Epistemología
Epistemología : Fundamentación epistemológica de las teorías

 

Epistemología: fundamentación epistemológica de las teorías


Autor:
Rodolfo-J. Rodríguez
Correo-E:
rodolfojrr@gmail.com

San José, Costa Rica, América Central




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Epistemología: Fundamentación epistemológica de las teorías

Filosofía de la ciencia
Fundamentación filosófica de las teorías científicas.-- Estructura y dinámica de las teorías científicas
 

Theory of Natural Selection

Enlace permanente 28 de Noviembre, 2007, 21:59

Philosophy of Science
and the Theory of Natural Selection

John Losee
Lafayette College


ABSTRACT: Toulmin, Hull, Campbell, and Popper have defended an "Evolutionary-Analogy" view of scientific evaluative practice. In this view, competing concepts, theories and methods of inquiry engage in a competitive struggle from which the "best adapted" emerge victorious. Whether applications of this analogy contribute to our understanding of science depends on the importance accorded the disanalogies between natural selection theory and scientific inquiry. Michael Ruse has suggested instead an "Evolutionary-Origins" view of scientific evaluative practices in which scientific inquiry is directed by application of epigenetic rules that have become encoded in homo sapiens in the course of evolutionary adaptation. Among these rules are "formulative theories that are internally consistent," "seek severe tests of theories," (Popper) and "achieve a consilience of inductions" (Whewell). As a descriptive theory of science, the "Evolutionary-Origins" view is prima facie inconsistent with evidence that human beings often make decisions that violate the "genetically-hard-wired rules." As a normative-prescriptive philosophy of science, the "Evolutionary-Origins" view is limited by the fact that in biological evolution, adaptation to present pressures may be achieved at the expense of a loss of adaptability (the capacity to respond creatively to future changes in environmental conditions).


In the 1980s, the hitherto-dominant normative-prescriptive conception of philosophy of science became the subject of a debate which continues to the present time. Some philosophers of science suggested that the proper aim of the discipline is the description of scientific evaluative practice.

There is a modest version and a robust version of descriptive philosophy of science. The aim of the modest version is the historical reconstruction of actual evaluative practice. Given that scientists preferred one theory (explanation, research strategy...) to a second, the modest descriptivist seeks to uncover the evaluative standards whose application led to this preference. For instance, the modest descriptivist may seek to uncover the standards implicit within such evaluative decisions as Aristotle's rejection of pangenesis, Newton's rejection of Cartesian Vortex Theory, or Einstein's insistence that the Copenhagen Interpretation of quantum mechanics is incomplete. Pursuit of a modest descriptive philosophy of science may require a certain amount of detective work, particularly for episodes in which the pronouncements of scientists and their actual practice do not coincide.

The conclusions reached by modest descriptive philosophy of science are subject to appraisal by reference to standards applicable to historical reconstruction in general. There is no distinctively philosophical task of appraisal. The modest descriptivist is a historian with a particular interest in evaluative practice.

The robust version of descriptive philosophy of science derives from, or superimposes upon, the conclusions of modest descriptivism, a theory about evaluative practice. The theory is put forward as a contribution to our understanding of science. It purports to explain why science is as it is. A robust descriptive philosophy of science typically includes the claim that scientific evaluative practices exhibit

certain patterns or conform to certain principles. Of course, not every historical instance will exhibit a pattern exactly or conform precisely to the requirements of a principle. But a successful robust descriptive theory must help us to understand at least some important episodes from the history of science.

A number of philosophers of science have sought to account for the growth of science by reference to the Theory of Organic Evolution. Michael Ruse has observed that "evolutionary philosophies of science" may be subdivided into two types. (1)

1) The "Evolutionary-Analogy" View develops an analogy between the growth of science and the operation of natural selection upon a pool of variants subject to environmental pressures. On this view, competing concepts, theories and methods of inquiry engage in a competitive struggle from which the "best adapted" emerge victorious.

2) The "Evolutionary-Origins" View attributes the growth of science to the application of epigenetic rules that have proved adaptive within the course of evolutionary history. On this view, science develops as it does because certain methodological rules and evaluative principles have become encoded in our genes. Acting on these rules and principles presumably proved adaptive for our proto-human ancestors.

The "Evolutionary-Analogy" View and the "Evolutionary-Origins" View are, in the first instance, robust descriptive philosophies of science. In addition, some evolutionary theorists have drawn normative-prescriptive recommendations from their theories about scientific progress.

The Evolutionary-Analogy View

Stephen Toulmin, David Hull, Donald Campbell and Karl Popper have developed versions of the Evolutionary-Analogy View. Toulmin maintained that the development of scientific concepts is an evolutionary process in which the fittest conceptual variants survive. (2) In a period of "Kuhnian Revolutionary Science", for instance, the victorious "paradigm" (set of concepts) is the one that best resolves the "anomalies" (disciplinary pressures) that gave rise to the adaptive crisis.

Toulmin held, moreover, that the identity-through-change of a scientific discipline is analogous to the identity-through-change of a biological species. Since we believe that we understand the interrelationship of the concepts 'variant', 'environmental pressure', 'adaptation' and 'fitness' within the theory of organic evolution, successful analogical extension of this interrelationship to the history of scientific evaluative practice presumably conveys understanding of "how science works".

David Hull sought to show that organic evolution and conceptual change are specific instances of a "General Theory of Selection Processes". (3) The General Theory specifies a mechanism by which entities pass on structure over time. The mechanism involves an interrelation among "interactors" and "replicators". Interactors compete with one another in response to environmental pressures. The resultant competitive differential adaptation of interactors causes differential success rates among replicators.

Replicators are entities which give rise to copies of themselves. In the organic realm, "replication occurs primarily at the level of the genetic material". (4) Interactors are entities subject to competition within some specific environment. In the organic realm, "interactors" include not only living organisms, but also genes, chromosomes, cells and kinship groups. (5)

Within the history of science, replicators are concepts and beliefs, and interactors are individual scientists and individual research groups. "Concept-replicators" are individual entities, but they exist in various contexts of interrelatedness. Beliefs also are individual entities, and include commitments to methodological principles and standards of appraisal.

Hull maintained that the history of science, like the history of organic forms, is the result of selective pressure operating upon a set of variants. The history of science is a history of "lineages", theories that change over time while retaining self-identity. Theories, like species, are entities determined by phylogeny, and not by possession of a common structure or set of properties. What counts is descent and not sameness of content.

Hull noted that, on a phylogenetic understanding of theory-life, "unappreciated precursors do not count." (6) Thus, Patrick Matthew's unnoticed formulation of the principle of natural selection (1831) is not part of the lineage of natural-selection theory. He noted also that a "phylogenetic" reconstruction of Darwinian Evolutionary Theory reveals a tree of descent whose branches include "Darwin's Darwinism, late nineteenth-century Darwinism, neo-Darwinian Darwinism, the new synthesis Darwinism, and so on". (7)

Hull's descriptive philosophy of science is robust. He maintained that we may increase our understanding of evaluative practice within science by reference to the General Theory of Selection Processes. Indeed, he claimed that otherwise puzzling aspects of evaluative practice are readily understood when viewed from the standpoint of the General Theory of Selection Processes.

One such puzzle is the success of science in policing the activities of its members. (8) The great majority of professional organizations are ineffective at imposing discipline upon their errant members. Science is a striking exception to the general rule. On Hull's model, an individual scientist is an interactor subject to the pressure of selection. Her "fitness" is established by publishing results that subsequently are acknowledged and utilized by other scientists. It is not in the long-term self-interest of a scientist to falsify or fabricate data, or to distort the conclusions reached by other scientists. Consequently, scientists collectively are quick to condemn and punish those occasional miscreants who undermine the process by which lineages are created.

A second puzzle is the vehemence of priority disputes among scientists. If the goal of science is the formulation of increasingly more powerful theories, what does it matter who receives credit for them? On the General Theory of Selection Processes it matters greatly. Theories are phylogenetic entitities. An interactor's fitness is measured by her contribution to such lineages. Any challenge to an interactor's role in the creation of a lineage is a serious threat indeed. Given Hull's Evolutionary Model, it is not surprising that priority disputes often are heated controversies.

Unfortunately for the Evolutionary-Analogy Program, there are important disanalogies between organic evolution and the growth of science. L. J. Cohen pointed out two such disanalogies.

In the first place, the process by which variants are produced within a breeding population takes place independently of the process by which the "better adapted" individuals succeed in the struggle to survive and reproduce. Mutation is a spontaneous, random process. As Cohen put it

    the gamete has no clairvoyant capacity to mutate preferentially in directions preadapted to the novel ecological demands which the resulting organisms are going to encounter at some later time. (9)

The situation is otherwise in science. Variant scientific concepts, methodological rules and evaluative standards are consciously created in order to overcome recognized deficiencies in older concepts, rules and standards. Thus there is an important relationship between the formation of scientific concepts and the subsequent fortunes of the theories within which they occur. "Variation" and "selection" are not uncoupled processes within science.

In the second place, biological species are not analogues of scientific disciplines. A biological species is a population of similar individuals each of which is a representative of that species. The same is not the case for a scientific discipline. A scientific discipline includes concepts, invariant and/or statistical relations among concepts, theories about underlying mechanisms, procedural rules and evaluative standards. These diverse ingredients are interrelated in complex ways. Even if we restrict attention to scientific concepts, it is clear that a concept such as 'force' does not instantiate physics in the way that 'Cigar' instantiates the species Equus.

Cohen emphasized that the identity-through-change of a biological species is markedly dissimilar to the identity-through-change of a scientific discipline. A biological species retains its identity provided that a set of individuals with similar characteristics at time t2 resembles in relevant respects another set of individuals with similar characteristics at time t1. But the identity-through-change of a scientific discipline is not of this type. In order to solve conceptual problems within a discipline we need a set of interrelated concepts, not a population of concepts with similar characteristics. Hence changes within a discipline involve a restructuring of an 'evolving' concept's relations to other concepts and not just a replacement of concepts similar to c1 by concepts similar to c2.

The adequacy of an Evolutionary-Analogy theory of science depends on the importance of the above-mentioned disanalogies. Cohen maintained that the independence of variation-generation and selection is an essential feature of the theory of natural selection. He concluded that the analogy to the growth of science fails. Toulmin and Hull, by contrast, conceded that this disanalogy exists, but insisted that the Evolutionary Analogy nevertheless provides a useful theory of science.

Donald Campbell sought to reinstate the evolutionary analogy by shifting attention from "random mutations" to "blind trials". He acknowledged that scientific beliefs, unlike biological variants, are not produced randomly. The scientist has in mind a problem to be solved and a history of prior attempts to find a solution. However, if scientific progress results from the selective retention of blind trials, then the core of the evolutionary analogy may be retained. Every random trial is a blind trial, but a trial may be blind without being random.

In Campbell's usage, a "blind trial" is a trial that satisfies three conditions: 1) the trial is independent of environmental conditions; 2) a successful trial is no more likely to occur at one point in a series of trials than at any other point in the series, and; 3) no trial in a sequence of trials is put forward as a "correction" of a prior trial. Campbell claimed that

    a blind-variation-and-selective-retention process is fundamental to all inductive achievements, to all genuine increases in knowledge, to all increases in fit of system to environment. (10)

Campbell thus maintained that the goal-directed decisions of scientists to entertain specific hypotheses are "blind" forays into the unknown, and that those hypotheses that prove "nonadaptive" under testing are eliminated.

The "Selective-Retention-of-Blind-Variants" View is a program for further research. In order for Campbell's program to succeed as a robust descriptive philosophy of science, two conditions must be fulfilled. The first condition is that the Evolutionary Analogy--amended to require selective retention of "blind" variants--must fit important episodes from the history of science. The second condition is that the "fit" has explanatory force.

Kepler's work on the orbit of Mars is a promising candidate for Campbellian reconstruction. Kepler hypothesized a number of ovoid orbits for Mars ("blind trials") before hitting upon an ellipse. The "blindtrials" picture also may be superimposed upon various programs to "save the appearances". The list of such programs includes Babylonian astronomy (the use of linear zigzag functions to calculate the day on which the next new moon appears), Ptolemy's mathematical models for calculating the zodiacal positions of the planets, the nineteenth-century algebraic chemistrys of Benjamin Brodie and Josiah Cooke, and contemporary econometric modelling of macroeconomic forces.

The modified Evolutionary Analogy is less promising as an account of theories about underlying mechanisms. It remains to be shown that Descartes' Vortex Theory, the Kinetic Theory of Gases, Molecular-Orbital Theory and Plate Tectonics Theory are results of the selective retention of blind trials.

Ron Amundson has insisted that the adequacy of "selection explanations" depends on the degree to which certain "central conditions" are met. These central conditions place restrictions on variation and sorting. Variations must be spontaneous, abundant and heritable modifications that are "nondirected with respect to the environmental needs of the organism". (11) And given a pool of such variants, there must be a

    preferential persistence of those variations which happen to be suited to the environmental needs of the organism or species- and (most importantly) this sorting mechanism is itself nonpurposive. (12)

Amundson maintained that the above conditions are necessary conditions of explanatory success for analogical applications of the theory of Natural Selection. He noted that challenges to proposed selection explanations often take the form of a denial that the requisite central conditions are met.

Campbell's "blind-variation-and-selective-retention" theory of scientific change would appear to be subject to two principal challenges. In the first place, the generation of variant hypotheses is neither random nor blind. Rather, hypotheses are put forward in response to recognized inadequacies within the scientific environment. In the second place, the sorting process that results in a decision to reject a high-level hypothesis involves judgments about background knowledge, auxiliary assumptions, experimental procedures, and sometimes even metaphysical principles. Amundson declared that

    the process of rejecting a 'falsified' hypothesis is often more like the literary critic's negative assessment of a poem than like the cold wind's freezing of the baldest polar bear. (13)

Campbell sought to blunt this type of criticism by acknowledging the existence of "shortcuts" for the blind-variations-and-selection-process. The formulation of hypotheses designed to address perceived deficiencies within a scientific domain may serve as a shortcut for the method of blind trials. Campbell insisted that such shortcuts themselves are an inductive achievement. He declared that we have acquired a

    wisdom about the environment achieved originally by blind variation and selective retention. (14)

Purposefully generated (nonblind) hypotheses may be part of a "phylogenetic lineage" the earlier members of which were generated by the blind-variation-and-selective-retention process.

Campbell's introduction of "shortcuts" raises anew the question about the explanatory force of his Modified Evolutionary Analogy. Does it have explanatory force to argue that scientists entertain goal-directed hypotheses today because at sometime in the past our ancestors engaged in blind trials (upon which selection operated)?

Karl Popper endorsed Campbell's version of the Evolutionary Analogy. He held that the conjectures of scientists are analogous to variations and that refutations are analogous to the selective retention of variants. On this view, the "phylogeny" of science is the lineage of theories that survives the rigors of severe testing.

Popper's opposition to inductivism is well known. He repeatedly insisted that there can be no successful algorithm for theory-formation. Popper likened the position of the theorist to the

    situation of a blind man who searches in a dark room for a black hat which is--perhaps--not there. (15)

The theorist, like the blind man, proceeds by trial-and-error, coming to learn where the hat is not, without ever reaching a certainty immune from rejection in the force of further experience.

Popper is correct to emphasize the role of creative imagination in the formulation of scientific hypotheses. The problem-situation does not dictate a solution to the theorist. However, neither are hypotheses formulated independently of the problem-situation. Popper's "black-hat image" is quite misleading. Scientific conjectures are "blind" only in the sense that the outcome of subsequent testing is unknown. They are not "blind" in Campbell's sense of being "independent of the environmental conditions of the occasion of their occurrence".

There is a further difficulty in Popper's particular use of an evolutionary analogy. Popper insisted that scientists ought formulate bold, content-increasing conjectures that run a high risk of falsification. But the Darwinian picture of descent-with-modification is a gradual accretion of small adaptations. Popper claimed explanatory value for an "Evolutionary Analogy" that includes pious references to "Darwinian Theory". But he also introduced "Lamarckian" emphases and "Saltation" effects that are inconsistent with that theory.

Of course, there have been disputes over the specific content of Darwinian Theory. However, if Amundson's "central conditions" express the core of this theory, Michael Ruse is correct to conclude that

    Popper has been no more successful than others in making traditional evolutionary epistemology plausible. The growth of science is not genuinely Darwinian. (16)

The Evolutionary-Origins View

The Evolutionary-Origins View, like the Evolutionary-Analogy View, may be defended as a purely descriptive theory about science. The Evolutionary-Analogy View is that there is competition leading to differential reproductive success within both organic evolution and science. The Evolutionary-Origins View is that scientific inquiry is directed by the application of epigenetic rules that have become encoded in homo sapiens in the course of evolutionary adaptation. We have certain capacities and dispositions because it was advantageous for our ancestors to have them.

Michael Ruse called attention to several epigenetic rules that appear to inform human evolution: 1) the partitioning of the (continuous) spectrum into discrete colors, a partitioning that takes place in diverse human cultures, presumably because it confers adaptive advantage in the struggle for existence; 2) the "deep structure" of language uncovered by Chomsky and others, and; 3) the prohibition of incest. Ruse suggested that there exist additional epigenetic rules that govern the creation of science: 1) formulate theories that are internally consistent; 2) seek "severe tests" of theories (Popper); 3) develop theories that are "consilient" (Whewell), and; 4) utilize the principles of logic and mathematics in the formulation and evaluation of theories. (17)

Critics of the Evolutionary-Origins View have pointed out that there is evidence that human beings often make decisions that are inconsistent with these supposedly "genetically-hard-wired" rules. Human subjects affirm the consequent with impunity, succumb to the "gambler's fallacy", and erroneously conclude that the probability of (A & B) is higher than the probability of A alone. Ruse acknowledged that this is evidence against the Evolutionary-Origins View, but insisted that it is

    better surely to suppose that much of the time we do not think particularly carefully or logically simply because it is not really necessary to do so, but when pressed we can do so and for very good reasons, namely, that those who could not tended not to survive and reproduce. (18)

This is unconvincing. If certain dispositions are acquired in the evolutionary process because of their adaptive value, then these dispositions ought be uniformly actualized. Ruse is forced to subdivide human actions into those that conform to the epigenetic rules (performed by scientists) and those that do not conform to those rules (performed by nonscientists in cases where it is "not really necessary" to conform). Ruse does not argue that those who fail to apply the epigenetic rules are likely to succumb to evolutionary pressures. Instead he introduces the ad hoc hypothesis that nonconformity occurs in cases in which conformity is not necessary. It is debatable whether such a move is consistent with the empirical method required by the position of evolutionary naturalism. (19)

Normative-prescriptive content may be added to the Evolutionary-Origins View by endorsing the move from

(1) The application of methodological rule R and evaluative standard S were adaptive responses to former ecological pressures P.

to

(2) R and S ought be applied by scientists today.

Ruse usually resisted the temptation to make this move. However, he sometimes teased the reader with suggestive adaptive scenarios. For example, he contrasted the responses of two hominids to evidence of the presence of tigers. Hominid #1 takes the existence of feathers, blood, paw marks in the mud, and growls from the bushes to establish a consilience of inductions, and flees. Hominid #2 views the same evidence but fails to see the importance of consilience. Ruse then asked "which of these two hominids was your ancestor?" (20) Ruse has led the reader to the point where it is natural to conclude, not only that the disposition to apply a standard of consilience has had adaptive value, but also that this standard ought be applied within science today.

