha comprado a gran escala activos denominados en dólares estadounidenses imprimiendo enormes cantidades de renminbi, la moneda china. Pero el resultado ha sido la inyección de enormes cantidades de dinero en la economía china, haciendo cada vez más fácil el crédito durante un largo periodo. Por un lado, las empresas y gobiernos locales han utilizado este crédito fácil para financiar inversiones en masa. Pero esto ha hecho cada vez mayor la sobrecapacidad. Por otro lado, han usado el crédito fácil para comprar tierras, casas, acciones y otros tipos de activos financieros. Pero eso ha contribuido a generar grandes burbujas de precios de activos, las cuales, lo mismo que en los EEUU, han contribuido a su vez a disparar préstamos y gastos. Cuando estallen las burbujas chinas, el calado de la sobrecapacidad se hará más evidente. El estallido de las burbujas chinas representará, también en gran parte del resto del mundo, un duro golpe para la demanda de consumo e inducirá una dañina crisis dañina. En suma: la crisis china puede llegar a ser una   cosa muy seria, y podría hacer que la crisis global tomara un rumbo todavía más grave.

Así, usted cree que la lógica capitalista de superproducción se da también China.

Sí, como en Corea y en gran parte del Asia oriental a finales de los noventa. No es tan distinto. Lo único que no ha ocurrido todavía es el tipo de revaluación de la moneda que mató, que liquidó realmente a la expansión industrial coreana. El gobierno chino está haciendo todo por evitarlo.

Por lo tanto, no está usted de acuerdo con la definición de la sociedad china como "economía de mercado no capitalista".

No, en absoluto.

¿Cree usted, pues, que China es actualmente capitalista?

Creo que es totalmente capitalista. Acaso pudiera haberse dicho que China tenía un mercado no capitalista durante los ochenta, cuando experimentaba un impresionante crecimiento merced a las empresas urbanas y aldeanas. Eran de propiedad pública, de los gobiernos locales, pero operaban en el mercado. Esa forma económica puede decirse que iniciaba la transición al capitalismo. Así, tal vez hasta principios de los noventa, se mantuvo un tipo de sociedad de mercado no capitalista, especialmente porque había un gran sector industrial de propiedad y dirección del estado central. Pero a partir de entonces lo que ha habido es una transición al capitalismo que, a día de hoy, puede darse por completamente colmada.

¿Qué piensa de la dureza de la crisis económica coreana que se avecina? ¿Cree que podría ser más grave que la crisis del FMI de 1997-98? Para hacer frente a la crisis venidera, el gobierno de Lee Myung-bak está resucitando ahora la inversión para construir enormes infraestructuras sociales al estilo de Park Cheng-Hee, especialmente el "Gran Canal" de la península coreana, al tiempo que copia las políticas de crecimiento verde de Obama. Sin embargo, el gobierno de Lee Myung-bak intenta todavía mantener las políticas de desregulación neoliberal del período que siguió a la crisis de 1997, especialmente mediante el Acuerdo de Libre Comercio entre los EEUU y Corea. Podría llamársele propuesta híbrida, ya que combina lo que parece un anacrónico retorno al método de desarrollo dirigido por el estado al estilo de Park Cheng-Hee con el neoliberalismo contemporáneo. ¿Servirá para combatir o paliar la crisis que se avecina?

Lo dudo mucho. No necesariamente porque represente una vuelta al capitalismo organizado por el estado, al estilo de Park, ni porque abrace el neoliberalismo. Es porque, cualquiera que sea su forma interna, sigue dependiendo de la globalización en un momento en que la crisis global está produciendo una extraordinaria contracción del mercado mundial. Hablando de China daba yo hace un rato por probable que se encuentre con un grave problema. Pero China tiene salarios bajos y un mercado interno potencial enorme, de manera que con el tiempo es concebible que pueda tener una posición mejor que Corea para afrontar la crisis, aunque tampoco estoy totalmente seguro de eso. Descuento, en cambio, como seguro que Corea se verá duramente golpeada por la  crisis. Ya le ocurrió en 1997-98, pero le salvaron la burbuja del mercado de valores estadounidense y el consiguiente crecimiento del préstamo, el gasto y las importaciones norteamericanos. Pero cuando reventó la burbuja del mercado de valores estadounidense en 2000-02, Corea cayó en lo que se antojaba como una crisis aún más grave que la de 1997-98. Hete aquí, sin embargo, la burbuja inmobiliaria estadounidense vino recientemente al rescate de Corea. Pero ahora ha reventado esa burbuja, la segunda burbuja estadounidense, y no hay una tercera para sacar a Corea de la crisis. No es necesariamente porque Corea lo esté haciendo mal. Es que no creo que haya en parte alguna del mundo una vía de salida fácil para nadie que se haya convertido en parte de un sistema capitalista verdaderamente global e interdependiente.

Así, está diciendo que el entorno externo está mucho peor que nunca antes.

Ésa es la idea principal.

¿Cuáles son, pues, las tareas más urgentes de los progresistas en Corea? Los coreanos progresistas son muy críticos con Lee Myung-bak. Suelen apoyar el estado del bienestar y la redistribución de la renta como alternativa al proyecto de Lee de invertir en la construcción del Canal, con grandes costes sociales. Ésta es la cuestión más caliente en la sociedad coreana de hoy. Los progresistas coreanos señalan que, a pesar de que Lee Myung-bak hable de crecimiento verde, su proyecto de construcción destruiría ecosistemas enteros. ¿Está de acuerdo con ellos?

Evidentemente, hay que oponerse a esos proyectos, ecológicamente desastrosos.

¿Cree que, en plena crisis económica, la construcción de un estado del bienestar como el de Suecia sería una estrategia razonable para los progresistas coreanos?

Creo que lo más importante para los progresistas coreanos es el refuerzo de las organizaciones del movimiento obrero. Sólo reconstruyendo el movimiento obrero coreano puede la izquierda construir el poder que necesita para obtener cualquiera de sus reivindicaciones. La única manera de que el pueblo trabajador pueda realmente desarrollar su poder es mediante la construcción de nuevas organizaciones en el transcurso de la lucha, y solo mediante la lucha puede lograr el advenimiento de políticas progresistas o la definición de lo que debería ser una política progresista en este momento. Creo que la mejor manera de forjar una respuesta política de izquierda actualmente es contribuir a que la gente más afectada se organice y logre poder para definir colectivamente sus intereses. De modo que, más que intentar resolver ahora, de modo tecnocrático, desde arriba, la cuestión de cuál sea la mejor respuesta, la clave para la izquierda es catalizar la reconstitución del poder del pueblo trabajador. Obviamente, el movimiento obrero coreano se ha visto debilitado desde la crisis de 1997-98. Como mínimo, la prioridad para los progresistas debería se plantearse qué hacer para mejorar el contexto de la organización de la fuerza de trabajo, qué hacer, precisamente ahora, para reforzar los sindicatos. Sin una reactivación del poder de la clase obrera, la izquierda no tardará en descubrir que la mayor parte de cuestiones de políticas públicas se convierten en materia de pura especulación académica. Quiero decir que si la izquierda tiene que influir en las políticas públicas, ha de haber un cambio, un gran cambio, en la correlación de fuerzas de clase.

¿Espera usted que los recientes fracasos del neoliberalismo abran puertas a los progresistas de todo el mundo?

El fracaso del neoliberalismo ofrece, desde luego, importantes oportunidades que no teníamos antes. El neoliberalismo nunca resultó atractivo para buena parte de la población. El pueblo trabajador jamás se ha identificado con mercados libres, finanzas libres y todo eso. Pero creo que la mayor parte de la población se había convencido de que era la única opción, de que no había alternativa. Pero ahora la crisis ha revelado la bancarrota total del modelo neoliberal de organización económica, y puede vislumbrarse el cambio. Se ha manifestado eso con vigor en   la oposición del pueblo trabajador americano a los rescates de los bancos y del sector financiero. Dicen, sobre poco más o menos:   "nos han contado que salvar las instituciones financieras, los mercados financieros, es la clave para restablecer la economía, la prosperidad. Pero no nos lo creemos. No queremos que ni un centavo más de nuestro dinero vaya a aquellos que no hacen más que robarnos". De modo que hay un gran vacío ideológico y se ha abierto un importante flanco para la penetración de ideas de izquierda. El problema es que hay muy poca organización del pueblo trabajador; está solo, carece de expresión política. Así que puede decirse que hay grandes oportunidades creadas por el contexto político o por el clima ideológico, pero que eso, por sí mismo, no proporcionará soluciones progresistas. De modo que, nuevamente, la máxima prioridad para los progresistas ─para cualquier activista de izquierda─, allí donde deberían ser más activos, es en el intento de reavivar las organizaciones del pueblo trabajador. Sin resucitar el poder de la clase obrera, poco progreso podrá hacerse, y el único modo de revivir ese poder es la movilización para la acción directa. Sólo mediante la acción, colectiva y masiva, del pueblo trabajador se podrá crear la organización y acumular la energía necesaria para proporcionar la base social para una transformación, por así decirlo, de su propia conciencia, para la radicalización política.

(*)Entrevista de  Seongjin Jeong para el diario coreano Hankyoreh (22 de enero 2009) a Robert Brenner, quien ha hecho en  los últimos 10 años los análisis histórico-económicos acaso más profundos y premonitorios sobre la naturaleza de la vida económica capitalista mundial del final del siglo XX.

(**)Robert Brenner, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es director del Center for Social Theory and Comparative History en la Universidad de California-Los Ángeles. Es autor de The Boom and the Bubble (Verso, Londres, 2002), un libro imprescindible para entender la historia económica del último medio siglo, el origen de la llamada "globalización"  y la situación presente.

Traducción para www.sinpermiso.info: Daniel Escribano
Disponible en:
Robert Brenner entrevistado por Seongjin Jeong | Sinpermiso | 23-2-2009
http://www.kaosenlared.net/noticia/analisis-historico-economico-clasico-actual-crisis
 
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Capitalismo: Una crisis devastadora

Enlace permanente 1 de Marzo, 2009, 2:29

Robert Brenner(*)

En lugar de aumentar la inversión, la productividad y el empleo para aumentar las ganancias, las firmas buscaron explotar el bajo costo de los préstamos para mejorar su posición y la de sus accionistas por la vía de la manipulación financiera La actual crisis puede transformarse en la más devastadora desde la Gran Depresión. Manifiesta problemas profundos no resueltos en la economía real que han sido literalmente disimulados durante décadas por medio del endeudamiento, así como una escasez financiera en el corto plazo de una profundidad nunca vista desde la segunda guerra mundial. La combinación de la debilidad de la acumulación de capital subyacente y la crisis del sistema bancario es lo que hace la caída tan inmanejable para los gobernantes y tan seria su potencialidad de producir un desastre. La plaga de hipotecas ejecutadas y hogares abandonados -frecuentemente ocupados y despojados de todo, incluyendo los cables de cobre- acecha Detroit en particular, y otras ciudades del medio oeste.

El desastre humano que esto representa para cientos de miles de familias y sus comunidades sólo puede ser la primera señal de lo que significa una crisis capitalista. El alza histórica de los mercados financieros en los años 1980s, 90s, y 2000s -con su transferencia de ingreso y riqueza al uno por ciento más rico de la población- distrajo la atención del debilitamiento de largo plazo de las economías capitalistas avanzadas. El desempeño económico en los Estados Unido, Europa occidental y Japón, según virtualmente todos los indicadores estadísticos -crecimiento de la producción, inversión, empleo y salarios- se ha deteriorado, década tras década, ciclo económico tras ciclo económico, desde 1973.

Los años desde el comienzo del presente ciclo, que se originó a comienzos de 2001, han sido los peores de todos. El crecimiento del Producto Bruto Interno (PBI) en los Estados Unidos ha sido el más lento para cualquier intervalo comparable desde fines de los 40s., mientras que el aumento de nuevas plantas y equipamiento y la creación de empleos han estado un tercio y dos tercios respectivamente por debajo del promedio de posguerra. Los salarios horario reales para la producción y trabajadores no supervisores, alrededor del 80% de la fuerza de trabajo, estuvieron prácticamente planchados, languideciendo alrededor de su nivel de 1979.

La expansión económica tampoco ha sido suficientemente fuerte en Europa occidental o Japón. La caída del dinamismo económico del mundo capitalista avanzado está arraigada en un descenso muy importante de la rentabilidad, causado en primer lugar por una tendencia crónica a la sobrecapacidad en el sector manufacturero mundial, que data de fines de los años 1960 y principios de los 70. Hacia el año 2000, en Estados Unidos, Japón y Alemania, la tasa de ganancia en la economía privada tuvo una recuperación, pero en el ciclo de los '90 no subió más que en el de los '70.

Con la reducción de la rentabilidad, las firmas tuvieron menores ganancias para agregar a sus plantas y equipamientos y menores incentivos para expandirse. La continua reducción de la rentabilidad desde los años 1970 llevó a una caída sostenida en la inversión, como proporción del PBI, en las economías capitalistas avanzadas, así como reducciones graduales en el crecimiento de la producción, medios de producción y empleo.

La prolongada declinación en la acumulación de capital, así como la contención de los salarios por parte de las corporaciones para restaurar sus tasas de retorno, junto con los recortes del gobierno en el gasto social para reforzar las ganancias, han llevado a una caída en el crecimiento de las inversiones, el consumo y la demanda del gobierno, y por lo tanto en el crecimiento de la demanda de conjunto. La debilidad de la demanada agregada, consecuencia en última instancia de la reducción de la rentabilidad, ha constituido la principal barrera al crecimiento en las economías capitalistas avanzadas.

Para contrarrestar la persistente debilidad de la demanda agregada, los gobiernos, encabezados por el de Estados Unidos, no han tenido más alternativa que emitir volúmenes cada vez mayores de deuda, a través de canales cada vez más variados y barrocos, para mantener funcionando la economía. Inicialmente, durante los 70 y 80s, los estados se vieron obligados a incurrir en déficits públicos cada vez mayores para sostener el crecimiento. Pero si bien esto mantuvo la economía relativamente estable, esos déficits también la llevaron al estancamiento: en la jerga de esa época, los gobiernos progresivamente recibían menos, era menor el crecimiento del PBI por cada aumento del endeudamiento.

Del recorte de presupuesto a la burbuja económica

A principios de los años 1990s, en Estados Unidos y Europa, dirigidos por Bill Clinton, Robert Rubin y Alan Greenspan, los gobiernos que habían girado a la derecha y se guiaban por el pensamiento neoliberal (privatización y destrucción de los programas sociales) buscaron superar el estancamiento tratando de equilibrar los presupuestos. Pero aunque esto no parecía importante en la contabilidad del período, este cambio dramático tuvo un efecto retroactivo radical.

Como la rentabilidad todavía no se había recuperado, las reducciones de déficit causadas por la equilibración del presupuesto significaron un gran golpe a la demanada agregada, con el resultado de que durante la primera mitad de la década de 1990, Europa y Japón experimentaron recesiones devastadoras, las peores del período de la posguerra, y la economía de Estados Unidos se vio obligado a recurrir a formas de estímulo más poderosas y riesgosas para contrarrestar la tendencia al estancamiento. En particular, reemplazó el déficit público del keynesianismo tradicional con el déficit privado y la inflación de los activos de lo que podía llamarse el keynesianismo del precio de los activos, simplemente una burbuja económica.

En el gran ascenso del mercado de valores de la década de 1990, las corporaciones y los hogares ricos vieron expandirse masivamente su riqueza en dinero. Por lo tanto pudieron embarcarse en un aumento récord de endeudamiento y, sobre esta base, sostener una poderosa expansión de la inversión y el consumo. El así llamado boom de la "nueva economía" fue la expresión directa de la burbuja histórica del precio de las acciones de los años 1995-2000. Pero como los precios de las acciones subieron a pesar de la caída de la tasa de ganancia y como las nuevas inversiones exacerbadron la sobrecapacidad industrial, eso rápidamente aseguró la caída de la bolsa y la recesión de 2000-2001, deprimiendo la rentabilidad en el sector no financiero a su nivel más bajo desde 1980.

Sin inmutarse, Greenspan y la Reserva Federal, ayudados por otros importantes Bancos Centrales, contrarrestaron el nuevo ciclo descendente con otra ronda de inflación de los precios de los activos, y esto ha sido esencialmente lo que nos trajo a donde estamos hoy. Al reducir a cero las tasas de interés a corto plazo por tres años, facilitaron una explosión sin precedentes históricos del endeudamiento de los hogares, que contribuyó y alimentó la suba de los precios de las casas y la riqueza doméstica.

Según The Economist, la burbuja inmobiliria mundial entre 2000 y 2005 fue la mayor de todos los tiempos, superando incluso la de 1929. Esto hizo posible un aumento sostenido del gasto de consumo y de la inversión residencial, que juntos impulsaron la expansión. El consumo personal más la construcción de viviendas dan cuenta de entre el 90 al 100% del crecimiento del PBI de Estados Unidos en los primeros cinco años del actual ciclo económico. Durante el mismo intervalo, sólo el sector inmobiliario, según Economy.com de Moody's, fue responsable por casi el aumento del 50% del PBI, que de lo contrario hubiera sido -2,3% en lugar de 1,6%.

Así, junto con los déficits presupuestarios reaganianos de GW Bush, el récord en los déficits de los hogares permitió oscurecer cuán débil realmente era la recuperación económica subyacente. El incremento de la demanda consumista respaldada con deuda, así como el crédito excesivamente barato, no sólo revivió la economía norteamericana, sino especialmente, por el impulso de una nueva oleada de importaciones y el aumento del déficit de cuenta corriente (balance de pagos y comercio) a niveles récord, alimentó lo que parecía ser una impresionante expansión económica global.

Brutal ofensiva corporativa

Pero si los consumidores hicieron su parte, no se puede decir lo mismo de las firmas privadas, a pesar del estímulo económico récord. Greenspan y la Fed habían inflado la burbuja inmobiliaria para darle tiempo a los corporaciones para desembararzarse de su exceso de capital y retomar la inversión. Pero, en lugar de esto, al centrarse en restaurar la tasa de ganancias, las corporaciones desencadenaron una brutal ofensiva contra los trabajadores.

Elevaron la productividad, no tanto por el aumento de las inversiones en plantas avanzadas y equipamiento sino por medio del recorte radical en los empleos, obligando a los trabajadores que quedaron a utilizar los tiempos muertos. Al mantener bajos los salarios y a la vez extraer más producción por persona, se apropiaron en la forma de ganancias de un porción del crecimiento del sector no financiero del PBI sin precedentes históricos.

Las corporaciones no financieras, durante esta expansión, han elevado significativamente sus tasas de ganancias, aunque este crecimiento no llegó hasta los ya reducidos niveles de la década de 1990. Además, teniendo en cuenta que el grado al cual se había elevado la tasa de ganancia había sido alcanzado simplemente por la vía de elevar la tasa de explotación -haciendo que los trabajadores trabajen más y pagándoles menos la hora- habían razones para dudar de cuánto tiempo podía continuar. Pero sobre todo, al mejorar la rentabilidad por medio de mantener baja la creación de empleo, la inversión y los salarios, las empresas norteamericanas mantuvieron bajo el crecimiento de la demanda agregada y por lo tanto socavaron su propio incentivo para expandirse.

Simultáneamente, en lugar de aumentar la inversión, la productividad y el empleo para aumentar las ganancias, las firmas buscaron explotar el bajo costo de los préstamos para mejorar su posición y la de sus accionistas por la vía de la manipulación financiera -liquidando sus deudas y dividendos, comprando sus propias acciones para subir su valor, particularmente en la forma de una enorme oleada de fusiones y adquisiciones. En Estados Unidos, durante los últimos cuatro o cinco años, la recompra de dividendos y acciones como parte de ganancias acumuladas (retained earnings) ha explotado a sus niveles más altos de la posguerra. La misma clase de cosas han ocurrido en toda la economía mundial -Europa, Japón y Corea.

El estallido de las burbujas

El límite es que, en Estados Unidos y el mundo capitalista avanzado desde el año 2000, hemos visto el crecimiento más lento de la economía real desde la segunda guerra mundial y la mayor expansión de la economía financiera en la historia de Estados Unidos. No es necesario un marxista para decir que esto no puede continuar.

Por supuesto, así como la burbuja de la bolsa de los años 1990 estalló, la burbuja inmobiliaria también explotó. Como consecuencia, la película de la expansión impulsada por el boom inmobiliario que vimos durante el cliclo ascendente está ahora revirtiéndose. Hoy, los precios de las casas ya han empezado a caer un 5% de su punto más alto de 2005, pero esto sólo es el comienzo. Según la estimación de Moody's, en el momento en que la burbuja inmobiliaria se desinfle completamente a principios de 2009, los precios de las viviendas habrán caído un 20% en términos nominales -incluso en términos reales-, de lejos la mayor caída en la historia norteamericana de la posguerra.

Así como el efecto riqueza positivo de la burbuja inmobiliaria impulsó la economía, el efecto negativo de la caída del mercado inmobiliario está empujándola hacia abajo. Con el valor de sus viviendas en bajada, las familias ya no pueden tratar sus casas como cajeros automáticos, y los préstamos a los hogares están colapsando, por lo que tienen que reducir su consumo.

El peligro subyacente es que los hogares norteamericanos, al ya no poder "ahorrar" a través de la elevación del valor de sus viviendas, comiencen rápidamente a ahorrar verdaderamente, elevando al tasa de ahorro personal, que ahora está en su nivel más bajo de la historia, haciendo caer el consumo. Al comprender cómo el fin de la burbuja inmobiliaria afectaría el poder de compra de los consumidores, las firmas recortaron la incorporación de personal, con el resultado de que el crecimiento del empleo cayó significativamente desde principios de 2007.

Gracias a la crisis inmobiliaria y a la desaceleración del empleo, ya en el segundo trimestre de 2007, el flujo total real de dinero a los hogares, que había aumentado a una tasa anual de alrededor del 4,4% en 2005 y 2006, había caído hasta casi cero. En otras palabras, si uno suma los ingresos reales disponibles de los particulares, más sus ingresos por la diferencia entre el precio de la vivienda y la hipoteca, más los créditos para consumo, más la realización de ganancias de capital, descubrirá que lo que tienen para gastar ha dejado de crecer. Bastante antes de que la crisis financiera golpeara el pasado verano, la expansión ya estaba agonizando.

La debacle sub-prime, que surgió como una extensión directa de la burbuja financiera, está compilcando en gran medida el ciclo declinante, haciéndolo muy peligroso. Los mecanismos que ligan los préstamos hipotecarios inescrupulosos a una escala titánica, las ejecuciones masivas de viviendas, el colapso del mercado de títulos financieros respaldado por hipotecas sub-prime, y la crisis de los grandes bancos que directamente tenían esas cantidades de títulos, requieren una discusión aparte.