However, Ruse did not issue explicit normative-prescriptive claims on behalf of epigenetic rules. (21) (22) Instead, he compared epigenetic rules to David Hume's "dispositions". Hume had observed that we organize our lives by reading "necessary connections" into Nature. We act on the expectation that correlations experienced in the past will continue to hold in the future. Ruse accepted Hume's account of the dispositions involved in our commerce with the world and appended to the Humean account a theory about the origin of these dispositions.

Hume denied that a rational justification can be provided for our expectations of regularity. Past uniformity does not entail the future continuation of that uniformity. Ruse accepted this Humean claim as well. He suggested that the only "justification" for implementing epigenetic rules is that these rules did arise during the course of human evolution. Ruse acknowledged that to provide a theory about the origin of a rule is to fall short of providing a justification for continuing to implement the rule.

There is a further difficulty for normative-prescriptive versions of evolutionary naturalism. In biological evolution "fitness" is a balance between a successful adaptation to present environmental conditions and the retention of the capacity to respond creatively to future changes in those conditions. In a particular case, successful adaptation may be achieved at the expense of a loss of adaptability. That this has occurred becomes evident only with the passage of time.

The normative-prescriptivist evolutionary naturalist stipulates that a particular evaluative decision is correct provided that it promotes "fitness" in the long run. But how can one know at the time a decision is made that it will do so? One may appeal to the fact that similar decisions in the past have proved to have survival value. However, it always is possible that the ecologically unique present situation requires a different response.

The most adequate appraisals are those rendered long after the fact. Survival is the best indicator of fitness. It is survival that establishes a continuing retention of adaptive capacity in the face of changing conditions. Judgments about contemporary evaluative options are much less secure.

The perceptive normative theorist will accept this limitation on prescriptive adequacy. She will acknowledge the possibihity that what appears at the time to be a "fit" evaluative response may turn out subsequently not to be such. But this need not be a recipe for scepticism. It is no more reasonable to expect certainty in the philosophy of science than it is to expect certainty in science.


Notes

(1) Michael Ruse, Taking Darwin Seriously (Oxford: Blackwell, 1986), 29-66;149-68.

(2) Stephen Toulmin, "Rationality and Scientific Discovery: PSA 1972" in Boston Studies in the Philosophy of Science, ed. by K. Schaffner and R. S. Cohen (Dordrecht: Reidel, 1974), Human Understanding, Vol. 1 (Oxford: Clarendon Press, 1972), 133-144.

(3) David Hull, Science as a Process (Chicago: University of Chicago Press, 1988), 409; Metaphysics of Evolution (Albany: SUNY Press, 1989), 96.

(4) Hull, "Conceptual Evolution and the Eye of the Octopus", in The Metaphysics of Evolution, 221.

(5) Ibid., 221.

(6) Ibid., 233.

(7) Ibid., 234-7

(8) Hull, Science as a Process, 301-19.

(9) L. Jonathan Cohen, "Is the Progress of Science Evolutionary?" Brit. J. Phil. Sci. 24 (1973), 47.

(10) Donald T. Campbell, "Blind Variation and Selective Retention in Creative Thought as in Other Knowledge Processes", Psych. Rev. 67 (1960) 380. Reprinted in Evolutionary Epistemology, Rationality, and the Sociology of Knowledge, ed. G. Radnitzky and W. W. Bartley III (LaSalle: Open Court, 1987) 91.

(11) Ron Amundson, "The Trials and Tribulations of Selectionist Explanations" in Issues in Evolutionary Epistemology, ed. K. Hahlweg and C. A. Hooker (Albany: SUNY Press, 1989), 417.

(12) Ibid., 417.

(13) Ibid., 428.

(14) Campbell, "Blind Variation and Selective Retention...", 91.

(15) Karl Popper, "Replies to My Critics", in The Philosophy of Karl Popper, ed. P. A. Schilpp (LaSalle: Open Court, 1974). 1061.

(16) Michael Ruse, Taking Darwin Seriously, 65.

(17) Ruse, Evolutionary Naturalism, 157-65; Taking Darwin Seriously, 149-60.

(18) Ruse, Evolutionary Naturalism (London: Routledge, 1995), 169.

(19) Karl Popper insisted that a pattern of repeated evasions of prima facie falsifying evidence establishes that a methodology is nonempirical. He conceded, however, that disagreements will arise about how extensive evasive attempts must be before a methodology is thus disqualified.

(20) Ruse, Taking Darwin Seriously, 163.

(21) Larry Laudan, "Progress or Rationality? The Prospects for a Normative Naturalism", Amer. Phil. Quart. 24 (1987), 25

(22) Larry Laudan has displayed no such reticence. He injected normative contact into his version of naturalism by endorsing a meta-methodological principle that stipulates that one ought continue to apply those rules that have proved most effective in the past.

Disponible en:
http://www.bu.edu/wcp/Papers/Scie/ScieLose.htm

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Method of "Rational Reconstruction"

Enlace permanente 28 de Noviembre, 2007, 21:43

Thoughts on a Possible Rational Reconstruction of the Method of "Rational Reconstruction"

Gregg Alan Davia
University of Stuttgar and University of Mainz, Germany


ABSTRACT: Rational reconstructions standardly operate so as to transform a given problematic philosophical scientific account-particularly of a terminological, methodological or theoretical entity-into a similar, but more precise, consistent interpretation. This method occupies a central position in the practice of analytic philosophy. Nevertheless, we encounter-even if only in a very few specific publications-a vague image of it. This is due on the one hand to the problem of the intentions of application, i.e., of the normativity of rational reconstruction (descriptive/prescriptive-ambivalence). It is also due on the other hand to the problem of the significance of the method in the field of history of philosophy (systematic/historical-dichotomy). The varied usage within analytic philosophy, as well as the increasingly inflationary and interfering usage outside, contribute to make rational reconstruction somehow appear a Proteus in contemporary philosophical methodology. This paper attempts to administer first aid and to close a bit of the theoretical gap and thus to reach a more exact image for the interests of analytic philosophy. Self-application of the method appears to be the right remedy. A graduating rational reconstruction of a standard concept of rational reconstruction will be suggested, differentiating the concept of rational reconstruction according to normativity, and explicating the method of rational reconstruction into two such variants.


Introduction

The method of rational reconstruction occupies a central position in the practice of Analytical Philosophy. Andreas Kamlah once has dealt with it in an article under the indicative title "Wie arbeitet die analytische Wissenschaftstheorie?" or, in English, "How does Analytical Philosophy of Sciene operate?" (see Kamlah [1980]). Nevertheless, we encounter-even in the specific publications-only a vague image of it. Surprisingly, there are comparatively few specific publications. Historically they concentrate in the phase of Logical Empiricism. On the other hand we record a quite extensive literature on the latest variant of rational reconstruction, the "structuralist reconstruction." Besides Kamlah's article, Poser [1971] is to be mentioned. Further, for Analytical Philosophy directly relevant material includes mainly brief remarks in preliminaries and digressions, particularly in works of Wolfgang Stegmüller, who established the method in German postwar philosophy. I want to point out his well-known article on Kant (Stegmller [1967]), which I followed when choosing a title for this paper, as well as his introduction to the fourth volume of his great series on philosophy of science and Analytical Philosophy with its section "Neue Betrachtungen ber die Ziele und Aufgaben der Wissenschaftstheorie" (Stegmller [1973], pp. 1-64). Jrgen Mittelstra has commented for German Constructivism in some other articles (Mittelstra [1985a], Mittelstra [1985b]). Consequently, a general, problemizing and coherent "Theory of Rational Reconstruction" that really would deserve the name (as well as by the way any kind of "Textbook of Rational Reconstruction") has, as it seems, remained a desideratum. The varied usage within Analytical Philosophy as well as the increasingly inflationary and interfering usage outside contribute in addition, to make rational reconstruction appear a Proteus or a black box in philosophical methodology.

This paper tries-besides creating some appreciation of the difficulties-to administer first aid and-by analysis of one of the two main problems of the method-to close a little bit of the theoretical deficit gap and thus to reach a more exact image for the interests of Analytical Philosophy. As main problems (1) the issue of the intentions of application, i.e., of the normativeness of rational reconstructions (the descriptive/prescriptive-ambivalence, especially in Stegmller [1973] and Kamlah [1980]), and (2) the issue of the areas of application, i.e., of the significance of the method in the field of history of philosophy (the systematic/historical-dichotomy, especially in Poser [1971]), have come under discussion. In a broader sense, the second issue also includes the reconstructive discussions within history of science and the discussions about the reconstruction of non-apophantic entities; it then perhaps could be called the "systematic/ hermeneutic-controversy." According to its title this outline is to be understood as a self-application of the method at issue; therefore we will proceed in the following manner: First of all, a semantic preconception of the method of rational reconstruction has to be produced. We shall recur to a standard concept. On this basis then, the problem of normativeness of rational reconstructions will be taken up again and treated. A graduating rational reconstruction of the standard concept will be suggested. Finally, some residual and succeeding problems are to be pointed out.

Semantic Preliminaries, Or: A Standard Concept Of "Rational Reconstruction"

A rational reconstruction presupposes-this can already be said by intuition-acquaintance with a preceding object. Analogously, a rational reconstruction of rational reconstruction will presuppose a preceding concept of rational reconstruction itself. Such a semantic preconception can be produced in three manners:

First, a historical stocktaking of usage can be carried out. One then achieves a history of the reconstructive concepts. They have by no means been used with clear distinction and therefore will require a systematic analysis and coordination as a concept family. This is hardly to be managed adequately within this paper; we will have to content ourselves with the mere enumeration of the most important elements.

The starting point of the concept history regarding Analytical Philosophy is constituted by Rudolf Carnap's "rationale Nachkonstruktionen" within Logical Empiricism. According to Carnap "rationale Nachkonstruktionen" show knowledge, which he considers to be even in science mostly of intuitive nature, in its "formal structure" and thus transform it into the "rational form of logical inferences." With the thereby realized "separation between the pure given and the intellectual processing" intuition is given a rational justification. (Cf. Carnap [1928], pp. 138 f.-Translations by myself.) A subclass of this is "explication" as rational reconstruction of concepts, for which Carnap gives similarity, exactness, fruitfulness and simplicity as criteria of adequacy. (Cf. Carnap [1951], pp. 1 ff.) As described by Kamlah, Hans Reichenbach contrasts a "rationale Rekonstruktion," with a "logische Analyse." According to Reichenbach, the first is exclusively orientated towards someone else's scientific thoughts, whereas the latter is explicitly based on one's own judgement. (Cf. Kamlah [1980], pp. 26 ff.) In the more recent philosophy of science the concepts of "logical reconstruction" (with the main emphasis on using formal logic) and "structuralist reconstruction" (as rational reconstruction based on the structuralist conception of theories by Sneed and Stegmller (see e.g., Diederich [1981])) have dominated the scene. Particularly, the method has played an extremely important part in the discussion of Thomas S. Kuhn's history of science, actually within Imre Lakatos' alternative conception of "scientific research programmes" on the one hand, in Stegmüller's structuralist reconstruction of Kuhn's theory on the other hand. (See e.g., Lakatos [1978] and Stegmller [1985] respectively.) A part of this terminology is also used outside, within other philosophical schools. Particularly, Constructivism understands by "rational reconstruction" the confirming realization of action, speech and science as something people have in common. Such rational reconstructions are based on elementary experiences of human life and carried out in logical steps within a constructive "Orthosprache," which ultimately recurs to common action. (Cf. Lorenzen/Schwemmer [1973], pp. 9 ff.) Furthermore, so-called "Critical Theory" ("Frankfurt School") has tried to seize hold of the concept of reconstruction, but obviously without connecting a discernible comprehensive conception to it. (Cf. e.g., Habermas [1984], pp. 363-370 ("Bemerkungen zum Verfahren rationaler Nachkonstruktion") and pp. 371-385 passim ("Rekonstruktive vs. empiristische Sprachwissenschaft").) This is the transition to a so to speak "modish" usage. "Reconstructions" can nowadays be found in nearly every philosophical work, frequently with some changing attributes, but hardly ever with a sufficient explanation of what really happens. We are confronted with creations like "historical reconstruction," "critical reconstruction" or "social construction by reconstruction." Second, a pragmatically orientated analysis can take place, i.e., an enquiry into the practice of alleged applications. Besides the obvious philosophical examples we have applications in various other disciplines, e.g., in literary studies or in economic theory. However, this way can't be taken within this paper either.

What remains, is, third, the recourse to a standard concept of rational reconstruction, i.e., to a concept that has repeatedly played an important part in the discussions. Such a standard concept can be obtained from Stegmller's article on Kant (cf. Stegmller [1967], pp. 1 ff.) and also from Poser's short entry in Speck's encyclopaedia of philosophy of science (cf. Poser [1980]). According to this, a rational reconstruction presents a given problematic complex (the object of reconstruction-with special regard to the area of philosophy of science one may think, like Kamlah, of terminological, methodological or theoretical entities) in a similar, but more precise and more consistent formulation (the product of reconstruction).

This standard concept, as the semantic premise of reconstruction, constitutes the basis of the following reflections. But it should have become clear, that some other possible semantic premises and-if only because of that-possible rational reconstructions of the method of rational reconstruction remain conceivable.

On The Problem of Normativeness, Or: A Graduating Rational Reconstruction of the Standard Concept of Rational Reconstruction

For a long time there has been a quarrel within Analytical philosophy of science as well as e.g., between it and Constructivism, whether or to what extent philosophy of science is a prescriptive activity. Naturally, this quarrel has mainly taken the course of a methodological controversy.

An in a number of places quite surprising historical analysis referring to the familiy of reconstructive concepts has been presented by Kamlah with regard to the early Carnap and to Reichenbach. According to Kamlah the equation "analytic = descriptive" proves absurd in the light of history, as Carnap's early "rationale Nachkonstruktion" as well as Reichenbach's "logische Analyse" served the examination or justification of scientific operations. (Cf. Kamlah [1980], p. 25 and pp. 28 ff.) Of course such a historical argumentation cannot imply any commitment at all, since it forms a clear case of genetic fallacy, for which by the way Reichenbach himself (with his distinction between "context of discovery" and "context of justification") could be consulted as a main authority. Some systematic statements in Stegmller and in Poser regarding the method of rational reconstruction turn out ambivalent. According to Stegmller and Poser rational reconstructions are neither purely descriptive nor purely prescriptive. (Cf. Stegmller [1973], p. 8, resp. Poser [1980], p. 555.) Stegmller provides an itemization of types of strongly prescriptive operations, e.g., the demonstration of circular definitions (cf. Stegmller [1973], pp. 11 ff.), and Poser points out some fundamental prescriptive implications of rational reconstructions, like the evaluation of terminology or the choice of logic (cf. Poser [1980], p. 556). But regrettably, both authors fail to give a really satisfying explication and explanation of the actual ambivalence.

A solution to this problem by relating it to the objects of reconstruction has been submitted by Kamlah. According to this a "logical reconstruction"-Kamlah obviously uses this concept in his abstract as a synonym for Reichenbach's concepts of "rationale Rekonstruktion" and of "logische Analyse" (cf. Kamlah [1980], p. 1 and p. 32).

(1) of concepts is mainly descriptive (since concepts, as e.g., "light" or "sound," can't be true or false, an explicans for such an intuitively given concept requires an empirical survey of usage (cf. Kamlah [1980], pp. 32 ff.));

(2) of methods is mainly prescriptive (one has to ascertain the usage of a method, as e.g., the "argument by analogy," too, but then one has to estimate its suitability, which creates a prescriptive component that is not included in the reconstruction of concepts (cf. Kamlah [1980], pp. 32 ff.));

(3) of theories is-depending on intention-descriptive or prescriptive (the assumption of truth resp. reliability is the prerequisite of a purely descriptive reconstruction, in any other case the intention of the observer will make the reconstruction of a theory turn out prescriptive (cf. Kamlah [1980], pp. 36 ff.)).

For reasons of space I have to dispense with putting forward my special objections against Kamlah's argumentation, and confine myself to my general doubts about its adequacy. Kamlah's solution, I fear, is oversimplified, since it disregards the fundamental operativeness of the criteria of adequacy-as included in the here presupposed standard concept. Kamlah himself doesn't base his solution on an explicit semantic preconception, as the semantic function of his historical digression remains unclear. Stegmller [1973] and Poser [1980] by the way also lack an operational-criteriological analysis of this complex. Thus Kamlah comes to treat descriptivity and prescriptivity somehow as if they formed an inclusive disjunction, which rather represents an escamotage than an explication of the ambivalence of the concept of rational reconstruction. A clarification within a preceeding concept of reconstruction with its operative options is indispensable, for otherwise any talking about a uniform method, i.e., one that doesn't depend on the special applications, would seem unreasonable. A qualification with respect to the objects may be a depending second step.

Regarding the standard concept, the descriptive/prescriptive-ambivalence occurs as polarity or inconsistency between the criteria of adequacy, i.e., between the descriptive requirement of similarity on the one hand and the prescriptive elements of precision and consistency on the other hand. In order to clarify this polarity I would like to suggest a graduating rational reconstruction of rational reconstruction that elementarily unfolds the concept and method of rational reconstruction with two with regard to their normativeness graduated explicantia resp. that differentiates correspondingly between two such variants of the method.

Consider the qualitatively, i.e., with reference to the supposed intention of the object of reconstruction, determined change of the informational content of the object of reconstruction to be the yardstick on normativeness. One may then distinguish basically between rational reconstructions of the first and of the second degree. A "rational reconstruction of the first degree" is dominated by the descriptive impetus, i.e., by the requirement of similarity, which here has to be strictly interpreted as a criterion of material non-creativity. Rational reconstruction as a rational "again"-construction ("re-" as "again") is interested in making an object "more equal to itself," e.g., by extracting essential elements and reformulating and restructuring them. Its task is revealing formal or representational problems and managing them by realizing immanent possibilities to improve precision and consistency of the object of reconstruction. The problem of normativeness reduces to operational problems as the above-mentioned fundamental prescriptive implications of rational reconstructions outlined by Poser. For convincing illustrations one may consult the rational reconstructions by Ulrich Druwe in the area of political philosophy (see Druwe [1988] and [1995]).

A "rational reconstruction of the second degree" is dominated by the prescriptive impetus, i.e., the pursuit of precision and consistency, which here have to be interpreted as even material criteria of creativity. Rational reconstruction as rational "new"-construction ("re-" as "new-") is interested in a material correction resp. improvement by external formal criteria. The descriptive component reduces in the extreme case to the mere factuality of initial material, exactly the object of reconstruction, which is subjected to the instruments of precision and consistency improvement. (The concession of such a minimum similarity certainly requires a very liberal concept of similarity.) No or a decisively diminished "feedback" (This cybernetic notion of rational reconstruction has been introduced by Stegmller (cf. e.g., Stegmller [1973], p. 14).) between object and product of reconstruction is carried out. For an illustration one may consult Stegmller's structuralist reconstruction of Kuhn's history of science, which really contains some clear (and, in my opinion, innovative) reinterpretations of essential concepts and therefore abandons Kuhn's original intention (cf. the corresponding critique in Baumgardt-Thom [1978], pp. 110 ff.).

A conceivable further differentiation into 2+n degrees should be orientated to the extent of (increasing) prescriptivity. It could also be complementarily developed with reference to descriptivity. But prescriptivity of course is the philosophically decisive aspect, which becomes evident if one thinks of the theoretical maximum of similarity as mere paraphrase (which certainly lies beyond the method of rational reconstruction).