Simplemente se puede decir a modo de conclusión -debido a que las pérdidas de los bancos, ya enormes, son tan reales, y a que probablemente crezcan mucho más a medida que empeore la caída- que la economía enfrenta la perspectiva, sin precedentes en el período de posguerra, de un congelamiento del crédito en el mismo momento en que se está deslizando en una recesión -y que los gobiernos enfrentan un problema de una dificultad sin precedentes para evitar este resultado.
 

(*) Robert Brenner es historiador y economista, se ha destacado por un trabajo sobre los orígenes agrarios del capitalismo europeo conocido como el "debate Brenner", que ocupó un lugar importante en el estudio histórico contemporáneo. En su Nº 229 de mayo-junio de 1998, The New Left Review (Gran Bretaña), publicó una de sus principales obras: The economics of global turbulence (La economía de la turbulencia global). En castellano, fue publicado bajo el título "Turbulencias de la economía mundial", ediciones LOM, Chile 1999.

Against the Current Nº 132 (Detroit, enero-febrero 2008). Traducción del PTS (Argentina) Correspondencia de Prensa - Agenda Radical - Boletín Solidario

Disponible en: http://www.paginadigital.com.ar/articulos/2008/2008prim/noticias2/mundo-050208.asp

 
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Robert Brenner: La economía de la turbulencia global

Enlace permanente 1 de Marzo, 2009, 2:03

Algunos elementos para la crítica

Por: P. Bach, y M. Larrea, 1999

Robert Brenner

Robert Brenner es un historiador inglés que se ha destacado por un trabajo sobre los orígenes agrarios del capitalismo europeo conocido como el "debate Brenner" [1], que ocupó un lugar importante en el estudio histórico contemporáneo.

En su número 229 de mayo-junio de 1998 New Left Review publicó un nuevo trabajo de Robert Brenner titulado The economics of global turbulence (La economía de la turbulencia global). Este último constituye una de las más exhaustivas historias económicas desde el denominado "boom de la posguerra" hasta nuestros días centrado en las relaciones cambiantes entre las tres principales economías capitalistas del mundo (Estados Unidos, Japón y Alemania). Aparecido en el marco del estallido de la crisis económica mundial que comenzó en 1997 cuyo punto de partida fue el desbarranque de las economías del Sudeste de Asia y que reabrió una intensa discusión económica, The economics of global turbulence suscitó múltiples elogios y críticas en el ámbito de la izquierda y el marxismo.

Es necesario señalar que desde la segunda posguerra hasta nuestros días el marxismo ha sufrido un fuerte retroceso en lo que al análisis teórico-científico se refiere, tanto en términos generales como en el campo de la economía política en particular. En este contexto si bien, por ejemplo Ernest Mandel en su "Capitalismo Tardío" realiza un exhaustivo análisis de la estructura del capitalismo en el siglo XX y aporta importantes elementos para el análisis marxista, él no ha conseguido poner en pie una estructura teórica [2] que continúe dialécticamente los aportes y la reactualización de la teoría marxista realizados por la Tercera Internacional, Lenín y Trotsky entre otros. Más tarde, a partir de la década del "70 han surgido otras escuelas como de un lado los "teóricos de la lucha de clases" (uno de cuyos exponentes más importantes es John Holloway) y de otro los "teóricos de la caída de la tasa de ganancia" como por ejemplo el economista marxista Anwar Shaik. Estas escuelas se han caracterizado por brindar visiones parciales de la realidad muy lejanas a una integración dialéctica de los múltiples factores actuantes (entre ellos los económicos y los políticos) en la compleja estructura del capitalismo en la época imperialista. De un lado los teóricos de la lucha de clases otorgan un valor absoluto a las fuerzas del proletariado y consideran que esta última es la causa en primera instancia de la crisis económica subvaluando enormemente las contradicciones internas del capital y su agudización en la época imperialista. De otro lado, Anwar Shaik si bien demuestra contundentemente el rol del crecimiento de la composición orgánica del capital como factor causal de la tendencia a la caída de la tasa de ganancia desde el fin del boom de la posguerra hasta nuestros días, realiza este análisis por fuera de las condiciones de la lucha interimperialista, de los elementos de descomposición que caracterizan al capital en el siglo XX y en la medida en que es tributario de la teoría burguesa de las "ondas largas" subvalúa la profunda relación entre la lucha de clases y la economía. De este modo, en nuestra forma de ver, estas escuelas no han logrado explicar las nuevas formas y tendencias que adquiere la economía política en el conjunto del siglo XX . En este sentido no han podido continuar las elaboraciones de la Tercera Internacional y más allá de sus aportes, no pueden dar una continuidad revolucionaria a la teoría marxista en el campo de la economía.

Robert Brenner aparece frente a estas dos escuelas como una tercera posición que enfatiza el rol de la competencia interimperialista en la economía del siglo XX. Sin embargo su hincapié en este aspecto está centrado en una visión que subvalúa el rol de la lucha de clases y considera a los Estados imperialistas sólo en tanto agentes de la competencia económica y al proletariado sólo en tanto movimiento sindical, como desarrollaremos más abajo. Pero en la medida en que intenta un análisis global, el trabajo de Robert Brenner ha abierto una intensa discusión entre la izquierda y los marxistas y merece ser estudiado y también criticado. Es por ello que desde Estrategia Internacional (a partir de cuyo número 7 hemos intentado aportar elementos teóricos para el análisis de la crisis y las tendencias económicas actuales) nos parece de fundamental importancia tanto dar a conocer al menos algunas partes de este importante trabajo de Brenner como acercar primeros elementos para su crítica.

Introducción

Sin duda los aportes más importantes de Robert Brenner están ligados a una muy detallada demostración del desarrollo desigual en el terreno económico entre las grandes potencias capitalistas que ha signado tanto el período de ascenso del capitalismo occidental durante el llamado boom de posguerra como lo que él denomina "el largo ciclo descendente", que según Brenner ha comenzado en el año 1973 y se extiende hasta nuestros días. A su vez este análisis compara en forma permanente el desarrollo divergente entre el sector manufacturero y no manufacturero (servicios) de la economía. Por otra parte, esta "historia económica" brinda una gran masa de datos empíricos que son de enorme utilidad, sin lugar a dudas, para un análisis sobre la crisis capitalista mundial. A su vez, resulta interesante en el trabajo de Brenner su interpretación sobre la polémica década del 90 a la que ubica no como el supuesto comienzo de un nuevo período ascendente del capitalismo sino como un período particular (de crecimiento específicamente norteamericano) dentro del "largo ciclo descendente".

Ahora bien, la concepción de Brenner es presentada por The New Left Review..un marxismo original que tiene poco en común con lo que frecuentemente se ha hecho pasar como deducciones ortodoxas de El Capital. Ningún axioma de la crisis basada en el aumento de la composición orgánica, y en la subsecuente caída de la rentabilidad de la inversión capitalista, se van a hallar aquí." [3] En realidad puede afirmarse que el "marxismo original" de Brenner constituye escencialmente una negación de la ley del valor-trabajo como fundamento del sistema capitalista a la vez que un rechazo de la concepción marxista sobre la tendencia creciente al aumento de la composición orgánica del capital como causa última impulsora de la caída tasa media de ganancia. Ahora, la pregunta que cabe plantearse es si este llamado "marxismo original" de Brenner es capaz de dar cuenta en profundidad del conjunto de los movimientos de la economía en el complejo siglo XX. Veamos. En primer lugar Brenner propone como global un análisis que subvalúa la profunda relación de opresión y explotación del "centro imperialista" sobre el mundo semi-colonial. Pasar por alto o restarle importancia a esta relación que está en la base del funcionamiento de la economía capitalista-imperialista del siglo XX, no puede más que arrojar una explicación parcial y por lo tanto incorrecta de la realidad en su conjunto. Sólo a modo de ejemplo podríamos citar la dimensión dramática que cobró el fenómeno de la "deuda externa" que ha llevado a que un amplio abanico que va desde el Vaticano, incluyendo a políticos burgueses de los países semicoloniales, pasando por múltiples intelectuales de la izquierda no marxista como Noam Chomsky, Wallerstein, entre otros hasta sectores de izquierda de las mismas metrópolis reclamen la condonación de parte o la totalidad de dicha deuda [4]. La subestimación que Brenner realiza de esta expoliación imperialista es una consecuencia de que como veremos luego, en su análisis no son tomadas en cuenta las diferencias cualitativas existentes entre la fase ascendente del capitalismo de libre competencia y su época declinante, el imperialismo, con todos los efectos reaccionarios y de destrucción de las fuerzas productivas que implica la sobrevida del capitalismo. En este mismo sentido, Brenner resta importancia a la profunda relación entre los factores económicos y políticos que signan nuestra época. Por ello, Brenner aborda la competencia interimperialista en un plano exclusivamente económico, alejado de la lucha intensa entre las grandes potencias por la hegemonía del mundo así como de la lucha actuante entre revolución y contrarrevolución.

En resumen, podríamos decir que el análisis de Brenner si bien aporta elementos de peso para una interpretación de la economía mundial, en la medida en que ignora o desecha las conquistas científicas adquiridas por el marxismo y por los marxistas revolucionarios (entre las cuales se destacan los aportes tanto de Lenín, como de Rosa Luxemburgo, de la Tercera Internacional y de Trotsky entre otros, que fueron dándole actualidad y reexplicando los nuevos y complejos fenómenos a través de los cuales se expresaba el capital en el siglo XX) y en la medida en que Brenner no propone una teoría superadora, no es capaz de dar cuenta del movimiento del conjunto de las tendencias de la economía capitalista-imperialista a las puertas del siglo XXI. Como consecuencia de ello, Brenner cae en una explicación que queda sujeta al campo de los fenómenos y no puede visualizar las tendencias más profundas que sin dudas sacudirán a la economía y a la política mundial en las décadas venideras.

Dado que el trabajo de Robert Brenner no está traducido al castellano, presentamos a continuación un breve resumen de The economics of global turbulence, en el que intentaremos destacar sus aspectos más relevantes.