Some Residual and Succeeding Problems

The graduating rational reconstruction provides, in my opinion, a similar, but more precise and more consistent version of the chosen standard concept of rational reconstruction. It is similar to the standard concept, because it is developed with reference to its criteria of adequacy. And it is more precise and more consistent than the standard concept, because it explicates its normative variability. Furthermore, it applies to all systematic objects of application and may integrate Stegmller's itemization of prescriptive operations as well as Poser's fundamental prescriptive implications. Thus it constitutes a possible rational reconstruction of the method of rational reconstruction. However, the received product of reconstruction doesn't remain unproblematic. Residual and succeeding problems occur; I would like to specify the most important:

First, the problem of normativeness can be iterated, which implies the question of self-application, i.e., of the degree of the graduating rational reconstruction of rational reconstruction.

Second, with regard to application, the problem of measurability of formal or material processing of objects of reconstruction deserves consideration. The concepts of "intention" and of "informational content" imply known as well as new vagueness. An exactly differentiated graduation will require similarity, precision and consistency to be describable not only as comparative, but as quantitative or even metric concepts. For an illustration of this problem one may think of the theoretical possibility of a degree of rational reconstruction that contains descriptive and prescriptive components ana partes aequales. Third, a closer enquiry into the relations between the graduating rational reconstruction of rational reconstruction and Reichenbach's distinction ("rationale Rekonstruktion" vs. "logische Analyse") seems to suggest itself.

Finally, and in connection with all the other points, a careful examination of the fruitfulness of the presented graduating rational reconstruction for operating the systematic/historical-dichotomy remains desirable.

Final Observation

A part of the answer to the question of the perspectives of Analytical Philosophy, is devoted to and will necessarily be constituted by methodological reflection. It is a matter not of dogmatism, but of a sound, in principle dynamic and by the way didactically communicable canon. Such a canon must distinguish itself in the best Analytical tradition by lucidity, i.e., by precision and consistency. This brief discourse has been intended to stimulate a corresponding discussion.


Bibliography

Baumgardt-Thom, Yvonne [1978]: Das Problem der Geisteswissenschaften in der analytischen Philosophie und Wissenschaftstheorie. Unter besonderer Bercksichtigung der Rekonstruktion der Hermeneutik, Meisenheim am Glan 1978 (Diss. Dsseldorf 1977)

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Disponible en:
http://www.bu.edu/wcp/Papers/Scie/ScieDavi.htm


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Fascinating Bohr

Enlace permanente 30 de Septiembre, 2007, 21:55

Fascinating Bohr

The physicist (and Einstein's esteemed colleague and sometime intellectual opponent) Niels Bohr gave biologists a new conceptual tool

By Neil Greenspan

Published 28th September 2007 04:18 PM GMT

© 1986-2007 The Scientist

 

This past August 15 marked the 75th anniversary of the lecture "Light and Life," by the physicist and (some would say) philosopher, Niels Bohr. Bohr was roughly as well known, and probably more influential among physicists, than his contemporary and intellectual sparring partner, Albert Einstein. However, in comparison to Einstein and Einstein's ideas, Bohr and Bohr's ideas receive relatively modest levels of attention. I think that's unfortunate.

"Light and Life" is perhaps best known for its focus on Bohr's concept of complementarity. According to this concept, some natural phenomena can only be completely understood by combining two or more experimental approaches that cannot be simultaneously implemented. More generally, complementarity asserts that apparently incompatible ideas or perspectives can both be necessary to achieve a fuller understanding of an entity or process.

Bohr's original inspiration for the concept of complementarity was that ultimate source of illumination, light. He was impressed by the fact that some phenomena involving light (e.g. diffraction patterns) were best explained by regarding light as waves. However, other phenomena involving light (e.g., the photoelectric effect) were best explained by regarding light as particles. Thus, it may not be justified to claim unqualifiedly that light is waves or that light is particles. Instead, light may be better understood as behaving as if it were particles or waves, depending on the precise methods of detection or measurement.

In "Light and Life," delivered in Copenhagen to the International Congress on Light Therapy, Bohr specifically proposed that there is a complementarity relevant to biology, as well, arguing that it may not prove possible to fully explain living processes in physical terms. This notion, depending on precisely how it is interpreted, is generally dismissed, and appropriately so to the extent that it might be confused with nebulous concepts of a uniquely life-associated "vital force" (to which Bohr did not subscribe). But even if Bohr was wrong in his literal thesis, he may nevertheless have been onto a biologically useful insight.

Bohr's student in theoretical physics, Max Delbrück, eventually left physics for biology and became the strongest exponent of the relevance of complementarity to biology. He called attention to the fact that, as he put it, molecular structure and integrated biological function may not be compatible observables. Structure determination typically requires molecular homogeneity, while determination of integrated biological function necessarily requires the molecular heterogeneity of the cellular or organismal environment. In other words, to understand molecular structure you need chemical simplicity, while insights into function (at least in one sense) require the full chemical complexity of the whole biological system.

The late, great evolutionist (and historian and philosopher of biology) Ernst Mayr offered another example of complementary perspectives in biology. He emphasized two broad types of causation in biology: ultimate (i.e., evolutionary) and proximate (i.e., physiological). In Mayr's view these two strands in the biological fabric of explanation addressed distinct questions: evolutionary biology focuses on why structures and processes are as they are and how they came to be that way, whereas physiological biology is centered on how the structures within organisms actually perform their various functions. For example, experimentally determining why a bird has evolved to migrate south in the fall or winter is a somewhat distinct task from experimentally characterizing the environmental signals that trigger, and the physiological processes that implement, the bird's actual migration.

Complementarity also has a place in social sciences, Bohr argued. One can, for example, try to understand the behavior of an individual human being as the result of a unique constellation of genetic and environmental factors, and their interactions. Alternatively, one can seek to account for the behavior of an individual via population-based trends in statistically-defined patterns of behavior. Both types of explanation have their uses, but not necessarily for addressing the same questions.

So, while I have appropriate respect for Einstein, I also have high regard for his less fully-appreciated contemporary, Niels Bohr. I have no problem seeing value in their respective views on many subjects, including where they disagreed, as on certain aspects of the meaning and ultimate validity of quantum theory. Appropriately enough, the ideas of Einstein and Bohr, the doubter and the proponent of quantum theory's status as the pinnacle of physical explanation, are often complementary.

Neil Greenspan
mail@the-scientist.com

Neil Greenspan is an immunologist and clinical pathologist at Case Western Reserve University. He has written about the role of semantics in science, the shortcomings of intelligent design, and the challenging path from genetic knowledge to the development of medical therapies.

Greenspan thanks Gino Segrè for critical comments on this manuscript.


Links within this article:

N. Mott, "Working with Bohr," The Scientist, October 20, 1986.
http://www.the-scientist.com/article/display/7121/

L. Pray, "Ernst Mayr dies," The Scientist, February 4, 2005.
http://www.the-scientist.com/article/display/22589/

Neil Greenspan
http://path-www.path.cwru.edu/

N. Greenspan, "Wishful thinking and semantic specificity," The Scientist, August 19, 2002.
http://www.the-scientist.com/article/display/13194/

N. Greenspan, "Not-so-intelligent design," The Scientist, March 4, 2002.
http://www.the-scientist.com/article/display/12895/

N. Greenspan, "Beware of direct lines," The Scientist, September 17, 2001.
http://www.the-scientist.com/article/display/12614/

Gino Segrè
http://www.physics.upenn.edu/facultyinfo/segre.html

 

 

Comment on this news story

 

Fascinating Bohr

by John Torday,MSc,PhD
[Comment posted 2007-09-28 12:59:48]

I found Dr.Greenspan's essay on Bohr's concept of complementarity provocative. It is noteworthy that Dr.Greenspan is an immunologist, and that the immune system is one of the most complex, yet 'plastic' processes in all of biology. Paradoxically,it is also a biologic process which, if deciphered evolutionarily would provide great insight to our origins and future as a species.
I would submit that if Einstein had achieved the Unified Field Theory there would be no duality of light, and that similarly, biology would not have to suffer the same duality of proximate and ultimate causation as suggested by Mayr if we understood evolutionary biology from its initial conditions and first principles. In Walter Isaacson's recently published biography of Einstein he commented that Einstein had an innate sense of the nature of light because he could actually visualize himself moving with the light beam....having viewed the American Museum of Natural History's Einstein exhibit a couple of years ago, I would submit that that same 'perspective' allowed Einstein to envisage the nature of Brownian Movement, the photoelectric effect and Relativity. We must gain the same insights for evolutionary biology in order to achieve A Periodic Table for Biology (Torday J.S., A Periodic Table for Biology. The Scientist 2004 Jun 18(12): 32-33). Complementarity is a metaphor for our lack of understanding of natural phenomena, and should be recognized as a 'work in progress' and not as an absolute truth.

J.S.Torday,MSc,PhD
Professor of Pediatrics and Obstetrics
UCLA
Director,The Center for Evolutionary-preventive Medicine

 

comment:

Waves and Particles

by Steven
[Comment posted 2007-09-28 14:07:53]

While I agree there is much we can learn from the discovery of light's 'duality', I came away from my college physics and math studies with a slightly different interpretation. While I oculd no longer reproduce the math behind it, I still clearly remember the day in an advanced calculus class when the instructor showed how the formula for a wave could, through much manipulation, be transformed into the equation for a particle. Light behaves as a particle in some instances and as a wave in others, not because it there is any inherent duality to light but because fundamentally waves and particles are the same thing. For me at least, this was an eye opener that what we intuitively "know" as being obvious is not always so, especially when we try to apply the experiences we perceive at the human scale to radically smaller or larger scales.

 

comment:

Fascinating Bohr by Neil Greenspan

by Ivo P. Janecka, MD, MBA, PhD
[Comment posted 2007-09-28 14:46:51]

Complementarity may also be understood as contextual isomorphism that is arriving to a new destination through different routes while noticing the scenery. Restricting the context, in the hope of isolating a particular structure or a process in order to gain greater understanding, simultaneously narrows and likely skews the eventual observation. We may get more information but do we get more knowledge? The opposite process, a system?s view, allows for a broader understanding of components and their functions, keeping in mind, however, that one system is just a subsystem of an even larger system. Complemenarity allows for harnessing principles of different systems; their useful overlap, however, is but visible only to some

 

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Polemica imaginaria entre Popper y Kuhn

Enlace permanente 22 de Septiembre, 2007, 20:42

Polemica imaginaria entre Popper y Kuhn sobre el progreso de la ciencia según un punto de vista evolucionista

Héctor A. Palma

Universidad de Buenos Aires

postmast@filoci.cbc.uba.ar

 

ABSTRACT: Habida cuenta de los intensos debates de los años '60 y '70, al interior de la tradición anglosajona en filosofía de la ciencia, y que minaron los postulados más básicos de la Concepción Heredada, apareció la necesidad de explicar el desarrollo de la ciencia en la historia, es decir el despliegue mismo de la racionalidad científica. Las epistemologías evolucionistas constituyen uno de esos intentos, aunque de su analogía con la teoría de la evolución biológica surge como problema el desajuste de explicar una empresa teleológica (la de la ciencia) mediante un modelo no teleológico (el de la evolución de las especies). En este trabajo se realiza un polemica imaginaria entre un epistemólogo evolucionista (Popper) y otro que no lo es (Kuhn) respecto de la cuestión del progreso de la ciencia: el primero, comprometido ontológicamente con un punto de vista evolucionista, mientras que el segundo realiza sólo una analogía.

 

1) LA 'NUEVA IMAGEN' DE LA CIENCIA

a) las críticas a la 'concepción heredada'

Una serie de críticas y objeciones de diversos orígenes fueron socavando poco a poco la fuerza y rigurosidad inicial de los fundamentos básicos de la CH. Así, la idea de reconstrucción racional, el presupuesto empirista, las nociones de objetividad, decidibilidad empírica, intersubjetividad y racionalidad, la idea de que la ciencia es sólo un sistema de enunciados, y fundamentalmente la restricción al contexto de justificación, recibieron, en conjunto o por separado, objeciones desde múltiples frentes:

a) Los tempranos trabajos, fuertemente críticos, de K. Popper,

b) La concepción holista de las teorías (tesis Duhem-Quine),

c) Los análisis de Quine sobre la indeterminación de la traducción y, sobre todo, la infradeterminación de la teoría por los datos, además de su propuesta de naturalizar la epistemología.

d) El fuerte poder crítico y hasta corrosivo de algunas ideas al interior mismo de la tradición epistemológica anglosajona, como por ejemplo las de Feyerabend, pero fundamentalmente las de T. Kuhn,

e) la sociología del conocimiento científico que, inspirada en buena medida en una lectura no ortodoxa de Kuhn, además de lograr un desarrollo relativamente autónomo respecto de la filosofía, comienza a reclamar la palabra en asuntos epistémicos.

b) a la búsqueda de un sujeto

Estos elementos críticos van mostrando, más allá de la absoluta heterogeneidad de objetivos, filiación y alcances, la necesidad de traspasar el corsé del contexto de justificación para reconocer que el conocimiento científico es producido, aceptado y justificado por seres humanos, y que el proceso de producción de tal conocimiento y las condiciones de posibilidad del mismo son algo más que un mero escenario. En suma, comienza a verse, sobre todo a partir de los años '60 y '70, la necesidad de dar respuesta al quién y al cómo de la producción científica. En al ámbito sociológico se produce una suerte de 'giro cognitivo': los estudios de sociología ya no respetaban la división del trabajo impuesta por los contextos de justificación y descubrimiento y comenzaron intentos de establecer relaciones causales entre los enunciados científicos y las condiciones sociales de su producción, intentos cuyo ejemplo más polémico es el Programa Fuerte. Por el lado de la filosofía de la ciencia, el reclamo kuhniano de reservar un lugar para la historia no pasó desapercibido, y aunque de hecho generó más debates que unanimidades colocó en el centro de la controversia la cuestión del

progreso de la ciencia. Desnudadas las limitaciones de la historiografía whigg explicar el progreso de la ciencia pasó a ser un problema desde dos puntos de vista: desde el cómo de su producción, pero también desde la necesidad de identificar al sujeto epistémico (sea individual, social, o sencillamente plantear una epistemología sin sujeto).

Las epistemologías llamadas evolucionistas constituyen algunos de los intentos de dar respuesta a, entre otras cosas, la dinámica de la ciencia.

2) EL PROGRESO DE LA CIENCIA EN CUESTION

En general la estrategia de los epistemólogos evolucionistas consiste o bien en mostrar las analogías existentes entre el desarrollo de la ciencia o el conocimiento y la evolución biológica, o bien restar importancia a los desajustes en tales analogías.

El problema del progreso parece plantear un desajuste particularmente devastador entre biología y desarrollo del conocimiento científico. En efecto, casi todos los críticos y defensores acuerdan en que la evolución conceptual difiere de la evolución biológica en un importante respecto. En ciencia, se sostiene, hay progreso hacia una meta, mientras que en la evolución biológica no hay metas.

No plantearé aquí un debate entre epistemólogos evolucionistas o entre éstos y sus oponentes, sino una polémica imaginaria acerca de si la teoría de la evolución puede servir de modelo para el progreso de la ciencia, entre Kuhn y Popper.

Thomas Kuhn en las últimas páginas de La Estructura de las Revoluciones Científicas considera a la teoría de la evolución como un buen modelo para describir la historia de la ciencia. Llama la atención acerca del hecho de que casi ha concluido el libro y todavía no se ha tocado la cuestión de la 'verdad'. Según la visión tradicional de la ciencia, la 'verdad' operaría como el telos de la ciencia, ya sea alcanzable según el optimismo neopositivista o como idea regulativa inalcanzable para Popper. Pero, se pregunta Kuhn, "¿es preciso que exista esa meta, no podemos explicar tanto la existencia de la ciencia como su éxito en términos de evolución a partir del estado de conocimientos de una comunidad en un momento dado?... Si podemos aprender a sustituir la-evolución-hacia-lo-que- deseamos- conocer por la evolución-a-partir-de-lo-que-conocemos, muchos problemas difíciles desaparecerán en el proceso"(Kuhn, 1969: 263).

El paralelo con la Teoría de la Evolución se establece según las afirmaciones por las que fue más revolucionaria y resistida: contradecía la idea de que la evolución estaba dirigida hacia algún fin predeterminado, es decir expulsaba la teleología en la conformación de la diversidad del mundo biológico.

En La Estructura Kuhn entiende la ciencia como una empresa de resolución de enigmas dentro de un paradigma y de cambio revolucionario entre paradigmas. Esto le permite extender un poco más la analogía: así como la "selección natural, resultante de la mera competencia entre organismos por la supervivencia, (ha producido)... junto con los animales y las plantas al hombre" el proceso "descrito como la resolución de las revoluciones (...) constituye, dentro de la comunidad científica, la selección, a través de la pugna, del mejor camino para la práctica de la ciencia futura. El resultado neto de una secuencia de tales selecciones revolucionarias, separado por períodos de investigación normal, es el conjunto de documentos maravillosamente adaptado, que denominamos conocimiento científico moderno.

Las etapas sucesivas en ese proceso de desarrollo se caracterizan por un aumento en la articulación y la especialización. Y todo el proceso pudo tener lugar, como suponemos actualmente que ocurrió la evolución biológica, sin el beneficio de una meta preestablecida, de una verdad científica fija y permanente, de la que cada etapa del desarrollo de los conocimientos científicos fuera un mejor ejemplo" (Kuhn, 1969: 265).

Como no se trata aquí de hacer una exégesis de la obra kuhniana, basta con el planteo del argumento realizado hasta aquí, aunque es justo reconocer que algo más tarde, en el Coloquio Internacional de Filosofía de la Ciencia celebrado en Londres en 1965, Kuhn intentó anular las consecuencias relativistas de este planteo y bastante más tarde (en 1990 en "The road since structure") utilizó una analogía con el evolucionismo para desentenderse de las acusaciones de idealista de que había sido objeto, modificando los alcances y significación de los isomorfismos planteados entre biología y desarrollo de la ciencia y del conocimiento.

3) LA RACIONALIDAD DE LAS REVOLUCIONES CIENTIFICAS

Este es el título de uno de los tantos artículos en los que Popper (Popper, 1975) expone su punto de vista evolucionista. Y realmente el título resume con gran claridad la problemática que aborda: dar cuenta del proceso histórico en el cual la ciencia tiene lugar pero salvaguardando la racionalidad del mismo. Pero Popper fue siempre muy claro a la hora de diferenciar los 'contextos':

"(...) la justificación de la preferencia de una teoría a otra , ha de distinguirse tajantemente de todo problema genético histórico y psicológico (...) Hablo pues de epistemología evolucionista, aunque sostengo que las ideas fundamentales en epistemología no son de carácter fáctico, sino lógico" (Popper, 1972b: 71).

a) El primer problema de Popper

Surge entonces lo que aquí llamo el primer problema de Popper: explicar el proceso de la ciencia -y el carácter racional del mismo- sin hablar de historia, génesis, subjetividad, etc.

La estrategia de Popper es utilizar el método de ensayo y eliminación del error en distintos niveles : el de la mera evolución biológica, el de la conducta en general y el del conocimiento -ya sea el conocimiento común como el científico en el cual se inaugura la forma de conjeturas y refutaciones. (Cf. Popper 1972b, 1974, 1975, 1977)

De tal modo, al mismo tiempo que establece un continuo y una unidad desde los mismos orígenes biológicos hasta las más sutiles y abstractas teorías científicas, se constituye en un claro ejemplo -aunque no el primero ni el único- dentro de las epistemologías evolucionistas, no ya de traer un modelo biológico a la epistemología, sino del proceso inverso, es decir utilizar una concepción gnoseológica para explicar la evolución biológica.

Pero, siguiendo la analogía, podría objetarse: ¿es posible pensar la muerte de un individuo y aún de una especie como un error ?. Perder en la lucha por la supervivencia parece ser sólo eso: perder (y morir). Pero un error se comete "(...) en un momento y lugar especificables, por un individuo determinado. Tal individuo no ha obedecido una de las reglas establecidas de la lógica o del lenguaje, o bien de las relaciones entre algunas de esas y la experiencia" (Kuhn, 1977: 302).

Como quiera que sea, todo el proceso de desarrollo del universo es planteado por Popper a partir de novedades (evolución emergente) que van abasteciendo los distintos subniveles que conformarán los tres mundos, desde el átomo más simple hasta los elaborados objetos de la cultura humana, y restricciones a esas novedades. (Cf. Popper, 1977)

b) El segundo problema de Popper

Abordaré ahora lo que llamo el segundo problema de Popper: cómo explicar un proceso teleológico mediante un modelo no teleológico.

La novedad que aparece en la actividad científica de ninguna manera es aleatoria como las mutaciones en la naturaleza. Y la actividad científica no es aleatoria porque, para el mismo Popper, tiene una finalidad , tiene una dirección, esto es el acercamiento progresivo (aunque inalcanzable ) a la verdad. Popper es absolutamente consciente de este inconveniente (Cf. Popper, 1975: 160).

A decir verdad la Teoría de la Evolución parece guardar una relación isomórfica más estrecha con el instrumentalismo que con una posición correspondentista como la de Popper, ya que los caracteres de los organismos sólo resultan ventajosos para determinadas condiciones ambientales. Si éstas cambian pueden resultar irrelevantes o hasta perjudiciales. Hay teorías falsas pero no nidos falsos. Si respetamos el isomorfismo planteado por Popper no tendría sentido examinar una teoría en cuanto a su verdad o falsedad sino, en el mejor de los casos, en cuanto a su funcionalidad respecto de la supervivencia humana; esto es según su utilidad.

Esta perspectiva conduciría a un verdadero dilema porque: o se abandona la distinción entre génesis y validez y con ella la idea de verdad objetiva o bien se abandona este enfoque naturalista del progreso científico. La primera alternativa indica una tendencia inherente a la epistemología de Popper hacia el instrumentalismo, que sin embargo él rechaza enérgicamente. La segunda alternativa debilita la posición popperiana de que hay progreso en ciencia entendida al modo del falsacionismo.

No obstante, la estrategia de Popper no consiste en reconocer la deficiencia del isomorfismo planteado, sino en proponer una Teoría de la Evolución biológica propia, en la cual acentúa los aspectos teleológicos.

La Teoría de la Evolución legitima su carácter de modelo de explicación para ámbitos ajenos a la biología, en los éxitos y consensos logrados, precisamente, dentro de ésta. Resulta sumamente interesante entonces mostrar que en el caso de Popper el recorrido del modelo original al analógico, resulta inverso. Ya he mostrado que utiliza una concepción gnoseológica (ensayo y eliminación del error) para explicar lo biológico. Algo similar ocurre cuando propone 'su' Teoría de la Evolución sabiendo que "puede ser muy objetable para la mayoría de los biólogos que crean que las explicaciones teleológicas en biología son tan rechazables, o casi, como las teológicas"(Popper, 1972b: 244 y ss.).

4) FINAL

Sintetizando nuestro debate imaginario, el sujeto epistémico de Kuhn, como por otra parte él lo señala expresamente, es un sujeto histórico que construye y reconstruye históricamente la racionalidad científica, mientras que para Popper, la respuesta a los debates de los años '60 es una vuelta de tuerca más a sus postulados de los años '30 y, en definitiva una suerte de salvataje de algunos puntos básicos de la concepción heredada que habían mostrado su fragilidad. El punto de vista evolucionista le permite a Popper pensar a la ciencia como un sistema de enunciados ubicados en un mundo objetivo y realizada por un sujeto biológico (con lo cual la racionalidad descansa sobre fundamentos 'naturalistas'), pero no por un sujeto histórico.

 

Bibliografia

Bradie, M. (1994) "Epistemology from an Evolutionary Poin of View", en Sober, E., Conceptual Issues in Evolutionary Biology ,Cambridge,MIT Press.

Cohen, I.B., Interactions, Cambridge, MIT Press.

Gómez, R., (1995) Neoliberalismo y seudociencia, Buenos Aires, Lugar editorial, 1995

Kuhn, T. S., (1969) La estructura de las revoluciones científicas, México, FCE, 1971.

—— (1970) "Notas sobre Lakatos", en Lakatos y Musgrave (1970).

—— (1987) ¿Qué son las revoluciones científicas?, Barcelona, Paodós, 1989.

—— (1990), "The road since structure", en A. Fine, M. Forbes y L. Wessels (eds.) PSA, 1990.

Lakatos, I., y Musgrave, A., (1970) La crítica y el desarrollo del conocimiento, Barcelona, Grijalbo, 1975.

Popper, K., (1934) Lógica de la investigación científica,

—— (1974) Búsqueda sin término, Madrid, Tecnos, 1994

—— (1975) "La racionalidad de las revoluciones científicas" en Hacking, I., Revoluciones científicas, México, FCE,

—— (1977) El yo y su cerebro, Barcelona, Madrid, 1993.

—— (1972a) Conjeturas y refutaciones, Barcelona, Paidós, 1989.

—— (1972b) Conocimiento objetivo, Macrid, Tecnos, 1988.

Quine, W. O., (1969), La relatividad ontológica y otros ensayos, Madrid, Tecnos, 1974.

Shimony, A., (1987), "Introduction" en Shimony y Nails (comps.) Naturalistic Epistemology , Dordrecht, Reidel


Disponible:

http://www.bu.edu/wcp/Papers/Cont/ContPalm.htm

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El mito de la ciencia

Enlace permanente 18 de Septiembre, 2007, 13:46

El Mito de la ciencia.

Miguel A. Quintanilla

No parece exagerado afirmar, por paradójico que resulte, que la ciencia es uno de los grandes mitos de nuestro tiempo. Nuestra sociedad rinde culto a la ciencia aunque no sabe muy bien (quizá porque no sabe muy bien) en qué consiste aquello que venera: el científico por su parte parece muy consciente de su propia ascendencia social y, en consecuencia, tiende a reforzar con signos externos la excelsitud de su tarea en vez de reforzarse (salvo raras excepciones) por salvar la distancia que existe entre la sociedad y él. Los mismos filósofos que pueden adoptar frente a la ciencia tanto una actitud de admiración e identificación como de crítica y "superación", se mantienen por lo general, en todo caso, dentro de la más estricta observancia del tabú: la ciencia no se pude tocar. Ante el fracaso de los últimos intentos de "reforma" filosofía de la ciencia, como el de Bergson, la actitud que predomina ahora entre quienes no quieren identificarse con (o "reducirse" a) el espíritu científico (generalmente con el propósito de salvar así el espiritualismo que ven amenazado por la ciencia) consiste a lo más en delimitar respetuosamente los campos y establecer pactos de no agresión renunciando de antemano a cualquier tipo de ingerencia en asuntos ajenos. Los filósofos más recalcitrantemente anticientíficos parecen así lanzados a una veloz carrera hacia la esquizofrenia intelectual, una especie de versión actualizada de la doctrina medieval de la doble verdad[1]. Y la comparación no es ociosa, puedes en último término se podría afirmar que nuestra sociedad es tan científica como la medieval pudo ser teológica: en ambos casos lo que predomina es una forma de pensamiento que ante todo y sobre todo resulta ser una dogma y un misterio. Apurando las cosas se podría afirmar, con cierto buen sentido, que la ciencia es una forma actual de la religión[2].

Ante esta situación pensamos que una de las tareas urgentes del filósofo crítico de la ilustración de nuestros días, es contribuir a disolver el mito de la ciencia.

Quien haya leído la última frase puede pensar que se encuentra ante algo así como el comienzo de un nuevo ataque de la filosofía contra la ciencia. Pero entiendase bien: nos proponemos  desmontar  la  mitificación de la ciencia,  no  la ciencia como tal.  Y  para  que  nuestra perspectiva que de clara desde el principio no tenemos inconveniente en declarar desde ahora que toda nuestra reflexión critica parte de un supuesto previo según el cual la ciencia es la forma mas desarrollada, compleja y apreciable del saber. Mas no se nos tache tampoco, por esta ultima declaración, de positivitas y cientificistas (positivismo, cientificismo) a ultranza, pues para nosotros la ecuación "saber = ciencia" no supone tanto la entronización cuando el derrocamiento de cualquier tipo de imperio absolutista ejercido por la sabiduría.

Como se vera en las paginas que siguen, la mitología de la ciencia que vamos a intentar desmontar tiene sus bases en una concepción positivista (es decir, entre otras cosas, cientificista y dogmática pero para nosotros la raíz de la mitificación no reside en el cientificismo positivista (ciencia = saber), sino en la actitud dogmática (saber = "sabiduría" o conocimiento absoluto, definitivo, etc.)[3]. A nivel de la filosofía de la ciencia este dogmatismo se localiza sobre todo en un dato que, de puro generalizado, normalmente apenas si se puede percibir: el hecho de que en cualquier discusión se de siempre por supuesto el contenido del concepto de ciencia. Para nosotros este concepto no es – o no es enteramente- algo dado de una vez por todas, sino precisamente algo que hay que construir (y reconstruir a cada paso de la historia). Su construcción será precisamente el objetivo fundamental de la filosofía de la ciencia. Para ello habrá que superar ciertas concepciones míticas (ideológicas) (ideología), ciertas imagines que, hoy por hoy, dificultan esta tarea De entre todas ellas centraremos nuestra atención en las que atribuyen a la ciencia alguna de las tres notas siguientes:

1.       la ciencia es infalible o al menos  absolutamente objetiva y progresiva;

2.       la ciencia es neutral;

3.       la ciencia es autónoma.


1.         La infalibilidad, la objetividad y el progreso de la ciencia 

Para una concepción positivista de la ciencia (para la concepción predominante en nuestra cultura) el conocimiento científico es un conocimiento seguro y su alcance es ilimitado. Lo más claro, sin embargo, de esta idea de la ciencia es un carácter mítico. Distinguiremos en este mito una formulación fuerte y una formulación débil.

La formulación  fuerte es la que se corresponde, estrictamente hablando, con el mito de la infalibilidad de la ciencia. Las ideas que componen este mito son las siguientes:

1)       La verdad científica es absoluta y definitiva: un enunciado realmente científico (que normalmente quiere decir comprobado), tiene un valor igual. Y muy semejante al de un enunciado del tipo "2 + 2 = 4"

2)       El conocimiento científico es un conocimiento total: lo que sea, por ejemplo, la inteligencia se agota en lo que la psicología científica me dice actualmente sobre ella.

3)        El conocimiento científico es el conocimiento seguro: las dudas no son asunto de la ciencia; cuando ésta ha logrado un descubrimiento o ha formulado una ley, esta ley se cumple siempre, aquel descubrimiento vale para siempre. Una consecuencia práctica  de  esta  concepción  es  la  que  hemos  elegido  para  dar nombre general a este conglomerado de ideas:

4)       Según ellas las predicciones científicas son infalibles: si la ciencia dice que en tales circunstancias sucederá tal cosa debe suceder; o si, por el contrario, queremos estar seguros de lo que sucederá en tal circunstancia, lo único que debemos hacer es preguntar a la ciencia.

Esta  mitología de la infalibilidad puede darse tanto en el ámbito de las ciencias naturales como en el de las ciencias sociales. En las ciencias sociales responden a una concepción de tipos clásicos, anclada en los tiempos en que se pensaba que la mecánica de Newton y la geometría de Euclides eran el sistema definitivo del mundo. Pero desde entonces acá se ha descubierto, entre otras cosas, que el sistema de Newton es falso y que la geometría de eclidea no es, desde el punto de vista lógico, mas de una de las muchas geometrías posibles, algunas de las cuales, no euclídeas, resulta que se prestan mejor que las de Euclides para representar ciertos niveles de mundo físico.

La aplicación del mito de la infalibilidad de las ciencias sociales era algo que venia exigido por el propio mito una ves que el ámbito de lo social se constituyo en centro de interés científico. La consecuencia más clara de esta transferencia la tenemos en los diversos intentos del siglo XIX. En primer lugar el proyecto positivista de una sociología

 (y un política o administración) científica. En segundo lugar la pretendida demostración de la necesidad del socialismo con bases en el titulo del famoso opúsculo de Engels Del socialismo utópico al socialismo científico. Paradójicamente hoy el mito de la infalibilidad

esta muy desprestigiado en las ciencias naturales, donde nació. Sin embargo, en las ciencias sociales se sigue manteniendo a veces de forma dogmática.    

La filosofía de nuestros días rara vez se defiende de forma explicita una epistemología que responda estrictamente a esta concepción mítica, solvo, si acaso, en aquellas filosofías que menos se han acercado al conocimiento científico en su concreta realidad. Sin embargo, dentro de las filosofías "científicas" se siguen cultivando concepciones muy próximas al mito de la infalibilidad. El verificacionismo (verificación )

del Circulo de Viena (si es que hoy hay alguien que siga defendiéndolo) podría entenderse de un sentido muy próximo al del mito.                      

 La epistemología que subyace al mito de la infalibilidad de la ciencia es inaceptable.

En primer lugar porque con ella se invalida prácticamente yoda la historia de la ciencia, es decir, porque esta en contradicción con un echo fundamental de tal historia: el hecho de que la ciencia evoluciona y de que en esta evolución hay múltiples errores, paso hacia atrás, cambio, modificaciones, etc. En segundo lugar, el carácter de certeza y seguridad que se atribuye al conocimiento científico es algo que hace referencia mas a una actitud psicológica (a una ilusión, en realidad) del sujeto (científico o filosofo) que a una nota intrínseca de la ciencia. Esta no tiene ningún medio para proporcionar un conocimiento cuya certeza este garantizada.

Quizá sea  k. Popper quien mas a contribuido en la actualidad a deshacer este mito de la infalibilidad de la ciencia De acuerdo con su teoría lo que caracteriza a la ciencia no es la infalibilidad, si no precisamente lo contrario: la falibilidad o, más estrictamente, la falsabilidad, es decir el echo de que la ciencia, a diferencia de lo que sucede en teología, astrología, etc., se indican siempre las condiciones en las que podría demostrarse que nuestro conocimiento es falso, que hemos cometido un error. Lo importante para la ciencia no es, en último término, acercar, sino intentar acertar afrontar sin miedo la posibilidad del error.Esta posibilidad se reconoce como un hecho en la historia de la ciencia, un hecho fructífero, pues de cada error salen nuevas enseñanzas que hacen progresar el conocimiento.

Pero precisamente en torno el falsacionismo de Popper se podría reconstruir lo que hemos llamado la formulación débil del mito de la infalibilidad o, más exactamente, su sustitución por el mito de la objetividad y el progreso absoluto del conocimiento científico.

En este nuevo mito, mucho mas vigente en la actualidad, se parte de que la ciencia es falible, de que la verdad científica no es absoluta, definitiva ni total, sino relativa, provisional y parcial, de que el conocimiento científico no es absolutamente cierto, sino, conjetural, ni las predicciones científicas son infalibles. Admitido esto, se entiende que subsisten sin embargo dos valores fundamentales en el conocimiento científico: la objetiva y el progreso. El intento fundamental de la epistemología falsacionista será precisamente hacer compatible estas creencias en la objetividad y el progresote la ciencia con la admisión inicial de la falibilidad, provisionalidad y relatividad del conocimiento científico.

Puede parecer exagerado que  califiquemos aquí de mito a la creencia en la objetividad y el progreso de la ciencia. Para evitar malentendidos hacemos una precisión: lo que consideramos mítico es la creencia en una objetividad absoluta y en un carácter absolutamente progresivo de la ciencia. En principio, por objetividad de la ciencia se entiende que los conocimientos científicos responden a la realidad. Por progreso se entienda que la ciencia en su evolución histórica conoce cada ves mas y mejor la realidad. Ahora bien, tanto la objetividad como el progreso científico se pueden entender en sentido absoluto o en sentido relativo. En sentido absoluto suponen que hay una sola objetividad posible y una sola línea de progreso. En sentido relativo se supone que la ciencia es objetiva en relación con ciertos parámetros o criterios de cierta objetividad, e igualmente que es progresiva en una determinada línea de evolución definida a su vez por criterios concretos.En este último se deja, pues, abierta la alternativa a otros parámetros de objetividad diferentes de los que la que ciencia sigue en un momento dado y a otros criterios de progreso diferentes de los que rigen a lo largo de su desarrollo.

Según el mito de la infalibilidad, la representación científica del mundo es absolutamente correcta, completa y definitiva. Según el mito de la objetividad la representación científica del mundo en un momento dado es falible, parcial y previsión, pero es la única presentación que puede corresponder con la realidad, es la única representación objetiva. Ahora bien, para justificar esta creencia se necesitara un criterio que nos permita saber cuando nuestras presentaciones son objetivas. En principio podría pensarse que este criterio es la práctica (o la verificación). Sin embargo, esta claro que la ciencia es una representación del mundo, no solamente un instrumento para su manipulación: las leyes y teorías pretenden describir el mundo tal y como es, no se limita solamente (como pretenden el instrumentalismo y el operacionalismo) a proporcionar reglas practicas para intervenir en este mundo (del tipo: "si quieres conseguir tal efecto, actúa de tal manera").Ahora bien, el criterio de la practica(o la verificación). Sin embargo, esta claro que la ciencia es una representación del mundo, no nos garantiza que la representación del mundo sobre la que nos basamos para actuar sea objetiva. Pondremos un ejemplo sacado de la parapsicología[4]: el fenómeno de las alusiones puede ser explicado por dos teorías, una que apela a los poderes diabólicos y otra que apela a factores psicológicos y neurofisiológicos. De ambas teorías se pueden derivar esquemas de verificación práctica. En el primer caso se puede demostrar como a través de un complejo sistema de invocaciones al diablo, siguiendo ritos determinados, pueden conseguirse efectos de alucinación en uno mismo o en los demás. Según la segunda teoría los mismos efectos se obtienen por técnicas de sugestión psicológica o simplemente mediante la administración de alucinógenos. Desde esta segunda teoría se puede además reinterpretar los resultados prácticos positivos que se apoyan en la teoría diabólica explicada como en los ritos que tal teoría exige realizar existen factores de sugestión o incluso utilización de alucinógenos. Pero también los partidarios de la teoría diabólica pueden reinterpretar los resultados de la verificación de la teoría neuropsicológica en términos de "poderes diabólicos" atribuidos al experimentador o a las sustancias alucinógenas utilizadas. Tenemos, pues, dos interpretaciones totalmente diferentes del mismo fenómeno con sus correspondientes verificaciones por la practica. Y sin embargo decimos que una teoría es objetiva, responde a la realidad, mientras la otra no ¿Qué base existe para hacer esta atribución?  