La explicación económica de Brenner

1) El patrón del boom de la posguerra, 1950-1973

Brenner identifica el período del boom entre los años 1950 y 1973 y sostiene que el crecimiento durante este período fue altamente desigual. En lo que respecta al crecimiento del PBI, del PBI por hora, del stock de capital, y de la inversión productiva, Estados Unidos tuvo con respecto a Alemania y Japón en esos años un crecimiento mucho más modesto. Incluso éste fue menor que las tasas de crecimiento que Estados Unidos registró durante el período 1890/1913. Por el contrario, la performance productiva de Japón y Alemania fue impresionante, en particular la de Japón, cuyo crecimiento, según Brenner, no tuvo parangón histórico:
"Durante el primer cuarto de siglo de la época de la posguerra el mundo capitalista avanzado experimentó tasas récord de crecimiento. No obstante su extraordinario dinamismo estuvo muy desigualmente distribuído. Mientras que el bloque económico norteamericano de anterior desarrollo tendió a repeler las nuevas inversiones, los nuevos bloques económicos con los cuales la economía alemana y japonesa estaban asociados tendieron a atraerla. El crecimiento de posguerra de la economía norteamericana no fue en consecuencia particularmente impresionante, sea en comparación con el de sus principales competidores, o con respecto a su propia historia en períodos anteriores" [5].
Brenner sostiene que Estados Unidos (y en menor medida el Reino Unido) disfrutaban de ventajas muy considerables sobre las otras economías avanzadas inmediatamente después de la segunda guerra, tanto a nivel de la productividad como de la capacidad productiva. Alemania Occidental y Japón, por su parte, tenían tasas más altas de acumulación de capital pero menor productividad y menor capacidad productiva inicialmente. El liderazgo norteamericano estaba basado en la abrumadora superioridad tecnológica de su industria, como consecuencia de la aplicación de tecnologías disponibles desde los "30 que fueron aplicadas masivamente durante la guerra.
A su vez, Alemania y Japón se beneficiaron de la incorporación de nuevas tecnologías que Estados Unidos ya poseía (lo que Brenner llama el "proceso de alcance") combinándolas con una mano de obra mucho más barata que la de Estados Unidos. Se beneficiaron de su posición de "seguidoras", mientras que Estados Unidos sufrió relativamente las desventajas de llevar la delantera ("the penalty of taking the lead").
Brenner señala que la represión y el control del movimiento obrero fueron claves para el comienzo de la larga onda expansiva: "...el boom de la posguerra en ambos países [Alemania y Japón] estuvo basado más en la derrota de los trabajadores que en su reconocimiento, más en la subordinación explícita de los trabajadores que en la consolidación de cualquier "acuerdo capital- trabajo". En particular, las extendidas oleadas de acumulación de capital que cimentaron el largo ciclo ascendente durante la década de los 50 dependieron de lograr tasas extraordinariamente altas de ganancias, que en sí mismas estaban basadas en la represión a los trabajadores y su consecuente aceptación de bajos salarios en lento crecimiento (en relación al crecimiento de la productividad)...rebeliones obreras militantes estallaron en ambos países luego de la derrota militar... con el advenimiento de la guerra fría.. las autoridades de ocupación norteamericana ...se sumaron a los gobiernos conservadores y a los patrones de línea dura para reprimir sistemáticamente (como en Japón) o contener (como en Alemania) estas insurrecciones" [6].
Las tasas de acumulación más altas de Alemania occidental y Japón, junto a los menores costos laborales, les permitieron a sus fabricantes comenzar a desafiar con sus mercancías más baratas el dominio del capital norteamericano sobre el mercado mundial en la década de los "60. Esto se reflejó en el creciente déficit de la balanza de pagos de Estados Unidos. La relación económica de la posguerra entre las economías de occidente estuvo enmarcada en los Acuerdos de Bretton Woods [7], que según Brenner encarnaban una "negociación informal": por un lado EE.UU., a través del rol clave del dólar funcionaba con grandes déficits de la balanza de pagos para financiar sus bases militares en el exterior y su ayuda al exterior y las inversiones extranjeras directas de sus corporaciones; por otra parte, permitía a sus rivales económicos (Japón y Alemania) que limitaran el acceso a sus mercados internos. El libre comercio y el dólar sobrevaluado facilitaban la inversión en el exterior de las multinacionales norteamericanas. Esta exportación de capitales e importación de manufacturas, llevó a una caída de la tasa de inversión en Estados Unidos. Por otra parte, los años "50 fueron, según Brenner, "la edad de oro" de los trabajadores manufactureros norteamericanos, ya que sus salarios crecieron a un 3% anual. Esto último junto al lento crecimiento de la inversión, rebajaron el crecimiento de la productividad del trabajo y del capital, lo que provocó una gran caída de la tasa de ganancia en la manufactura (41%) entre 1950 y 1958. Aun siendo la productividad más alta en EE.UU., sus altos salarios anulaban esta ventaja sobre Alemania y Japón, cuyos trabajadores tenían salarios más bajos. De este modo, las exportaciones norteamericanas perdieron competitividad. Valga como ejemplo que desde el "59 la balanza comercial de EE.UU. empezó a ser deficitaria en relación con Alemania.

Alemania y Japón, por el contrario, captaban capitales al ofrecer excelentes condiciones para la inversión del capital, tales como monedas subvaluadas en relación al dólar, salarios relativamente bajos, y baja inflación. Las políticas keynesianas del gobierno en Estados Unidos de subsidio a la demanda y gran gasto público alimentaba el crecimiento de grandes déficits. Por el contrario, a través de los "50 y los "60 Alemania y Japón aplicaban políticas de ahorro interno, y de restricción de la demanda interna para evitar la inflación y el aumento de los costos salariales. Brenner señala como un factor clave del "milagro" alemán y japonés el control de la fuerza de trabajo mediante sindicatos empresarios en Japón y los "consejos obreros" [8] en Alemania. Esto era vital para ellos ya que sus expansiones estaban motorizadas por un aumento muy grande de las exportaciones.
Todas estas elementos plantearon las condiciones para que Alemania y Japón fueran apropiándose de sectores cada vez mayores del mercado mundial, con el consecuente aumento de la competencia internacional. Se produjo un gran avance de la productividad y un gran desarrollo del sector manufacturero. Creció la demanda de productos alemanes y japoneses en el mercado mundial, que conquistaron porciones mayores de éste a costillas de Estados Unidos (y en menor medida del Reino Unido). Esto llevó al surgimiento de grandes excedentes externos de Japón y Alemania y al aumento paralelo de grandes déficits en EE.UU., lo que trajo aparejado el aumento de las presiones a la suba de la moneda y de los precios en Japón y Alemania, originando a su vez una agudizamiento de la lucha por la productividad.
En este contexto, en los años 1957/58 y 1960, se desatan las primeras recesiones norteamericanas que permitieron un gran ataque al salario (por un aumento previo del desempleo, que se combinó con una serie de huelgas derrotadas, General Electric, la del sindicato metalmecánico UAW, etc.). Así, EE.UU, logró una recuperación de la tasa de ganancia. Según Brenner esas tempranas derrotas al movimiento obrero yanqui pusieron a la patronal a la ofensiva, iniciando una tendencia que perdura hasta hoy. Los costos salariales cayeron en EE.UU. y aumentaron en Japón y Alemania, y esto produjo un bajo crecimiento en los precios de exportaciones norteamericanas, comparado con un mayor crecimiento de los precios alemanes.
En la primera mitad de los "60, la economía de EE.UU. tuvo una recuperación de corto plazo (luego de los magros "50), pero no pudo impedir que los límites planteados por la competencia internacional terminaran imponiéndosele: entre 1958 y 1965 la porción de EE.UU. del mercado mundial para las exportaciones manufactureras cayó de 18.7% a 15.8%. A partir de 1965 se agudizará la competencia de Japón y Alemania, un hecho que según Brenner tendría graves consecuencias para la economía mundial en el largo plazo.

2) El comienzo de la crisis, 1965-1973

"Como resultado de la irrupción no planificada de los productos alemanes y japoneses de menor precio en el mercado, se reveló que los productores norteamericanos en particular habían sobreinvertido, en el sentido de que no pudieron asegurar la tasa de retorno establecida sobre sus asignaciones de capital y de mano de obra. El resultado de esto fue la capacidad excedente y la superproducción que llevó a una caída en la rentabilidad de conjunto en el sector manufacturero de las economías del G7. Entre 1965 y 1973, los productores norteamericanos sufrieron una caída en la tasa de retorno sobre su stock de capital de más del 40%. Como el stock de capital manufacturero norteamericano representaba una porción tan grande en el total del G7, las economías del G7 sufrieron una caída en la rentabilidad manufacturera de conjunto de alrededor de un cuarto [25.5%]en esos mismos años" [9].
Brenner señala que una caída de la tasa de ganancia no implica necesariamente dificultades económicas de largo plazo, pero EE.UU. no reorientó su inversión hacia otras líneas de producción, lo que provocó un aumento en la superproducción y tasas de ganancia reducidas, reproduciendo la sobreinversión a nivel del sistema de conjunto. Las masas de capital fijo ya asignadas estaban profundamente ligadas a lo que Brenner denomina el "capital intangible" (las redes de proveedores, el conocimiento del mercado, el "know how"- el conocimiento de las técnicas productivas). Esto evitó que se produjera un proceso normal de ajuste, lo que Brenner llama la "salida" de los fabricantes de más alto costo y de mayor precio de esas líneas de producción dadas.
Los déficits crónicos de la balanza de pagos de Estados Unidos (el exceso de las importaciones sobre las exportaciones) que surgieron en los "60, combinados con políticas reflacionarias de rebajas en las tasas de interés y aumento en los déficits presupuestarios, fueron socavando la confianza en el dólar.
La penetración acelerada de productos alemanes y japoneses en el mercado interno de EE.UU. produjo excedentes récords de cuenta corriente en Japón y Alemania, y déficits récord de cuenta corriente en EE.UU. En 1971 EE.UU. tuvo por primera en el siglo XX déficit comercial (éste se triplicaría en 1972). El gobierno de Nixon respondió en 1971 devaluando el dólar, poniendo fin a la paridad dólar/oro y poniendo una recarga impositiva del 10% sobre las importaciones. En 1973 se produjo finalmente el colapso de los Acuerdos de Bretton Woods y el fin del sistema internacional de cambio fijo. Esto precipitó una devaluación del dólar y una paralela revaluación del marco y del yen, precipitando a su vez una recuperación de la tasa de cambio a favor de EE.UU, y en contra de Alemania y Japón, aliviando la presión de las importaciones y bajando los costos de la exportaciones norteamericanas.
Así, EE.UU. desplazó la crisis a estos países sin resolverla en el frente interno. La tasa de ganancia en EE.UU. no se recuperó hasta los "80, y cayó entre 1969 y 1973 un 31% y un 18.5% respectivamente. Según Brenner, esto fue provocado por una presión descendente de los precios que reflejaba la intensificación de la competencia internacional estimulada por la superproducción creciente de mercancías. Esta declinación sustancial no puede buscarse ni en el crecimiento de los salarios, ni en la caída de la productividad. Según Brenner, la declinación se produjo porque los productores no fueron capaces de elevar los precios al nivel del aumento de sus costos para mantener altas tasas de retorno.
La capacidad excedente y la superproducción fueron así la causa de la presión descendente sobre los precios y de la caída de la tasa de ganancia. A su vez, en EE.UU. en la última mitad de los "60 hubo un aumento de la actividad huelguística, una explosión de la militancia obrera que representó una respuesta tardía de los trabajadores al enorme crecimiento previo de la rentabilidad, al retraso de los salarios y a la aceleración de la inflación. En el "65 el crecimiento de la inflación anuló el crecimiento salarial y la tasa anual promedio de remuneración real cayó 2.3%. Sin embargo, esta caída salarial no permitió mantener la rentabilidad como puede verse en el hecho que la tasa de ganancia cayó en un 29%.
En el sector manufacturero hubo menor aumento salarial y mayor caída de la tasa de ganancia, a diferencia del sector no manufacturero donde hubo un mayor aumento salarial y menor caída de la tasa de ganancia. Esto se explica porque el sector manufacturero no pudo aumentar los precios en relación al aumento de los costos por la superproducción existente y la competencia internacional creciente, como sí lo pudo hacer el sector no manufacturero. En consecuencia, entre el 65 y el 73 la rentabilidad manufacturera cayó en un 40% comparada con una caída mucho menor del 23.1% en el sector no manufacturero. Esta caída secular provocó un descenso de la inversión, un freno en el crecimiento, y un aumento del desempleo, abriendo las puertas a lo que Brenner llama "el largo ciclo descendente".