También podemos citar a Popper como el autor que, de forma más representativa, ha puesto en claro, casi sin pretenderlo, que la base de la objetividad científica no es otra que el consensos o el acuerdo de los científicos. Admiramos que tal es el único criterio posible de objetividad. Lo que nos interesa señalar es que precisamente tal criterio es de tipo sociológico e histórico, es decir, relativo. Que el mundo que describe la ciencia sea para nosotros el mundo real sólo quiere decir que tal descripción se aviene bien con nuestras creencias más firmes sobre cómo es el mundo. Sin duda este mundo "objetivo" será para una espiritista pura "fantasmagoría". Y con ello naturalmente no queremos decir que los mismos derechos tiene el mundo de los espiritistas a presentarse como un mundo objetivo, sino sólo recalcar la idea de que para nosotros en el mundo objetivo no existan demonios, ello sólo (¡y nada menos!) quiere decir que no somos espiritistas. Mantener entonces la objetividad de la ciencia como un valor absoluto es una pretensión excesiva. Y de malas consecuencias para la ciencia: cámbiese el ejemplo de la parapsicología por el del psicoanálisis y se vera en seguida como la defensa a ultranza de un criterio estrecho de objetividad científica (el que corresponde aproximadamente con el programa científico del conductismo) elimina del campo de la ciencia a un conjunto de teorías sobre las que lo menos que se puede decir es que hoy por hoy siguen ofreciendo un indudable interés como programa de investigación.

En general, podemos decir que el mito de la objetividad absoluta de la ciencia es una variante del dogmatismo implícito en la concepción de la infalibilidad. Supone que lo que es la evidencia establecida hasta el momento debe seguir siendo mantenido en el futuro, porque es la mejor representación posible de la realidad. Esta concepción conduce, pues, a una especie de conservadurismo científico que puede dificultar el desarrollo de la ciencia, especialmente los cambios revolucionarios en ésta y sobre todo aquellos cambios que suponen la instauración de una ciencia enteramente nueva.

            Si estamos dispuestos a admitir que la objetividad científica es relativa, podemos incluso aquilatar  mucho más nuestras condiciones de objetividad y sus límites. Especialmente en el sentido de dar cabida en la ciencia no sólo al acuerdo, sino al desacuerdo radical entre los científicos dentro de un campo mucho más amplio que le que define la llamada evidencia establecida en un momento dado. En concreto podemos contentarnos con unas condiciones de objetividad mucho más amplias, como por ejemplo, la coherencia de la ciencia con una concepción materialista (materialismo) que actuaría como soporte ontológico de la comprensión científica del mundo. Este requisito tiene la ventaja de ser suficientemente amplio y suficientemente crítico. Sobre una base común materialista se puede criticar en realidad casi toda la evidencia establecida hasta el momento. Y sin embargo también es lo suficientemente estricto como para que en su nombre podamos descalificar las posibles pretensiones d objetividad por parte de una parapsicología que hace invocaciones al diablo[5]. Finalmente, queda claro que el materialismo es una posición filosófica típica de una cultura determinada y que, por consiguiente, la objetividad científica que en él se justifica tiene ese carácter relativo (relativo a la cultura) del que hablamos. Pero para defender todo esto hay que discutir otro de los mitos actuales sobre la ciencia: el que se refiere a su neutralidad. Antes de pasar a él, digamos todavía algo sobre el progreso científico.

Para que haya progreso científico es preciso dar por supuesto que el conocimiento científico es objetivo. Pero la idea de progreso tiene un contenido más rico que la simple idea de objetividad. El conocimiento es objetivo si responde a la realidad, es progresivo si cada vez abarca más amplia y profundamente la realidad. Una idea (mítica) tan actual como la de la objetividad absoluta de la ciencia es la del carácter absolutamente progresivo de su desarrollo, que no significa, estrictamente hablando, que la ciencia no comenta nunca errores, sino más bien que, aun con sus errores, la ciencia siempre avanza en su tarea de representar el mundo de la manera más amplia y precisa. En otras palabras podría decirse que, como sucedía con la objetividad (considerada como la única posible), también aquí el mito del progreso absoluto de la ciencia significa implícitamente que la línea de desarrollo que ésta sigue en su evolución es la mejor posible, la que de manera más eficaz garantiza el aumento de nuestro conocimiento. Si la garantía de la objetividad era el mantenimiento de la evidencia establecida y el acuerdo de los científicos sobre la base de tal evidencia, la garantía del progreso de la ciencia será el hecho de que las teorías científicas amplíen cada vez más al ámbito de su aplicación y vigencia (o que las teorías tengan cada vez mayor contenido, sean más comprensivas, etc.).

Está claro, sin embargo, que el progreso científico no tiene carácter absoluto. No se puede negar, desde luego, que la historia de la ciencia presente un carácter progresivo; pero de lo que trata es de saber si la línea de progreso no podría haber ido (en futuro anterior la pregunta no tiene sentido, pero se puede trasladar al futuro simple: si no podrá ir en adelante) por otros derroteros más interesantes. Dicho con otras palabras: en el desarrollo de la ciencia, como en la praxis política, cada paso condiciona a los que van a dar después, y comprometerse por una línea de desarrollo (de investigación) científico es un riesgo de la misma naturaleza que el que se da al comprometerse en una acción política[6]: no hay garantías a priori de que tal línea o acción sea la mas adecuada (para el progreso intelectual o moral de la humanidad o, en otros términos, para la "aproximación a la verdad" o "al bien"). Por eso la acción política sólo puede legitimarse democráticamente (y por consiguiente relativamente: la democracia, en sociedades divididas en clases intereses opuestos, es a lo sumo una democracia "por parcelas"). Se necesitaría pues, igualmente, una especie de metodología democrática para la ciencia[7].

2.         El  mito de la neutralidad de la ciencia.          

 Que la ciencia es neutral es algo demasiado escuchado en nuestros días como para que nos detengamos ahora a justificar la elección de esta nota como característica de la mitificación actual de la ciencia. Trataremos pues únicamente de desnudarla un poco desplegando algunos de los aspectos que encierra.

La neutralidad de la ciencia se plantea en dos dimensiones que denominaremos antológica y axiológica. La neutralidad antológica se refiere a la independencia del conocimiento científico con respecto a toda cuestión metafísica o filosófica sustantiva. La neutralidad axiológica encuentra su versión más conocida y ramplona en la idea de que la ciencia no es ni buena ni mala, sino que todo depende de para qué se utilice: justamente como si la ciencia fuera un artefacto o quizá una fuerza natural a disposición del usuario por un módico precio. Componentes más refinados del mito de la neutralidad axiológica se encuentran en la idea, también muy extendida, de que las ciencias sociales no implican si suponen ni obligan a una determinada forma de acción, sino que simplemente se limitan a proporcionar medios técnicos para conseguir fines previamente dados.

Dentro de este complejo mito de la neutralidad podemos distinguir todavía diversas formulaciones. Nos contentaremos con dos que denominaremos radical y moderada. La formulación radical es también característica  de una concepción positiva. Se apoya en unos cuantos prejuicios sobre la naturaleza de la ciencia. Concretamente los siguientes:

a)       La ciencia se ocupa de hechos y sólo de hechos: las leyes que descubrenop son sino generalizaciones empíricas;

b)       Los hechos son independientes de las teorías e interpretaciones, es decir que sobre un mismo hecho o conjunto de hechos podemos dar en principio diversas interpretaciones teóricas, pero estas interpretaciones no afectan al dato fáctico que permanece así como piedra de toque, juez imparcial de todas las teorías;

c)       Entre hechos y valores o normas hay un hiato insalvable, en el doble sentido de que de los hechos no se pueden derivar normas si sirven para fundamentar valore, y en el sentido opuesto de que las valoraciones y las normas no pueden en modo alguno afectar a la objetividad de los datos fácticos sobre los que se apoya la ciencia.
                                                                                                  

Esta claro que sobre estos presupuestos queda ampliamente fundamentado el mito de
la neutralidad: las cuestiones ontológicas no son si no un caso extremo  y especial de las cuestiones de interpretación teórica, de manera que si se rechaza al "contaminación" teórica de la ciencia, con más razón se rechazara la ontológica.

Pero igualmente esta claro que esta versión radical del mito de la neutralidad de la ciencia es difícilmente sostenible en cuanto se pretende ser minimamente crítico y realista. Hay  en concreto dos principios que son casi axiomas de la actualidad filosofía de la ciencia y que exigen una inmediata revisión del ingenuo neutralismo al que acabamos de referirnos:

1)     No hay hechos sin teorías ni observaciones sin interpretaciones. 

2)     No hay ciencia sin normas y valores.

El primer principio está ampliamente apoyado no sólo por exigencias de la propia reflexión filosófica sobre la ciencia y su metodología, sino también por los propios resultados científicos de la psicología de la percepción y del pensamiento. De hecho el supuesto positivista (y su versión fenomenalista o empirista) de que hay hechos puros (o fenómenos o experiencias puros) se asienta sobre algunas falsas interpretaciones de datos psicológicos elementales como los de la percepción o el pensamiento. La psicología de la forma y la psicología evolutiva de J. Piaget han demostrado en la actualidad que las configuraciones perceptivas y conceptuales no son "puras", sino que en ellas intervienen inevitablemente las aportaciones del sujeto. Por otra parte, a nivel de la metodología de la ciencia, también ha sido Popper quien más ha insistido –hasta lograr generalizar su teoría- sobre la imposibilidad de constatar puros hechos independientemente de su marco teórico.

Paralelamente, a nivel axiológico, se ha puesto de manifiesto, en primer lugar, que la propia ciencia es un valor o un sistema de valores[8], en segundo lugar que la metodología científica es ante todo un sistema normativo, y ello no sólo en el sentido de que por su propia naturaleza de metodología está constituida por un conjunto de reglas o preceptos (que pretender ser realización de valores científicos como la verdad, la intersubjetividad del conocimiento, etc.), sino también en el sentido de que buena parte de las reglas del método científico (y de los valore de la ciencia) son estrictamente reglas y valores morales: por ejemplo la sinceridad de las declaraciones de los científicos en los intentos de refutar teorías[9].

Por último, y por lo que respecta a la ontología o "cuestiones últimas" también esta cada vez más claro que, de una forma u otra, en el lenguaje científico se asumen postulados de existencia de determinadas entidades e incluso que en buena parte de las discusiones teóricas, tanto a nivel de las ciencias formales (lógica y matemáticas) como de las empíricas, conducen en último término a tales cuestiones ontológicas[10]. Pero sobre todo se constata fácilmente que no sólo una determinada ontología puede ser necesaria para una ciencia, sino que la más especulativa de las metafísicas puede temer incluso un valor heurístico o genético para la ciencia[11].

Basándose en estas ultimas constataciones de puede construir una crítica del neutralismo radical, bastante contundente, aunque no deje de ser por ello una nueva forma, más moderada, de neutralismo que, sin embargo, nos sigue pareciendo mítica.

Por lo que se refiere a la neutralidad de la ciencia con respecto a la ontología, la metafísica o la filosofía, el neutralismo moderado pude llegar a admitir dos cosas:

1)    que la ciencia habla de la realidad, no sólo de las apariencias, y en este sentido supone la aceptación de la existencia de tal mundo real, supuesto que desde luego es ontológico o filosófico;

2)    que la metafísica tiene un valor de orientación e inspiración para la ciencia, en el sentido, por ejemplo, en que el atomismo filosófico puede ser un precedente de las modernas concepciones científicas atomistas. Pero, admitido esto, la línea de demarcación se impone después de forma tajante: a pesar de todas las familiaridades que pueden admitirse entre filosofía y ciencia, siempre quedará a salvo la neutralidad filosófica de ésta por el hecho simple de que la ciencia no podrá dirimir entre filosofías opuestas. Puede que una filosofía sea más adecuada que otra o más útil para la ciencia, puede suceder que de facto tal filosofía haya inspirado tales desarrollos en la historia de la ciencia, pero, desde un punto de vista lógico, cualquier filosofía es compatible con el conocimiento científico. Dicho de otra manera: aunque la ciencia implique un compromiso con la ontología, no implica ningún compromiso con esta o aquella ontología. Un enunciado científico supone siempre que "hay" algo tras los fenómenos, pero lo que sea ese algo no está determinado por el enunciado en cuestión ni por ningún otro que tenga estatuto científico: ese algo puede ser lo mismo el propio conjunto de los fenómenos (que quedan así como entidades últimas), que algún mundo de "noúmenos"a gusto del metafísico de turno. Otra forma de expresar lo mismo: aunque no hay discontinuidad entre hechos y teorías (a diferencia de lo que afirmaba el neutralismo radical o ingenuo), existe sin embargo todavía una discontinuidad entre teorías científicas y teorías filosóficas u ontológicas, reflejadas en el hecho de que mientras las relaciones entre teorías científicas y hechos son relaciones lógicas de implicación, las relaciones entre teorías científicas y filosóficas no lo son: una misma teoría científica puede ser compatible con diversas teorías filosóficas incompatibles entre si y viceversa, mientras que en la ciencia –al menos como ideal- una misma teoría científica no puede ser compatible con cualquier hecho ni a la inversa. De esta manera el neutralismo moderado termina en realidad por ser un neutralismo puro, aunque no tan grosero como el que veíamos anteriormente. Sus consecuencias por lo que respecta ala mitificación de la ciencia son, en cambio, similares. Por lo pronto la ciencia continuará siendo una especie de conocimiento "puro" de hechos, por más que estos hechos vengan ahora teñidos de ciertas connotaciones teóricas; en tales connotaciones habrá siempre un límite a partir del cual la inflación de teoría conducirá al abandono automático, y como por decreto, del campo de lo científico[12].

Por lo que respecta ala neutralidad axiológica, la versión moderna del mito se

Refugia, como último reducto inextricable, en le axioma de la llamada falacia naturalista: del hecho, en cualquier caso, no se puede pasar a la norma. De manera que, aunque se admita que para el desarrollo científico se necesita un cierto clima cultural y la vigencia de

un sistema de valores –entre los que habrá de contarse, por ejemplo, la libertad de expresión- , y aunque se admita también que la propia ciencia es un valor que puede servir

de modelo para otras prácticas sociales (propugnando la honestidad del científico, por ejemplo, o aun la pluralidad de opiniones, etc.)[13], sigue quedando en pie el axioma  fundamental del mito del neutralismo que afirma que los resultados de las ciencias son en

última instancia independientes de cualquier sistema de valores, o que los valores científicos son ante todo instrumentales: la ciencia proporciona medios valiosos para realizar fines que, sin embargo, pueden ser a su vez valiosos o no; la ciencia, en fin, aunque necesita un clima de libertad para desarrollarse, puede sin embargo ser utilizada para la opresión de la libertad… sin que esto sea una cuestión de su incumbencia.

En resumen, pues, la posición del neutralismo moderado podría formularse así: aunque existe una relación estrecha entre la ciencia y la filosofía, esta relación es heurística, no lógica, no afecta pues a la "esencia" de las ciencias; y aunque existe una relación entre la ciencia y los valores, esta relación es externa y unilateral: es posible que la investigación científica necesite apoyarse en un sistema determinado de valores y que, por lo tanto, en esta dirección –de los valores a la ciencia- la relación sea bastante estrecha; pero, en todo caso, en la dirección contraria sigue existiendo un hiato insalvable: la ciencia puede afectar derivadamente al sistema de valores de una sociedad pero en si misma y por si misma no crea valores: se mantiene siempre en el campo de lo que es y desde allí no puede nunca pasar a lo que debe ser. Pretender lo contrario sería incurrir en la falacia naturalista.

Ahora bien, aun en esta versión moderada y llena de matices, la pretendida neutralidad ontológica y axiológica de la ciencia nos sigue pareciendo un mito. Su planteamiento y defensa sólo es posible sobre la base de una consideración abstracta de la ciencia que deja a ésta reducida a su dimensión lingüística, e incluso al aspecto puramente sintáctico del lenguaje (sintaxis).

Desde el punto de vista sintáctico, en efecto, la ciencia aparece como un conjunto de enunciados que mantienen entre si determinadas relaciones lógicas (de deducibilidad) (deducción). Basta determinar un subconjunto de tal conjunto como punto de referencia básico por el que habrá que medirse todo enunciado que pretenda ser científico, para descartar ipso facto cualquier enunciado que no mantenga relaciones lógicas con el subconjunto de referencia (llámese este subconjunto el de los enunciados básicos, como en el caso de Popper, o el de los enunciados protocolares en Carnap o Neurath, o incluso el de las teorías más o menos vigentes en un momento dado). Pero basta situarse en un contexto más amplio (aun sin abandonar una caracterización lingüística de la ciencia) como es el de la semántica o la pragmática de un lenguaje para que las cosas se compliquen inmediatamente. A nivel semántico, en efecto, se plantea el problema del significado de los enunciados en cuestión y se descubre inmediatamente que tal significado no es independiente del resto de los enunciados posibles en un lenguaje dado[14], con lo cual parece que el "subconjunto de referencia" queda inmediatamente desdibujado y referido siempre a otros subconjuntos mas amplios, hasta abarcar enunciados metafísicos (e incluso, dentro de éstos, no simplemente declarativos, sino también    valorativos).     Entonces          la justificación de un determinado criterio de demarcación –de la prioridad concedida a una significación determinada de los enunciados científicos- se presenta como una cuestión pragmática y en último término irracionalizable dentro del ámbito de los enunciados en cuestión, una especie de decisión "política". Si abandonamos además el contexto más o menos estático en que hasta aquí hemos considerado el lenguaje científico y atendemos a los procesos de desarrollo de la ciencia (procesos que caracterizan a la ciencia tanto o más- que la propia estructura lógica de ésta) entonces podemos llegar incluso a detectar en que sentido una determinada ontología (no sólo la ontología en general) es precisa para el mantenimiento y el desenvolvimiento de la ciencia. Los trabajos de Bunge, por ejemplo, ponen de manifiesto la necesidad de una ontología no fenomenalista para salir del impasse que supone la interpretación de la mecánica cuántica propuesta por la escuela de Copenhague[15]. En ciencias que afectan más directamente al hombre, como son la biología, la psicología, o la sociología, la adopción de una metafísica pluralista (con diversos niveles integrantes de la realidad) frente a una metafísica monista, o bien de una metafísica materialista frente a una espiritualista (continuidad entre los niveles frente a discontinuidad insalvable al menos en algunos de ellos), es fundamental no sólo para que la ciencia se desarrolle, sino aun para que pueda iniciarse[16].

Finalmente, si ampliamos nuestro contexto más allá del lenguaje, a los aspectos institucionales, sociológicos, culturales de la ciencia y de su historia, entonces veremos cómo las ideas metafísicas, su proliferación, su mantenimiento y su crítica son momentos esenciales de la actividad científica, tal como han puesto de relieve entre otros Feyerabend y Kuhn.

En definitiva, pues, parece que hay que acabar no sólo con el hiato irreductible del positivismo entre hechos y teorías, sino también con el hiato del neutralismo moderado entre teorías científicas y filosóficas.

Otro tanto sucede por lo que respecta a la relación entre la ciencia y los valores. La falacia naturalista conserva todo su vigor en un nivel estrictamente sintáctico, y ello por definición de las reglas del lenguaje. A nivel semántico podría, sin embargo, discutirse si las significaciones de nuestros enunciados declarativos no están afectadas de alguna manera por valoraciones, y aún si nuestros valores no están de alguna manera apoyados por la significación que damos a nuestros anunciados declarativos[17]. A nivel pragmático el primer sentido de la relación está claramente expresado en la fórmula wittgensteiniana: el significado de un término (o una expresión) es su uso en el lenguaje. Suponiendo que los usos lingüísticos estén de alguna forma regulados por normas y dependan, por lo tanto, de valores, estos nos llevarán rápidamente a admitir que, en último término,   los significados dependen de los valores[18]. Con ello sin embargo la ciencia podría seguir siendo neutral para, aunque ya no fuera neutral de (seguiría siendo neutral en sus resultados, aunque no lo fuera en su génesis). Pero la neutralidad para nos sigue pareciendo mítica, aunque para desvelar su carácter mítico tengamos que abandonar el contexto lingüístico de la ciencia. En efecto, es a nivel de la realidad institucional de ésta donde puede ponerse más claramente de manifiesto su ingerencia en el campo de los valores, y ello no de una forma extrínseca sino, por decirlo así, "esencial".

Elegiremos, por ejemplo, el contexto de la contrastación de las teorías científicas, contexto que, aunque rebasa el ámbito estrictamente lingüístico, nadie se atrevería hoy a afirmar que rebasa los límites de lo esencial de la ciencia. En efecto, la contrastación de teorías es una parte integrante esencial del desarrollo y de la investigación científica. Pues bien, en la contrastación de teorías se produce un cierto paso del es al debe, de forma además inevitable. Esto puede quedar claro si revisamos brevemente el esquema de la lógica de la contrastación. Partamos para ello de la lógica de la explicación, la predicción científica, y la aplicación tecnológica de la ciencia.

La estructura de la explicación científica se puede reconstruir como un esquema deductivo. Los elementos que intervienen en él son, por una parte, el enunciado A que describe un acontecimiento que hay que explicar (explanandum), por otra parte la conjunción de los enunciados (o conjunto de enunciados) que explican tal acontecimiento (explanans), entre los cuales hay que contar como mínimo con la teoría T y un enunciado empírico C que describe las condiciones en que tiene lugar el acontecimiento que se trata de explicar:


 

           

La lógica de la predicción científica responde al mismo esquema, sólo que leído en diferente dirección: se parte de una teoría T y unas condiciones iniciales C y se predice la producción del acontecimiento A que era quizá hasta entonces desconocido (en la explicación se parte del conocimiento de A).

Finalmente, se suele presentar la aplicación tecnológica de la ciencia como otra variante del mismo esquema. Aquí el punto de partida es también el acontecimiento A (pero no como dato objetivo que se trata de conseguir) y la teoría T que proporciona un conocimiento relevante para la producción de A; la tecnología lo que hace es crear las condiciones C que a la luz de T sabemos que nos permitirá obtener A.

Pongamos tres casos. Un caso de explicación científica: A es el calentamiento de un gas en ciertas circunstancias; para explicarlo construiremos la teoría T (teoría cinética de los gases) que explicará el acontecimiento A como una consecuencia de la circunstancia C de que el gas en cuestión estaba sometido a fuertes presiones. Un caso de predicción científica: conocemos la teoría T (la misma que en el anterior) y constatamos la presencia de las condiciones C (un gas está sometido a elevadas presiones), inmediatamente predecimos A (el gas se calentará hasta tal o cual grado). Un caso de aplicación tecnológica: deseamos conseguir el objetivo A (calentar un gas), y conocemos la teoría T (la misma), construiremos entonces un aparato que nos permita comprimir el gas hasta el punto requerido según T, creando así las condiciones C para la producción de A[19].

Aceptemos provisionalmente como válida esta caracterización formal de la lógica de la explicación, la predicción y la aplicación de la ciencia. Constataremos que en le último caso, el de la aplicación tecnológica, se debería señalar en estricta justicia la presencia de un enunciado normativo:


 




"Constrúyase C" es desde luego un mandato, no una declaración, pero su fundamentación no reside sólo en T (puramente declarativo), sino en la conjunción de T y "A es deseable" siendo aquí ya este último un enunciado valorativo. Así pues, si esta es la lógica de la tecnología, en ella no se da un paso del es al debe. Pero veamos con lo que sucede con la contrastación.

 El esquema de la contrastación es, en cierto modo, intermedio entre el de la técnica y la explicación. El punto de partida, sin embargo, a diferencia de lo que sucede en la predicción (que también puede servir de contrastación, pero vamos a situarnos en el caso extremo) es solamente la teoría T y algunos presupuestos más generales de la ciencia que por ahora omitiremos:


 
 


A primera vista no parece existir un paso lógico de T a "constrúyase C" y A. Pero ninguna teoría se postula en la ciencia de forma estrictamente gratuita, sino, al menos, en función de un valor matacientífico formulable en términos de "es preciso contrastar T", y entonces el paso lógico es claro:


 

               


Aquí "constrúyase C" aparece como una norma que se deduce lógicamente de la conjunción de T y los dos enunciados matacientíficos. Ahora bien, desde el punto de vista lógico T y "es preciso contrastar T" son independientes; de ahí que pueda decirse que "constrúyase C" no se deriva lógicamente de T; sin embargo, desde el punto de vista de la realidad material de investigación científica T y "es preciso contrastar T" son inseparables, de lo contrario T no sería una teoría científica, sino por ejemplo una expresión poética, mística, etc. Por consiguiente –y como afirmamos antes- T es en la práctica inseparable de "constrúyase C", esto es, la ciencia no sólo depende de normas, sino que crea normas, y los valores científicos no solamente son previos y exteriores a la ciencia, sino también internos a ella y consecuencias de ella. En este sentido, pues, la ciencia, como realidad institucional, no es neutral: impone valores y dicta normas de acción. El caso paradigmático de esta característica podría ser el imperativo de realizar pruebas neutrales (con todas las implicaciones éticas, políticas, etcétera, que conlleva) como condición (al menos así se hace ver a la opinión pública) necesaria para el progreso de la ciencia.

 Antes de pasar a otro punto, unas notas complementarias de lo que acabamos de decir: la primera sobre la relación entre los compromisos ontológicos y axiológicos de la ciencia. Desde luego no son independientes, como tampoco lo son sus respectivas mitificaciones. Quizá uno de los motivos fundamentales para predicar la neutralidad de la ciencia resida en el deseo de no cargar con el fardo de valoraciones que lleva consigo la filosofía; y acabamos de ver como las implicaciones valorativas y normativas que lleva consigo la ciencia dependen de supuestos filosóficos valorativos (hay que contrastar T para saber si es verdadera o falsa, porque hay que conseguir la verdad) fácilmente relacionables con sus correspondientes supuestos ontológicos (el mundo es real) y epistemológicos (podemos conocerlo).

 La segunda sobre la objetividad, el progreso y la neutralidad de la ciencia. Se trata de mitos complementarios. En cierto modo la objetividad es a la neutralidad ontológica lo que el progreso es a la neutralidad axiológica. Si la objetividad es relativa, lo es precisamente porque la ciencia –y sus criterios de objetividad- no son independientes de la ontología (materialista, según postulábamos antes) y ésta es filosófica, no comprobable, no "objetiva". Si el proceso científico es relativo, lo es porque su estimación depende de un sistema de valores y el sistema de valores no es independiente del propio sistema a medir: no se pueden medir los progresos en la estatura de un niño utilizando como medida el tamaño de si propio brazo que va creciendo con él. Por último, el carácter político del desarrollo científico del que hablamos en el apartado anterior no sólo es previo y como exterior de tal desarrollo (en el sentido de la política de investigación científica del correspondiente "ministerio"), sino intrínseco y consecuencia del propio proceso a través del cual se crean valore y se justifican objetivos que se comprometen el desarrollo futuro no sólo científico, sino social en general.

La tercera sobre la contrastación y la técnica. Es fácil advertir las analogías. No se trata solamente de que la técnica puede servir de instrumento de contrastación a la ciencia, sino de que es un elemento indispensable de ésta o, por lo menos, de que ambas, ciencia y técnica, comparten como mínimo un elemento: la norma "constrúyase C" . La diferencia estriba en que si en la técnica "constrúyase C" depende de "A es deseable", en la ciencia depende de "es preciso contrastar T". Esto en términos bastante abstractos. En la práctica es muy posible que el "constrúyase C" de la técnica sea en realidad el punto de partida no sólo para la contrastación de T sino para su misma construcción, para comenzar, pues, el propio proceso de investigación. Si esto fuera así, la técnica no sería el instrumento de contrastación científica, una hija de la ciencia, sino en cierto modo su madre, al menos en determinadas condiciones y casos.

Una última observación sobre los valores y las normas en la ciencia. Nuestra opinión podría resumirse diciendo que, a diferencia del mito moderado de la neutralidad científica, la ciencia no solamente es un valor, sino que crea necesariamente valores; no solamente es una actividad regida por normas, sino que necesariamente genera normas de actuación y actuaciones. O en otros términos: la ciencia no sólo puede ser "aplicada" por la tecnología, sino que debe ser aplicada por la tecnología; no sólo es un instrumento que sirve para diversos fines, sino también un generador de fines y objetivos para la acción. Pero todo esto tan sólo como primera aproximación. Si nos detenemos aquí abocamos a un nuevo carácter del mito actual de la ciencia: su autonomía. Y, sin embargo, como veremos a continuación, la ciencia no es autónoma. En este sentido había que decir que en realidad ni es un instrumento para conseguir objetivos dados, ni tampoco un generados puro de objetivos, sino más bien algo así como un instrumento para generar valores, es decir para justificar objetivos. Con ello entramos de lleno en el apartado siguiente.

3.         Autonomía y primacía de la ciencia. 

Trataremos aquí un último aspecto de la actual mitología de la ciencia. En términos generales podríamos denominarlo el mito de la autonomía. En realidad, sin embargo, este mito tiene dos componentes: la idea de la autonomía de la ciencia estrictamente dicha y la idea (que va siempre, de una forma u otra, conectada con la anterior, aunque no se reduzca a, ni se deduzca de ella) del poder determinante de la ciencia con respecto a otras esferas de la vida social.

Para entender lo que se quiere decir cuando se habla de autonomía, hay que partir de la distinción entre factores internos y externos de la ciencia, o de alguna otra distinción parecida como aspectos lógicos y aspectos empíricos (psíquicos, sociales, etc.). El mito de la autonomía se asienta sobre la concepción de que los factores internos, lógicos, son los únicos relevantes para comprender lo que podría denominarse la "esencia" de la ciencia y de su desarrollo. Por lo tanto, la filosofía de la ciencia sólo atenderá a tales factores y así concebirá a la ciencia y a su desarrollo como algo autónomo, independiente, como una realidad con una lógica propia. Pero no hace falta remitirse a filósofos de la ciencia para topar con este mito de la autonomía: las referencias a la historia y al desarrollo actual de la ciencia que se encuentran en manuales escolares o en informaciones periodísticas abundan en él. Por otra parte el culto al "genio científico", mucho más palpable, no es sino el reverso de la misma mitología.

 Por lo que respecta al pretendido poder determinante de la ciencia sobre otros aspectos de la vida social (a lo que aludimos en el encabezamiento de este apartado con la expresión "primacía de la ciencia"), se trata de una concepción igualmente mítica que sorprendentemente suele acompañar al mito de la autonomía. Sorprendentemente, pues, lo menos que podría pensarse es que si la ciencia es tan autónoma con respecto a los componentes de la estructura y la historia de la sociedad, debería ocurrir también que, con respecto a ellos, la ciencia fuera irrelevante. Si de hecho no sucede así, es porque tras la concepción de la autonomía de la ciencia  se oculta con frecuencia la concepción idealista de la sociedad, en la cual las ideas –que en principio deberían considerarse como un producto, o al menos como un subsistema del sistema social- aparecen en realidad como el motor y el origen de aquélla. De todas las maneras no es fácil, como veremos a continuación, mantener de forma coherente estos dos mitos (autonomía y primacía o poder determinante de la ciencia).

Utilizando terminología del materialismo histórico, podemos decir que para localizar a la ciencia en la estructura social caben dos soluciones: o bien considerarla como parte de la superestructura, o bien considerarla como parte de la infraestructura o base de la sociedad. Parece que para dar cuenta del hecho de que la ciencia es una forma de pensamiento, esta constituida por conceptos, teorías, ideas, etc., habría que situarla en la superestructura. Pero entonces, en buena lógica, no podría considerarse como una realidad autónoma ni menos aún determinante. Por otra parte, si se incluye en la infraestructura, podrá dotársele de un carácter autónomo y determinante, pero perderá su característica de ser una forma de pensamiento para pasar a ser una fuerza productiva más o menos ciega, para quedar en último término reducida a la técnica y la industria.

 Para este dilema se han dado en la actualidad dos intentos de solución. El primero vinculado a una concepción idealista de la ciencia y la sociedad. El segundo supone una concepción mecanicista (mecanicismo) de la que lo menos que se puede decir es que ésta cuajada de confusiones y abocada continuamente al idealismo o la incoherencia. Como ejemplo de la primera postura podemos considerar, una vez más, al racionalismo crítico de Popper. Como ejemplo de la segunda, la idea de la revolución científico-técnica y sobre todo la filosofía "tecnocratita" que de ella se deriva y que presenta diversas versiones, tanto  optimistas como pesimistas, y a su vez tanto de carácter socialista como capitalista.

 La solución del racionalismo crítico es, en el fondo, la más clásica y la más acorde con cierto sentido común que resulta ser en realidad bastante idealista. Se trata de postular que las ideas que mueven a los hombres son el dato fundamental para entender la acción de éstos y que la historia es el resultado de tal acción. En consecuencia el conocimiento científico y su desarrollo –autónomo- son fundamentales para entender la acción de los hombres (los hombres actúan según el conocimiento que tienen de las situaciones) y por consiguiente para comprender la historia humana. Pero de esta forma se desprecia por completo el hecho de que el conocimiento está inserto a su vez en contextos sociales e históricos concretos cuyo estudio nos permite incluso –mal que le pese a Popper[20]- llegar a conocer algo sobre le futuro de la propia ciencia. Y así es como, en último término, el mito de la autonomía y primacía de la ciencia, en sentido popperiano entra en contradicción con los resultados del propio conocimiento científico que nos proporciona la sociología de la ciencia.

 El mito de la revolución científico-técnica parte en cierto modo de postulados completamente contrarios. En principio supone una concepción materialista: la ciencia se considera como una actividad teórica, si, pero ligada a la industria a través de la tecnología.

El dato empírico que apoya esta concepción es lo que ha dado en llamarse "tercera revolución industrial", cuyas notas más importantes son la aparición de la automación          del proceso productivo de la vinculación estrecha que se ha impuesto entre el desarrollo científico, desarrollo tecnológico y desarrollo industrial. El fenómeno es relativamente resiente: ha adquirido su máxima importancia a partir de la segunda guerra mundial con la aparición de disciplinas como la cibernética, la teoría de la información, etc.; y el desarrollo de la electrónica aplicada al cálculo, a la programación, etc. Otros fenómenos externos que permiten localizar esta nueva configuración son perfectamente analizables en términos cuantitativos: la aceleración del ritmo de crecimiento de la ciencia  constatada a través del análisis de la producción bibliográfica, del incremento de la población científica, etc.; fenómenos éstos ampliamente estudiados por la sociología y sociometría de la ciencia[21].

En la versión de la revolución científico-técnica la autonomía de la ciencia viene justificada, en cierto modo, como un aspecto de la autonomía de las fuerzas productivas de una sociedad. Se considera, en efecto, que la ciencia es una fuerza directamente productiva.

            A partir de aquí el carácter determinante de la evolución de la ciencia con respecto a la evolución de la sociedad se justifica de forma bastante fácil. No se tratará ya que los conocimientos científicos condicionen la acción de los hombres, agentes de la historia, sino más radicalmente, de que la revolución científico-técnica opere una trasformación en las condiciones materiales que en último término determinan las formas de la vida y la acción de los hombres en las sociedades. A partir de aquí, sin embargo, caben diversas interpretaciones sobre le sentido de esta influencia de la ciencia en la historia. Tanto interpretaciones pesimistas (la creación de un mundo tecnológico que oprime y "unidimensionaliza" al hombre.) como optimistas la revolución científico-técnica liberará al hombre[22], bien sea en le sentido de que le proporcionará un mayor bienestar sin necesidad de un cambio profundo en la estructura social, bien en el sentido de que impondrá necesariamente una transformación de tal estructura en una dirección socialista. Aquí tomaremos como paradigma de este mito la revolución científico-técnica de versión (que además nos parece la más interesante y respetable) optimista y socialista del equipo de R. Richta[23].

            Los puntos débiles de la ideología de la revolución científico-técnica radican, por una parte, en la concepción que en ella se mantiene sobre las relaciones entre ciencia y técnica. Por otra parte, en la concepción de las relaciones entre ciencia-técnica y actividad industrial.

            Históricamente el origen de ésta ideología tecnocrática (al menos en su versión socialista actual) radica en la sociología de la ciencia que ha puesto claramente de manifiesto los condicionamientos sociológicos de la ciencia en su desarrollo, condicionamientos tanto internos (límites de su crecimiento, etc.) como externos (dependencia con respecto a los presupuestos para investigación a la necesidad de la industria, etc.). En cualquier caso ha dejado en claro que la ciencia es una parte de la estructura social en la que influyen decisivamente factores no lógicos, no ideales, sino, por     decirlo así, materiales: ha puesto, pues, de manifiesto el carácter que solemos llamar institucional de la ciencia. Ahora bien, para pasar de la constatación de la realidad social de la ciencia (Bernal) a la idea del carácter socialmente determinante de la ciencia (Richta) hay que dar un salto en el vació: el salto que supone pasar de la concepción de la ciencia como parte de la superestructura cultural a la concepción de la misma como parte de la infraestructura[24].  El salto se pretende justificar consagrando como nota  esencial del actual pensamiento científico su vinculación con la tecnología. Pero de esta forma nos vemos enfrentados a un nuevo dilema. La relación ciencia-técnica se puede entender en un doble sentido: o bien la técnica no es más que una aplicación de la ciencia (entonces se puede mantener la autonomía de la ciencia, pero sólo se puede justificar su primacía en la sociedad desde un esquema idealista similar al del racionalismo crítico), o bien la ciencia se reduce ala técnica (y entonces la ciencia no es autónoma, sino que viene a ser un sistema de racionalización dominado por el desarrollo técnico que a su vez dependerá de las necesidades de la industria y por lo tanto la ciencia habrá perdido su primacía). Dejamos al lector la tarea de comprobar por cuál de los cuernos del dilema opta de hecho el equipo de Richta, aunque personalmente pensemos que jamás salen de las astas del toro, sino que todo su discurso ideológico consiste en un continuo debatirse dentro de ellas.

            Nos parece que la única forma de evitar las ambigüedades y dar cuenta al mismo tiempo de la realidad institucional de la ciencia es volver al primitivo espíritu de la sociología. Según éste, la ciencia será una parte de la superestructura social; en cuanto tal estará determinada en última instancia por la base de la sociedad;  por consiguiente no es autónoma ni determinante de           la evolución social. Esto nos lleva a replantear el modelo de lo que podrían ser las relaciones entre ciencia, técnica e industria en la sociedad actual.