3) El largo ciclo descendente (desde 1973 hasta nuestros días)

La contraofensiva norteamericana con la devaluación del dólar le permitió a EE.UU. una baja de los precios relativos que no había logrado a través del aumento de la productividad. Así se produjo una caída en el nivel de los salarios relativos, los que contrariamente aumentaron en Alemania y Japón (como resultado de la revaluación del marco y del yen). EE.UU logró volver a los superávits comerciales en el año 73, empezando a caer sobre Alemania y Japón el peso de la crisis económica mundial.
En el caso de Alemania, la tasa de ganancia cayó el 30% en el sector manufacturero, cayó la productividad, aumentaron los costos relativos, había pleno empleo y fuerte militancia obrera, todo lo cual contribuyó a la baja de la tasa de ganancia. En 1967 ya había habido un proceso de huelgas salvajes exitosas que dieron por resultado un aumento salarial; los salarios crecieron por encima del aumento de la productividad. Nuevamente la caída de la rentabilidad podría haber sido menor si se hubieran podido aumentar los precios al mismo tiempo que subían los costos relativos. Esto fue lo que sucedió en el sector no manufacturero alemán. La economía alemana estaba basada centralmente en las exportaciones. Tenía dos caminos, uno mantener el mercado mundial o mantener los precios altos y las ganancias, a costa de perder una porción del mismo. La patronal alemana eligió este último, lo que trajo aparejada una caída de la tasa de ganancia que propinó un duro golpe a las perspectivas de crecimiento alemán de largo plazo.
Frente a una situación similar, Japón cuya tasa de ganancia ya había caído entre 1970 y 1973, intentó buscar una salida ampliando su mercado interno. Pero el crecimiento de los salarios en términos relativos (15%) en Japón, significó un aumento de los costos del trabajo en la manufactura, medidos en dólares, de un 20% acabó precipitando una mayor caída de la tasa de ganancia ya que los fabricantes japoneses no podían aumentar los precios al nivel necesario como para recuperar la ganancia. La clave de este aspecto estuvo dada por la reducción de la demanda mundial y la revaluación del yen, lo que provocó una reducción de la tasa de crecimiento de las exportaciones al 4.6% anual en comparación con un 17.2% de crecimiento anterior. Al igual que Alemania, Japón eligió mantener el mercado externo aceptando una tasa de ganancia reducida en el marco de una caída del 75% en el ritmo del crecimiento de las exportaciones.
En el G7 de conjunto, la rentabilidad por fuera de la manufactura cayó un 19%, comparada con un 25.5% en el sector manufacturero entre el año "65 y el "73. La clase obrera del mundo capitalista sufrió un descenso fuerte en el crecimiento de sus salarios: en el G7 de conjunto mientras los salarios habían promediado un crecimiento del 4.4% anual, durante los años 68-73 ese promedio cayó al 1.4% entre el 73-79 y al 0.5% entre el 79 y el 89.
Al mismo tiempo, la caída de la tasa de ganancia provocó una aguda caída de la inversión desde 1973 que fue la causa de la aguda caída en la productividad. En el G7 entre el "60 y el "79 el crecimiento de la productividad cayó en un 42%, pasando de alrededor del 5.2% entre 1960 y 1973 a 3% entre 1973 y 1979. El crecimiento anual del stock de capital neto cayó en un 35%, es decir desde el 5.5% por año a 3.6%. Las economías capitalistas avanzadas hicieron ajustes en el sector no manufacturero que les permitió resistir la caída de la rentabilidad a través de aumentos de precios. Esto fue posible porque el sector no manufacturero está menos expuesto a la competencia internacional. Dice Brenner:
"Las trayectorias divergentes de las tasas de ganancias en la manufactura y en el sector no manufacturero y, a su vez, de las tasas de crecimiento de la producción, fuerza de trabajo y stock de capital en los sectores manufacturero y no manufacturero antes y después de 1973, reflejaron lo que yo sostengo que es la fuente fundamental de la crisis sistémica a largo plazo de la rentabilidad: la presión descendente sobre los precios que resulta centralmente de la capacidad excedente y la superproducción en la manufactura, que en sí misma se deriva de la intensificación de la competencia internacional"
Brenner explica que el descenso inicial del ciclo demostró una incapacidad de ajustar la economía a la capacidad excedente y a la superproducción existentes. Pero se pregunta, ¿cómo puede explicar este mecanismo la perpetuación de la crisis durante más de dos décadas? La causa la encuentra en el hecho que la estrategia de las empresas estuvo centrada en una "salida insuficiente" de capitales de las viejas ramas o líneas de producción y "demasiada entrada" de capitales a las líneas manufactureras que ya estaban saturadas. El desarrollo de los NICS viejos y nuevos de Asia y del Sudeste Asiático, que producían con costos laborales muy bajos y con tecnología avanzada, profundizaron esta tendencia.
Con sus productos baratos, estos países conquistaron una franja mayor del mercado que la que había conquistado Japón durante el boom y contribuyeron más que Japón a la superproducción mundial en el curso del largo ciclo descendente.
De este modo, llegó a su fin la ganancia diferencial, dado que las líneas alternativas de altas tasas de retorno se había vuelto escasas. Se provocó así un desplazamiento de los capitales hacia las finanzas, los seguros y los bienes raíces, tanto en EE.UU. como en Alemania y Japón. Durante los "70, hubo una explosión del endeudamiento de las empresas de más altos costos y menores ganancias que les permitió ocupar posiciones económicas que podrían haber sido ocupadas por otras más productivas. De esto modo, entre el 73 y el 79 hubo un 20% menos de quiebras que entre el "60 y el "73. Otra política hubiera llevado a una depresión, que fue evitada a costa de un aumento de la inflación. Pero las medidas keynesianas no podían resolver la situación porque el problema central no estaba en la realización y la demanda sino en la capacidad excedente, en la superproducción existente y en la caída de la rentabilidad.
Esta situación estuvo en la base del giro monetarista que signó la década del 80, y puso en escena una declinación general de la economía mundial. El mercado norteamericano cayó, imponiendo grandes limitaciones a Japón y a Alemania. En EE.UU. hubo un gran proceso de achicamiento y ajuste que impulsó una mejoría de la productividad. Hubo una rebaja sin precedentes de los salarios y un desplazamiento en gran escala de los capitales hacia el sector servicios de baja productividad y bajos salarios y hacia el sector financiero.
En el año 1985, con el Acuerdo Plaza, los principales estados capitalistas se pusieron de acuerdo para forzar la baja del valor del dólar. Esto permitió mejorar la competitividad relativa del capital norteamericano, a la vez que impulsó a la suba el valor del yen. Japón adoptó una política monetaria laxa que deliberadamente produjo la economía "burbuja", la rápida inflación en el precio de las acciones y de los bienes raíces a fines del "80, cuya intención era aumentar el consumo interno para contrarrestar la caída de sus exportaciones.
En EE.UU. el gobierno de Reagan implementó enormes reducciones impositivas a los ricos, y aumentó astronómicamente el gasto en armamentos (neo-keynesianismo militar), que provocaron los déficits presupuestarios norteamericanos más altos de la historia. Según Brenner estas políticas tranformaron a Ronald Reagan en el "...más grande keynesiano de la historia". Durante estos años la concentración de capital tomó proporciones históricas: entre 1980 y 1989 hubo 31.105 fusiones y adquisiciones por un valor de 1.34 trillones de dólares. Esto se combinó con la derrota de la huelga de los controladores aéreos que permitió rebajar los costos salariales lo que sumado a las reducciones impositivas y una reactivación de la demanda abrió las puertas a un nuevo ciclo de ascenso extendido de la economía norteamericana.

La situación actual y las perspectivas del capitalismo

El estado del capitalismo a lo largo del largo ciclo descendente es revelado por las siguientes cifras: "Hoy, cuando la economía mundial disfruta su recuperación de la cuarta gran recesión de fines de los 60, la tasa de desempleo promedio de las economías capitalistas líderes (sacando a Estados Unidos) es al menos tan alta como el promedio de la gran depresión de los 30. El desempleo de los 11 países de la Unión Europea promedió el 11,3% mientras que las 16 principales economías capitalistas en los años 30 al 38 inclusive fue del 10.3%. El revival de la economía norteamericana estuvo basado en una tremenda devaluación del dólar contra el marco y el yen que ya lleva una década. El crecimiento de la productividad para la economía de conjunto ha caído a sus niveles más bajos en la historia norteamericana para los casi 25 años que van desde 1973 a 1996. Durante ese período el crecimiento del PBI por hora trabajada ha promediado el 0.9%. Esto es mucho menos que la mitad del promedio histórico para el siglo previo y el promedio para los 90 (hasta 1996) ha caído el 0,7%. En este contexto la defensa de la rentabilidad y su recuperación parcial en los 90 ha sido el resultado de una rebaja salarial sin precedentes durante el último siglo y quizá desde la Guerra Civil. Entre 1973 cuando los salarios reales por hora en la economía privada alcanzaron su pico y 1990 cayeron un 12%, bajando a una tasa anual promedio del 0,7% y no aumentaron en absoluto durante la década del 90 hasta el año 97" [10].
Continúa diciendo Brenner: "Lo más revelador quizás a la luz de las actuales celebraciones de un supuesto milagro económico norteamericano, es que el ascenso cíclico de los 90 ha sido -en términos de los principales indicadores macroeconómicos de crecimiento (producción, inversión, productividad y remuneración real)- incluso menos dinámico que sus antecesores relativamente débiles de los "80 y los "70 (para no hablar de los de los "50 y los "60).
De este modo, lo único espectacular del "boom Clinton" fue el crecimiento de la bolsa. En 1998 la proporción entre los precios de los activos y las ganancias duplicó su promedio de 13,7% que se mantuvo entre 1871 y 1992, situándose a un nivel récord. El empleo en los servicios (hoteles, restaurantes, y comercio minorista) creció en 20 millones entre el "79 y el "90 y 8.6 millones entre el "90 y el "96. A su vez el empleo en la manufactura cayó respectivamente 1.1 millón y 830.000 en los mismos períodos. Esto constituye una manfiestación de la declinación económica norteamericana. Esta situación en cierto modo podría compararse con el boom de la bolsa japonesa en los "80 que acabó por explotar dando lugar a una profunda recesión. La diferencia no obstante entre estos dos procesos estaría dada por el aumento de la rentabilidad en EE.UU. en los "90. Entre 1995 y 1996, la tasa de ganancia en la manufactura logró por primera vez desde el comienzo del largo ciclo descendente superar su nivel de 1973 situándose un 30% por debajo del pico máximo alcanzado en el boom. La recuperación de EE.UU en los "90 estuvo así centrada en la caída del salario y el aumento de las exportaciones como consecuencia de la gran devaluación del dólar en esta década. En 1997 se dio el primer año de boom en EE.UU. cuando la productividad, el PBI, los salarios y el empleo aumentaron al unísono. Lo que sucedió es que, al mismo tiempo que Japón y Alemania en los "90 entraron en las peores crisis de la posguerra, EE.UU., gracias a su mayor competitividad, se volvió más dependiente del mercado mundial de exportaciones. Así se produjo una bifurcación no simétrica: las caídas alemana y japonesa no fueron compensadas por la recuperación norteamericana, hubo en realidad un menor dinamismo de la economía mundial que en cualquier período desde 1950.
Pero ¿cuál es el pronóstico para la evolución del capitalismo mundial? Brenner sostiene que la superación del problema secular de la capacidad excedente y la superproducción es una cuestión clave para relanzar un nuevo boom. Para EE.UU. es definitorio si puede o no extender y consolidar la recuperación de la rentabilidad esquivando el aumento salarial y la competencia internacional, dado que su crecimiento anterior, estuvo basado en la caída del dólar, el aumento de las exportaciones y una rebaja salarial sin precedentes. Sin embargo, en 1996 la remuneración salarial ya creció en un 1.5% y siguió creciendo más aún en 1997 y 1998. Pero las tendencias económicas norteamericanas en última instancia dependerán de la situación mundial. Ahora bien, las fuerzas actuantes en el terreno del mercado mundial hoy están dadas por el freno en la demanda de conjunto, la aceleración de las exportaciones y una tendencia a la reducción de precios por la capacidad excedente. La clave es que las grandes economías buscan salir de la crisis mediante el aumento de su dependencia del mercado mundial, recurriendo a un nuevo ciclo de rebaja salarial y austeridad macroeconómica. Brenner sostiene que lo más probable es que haya una inundación de exportaciones en el mercado mundial, y mercados saturados que aumenten la superproducción. Si se toma en cuenta que en la última década y media hasta el 96, el Sudeste y el Este de Asia fueron el único centro dinámico de acumulación de capital dentro de un capitalismo mundial estancado (en el 96 las economías asiáticas combinadas, excluyendo a Japón, invirtieron casi lo mismo que EE.UU. durante ese mismo año), se puede tener una idea de lo que va a provocar su caída y su presión exportadora sobre la superproducción mundial.
Ya, el hundimiento del sudeste de Asia fue un factor clave que socavó la recuperación japonesa siendo que Japón había usado a esta región como un mercado para la exportación de capitales y mercancías.
A su vez, según Brenner, salvo que hubiese un improbable gran aumento salarial en EE.UU, es impensable un aumento en la demanda interna norteamericana. El destaca que el efecto riqueza fue creado exclusivamente por el aumento de la bolsa ligado a una caída de los ahorros a su tasa más baja en 50 años. De este modo, la expansión norteamericana sólo podría continuarse si pudieran ser aumentadas sustancialmente las ventas al mercado mundial, cuestión altamente improbable. Ya ha habido otro reajuste de las monedas, motivo por el cual las manufacturas norteamericanas están siendo erosionadas. Alemania y Japón miran hacia las exportaciones, ya han comenzado a actuar las tendencias a la baja del yen, cuya caída en el "95 (combinada con el aumento del dólar) empujó al hundimiento de las economías del Sudeste de Asia. La crisis asiática tuvo por origen la reducción de su mercado de exportaciones, por su parte el FMI exigió la restricción del crédito y la austeridad, exacerbando la crisis de la deuda, y provocando una depresión devastadora. La caída anual promedio de las monedas de esos países es del orden del 35%.
De este modo, con la presión de los productos asiáticos muchos más baratos desde el "97 se combina una disminución de la demanda con un aumento de la competencia internacional. A su vez, estas economías van a depender más de las exportaciones al resto del mundo por la disminución de la demanda interna en la región. Si se tiene en cuenta que el Sudeste de Asia y Japón absorbieron de un cuarto a un tercio de las exportaciones norteamericanas durante los "90, no es fácil pensar que EE.UU, pueda en el nuevo contexto aumentar sus ventas. El escenario más probable entonces, dado que los mercados tienden a contraerse, es un aumento en la superproducción mundial.
El estrechamiento de la economía parece inevitable. Si la rentabilidad cae, caería la inversión y la productividad acompañadas de una mayor presión sobre las ganancias por parte del crecimiento salarial. En este contexto, la bolsa norteamericana debería caer también, en cuyo caso también se derrumbaría el consumo y la disminución de las exportaciones no podría ser reemplazada por un aumento de la demanda interna. Según Brenner, este es el escenario más probable, la producción redundante socavaría las conquistas comerciales y la competencia acabaría triunfando en el marco de mercados que se encogen cada vez más. De este modo se socavaría la recuperación norteamericana y se plantearía una nueva caída de la economia mundial.

ALGUNOS ELEMENTOS PARA LA CRITICA

Un análisis centrado en los fenómenos y no en las causas

El análisis económico de Brenner posee sin duda la ventaja de abordar la crisis capitalista mundial mediante una visión que abarca el movimiento del conjunto de la economía capitalista a través de un gran período. Posee el mérito también de interpretar este movimiento en el marco de la lucha competitiva entre los principales países capitalistas, así como en el marco del desarrollo desigual entre ellos que se ha impuesto como una ley de hierro, particularmente durante el siglo XX. Por otra parte, el análisis económico de Brenner se encuentra recorrido en forma permanente por dos fenómenos fundamentales que signan el movimiento de la economía capitalista y que actúan en el trasfondo de la lucha competitiva: la tendencia a la caída de la tasa media de ganancia y las tendencias a la sobrecapacidad y sobreproducción de mercancías.
Sin embargo, su análisis, en la medida en que obvia los fundamentos básicos del marxismo (y no propone ninguna otra teoría superadora) se mantiene en la identificación y descripción de los fenómenos, no puede dar cuenta de las causas profundas que gobiernan la economía capitalista y por ello tampoco explica las condiciones particulares de existencia y las tendencias del capital imperialista en el siglo XX (entre ellas una fundamental: la opresión y explotación que los países capitalistas centrales ejercen sobre el mundo semi-colonial). Tampoco su análisis, en la medida en que se mueve al nivel de la descripción fenomenológica, puede explicar la enorme agudización de las contradicciones del capital en su fase descendente como consecuencia de lo cual actúa el entrelazamiento de los factores económicos y los factores políticos que definen en última instancia las tendencias de la economía en el siglo XX. Esto es, los grandes movimientos en que se expresa la lucha de clases en nuestra época tales como la lucha por la hegemonía imperialista que explica tanto las guerras comerciales, como las guerras de procuración y hasta las guerras mundiales así como, en el polo opuesto, la lucha por la revolución proletaria y el rol de sus partidos y organizaciones.

1.Superproducción, caída de la tasa de ganancia y precios

En la concepción de Brenner, la ley del valor-trabajo que define a la ganancia capitalista exclusivamente como la cantidad de horas de trabajo socialmente necesarias no pagadas a los obreros y al valor de las mercancías como la cantidad de horas de trabajo socialmente necesarias incorporadas en ellas, está completamente ausente. Es por ello que, en Brenner, los precios de las mercancías adquieren una entidad propia, no como manifestaciones o expresiones en última instancia del valor [11].
Es por ello que Brenner desecha (y hay que decir que lo hace de forma excesivamente liviana) la tendencia al crecimiento de la composición orgánica del capital como movimiento fundamental del sistema capitalista, que impulsa tanto la sobreproducción de mercancías como la tendencia a la caída de la tasa media de ganancia. Es en este sentido que Brenner llega a decir que aunque "Marx era, por supuesto, ferozmente antimalthusiano. El carácter malthusiano de su teoría de la tasa de ganancia es en consecuencia altamente incongruente, si bien lógicamente inevitable, dado que contempla la caída de la rentabilidad como resultado de una caída en la productividad, tomando en cuenta tanto los imputs de capital y de mano de obra. .. esto exige suponer -lo cual es otra vez paradojal en términos de las propias premisas de Marx- que los capitalistas adoptan nuevas técnicas que hacen bajar su propia tasa de ganancia- y, otra vez, terminan reduciendo la productividad de conjunto" [12]. Pero esto resulta una profunda incomprensión de los fundamentos elementales del marxismo. En primer lugar y como el mismo Brenner lo cita, Marx decía "La tasa de ganancia cae, aunque la tasa de plusvalía siga siendo la misma o aumente, porque la proporción de capital variable a capital constante desciende con el desarrollo de la potencia productiva del trabajo. La tasa de ganancia de este modo cae, no porque el trabajo se vuelve menos productivo, sino porque se vuelve más productivo" Es decir que para Marx, lejos de cualquier similitud con la teoría de Malthus [13] es el aumento de la productividad del trabajo y no su caída el movimiento que impulsa el crecimiento de la composición orgánica del capital que empuja a la caída de la tasa media de ganancia, la sobrecapacidad y la superproducción. Es la competencia entre los múltiples capitalistas la que impulsa a cada capitalista individual a incorporar más maquinaria y nueva tecnología para reducir el valor de sus mercancías producidas. Mediante este proceso, el capitalista individual de mayor tecnificación logra captar una fracción mayor del mercado porque vende sus mercancías a un precio mayor del que se correspondería con el valor que ha producido (que sus obreros han producido), pero por debajo del precio que rige en el mercado y que está determinado en última instancia por el tiempo social o promedialmente necesario para producir dicha mercancía. De este modo, el capitalista individual conquistando una franja mayor del mercado se apropia de una porción de plusvalía o de ganancias que él (sus obreros) no ha producido y que sí han producido los capitalistas (sus obreros) de menor tecnificación y de la que estos últimos (los capitalistas) no podrán apropiarse. De este modo, el capitalista individual, lejos de obtener una porción de ganancias menor, al tecnificarse, obtiene una porción de ganancias mayor. Sin embargo, al hacer esto, empuja al resto de los capitalistas a seguir el mismo camino para reganar franjas del mercado.
De este modo cuando las innovaciones tienden a generalizarse, el valor social o promedialmente necesario de esa mercancía tiende a caer y con él su precio. De este modo, las ganancias extraordinarias de los capitalistas innovadores desaparecen y la tasa media de ganancia para el conjunto de los capitalistas de la rama tiende a caer dado que en la composición final del producto aparece una mayor porción de capital constante y una menor cantidad de trabajo vivo que, como ya dijimos es la única fuente de ganancias. Existen, no obstante, una serie de factores contratendenciales a esta ley que Marx explica detalladamente en el Tomo III de El Capital tales como, el aumento de la plusvalía relativa (disminución del tiempo socialmente necesario para reproducir la fuerza de trabajo) que la misma tecnificación induce, la caída del salario por debajo de su valor, la disminución del valor de los elementos que conforman el capital constante y Marx señalaba también el rol del comercio exterior. No obstante, estas contratendencias no pueden evitar en largos períodos de tiempo la caída de la tasa de ganancia aunque sí le quitan todo carácter automático y la convierten en una ley tendencial histórica. De este modo, a la larga y de manera tendencial lo que entra en contradicción es el interés de cada capitalista, de cada productor privado individual, con el interés del conjunto de la clase capitalista [14]. A su vez esta misma ley tendencial, como Marx explica, va asociada a un incremento de la acumulación del capital en una proporción superior a la que cae la tasa de ganancias como forma de aumentar la masa de ganancias. En este proceso, los capitalistas, presos de su lucha competitiva privada redoblan la anarquía de la producción de que son presas e inundan el mercado de una cada vez mayor cantidad de productos de menor valor. Este factor es el que explica las tendencias crecientes a la sobreacumulación de capitales y a la sobreproducción de mercancías en relación a una demanda efectiva que tiende a reducirse.
Brenner, al negar este mecanismo que está en la base del movimiento del capital, no ve que el desarrollo extremo de estas contradicciones son el punto de partida de la época o fase descendente del capitalismo, el imperialismo en el cual el capital se convierte, como decía Lenín, en "reacción en toda la línea". Así Brenner sostiene que: "Para comprender no sólo la regularidad histórica del desarrollo secular capitalista, sino también la regularidad histórica del ciclo descendente capitalista secular, en consecuencia necesitamos una teoría de la mano invisible maligna que acompañe a la mano benigna de Adam Smith -una teoría que pueda abarcar la serie de pasos que se autogeneran a sí mismos y que resultan de la maximización individual (y colectiva) de la ganancia que lleva no hacia el ajuste, sino más bien a alejarse de él". Su lógica lo hace retroceder de este modo, desde el marxismo para ir a buscar una teoría de la crisis en los ya oxidados postulados burgueses de Adam Smith.