            Para ello, hay que partir desde una constatación importante y que pertenece también por entero a este complejo fenómeno llamado revolución científico-técnica: el hecho de que la investigación científica esté en gran parte promovida y financiada por la industria. Este dato hace que en el sistema industrial se subvierta de forma radical la lógica de la investigación científica y de su aplicación tal como las veíamos reconstruidas en los esquemas del apartado anterior. En efecto, dentro de tal sistema, la tecnología no aparece en realidad como la búsqueda y construcción de las condiciones C que a luz de T  permiten obtener A. En este esquema el punto de partida era T y A y el resultado tecnológico era C. En la lógica de la investigación científica y técnica industrial el punto de partida en realidad es A y un conjunto dado y restringido de condiciones empíricas (Cr) que se desean aplicar para conseguir A. El objetivo de la investigación científica financiada por la industria es descubrir o inventar una teoría restringida Tr que permite obtener A dentro del conjunto de condiciones Cr. Por poner un solo caso muy actual: la industria de producción de energía está interesada en conseguir el objetivo A de aumentar la producción de electricidad abaratando los costes propios (y con desatención total al posible coste social de la operación), para lo cual desea que el objetivo A se logra en las condiciones restringidas Cr que implican la utilización de la red de distribución y de las materias primas controladas por la compañía en cuestión. En consecuencia, tal industria financiará las investigaciones de teorías Tr relacionadas con la construcción de centrales nucleares, por ejemplo, en vez de financiar proyectos sobre cuestiones relacionadas con la creación de generadores solares. Las diferencias entre este esquema y el esquema ideal de la aplicación tecnológica se aprecian en forma gráfica:





El segundo esquema pone claramente de manifiesto que la creación de teorías, la investigación científica, no es algo autónomo. Tampoco, por consiguiente, primordial en la dinámica social.

Para completar lo dicho sobre la autonomía y la primacía de la ciencia conviene discutir algunas cuestiones. La primera sobre las relaciones entre la industria y la ciencia. El esquema que acabamos de proponer es válido para la investigación científica industrial. Pero no implica que la ciencia en general se reduzca a la ciencia industrial y que, por lo tanto, la investigación científica toda haya de interpretarse en función de ese esquema. No lo implica, pero no porque nos veamos obligados a admitir una esfera no institucional de la ciencia (una ciencia "verdadera", autónoma, etc.), sino porque no hay ninguna razón para pensar que la institución "industria" sea la única institución social. Esto no es cierto históricamente porque la ciencia como fenómeno cultural es en cualquier caso (bien sea que se remonte su constitución al mundo griego o al mundo moderno) bastante anterior a la aparición de la economía industrial. Y no lo es ni siquiera en los tiempos actuales de la llamada "tercera revolución industrial", porque aún ahora siguen existiendo aspectos de la vida social que no pueden reducirse, sin más, a la lógica lineal de la producción. Por una parte subsisten instituciones –como las universidades en muchos casos- que no acaban de encajar bien en la máquina de la industria. Por otra parte –y esto es lo más importante- , el funcionamiento de la producción industrial está lejos de ser coherente: al tiempo que se desarrolla conforme a su propia lógica, desarrolla también instituciones y nuevas configuraciones sociales que entran en contradicción con el sistema de producción. Todas estas esferas de la sociedad, no reducibles a la lógica interna del sistema, son también factores sociales relevantes para la producción del pensamiento científico. La más importante de ellas, muy señalada por los teóricos socialistas de la revolución científico-técnica, pero en general mal aprovechada por ellos[25], es la llamada proletarización del científico o del intelectual, es decir la creación de una fuerza social nueva, con su propia configuración y su incidencia específica sobre la estructura social. A otro nivel, la independencia específica sobre la estructura social. A otro nivel, la independencia y el desarrollo de los pueblos del tercer mundo supone igualmente la instauración de nuevas figuraciones culturales en las que la ciencia  puede adquirir diferentes formas de desarrollo. Esto no significa, pues, que la ciencia no dominada por el sistema de producción industrial sea una ciencia autónoma e "ideal", sino más bien que está determinada en diverso grado por otras esferas de la estructura social.

La otra cuestión que queremos tratar brevemente se refiere a la relación entre nuestro esquema de la investigación científica industrial y el esquema anterior de la contrastación de teorías. A propósito de este último veíamos como la ciencia podía ser generadora de valores y normas. Ahora puede parecer que el esquema de la investigación se orienta en dirección contraria, en la medida en que la construcción de C no es una imposición de T, sino que C es más bien una condición restrictiva para la investigación de T. Los objetivos, las normas, los valores vendrían, pues, dados de antemano. Ahora bien, la contradicción entre los dos esquemas es sólo aparente, porque en realidad cada uno de ellos se mueve en un nivel diferente. El esquema de contradicción es le esquema de un proceso de justificación de conocimientos científicos. El esquema de la investigación es un esquema de producción de conocimientos científicos. Lo que resulta de asumir ambos a la vez, cada uno en su nivel, es precisamente lo siguiente: una cosa es el mecanismo de producción de objetivos en una sociedad, otra el mecanismo de su justificación. Pues bien, la ciencia, a la luz del esquema de contrastación aparece como un generador de valores, es decir, como un justificador de objetivos. Pero los objetivos son propuestos (o producidos) por la sociedad (o, si se prefiere, por los individuos integrados en instituciones sociales).

NOTAS:

________________________________________

[1] Sólo que al revés, pues si la doctrina medieval era un expediente para que la filosofía de la facultad de artes no se viera ahogada por la prepotencia teológica, la pasión de los teofilósofos actuales por demarcar, delimitar, separar su campo del de la ciencia no es si no una reacción defensiva frente a esta.

[2] Tal es la idea que con frecuencia ha defendido A. García Calvo o el mismo Fernando Savater (el pensamiento negativo: del vacío a los mitos).

[3] Dogmatismo en el cual –dicho sea de paso- se parecen mucho al positivismo aquellas filosofías que, por otra parte, "desprecian cuando ignoran", es decir, la ciencia

[4] El ejemplo esta inspirado en otro que expone Feyerabend en "how to be a good empiricist."

[5] En  mi artículo Notas para una teoría postanalitica de la ciencia he expuesto ya esta tesis y el papel que debe jugar en una teoría de la ciencia como la del cierre categorial de G. Bueno.

[6] Me complace constatar a este respecto la inspiración de Feyerabend encuentra para su critica de la metodología (cf. Contra el método) en los textos políticos de gentes como Lenin, Trotsky y Cohn-Bendit.

[7] Y naturalmente, hoy por hoy, esta metodología quizá también tenga que ser "por parcelas": he ahí una salida para el replanteamiento de las diferencias entre ciencias sociales y naturales.

[8] Así, por ejemplo, M. Bunge en Ética y ciencia, por citar sólo el más accesible.

[9] Cf. mi artículo Formalismo y epistemología en la obra de Kart Popper.

[10] Véase W. O. Quine en Desde un punto de vista lógico, especialmente el capítulo "Dos dogmas del empirismo".

[11] Popper lo afirma así en Sobre el carácter de la ciencia y la metafísica, en El desarrollo del conocimiento científico, 215 s., pero sobre todo sus discípulos, como por ejemplo J. Hagáis en The nature c scientific problems and their roots in metaphysics.

[12] Esto justifica una vez más la interpretación que en otras partes he dado de Popper (un moderado) como básicamente positivista. Cf. mi Idealismo y filosofía de la ciencia, especialmente el capítulo I.

[13] Véase a este respecto, aparte de Ética y ciencia de Bunge, el trabajo reciente de C. París: "El reconocimiento de la pluralidad como progreso moral" en el prólogo a Ciencia y cultura. La unidad de la ciencia y la diversidad de las culturas, Symposium de la UNESCO, Madrid (en prensa).

[14] En este sentido hay que entender la concepción holista de Quine. La misma tesis subyace en la crítica que hace Feyerabend de lo que el denomina el dogma empirista de la invariancia del significado.

[15] Cf. M. Bunge, Foundations of physics.

[16] Cf. M. Bunge, Method, model and matter y ¿Es posible una metafísica científica? También M. A. Quintanilla, Notas sobre "la metafísica en el horizonte actual de las ciencias del hombre" de J. Gómez Caffarena.

[17] J. Muguerza es una de las personas que más se ha preocupado de estudiar y relativizar la famosa dicotomía entre el es y el debe. A sus trabajos debo una buena cantidad de inspiraciones para lo que aquí estoy diciendo.

[18] Entre las obras que insisten en la necesidad de investigar las reglas del lenguaje desde una óptica wittgensteiniana está el serio trabajo de J L Blasco, Lenguaje, filosofía y conocimiento aunque dudo que su autor (explícitamente no lo afirma) esté dispuesto a pasar de las reglas a los valores como aquí postulo.

[19] Un tratamiento amplio y matizado de todos estos esquemas en M. Bunge, La investigación científica, especialmente la parte III.

[20] Mal que le pese porque la negativa a aceptar este carácter determinado de la evolución del conocimiento está en la base del argumento que Popper propone como demostración de la imposibilidad de la predicción histórica, argumento que es, por otra parte, la más clara expresión de la concepción idealista de la primacía de la ciencia. Cf. el prólogo de La miseria del historicismo. Bunge es mucho más cauto en este respecto, Cf. La investigación científica, 645 s.

[21] Cf. J. M. López Piñero, El análisis estadístico y sociométrico de la literatura científica y D. J. S. Price, Hacia una ciencia de las ciencias.

[22] C. Paris ha expresado bien esta tensión inherente al concepto de técnica en Mundo técnico y existencia auténtica, aunque parece que al final predomina en él una especie de optimismo tecnológico, si bien propuesto como proyecto desde una postura humana y, en este sentido, nunca libre de cierto dramatismo.

[23] Cf. R. Richta, La civilización en la encrucijada y Progreso técnico y democracia.

[24] No hago aquí sino reproducir la interesante observación de J. Marcelo en "Ciencia, técnica y estructuras", en La revolución científico-técnica.

[25] Una expresión sería la atención casi exclusiva que a este fenómeno presta Comunicación en su introducción al libro de Richta, Progreso técnico y democracia.

 

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Programas de investigación científica

Enlace permanente 18 de Septiembre, 2007, 13:00

Una metodología de los

programas de investigación científica

Imre Lakatos

 

"He analizado el problema de la evaluación objetiva del crecimiento científico en términos de cambios progresivos y regresivos de problemáticas para series de teorías científicas". Estos cambios se dan en los P. I. C. el programa consiste en reglas metodológicas: algunas nos dicen las rutas de investigación que deben ser evitadas (heurística negativa), y otras, los caminos que deben seguirse (heurística positiva). Incluso como conjunto la ciencia puede ser considerada como un enorme programa de investigación dotado de la suprema regla heurística de Popper "diseña conjeturas que tengan más contenido empírico que sus predecesoras".

a.      La heurística negativa: el "centro firme" del programa

Todos los programas de investigación  científica pueden ser caracterizados por su centro firme. La heurística negativa del programa impide que apliquemos el Modus Tollens[1] a este "centro firme"; por el contrario, debemos utilizar nuestra inteligencia para incorporar e incluso inventar las hipótesis auxiliares que formen un cinturón protector en torno a ese centro, y contra ellas debemos dirigir el Modus Tollens. El cinturón protector de hipótesis auxiliares debe recibir los impactos de las contrastaciones y para defender al centro firme, será ajustado y reajustado e incluso completamente sustituido.

En un programa de investigación podemos vernos frustrados por una larga serie de "refutaciones" antes de que alguna hipótesis auxiliar ingeniosa, afortunada y de superior contenido empírico, convierta a una cadena de derrotas en lo que luego se considerará como una resonante historia de éxitos, bien mediante la revisión de algunos hechos falsos o mediante la adición de nuevas hipótesis auxiliares. Por tanto hay que exigir que cada etapa de un P. I. C. incremente el contenido de forma consistente, que constituya un "cambio de problemática teórica consistentemente progresivo".

b.      La heurística positiva: la construcción del "cinturón protector" y la autonomía relativa de la ciencia teórica

La heurística positiva consiste en un conjunto parcialmente estructurado, de sugerencias o pistas sobre cómo cambiar y desarrollar las "versiones refutables" del programa de investigación, sobre cómo modificar y complicar el cinturón protector refutable.  La heurística positiva del programa impide que el científico se pierda en le océano de anomalías. La heurística positiva establece un programa que enumera una secuencia de modelos crecientemente complicados simuladores de la realidad.

En los programas de investigación se habla de modelos, un modelo es un conjunto de condiciones iniciales (posiblemente en conjunción con algunas teorías observacionales) del que se sabe que debe ser sustituido en el desarrollo ulterior del programa, e incluso cómo debe ser sustituido (en mayor o menor medida).

La heurística positiva es más flexible que la heurística negativa; esta avanza casi sin tener en cuenta las refutaciones, así, podemos además evaluar a los programas incluso después de haber sido eliminados, en razón de su poder heurístico, la metodología de los P. I. C. explica la autonomía relativa de la ciencia teórica,  esto no es aceptado por los falsacionistas ingenuos que mantienen que siempre que una teoría quede refutada por un experimento es irracional y deshonesto continuar desarrollándola, "la vieja teoría refutada debe ser sustituida por una nueva no refutada.

c.      Dos ilustraciones: Prout y Bohr [2]

Presenta el ejemplo de Prout, como un programa que de investigación que progresa a través de un océano de anomalías y el programa de Bohr que progresa sobre fundamentos inconsistentes.

Algunos de los P. I. C. más importantes de la historia de la ciencia estaban injertados en programas más antiguos con relación a los cuales eran claramente inconsistentes. Pero la consistencia debe continuar siendo un principio regulador importante, si la ciencia busca la verdad, debe buscar la consistencia; si renuncia a la consistencia, renuncia a la verdad. Pretender que debemos ser modestos en nuestras exigencias, que debemos resignarnos a las inconsistencias continuas sigue siendo un vicio metodológico. Esto no significa que el descubrimiento de una inconsistencia debe frenar inmediatamente el P. I. C.,  puede ser racional poner en programa en una "cuarentena temporal".

Con relación a un programa existen dos posiciones extremas e irracionales: 

1.      La posición conservadora: consiste en frenar el nuevo programa hasta que se solucione de algún modo la inconsistencia básica con relación al programa antiguo: pues es irracional trabajar sobre fundamentos inconsistentes. 

2.      La posición anarquista: con respecto a los programas injertados consiste en exaltar la anarquía de los fundamentos como una virtud y en considerar la inconsistencia débil, bien como una propiedad básica de la naturaleza o como una limitación última del conocimiento humano.

 

Pero Lakatos alaba una posición racional al respecto del tratamiento que debe darse a un programa injertado, para el caso expone el ejemplo de Newton:

"La mejor caracterización de la posición racional es la actitud de Newton, la posición racional es explorar su poder heurístico sin resignarse al caos fundamental sobre el que se está construyendo" se muestra así que el cambio progresivo puede suministrar credibilidad y una racionalidad a un programa inconsistente... además que en la mayoría de los casos no necesitamos refutaciones para saber que una teoría requiere una sustitución urgente.

La dialéctica de los P.I.C. no es necesariamente una serie alternante de conjeturas especulativas y refutaciones empíricas. La interacción entre el desarrollo del programa y los frenos empíricos puede ser muy diversa; la pauta que se cumpla en la realidad sólo depende de accidentes históricos.

 

d.      Un nuevo examen de los experimentos cruciales: el fin de la racionalidad instantánea

Sería equivocado suponer que se debe ser fiel a un P.I.C.  hasta que éste ha agotado todo su poder heurístico, que no se debe introducir un programa rival antes de que todos acepten que probablemente ya se ha alcanzado el nivel de regresión.   Es necesario mencionar que de hecho los P.I.C. pocas veces han conseguido un monopolio completo y ello sólo durante períodos de tiempo relativamente cortos, a pesar de los esfuerzos de algunos. La historia de la ciencia ha sido y debe ser la historia de los P.I.C.  que compiten o si se prefiere de paradigmas, pero no ha sido ni debe convertirse en una sucesión de periodos de ciencia normal (Kuhn); cuanto antes comience la competencia mejor, el "pluralismo teórico" es mejor que el  "monismo teórico" sobre este punto  tiene razón Popper y Feyerabend y está equivocado Kuhn. 

Frente a la pregunta ¿cómo son eliminados los programas de investigación? ; Lakatos dice: "tal razón objetiva la suministra un programa rival que explica el éxito previo de su rival y le supera mediante un despliegue adicional de poder heurístico".  Para entender esta apreciación es necesario entender el concepto de "novedad fáctica", pues esta en relación con la capacidad de predecir un hecho nuevo sólo puede apreciarse cuando ha transcurrido un largo espacio de tiempo.

"Esto indica que no podemos eliminar un programa de investigación en crecimiento simplemente porque por el momento, no ha conseguido superar a su poderoso rival, no deberíamos abandonarlo si constituyera un cambio progresivo de la problemática... mientras un programa pueda ser reconstruido racionalmente como un cambio progresivo de problemática, debe ser protegido durante un tiempo de su poderoso rival establecido.

De los ejemplos establecidos por el autor (Lakatos), en los subtítulos d1, d2, d3, sólo se hará mención a la crítica contra los "experimentos cruciales":

Sólo un proceso extremadamente difícil e indefinidamente largo puede establecer la victoria de un programa sobre su rival; no siendo prudente utilizar la expresión "experimento crucial" de forma apresurada. Se busca plantear la ausencia de experimentos cruciales instantáneos;  pues a ello se adiciona  una nueva dificultad "las enormes dificultades que existen para decidir exactamente qué es lo que aprendemos de la experiencia, qué es lo que ésta nos prueba y qué es lo que refuta".

d4.  Conclusión: El requisito de crecimiento continuo

Los experimentos cruciales no existen, al menos si nos referimos a experimentos que puedan destruir instantáneamente a un programa de investigación, un científico apresurado puede pretender que su experimento derrotó a un programa, pero si un científico del campo derrotado propone unos años más tarde una explicación científica del experimento supuestamente crucial, acorde con el programa derrotado, el titulo de "experimento crucial" puede ser retirado y convertirse en una nueva victoria del programa "derrotado".  Por tanto las teorías de la racionalidad instantánea constituyen un fracaso, la racionalidad funciona con mayor lentitud de lo que tendemos a pensar y además de forma falible.

Esta exposición implica un nuevo criterio de demarcación entre ciencia madura, que consiste en programas de investigación y ciencia inmadura que consiste en una remendada secuencia de ensayos y errores. La ciencia madura consiste en P.I.C. que anticipan no sólo hechos nuevos sino también y en un sentido importante, teorías auxiliares nuevas. Este requisito de crecimiento continuo es la reconstrucción racional del requisito, extensamente aceptado, de "unidad" o "belleza de la ciencia".

Lakatos comparte con Popper "la actitud dogmática de aferrarse a una teoría durante tanto tiempo como sea posible tiene una importancia considerable. Sin ella nunca podríamos descubrir qué hay en una teoría, abandonaríamos la teoría antes de haber tenido una oportunidad real de descubrir su poder y consiguientemente ninguna teoría sería nunca capaz de desempeñar su función de poner orden en el mundo, de prepararnos para acontecimientos futuros, de llamar nuestra atención hacia acontecimientos que de otro modo nunca observaríamos"

Continúa Lakatos "yo miro la continuidad de la ciencia a través de unas gafas popperianas; donde Kuhn ve paradigmas (socio-psicológico), yo veo también "programas de investigación" racionales", en esta última apreciación "racionales" está pensando en Popper.

 

 



[1] Esta regla denominada también el Tollendo Tollens, la cual denotamos por TT, establece que dado un condicional y la negación de su consecuente, podemos concluir la negación de su antecedente

p  entonces  q   (premisa 1)

-q                      (premisa 2)

-p                      (conclusión)

 

[2] En este apartado por tratarse de ejemplos de la ciencia física no haré una síntesis del mismo, me limitare a extraer las ideas que puedan constituir herramienta lógica y metódica para el análisis de la contabilidad que es el tema que  nos compete.