2) Una visión desde el "centro" del mundo

En la medida en que Brenner deja de lado las características específicas del capital en la época imperialista, su análisis "global" (centrado en la relación entre las mayores potencias capitalistas-imperialistas) no integra el hecho que el capital en su fase descendente implica, por definición, la existencia como ya se decía en las Tesis de la III Internacional de "...la división precisa entre las naciones oprimidas, dependientes, protegidas y las naciones opresoras, explotadoras, disfrutando de todos los derechos, ...la dominación y explotación (propia de la época del capital financiero y del imperialismo), por el poder financiero y colonizador, de la inmensa mayoría de la población del globo, a una pequeña minoría de ricos países capitalistas" [15].
De este modo, aunque Brenner centra su análisis en las características del desarrollo desigual, dicho desarrollo, menos aún bajo la época del imperialismo, y cuando la economía capitalista domina hasta el último rincón del planeta, puede considerarse como una lucha entre las grandes potencias imperialistas solamente. Dicho de otro modo, no se le puede restar importancia al hecho que esa lucha está ligada indisolublemente a la dominación económica y política de distintas regiones atrasadas del mundo que actúan como fuentes para la extracción de superganancias y mercados para sus productos. Las guerras mundiales características del siglo XX no son así otra cosa que (como dijera Lenín), la lucha por la redistribución del globo entre las grandes potencias capitalistas cuando el mundo entero ya hubo sido conquistado.
Un análisis económico realmente global no puede no considerar como factor esencial el rol de los países atrasados en la sobrevida del capitalismo-imperialista mundial. Como también ya decían las Tesis de la III Internacional "La plusvalía obtenida por la explotación de las colonias, es uno de los puntos fundamentales de apoyo del capitalismo moderno..." [16].
De este modo desde el fin del boom de la posguerra que desató tendencias a la descomposición y financierización de la economía mundial sin precedentes históricos, la explotación del mundo semi-colonial actuó como una contratendencia a esta crisis de acumulación del capital que le permitió una sobrevida al imperialismo mundial. Las características del desarrollo desigual mostraron toda su fuerza sobre el destino de los países atrasados. Por un lado regiones enteras del planeta como la mayor parte de Africa [17]y América Latina en la década del 80 o los Estados de Europa del Este y la URSS desde la década del 70 (bajo el impacto que ya venía actuando desde la guerra fría), tendieron a un hundimiento cada vez mayor mientras que contratendencialmente se desarrollaron otras regiones como el Sudeste de Asia. El hecho que, como el mismo Brenner plantea, el Sudeste y Este de Asia hayan sido, en los últimos quince años, "...el único centro dinámico de acumulación de capital dentro de un capitalismo mundial estancado" es una muestra de que, en el marco del bajo crecimiento general, los países de la periferia actúan para las distintas economías centrales como sendas fuentes para la extracción de plusvalía [18]. Por otra parte, los créditos a los países semi-coloniales y dependientes actuaron en realidad como una verdadera subvención indirecta a los grandes trusts exportadores de las metrópolis imperialistas, que no hubieran podido aumentar y ni siquiera mantener el volumen de sus ventas a esos países sin ese flujo de créditos suplementarios. De este modo, tanto las ventajas para la acumulación del capital como la utilización del mundo semi-colonial como mercados para la superproducción de mercancías de los países imperialistas, explican en gran parte la conformación de bloques en los cuales cada imperialismo intenta asegurarse un "patio trasero". En este marco, de conjunto, entre los años 1975 y 1982 los países semi-coloniales habían multiplicado su deuda por tres mientras los países llamados "socialistas" lo habían hecho por cuatro. Este fue el origen de la llamada "crisis de la deuda" que estalló en 1982 [19]. En este contexto mientras el Estado norteamericano inyectó miles de millones de dólares para salvar de la quiebra a sus bancos y empresas, Latinoamérica fue hundida en lo que luego se conoció como la década perdida. La recuperación económica entonces de mediados de la década del 80, no puede separarse de este hecho.
Mientras el Estado norteamericano evitaba que la crisis actuara "saneando" la economía en su propio terreno, las políticas se concentraron en hacerle pagar al mundo semi-colonial los costos de la crisis generando una transferencia de recursos que llegaron desde la periferia como pagos de servicios de la deuda. Esta transferencia provocó una profunda depresión en América Latina que duró diez años. A la vez, las políticas dictadas por el FMI a la periferia consistieron en la devaluación de las monedas, la liberalización del comercio, y la reducción del gasto público. La liberalización debilita la industria local y abre las puertas para la entrada de las multinacionales. De este modo y a través de las políticas de desregularización del movimiento de capitales, las corporaciones norteamericanas "convirtieron" la deuda haciendo que los activos de los países deudores de la periferia pasaran a su propiedad.
Durante la década del 90 los llamados nuevos Nic"s y China cumplieron un rol innegable como fuente de ganancias extraordinarias frente a la débil "performance" de la economía mundial por combinar una baja composición orgánica inicial del capital con bajísimos salarios. A su vez se convirtieron en grandes centros de especulación financiera del capital internacional junto a todos los llamados mercados emergentes que gozaban de altas tasas de interés. Desde el estallido en 1997 de la crisis del Sudeste de Asia [20] salió a luz el enorme endeudamiento de esa región (el total de su deuda representa 890.000 millones de dólares) que se suma al conjunto de la deuda del mundo semi-colonial que no ha dejado de crecer en forma geométrica. El nivel de endeudamiento actual del mundo semi-colonial tiene tal magnitud que (por temor a los efectos políticos de esta situación) hasta el mismísimo Vaticano pidió una reducción de la deuda e incluso actualmente el G-7 acaba de votar una reducción del orden de 70.000 millones de dólares. Un análisis de la economía mundial que pretenda ser global en el marco de las leyes generales que la rigen en el siglo XX, un análisis que tome como método las leyes del desarrollo desigual, no puede pasar por alto el hecho que el capital financiero internacional no puede subsistir más que reproduciendo y agravando la sumisión y la explotación del mundo semicolonial.

3) La exacerbación de las contradicciones del capital durante y después del boom

Ahora bien, para explicar el fin del boom de la segunda posguerra, Brenner dice: "La rentabilidad manufacturera cayó sólo porque los productores no pudieron remarcar los precios por encima de los costos lo suficiente como para mantener sus tasas establecidas de retorno. Es la centralidad de la presión descendente sobre los precios como determinante de la caída de la tasa de ganancia en Estados Unidos entre 1965 y 1973 lo que abre el camino a la interpretación del comienzo del largo ciclo descendente en términos de la irrupción no prevista de los productos japoneses y alemanes de bajo costo en el mercado mundial y la capacidad excedente y la superproducción manufacturera que esto provocó" [21]. Como descripción de los hechos esto es aceptable pero, ¿cuál es la razón última de este proceso? Muy lejos de alguna "mano maligna" el marco para comprenderlo son las tendencias más profundas del capital y su exacerbación en el siglo XX. A nuestro enterder, en el presente siglo y en particular durante el boom de la posguerra las tendencias antes señaladas han aumentado cualitativamente. Por otra parte, la innovación tecnológica que se aceleró enormemente a partir del año 1954 produjo un crecimiento de la composición orgánica del capital que estuvo en la base del proceso que Brenner describe, es decir tanto en la posterior caída de la tasa de ganancia como en la superproducción creciente de mercancías. A su vez, el aumento de los precios de las materias primas (petróleo) desde el 73 al combinarse con el crecimiento previo del capital fijo profundizó y sacó a luz el evidente aumento de la composición orgánica del capital que venía operándose. Es, en nuestro modo de ver, importante señalar también que incluso durante el mismo boom fue central el rol del crédito y la participación del Estado para suavizar el estallido de crisis cíclicas preparando hacia el futuro mayores desproporciones en la economía. Por último, estos elementos estarían en la base del hecho que el capitalismo ya no es capaz de lograr un desarrollo orgánico, es decir, producto de sus fuerzas internas.
Esto es lo que, en nuestra opinión explica, en última instancia la enorme sobrecapacidad que se mantuvo, como Brenner explica bien, durante todo el período posterior al boom. A su vez, esto también explica el hecho que, los Estados capitalistas centrales hayan puesto tanto esmero en evitar, como Brenner también señala, la desvalorización necesaria de activos para propiciar una recuperación. Esto es así porque, el enorme aumento de las contradicciones del capital en su fase descendente, es decir en la época imperialista, hace que el mecanismo "automático", normal de las crisis [22] dada la enorme sobreacumulación de capitales existente plantee un nivel de destrucción económica que los capitalistas no están dispuestos a soportar. Por otra parte, como pudo verse en el año 29 y en la depresión de los años 30, semejante desvalorización masiva de activos no puede hacerse sin desatar tendencias a la profundización de la lucha de clases y en última instancia a la revolución por un lado y a la guerra por el otro expresando esta última la lucha exacerbada de los grupos más concentrados de monopolios de los países imperialistas por el dominio del globo [23].
Esto puede explicar el hecho que, como el mismo Brenner afirma "Entre el año 1973 y 1979 hubo un 20% de quiebras menos que entre el 60 y el 73" Del mismo modo, sólo esto puede explicar la explosión del endeudamiento durante la década del 70. Del mismo modo, estas condiciones generales explican la financierización creciente de la economía desde el fin del boom, dando cuenta de las tendencias a la descomposición del capital en el siglo XX [24].

Esta situación insostenible trajo aparejado luego el llamado "giro" a las políticas monetaristas en el año 79 que como Brenner bien señala impulsó durante la década del 80 una enorme tendencia a la concentración del capital que actuó como elemento de base para permitir la recuperación de Estados Unidos en los 90. Este proceso expresa precisamente un intento de reducir la composición orgánica del capital que combinada con una explotación del trabajo sin precedentes en Estados Unidos permitió un alza en la tasa de ganancia y un posicionamiento superior del imperialismo norteamericano en la competencia internacional. Pero a pesar de esta reestructuración (y del aumento de la explotación que ha ido de la mano con ella) los niveles de ganancia siguen estando muy por debajo de los niveles que prevalecieron durante el denominado boom. Esto se explica por un lado porque la destrucción de capitales operada es insuficiente (como Brenner también plantea) frente a la enorme sobreacumulación de capitales y a su vez porque la agudizada competencia internancional en áreas centrales de la producción exige una alta composición orgánica de capital que provoca una continuada presión descendente sobre la tasa de ganancia de conjunto.

4) Una visión economicista que subvalúa la lucha de clases y el rol de los Estados imperialistas

Podemos encontrar en la introducción al libro de Brenner la siguiente afirmación:"En el mundo de hoy...con un capitalismo industrial completamente consolidado... no es la relación vertical entre capital y trabajo la que en última instancia decide el destino de las economías modernas, sino la relación horizontal entre capital y capital. Es la lógica de la competencia, no de la lucha de clases la que domina los ritmos más profundos del crecimiento o de la recesión" [25]. Brenner cae aquí en una concepción economicista, es decir burguesa, que no puede separarse de su negación de las leyes más profundas del capital ni de las tendencias de las mismas en la época imperialista. Lo que Brenner pasa por alto es que en esta época de declinación capitalista, el "destino de las economías modernas", es decir las posibilidades o imposibilidades del desarrollo económico capitalista están profundamente entrelazadas y son altamente dependientes de la acción de factores políticos es decir tanto de la clase obrera y sus organizaciones como de la burguesía imperialista y sus Estados. La visión que desarrolla Brenner es tanto desde el punto de vista del movimiento obrero como desde el punto de vista de la burguesía y sus Estados, una visión puramente económica. Estos últimos sólo existen así como agentes de la competencia económica, y el proletariado sólo en tanto movimiento sindical. Si esto era falso para el siglo XIX, mucho más en el siglo XX, en el que son poderosas fuerzas políticas las que definen en última instancia si el sistema capitalista puede sobrevivirse o es reemplazado por un modo superior de organización de las fuerzas productivas. De este modo, aunque Brenner plantea que el boom de la posguerra estuvo indisolublemente ligado a la represión y derrota inicial de enormes procesos de militancia obrera, obvia que para asentar las condiciones excepcionales del boom de posguerra (particularmente en los países centrales) fueron necesarias no sólo dos guerras de destrucción masiva de fuerzas productivas y el rol disciplinador de la depresión de la década del "30 con el fascismo, sino que fueron indispensables la mayores traiciones de la historia perpetradas por direcciones obreras. Nos referimos a las múltiples traiciones de la socialdemocracia y en particular al rol del stalinismo durante toda la década del "30, muy especialmente a su compromiso para desviar los procesos revolucionarios en el corazón de Europa en la inmediata posguerra, comprometiéndose en la reconstrucción capitalista con el imperialismo norteamericano y europeo, tal como quedó sellado en las conferencias de Yalta y Potsdam. Así no sólo las guerras actuaron reduciendo la composición orgánica del capital sino que el disciplinamiento de la clase obrera propiciado por el stalinismo y la colaboración posterior de las mismas tropas de ocupación norteamericana permitieron un aumento enorme de las tasas de plusvalía (hecho que el mismo Brenner señala). Estos dos factores: caída de la composición orgánica del capital y altas tasas de plusvalía estuvieron a nuestro entender en la base del enorme aumento de la tasa de ganancia que permitió el boom [26].
Del mismo modo el establecimiento de la hegemonía casi absoluta del imperialismo norteamericano al fin de la segunda guerra [27] fue un factor que evidentemente no había sido alcanzado luego de la primera y se convirtió en un elemento fundamental de estabilización del conjunto de la economía. Además no puede dejarse de lado que el desarrollo posterior de Alemania y Japón (sus futuros competidores) y su reconstrucción fue impulsada por el mismo imperialismo norteamericano respondiendo en gran parte a la necesidad política de desterrar el peligro de revolución.
De la misma manera, aunque Brenner tiene razón al señalar que la ganancia no está determinada únicamente por el aumento y caída de los salarios, la lucha de clases sí juega un papel fundamental sobre las posibilidades de crecimiento económico del capitalismo en el siglo XX. De este modo, el ascenso obrero del período 68/76 es inseparable de la incapacidad del capital de lograr un aumento cualitativo en la tasa de plusvalía que de otro modo hubiera contratendenciado la caída de la tasa de ganancia (aunque desde ya que no hubiera revertido las condiciones generales del fin del boom) [28]. A su vez las grandes derrotas sobre el proletariado en la periferia sí actuaron a favor de las necesidades del capital (golpes militares por ejemplo en Latinoamérica). Así, aunque la presión ascendente sobre los salarios que se dio en Europa no provocó la crisis (ya había enormes presiones sobre la tasa de ganancia que llevaron a las patronales a lanzar los ataques que ayudaron a estimular esas mismas luchas), esto sí reflejó el efecto del pleno empleo sobre la fortaleza y la confianza obrera y fue un factor que actuó profundizando la crisis. A su vez, el desvío de estos procesos del 68-76 en el cual el control político directo de los partidos comunistas europeos y de los partidos socialdemócratas jugó un rol escencial desterrando las tendencias revolucionarias que anidaban en el seno de la clase obrera y las masas le permitió al imperialismo una cierta recomposición que lo reubicó para poder pasar a la ofensiva en la década del 80.

5) Sobre las perspectivas

Al subestimar Brenner enormemente el rol de la lucha de clases y los factores políticos así como las tendencias más generales del desarrollo capitalista en su fase descendente, su pronóstico sobre la situación actual sólo indica las tendencias a una profundización de la crisis que no conducen a ningún puerto. Pero las tendencias a la agudización de la competencia y a una mayor deflación exacerbadas por la crisis del Sudeste Asiático así como el fin de la ilusión de la restauración pacífica en los ex Estados obreros deformados y degenerados, no pueden ser ni lo son, independientes de la agudización de la crisis de dominio imperialista como hoy se está viendo en los límites del poder imperial de Estados Unidos (a pesar de su triunfo táctico en la guerra de los Balcanes) y en el agravamiento de las tensiones interimperialistas. En este contexto, el derrumbe del aparato stalinista representa un elemento fundamental de pérdida de control sobre las masas para el imperialismo. Entonces, si como Brenner parece afirmar (y como nosotros opinamos) las tendencias a la crisis económica mundial han de agudizarse, estas se combinarán con las tendencias a un mayor debilitamiento del dominio norteamericano que se suma a la debilidad política, económica y militar de los otros imperialismos competidores. El conjunto de estos elementos entonces, preanuncian que lo más probable es que el siglo XXI plantee seriamente fuertes tendencias al agudizamiento de la lucha de clases que volverán a poner al proletariado en el centro de la escena. De este modo, será del resultado de la lucha entre la revolución y la contrarrevolución, o dicho de otro modo, entre guerras y revoluciones (el "eje vertical" de que habla Brenner) de donde dependerá en última instancia que el sistema capitalista condenado por la historia vuelva a lograr otra sobrevida destructiva o que finalmente las reaccionarias formas de producción privada capitalistas sean abolidas. Del proletariado mundial y de su vanguardia revolucionaria depende que éstas sean sustituídas por la planificación y la socialización de la producción con todas las potencialidades que esto encierra para la humanidad en cuanto a las enormes posibilidades de desarrollo de las fuerzas productivas.

Notas:

[1] 1En un famoso trabajo sobre la transición del feudalismo al capitalismo, Brenner sostuvo que su mecanismo clave residió en el carácter de las relaciones y el equilibrio de clases entre los productores campesinos y los propietarios terratenientes. Era el resultado variable del conflicto de clases el que determinaría esencialmente el sendero del desarrollo agrario. (ver. Introducción, pág. III)

[2] 2 Esto puede verificarse tanto en sus oscilaciones alrededor de la teoría burguesa de las ondas largas como en su formulación de la "multicausalidad" para explicar las causas últimas de las crisis capitalistas que subvalora la tendencia a la caída de la tasa media de ganancia formulada por Marx como la "ley fundamental de la economía capitalista". En el número 7 de esta misma revista hemos formulado una crítica a la concepción de Mandel.

[3] 3 "The economics of global turbulence", pág. II. Introducción.

[4] 4 Por ejemplo en Londres hubo una movilización el día 18 de junio del corriente año convocada por distintos grupos ecologistas y anarquistas que reclamaba entre otras cosas la anulación de la deuda del Tercer Mundo.

[5] 5 "The economics of global turbulence", pág. 39.

[6] 6 "The economics of global turbulence", pág. 42.

[7] 7 Los acuerdos de Bretton Woods, firmados en julio de 1944 e implementados luego de la segunda guerra mundial, fijaron la convertibilidad del dólar con el oro, y "engancharon" las tasas de cambio de las distintas monedas al valor del dólar.

[8] 8 En estos participan la patronal y la burocracia, e implican la subordinación de los trabajadores a las necesidades del capital.

[9] 9 "The economics of global turbulence", pág. 93.

[10] 10 El propio secretario de la Reserva Federal de entonces, Volcker sostuvo que la acción más importante de la administración en ayudar a la lucha contra la inflación fue la derrotra de la huelga de los controladores del tráfico aéreo. Él pensaba que esta acción había tenido un efecto profundo, y según su opinión, constructivo sobre el cima de las relaciones entre los obreros y los patrones.

[11] 11 Como es sabido, esta expresión no se da en forma directa sino que representa una relación en última instancia que en el movimiento real del capitalismo aparece ultramediada y distorsionada por múltiples factores. Para quien desee profundizar en este tema la transformación de los valores en precios de producción está expuesta por Karl Marx en el tomo III de El Capital.

[12] 12 The Economics of Global Turbulence, Robert Brenner, pág. 11, capítulo 1, nota 1.

[13] 13 Malthus (fines del siglo XVIII) veía una inevitable tendencia al estancamiento o la crisis como resultado de una tendencia aparentemente inexorable a la caída de la productividad del trabajo en la agricultura. A medida que los terrenos menos fértiles eran incorporados al cultivo en respuesta al crecimiento de la población, las ganancias estaban destinadas a reducirse atenazadas entre las rentas crecientes y el aumento de los salarios de subsistencia que aumentarían a medida que los alimentos se volvían más caros de producir.

[14] 14 Esta posición ya fue formulada por N. Okishio a quien el mismo Brenner reivindica. La posición de Okishio ya fue respondida contundentemente por múltiples marxistas entre ellos, Ernest Mandel, D. Foley, .....

[15] 15 Tesis y adiciones sobre la cuestión nacional y colonial. Los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista, pàg. 187/188.

[16] 16 Ibidem. Pág. 194.

[17] 17 Excluyendo Sudáfrica.

[18] 18 Esto demuestra que si bien hoy estos países actúan como un factor que profundiza las tendencias a la superproducción y a la deflación generalizada, ayer actuaron como factor contrarrestante a la crisis general de la economía capitalista.

[19] 19 Cuando 22 países de la periferia se vieron obligados a renegociar las fechas de pago de sus deudas.

[20] 20 Crisis que por otra parte puso fin a la "ilusión" vendida por el capitalismo de que países atrasados podían convertirse en grandes potencias industriales.

[21] 21 The economics of global turbulence pág, 96, cap. 3.

[22] 22 Que en la época del capitalismo de libre competencia actuaba saneando la economía y preparando perídos de ascenso mayores que los anteriores.

[23] 23 Ver Estrategia Internacional nro. 10 y nro. 11.

[24] 24 Ver Estrategia Internacional nro. 11.

[25] 25 The economics of global turbulence, pág. III. Introducción.

[26] 26 Incluso todo esto no fue suficiente ya que el capital necesitó de una enorme intromisión del Estado sobre la economía a través del crédito y los gastos del Estado así como una economía permanente de armamentos como mercado de reemplazo, entre otras cosas.

[27] 27 La que sufrió un fuerte golpe con la derrota de Estados Unidos en Vietnam en 1975.

[28] 28 Un hecho que señaló el comienzo de decadencia de la hegemonía norteamericana fue sin duda la derrota sufrida en Vietnam.
como".

Fuente:

Bach, P y M. Larrea(1999)Robert Brenner: La economía de la turbulencia global. Algunos elementos para la crítica. En: Revista Estrategia Internacional, N° 13, Julio/Agosto - 1999. Reproducido por Instituto de pensamiento socialista: Karl Marx. [En línea]. Disponible en: http://www.ips.org.ar/article.php3?id_article=207
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