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Fundamentos de Filosofía de la Ciencia

Enlace permanente 18 de Septiembre, 2007, 12:41

SEMINARIO DE EPISTEMOLOGÍA

LUZ, Maracaibo, 2003


En Díez, José y Moulines, C. Ulises (1999):

Fundamentos de Filosofía de la Ciencia.

Barcelona: Ariel. Pp. 27-33


Panorama sucinto de la historia de la filosofía de la ciencia

En sentido estricto, la filosofía de la ciencia, como disciplina filosófica específica y sociológicamente identificable, es relativamente joven, se origina en el cambio de siglo y se asienta definitivamente en el período de entreguerras. Sin embargo, en un sentido más amplio, la filosofía de la ciencia es tan antigua como la filosofía misma. Uno de los principales fenómenos objeto de la reflexión filosófica casi desde los inicios de la filosofía es el conocimiento humano. Ahora bien, parece hoy día generalmente admitido que el conocimiento humano encuentra su máxima expresión en el conocimiento científico, el cual, aunque especialmente importante a partir de la Revolución Científica del siglo XVII, ya estaba presente en algunas de sus formas en la Antigüedad (especialmente geometría, astronomía y estática). Este conocimiento científico fue objeto de especial atención en una reflexión de "segundo orden" ya en algunos pensadores griegos, principalmente en Aristóteles. A él se debe la primera concepción del método axiomático en general, como modo de sistematizar el conocimiento científico, concepción que luego fue aplicada (con ligeras variantes) por Euclides a la geometría y por Arquímedes a la estática.

No podemos exponer aquí la historia de la filosofía de la ciencia con mínimo detenimiento, tarea que exigiría por sí misma un tratado de la misma extensión, sí no más, que el presente. Aquí sólo podemos señalar muy someramente los hitos más sobresalientes en el desarrollo de nuestra disciplina (para un estudio más detenido, aunque todavía abreviado, de toda su historia, cf. Losee, 1972; para la historia reciente, cf. p.ej. Brown, 1977 y Echeverría, 1989). Por lo demás, una porción considerable de la evolución de temas, corrientes y autores a partir de la Segunda Guerra Mundial se tratará con detalle, aunque sin pretensiones historiográficas, en diversas partes de esta obra (cf. especialmente caps. 7 a 10 y 12).

El advenimiento de la llamada "Revolución Científica" (no discutiremos aquí la pertinencia o no de esta denominación), fenómeno cultural cuyos inicios pueden fecharse con los trabajos de Simon Stevin en mecánica y Johannes Kepler en astronomía, a principios del siglo XVII, y cuya conclusión puede verse en la síntesis newtoniana al final del mismo siglo, proporcionó pronto material científico suficiente como para que algunos pensadores, ya fueran ellos mismos científicos practicantes o no, se pusieran a reflexionar sobre lo que ellos u otros hacían al hacer ciencia empírica. Las cuestiones de método pasaron al primer plano de esta reflexión, siendo la pregunta fundamental: ¿cuáles son las reglas que determinan el buen método de investigación científica? Por eso podemos caracterizar estos primeros conatos de una reflexión de segundo orden sobre la ciencia como una filosofía principalmente normativísta. El tratado más sistemático, divulgado e influyente de metodología científica en esta época fue el Novum Organon de Francis Bacon, cuya concepción puede considerarse precursora de una curiosa combinación de la metodología inductivista con la hipotético-deductivista en el sentido actual. Bacon no fue en rigor un científico profesional, sino precisamente alguien que hoy día consideraríamos como un especialista en filosofía de la ciencia. Pero también algunos de los grandes campeones de la ciencia del momento dedicaron una porción considerable de su esfuerzo intelectual a la reflexión de segundo orden sobre lo que ellos mismos estaban haciendo. Los dos casos más notables son René Descartes e Isaac Newton, ambos impulsores del método axiomático en física. De manera explícita y sistemática formuló Newton su metodología general bajo el título Regulae Philosophandi (o sea "Reglas para filosofar", donde `filosofar' significa aquí "hacer investigación empírica"), al principio de la Tercera Parte de su obra cumbre, los Philosophiae Naturalis Principia Mathematica. Estas Regulae pueden entenderse como un "mini-tratado" de filosofía de la ciencia.

Si la actitud normativista es lo que caracteriza estos primeros conatos de la filosofía de la ciencia en el siglo XVII, en cambio, en el siglo siguiente, cuando la idea general de una ciencia matemático-experimental ya estaba bien establecida, es más bien el punto de vista descriptivista el que predomina en los estudios sobre la ciencia. Ello es particularmente manifiesto en los enciclopedistas, especialmente D'Alembert y Diderot. Se intenta dar aquí una visión sistemática y de conjunto de las diversas disciplinas científicas y sus interrelaciones.

En contra de lo que a veces se supone, no hay una filosofía de la ciencia verdaderamente tal en los empiristas británicos del siglo XVIII. Lo que hay en ellos es una teoría crítica del conocimiento humano en general, la cual tiene implicaciones para la filosofía de la ciencia sólo en la medida en que ciertos temas muy generales de la filosofía de la ciencia son también temas de la teoría del conocimiento (por ejemplo, percepción, causalidad, inducción) y en el sentido de que si se cuestiona toda forma de conocimiento humano, ello obviamente también tiene consecuencias para la forma específicamente científica del mismo. De hecho, las filosofías de Berkeley y Hume no planteaban tesis precisamente constructivas con respecto a la ciencia establecida de su tiempo: Berkeley no creía en la relevancia de la matemática para el conocimiento empírico, y Hume no creía ni en la causalidad ni en la inducción; pero precisamente estos tres elementos, matematización, causalidad e inducción, constituían los pivotes de la síntesis newtoniana (y no sólo de ella).

La filosofía de la ciencia no recibe un nuevo impulso hasta finales del siglo XVIII con la obra de Immanuel Kant. La filosofía trascendental kantiana (especialmente en sus planteamientos de la Crítica de la Razón Pura y los Fundamentos Metafísicos de la Ciencia Natural) representa un hito importante en la "protohistoria" de nuestra disciplina y ello no sólo por su influencia en las discusiones posteriores hasta bien entrado el siglo XX, sino también porque es el primer ejemplo histórico de lo que hemos denominado antes un modelo interpretativo de la ciencia, una metateoría sistemática de las teorías científicas. En efecto, Kant se encuentra ya con dos teorías bien establecidas, la geometría euclídea como teoría del espacio físico y la mecánica newtoniana como teoría del movimiento, y se pregunta por la estructura esencial que "se esconde" detrás de estas teorías; quiere establecer lo que hace comprensible por qué ellas proporcionan conocimiento genuino de la realidad empírica, aun siendo tan altamente abstractas o "ideales". La teoría kantiana de los juicios sintéticos a priori, de las categorías del entendimiento y de las formas puras de la intuición (espacio y tiempo) puede verse como una propuesta de interpretación general de aquello que es esencial en el conocimiento científico, y que está paradigmáticamente contenido en la geometría y la mecánica. La respuesta kantiana en sus rasgos específicos probablemente ya no sea aceptada hoy día por ningún filósofo de la ciencia. Sin embargo, ella marcó la pauta de la discusión de una serie de temas y conceptos que han jugado un papel central en la filosofía de la ciencia de la época contemporánea (relación teoría-experiencia; función de las matemáticas en la ciencia empírica; carácter de las regularidades nómicas; naturaleza de la causalidad, del espacio y del tiempo; ...).

De los filósofos del idealismo alemán posteriores a Kant no puede decirse propiamente que hicieran contribuciones significativas a la filosofía de la ciencia, al menos tal como entendemos ésta hoy en día. Más bien se trató en ellos, sobre todo en Hegel y Schelling, de una filosofía de la naturaleza, es decir, una especulación filosófica directa (de "primer orden") sobre la realidad empírica, basada en sus propios sistemas metafísicos. En realidad, estos filósofos se mostraron muy escépticos, cuando no abiertamente opuestos, al espíritu de la ciencia empírico-matemática moderna, tal como ella se desarrolló a partir del siglo XVII. Con cierta benevolencia, podría verse en sus especulaciones el intento de formular un programa alternativo al de la ciencia moderna, proyecto que al final condujo a un callejón sin salida.

La filosofía de la ciencia como explícita reflexión de segundo orden sobre la ciencia retorna vuelo en la primera mitad del siglo XIX con la obra de Auguste Comte, el fundador del positivismo. Dentro de la clasificación general de enfoques que hemos presentado más arriba cabría considerar el enfoque comtiano como primordialmente descriptivista: se trata de presentar la totalidad de las disciplinas establecidas de su tiempo dentro de un esquema jerárquico general, tanto en perspectiva sincrónica como diacrónica. Ahora bien, de su descripción general de lo que considera el estado de la ciencia de su época, Comte saca también algunas consecuencias normativas acerca de cómo hacer "buena ciencia", que posteriormente iban a tener bastante influencia en los practicantes mismos de algunas disciplinas, como la medicina y las ciencias sociales. Un enfoque parecido puede verse en otro autor de mediados del siglo XIX, John Stuart Mill, en quien, sin embargo, la problemática metodológico-normativa iba a jugar un mayor papel, y a tener una influencia posterior más profunda, que en el caso de Comte.

Los planteamientos kantianos, que habían quedado eclipsados por largo tiempo, retoman con vigor a finales del siglo XIX y principios del XX, con una serie de corrientes, escuelas y autores que, aunque muy distintos entre sí, toman su fuente de inspiración más de Kant que del positivismo inmediatamente anterior, y con ello elaboran enfoques más bien interpretativos (metateóricos) en el sentido apuntado más arriba. Los filósofos de la ciencia más obviamente influidos por Kant fueron, por supuesto, los neokantianos, con Ernst Cassirer a la cabeza, quienes trataron de compaginar del mejor modo posible los principios de la teoría kantiana original con los nuevos desarrollos de las ciencias, especialmente de la física. Pero, además de los neokantianos, a esta época pertenecen una serie de autores que, aun siendo más o menos críticos (a veces radicalmente críticos) de Kant, retomaron las preocupaciones y el modo de encarar los problemas de éste y elaboraron sus propias metateorías en el sentido de modelos acerca de la estructura esencial del conocimiento científico, sobre todo de la física. De esta plétora de enfoques aquí sólo podemos mencionar unos pocos, aquellos que mayor influencia tuvieron en la filosofía de la ciencia posterior: el "pseudo-kantismo" empirista de Hermann von Helmholtz, el convencionalismo de Henri Poincaré, el instrumentalismo de Pierre Duhem, el pragmatismo de Charles S. Peirce y el empirio-criticismo (quizás sería más adecuado calificarlo de "operacionalismo radical") de Ernst Mach. Aunque existen profundas discrepancias entre estos pensadores, tienen, no obstante, un indudable "aire de familia". Por las preocupaciones, intereses y objetivos que comparten, puede considerarse a estos autores uno de los puntales para la formación, en la generación inmediatamente posterior, de la filosofía de la ciencia tal como la entendemos hoy día como disciplina relativamente autónoma. (Otros pensadores importantes en este proceso de gestación de la disciplina, a los que sólo podemos aludir aquí, son Herschel, Whewell, Jevons, Hertz y Campbell).

El otro gran puntal para la constitución de nuestra disciplina fue la lógica moderna, establecida de nuevo cuño por Gottlob Frege en el último cuarto del siglo XIX, y que iba a ser consolidada y propagada por los Principia Mathematica de Bertrand Russell y Alfred N. Whitehead a principios del siglo XX. Como parte de este otro puntal habría que incluir, en realidad, no sólo la lógica en sentido estricto, sino la filosofía de la lógica y las investigaciones sobre fundamentos de las matemáticas iniciadas en esa época por los propios Frege y Russell, pero no sólo por ellos, sino por muchos otros autores, entre los que cabe mencionar a David Hilbert y Ludwig Wittgenstein.

Sobre estos dos puntales -el del contenido de los temas y planteamientos, debido a los físicos-filósofos de fines del XIX y principios del XX, y el del método, debido a los lógicos y fundamentadores de las matemáticas- se constituye, inmediatamente después de la Primer Guerra Mundial, la nueva disciplina de la filosofía de la ciencia. Ello es obra principalmente (aunque no exclusivamente) de dos grupos de investigadores que iban a causar un impacto duradero y profundo no sólo en el desarrollo de la filosofía de la ciencia, sino en el de la filosofía en general para el resto del siglo: el Círculo de Viena, con Moritz Schlick, Rudolf Carnap y Otto Neurath como figuras señeras, y el Grupo de Berlín, con Hans Reichenbach a la cabeza. En este período, que duró aproximadamente hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial y al que, de manera bastante laxa, suele subsumirse bajo el epíteto de "positivismo lógico" o "empirismo lógico", se establecieron los temas principales de la filosofía de la ciencia y sobre todo el modo de abordarlos. Por ello puede considerarse esta fase como el período constituyente o "germinal" de la actual filosofía de la ciencia, a pesar de las innumerables y a veces agrias controversias que tuvieron lugar (tanto con los adversarios de la filosofía de la ciencia así entendida como entre los propios representantes de la misma) y de que la casi totalidad de las tesis sustantivas sostenidas entonces (como el verificacionismo, el fenomenalismo, el fisicalismo y el sintactismo) han sido rechazadas posteriormente.

A este período constituyente siguió, después de la Segunda Guerra Mundial y hasta mediados de los años sesenta, lo que suele calificarse como período clásico de nuestra disciplina, en el que se acuña y desarrolla lo que se conocerá como la Concepción Heredada(`Received View'). En él se articularon de manera definitiva muchos de los conceptos, problemas y análisis que siguen presuponiéndose hoy día. Además de los ya citados Carnap y Reichenbach, que siguen haciendo aportaciones importantes e influyentes (sobre todo el primero, pues el segundo morirá apenas iniciado este período), los autores más destacados son Karl R. Popper, Carl G. Hempel, Herbert Feigl, Nelson Goodman y Ernest Nagel. El extenso tratado de este último, La Estructura de la Ciencia, de principios de los sesenta, representa la síntesis más completa de la filosofía "clásica" de la ciencia. Por supuesto que, en muchos aspectos, tanto de contenido como de forma, esta filosofía de la ciencia puede considerarse hoy en día como "superada"; no obstante, su trasfondo conceptual y temático está presupuesto, de manera implícita o explícita, en los enfoques posteriores y resulta imprescindible para comprender y valorar cabalmente estos últimos. Ninguna persona seriamente interesada en la filosofía de la ciencia actualmente puede permitirse desconocer los elementos esenciales de las aportaciones de dicho período, aunque sólo sea para "refutarlos". Por lo demás, a pesar de todas las "superaciones" y "refutaciones" posteriores, hay una serie de resultados y conceptos característicos de esta época que pueden considerarse sólidamente establecidos y que no pueden pasarse por alto en un estudio mínimamente completo de la disciplina. Tanto los elementos controvertidos o superados de la filosofía clásica de la ciencia, como los resultados firmemente asentados de la misma, constituyen buena parte del contenido de este libro, especialmente los caps. 3, 7, 8 y 12.

Sobre las contribuciones de los enfoques posteriores a la filosofía clásica de la ciencia nos extenderemos en los capítulos 7, 9, 10, 12 y 13. Aquí indicaremos sucintamente sus rasgos más sobresalientes. Aparte de ciertos desarrollos colaterales, en la filosofía "posclásica" de la ciencia pueden identificarse dos líneas claramente distinguibles: por un lado, la corriente historicista, y por otro, las concepciones llamadas frecuentemente semánticas, aunque quizás sería más propio calificarlas de modeloteóricas o representacionalistas (ninguna de estas denominaciones es completamente apropiada, pero de momento no disponemos de otras mejores; quizás algún futuro historiador de las ideas logre forjar una clasificación más adecuada). Estas dos líneas tienen orígenes y motivaciones muy diferentes, pero no por ello son necesariamente incompatibles; como veremos en diversas partes de esta obra, en el caso de algunos enfoques particulares de una y otra línea (como el kuhniano y el estructuralista) puede hablarse de un acercamiento o principio de síntesis. Por otro lado, e independientemente de su diferente origen e intereses, ambas líneas se caracterizan en buena medida por su vocación de ruptura, por su oposición a una serie de elementos, diferentes en cada caso, considerados esenciales de la concepción clásica. En la corriente historicista, la oposición es mucho más manifiesta y genera abierta polémica; en los enfoques semánticos la oposición es más sutil, pero en algunos de sus aspectos igual de radical, si no más. Sin embargo, y sin negar los elementos reales de crítica profunda presentes en estas nuevas orientaciones, la ruptura es menos drástica de lo que a veces se pretende; los elementos de estas nuevas concepciones que provienen de la etapa clásica son, incluso en el caso de los historicistas, más numerosos y significativos de lo que con frecuencia se piensa, principalmente respecto del ámbito de problemas abordados y de algunos de los conceptos más básicos utilizados para el análisis.

Por lo que a la revuelta historicista se refiere, aunque en las décadas anteriores hay algunos precursores de la crítica historicista a la filosofía clásica de corte "positivista" (principalmente Ludwik Fleck y Michael Polányi), la corriente historicista se hace fuerte como nueva alternativa a partir de los años sesenta, principalmente con los trabajos de Thomas S. Kuhn, Paul K. Feyerabend e Imre Lakatos, entre los que destaca de modo particular La estructura de las revoluciones científicas de Kuhn, aparecido en 1962. Estos trabajos se autoconciben (y así son también interpretados por el público interesado) como una "rebelión" contra la filosofía de la ciencia establecida, tanto en su vertiente "carnapiana" como en la "popperiana". El principal y más explícito reproche que estos autores hacen a la filosofía clásica de la ciencia estriba en que ésta no se tomara la historia de la ciencia en serio y que, en consecuencia, presentara una imagen muy pobre, totalmente inadecuada, de la dinámica del conocimiento científico.

El énfasis puesto en la relevancia de los estudios historiográficos para la filosofía de la ciencia parece ir aunado, en los autores historicistas, con un desprecio total por el uso de métodos formales en nuestra disciplina. Por ello se ha calificado a veces a la filosofía historicista de la ciencia como una filosofía "anti-formalista" por oposición a la filosofía "formalista" clásica. Sin embargo, esta divergencia es menos significativa de lo que puede parecer a primera vista. Por un lado, no todos los autores o enfoques importantes dentro de lo que hemos dado en llamar filosofía clásica de la ciencia hicieron uso sistemático de métodos formales; por ejemplo, dos de los más característicos tratados de dicha filosofía, La lógica de la investigación científica de Popper y La estructura de la ciencia de Nagel (que suelen considerarse como objetivos de ataque por parte de los historicistas), apenas utilizan alguna formalización. Por otro, no todos los autores historicistas se mostraron tajantemente adversos a los métodos formales. Si bien Feyerabend se declara explícita y enfáticamente antiformalista, Kuhn y Lakatos, por su lado, no rechazan por principio la oportunidad de la formalización en ciertos contextos, sino sólo el modo específico en que sus adversarios "clásicos" lo hicieron.

Más significativa es otra divergencia con la filosofía clásica de la ciencia que, aunque planteada de manera más implícita que explícita, iba a resultar a la larga más profunda: los historicistas proponen una noción intuitiva de teoría científica mucho más compleja, que pone de manifiesto el carácter excesivamente simplista del concepto de teoría común tanto a carnapianos como a popperianos (cf. cap. 9); esta innovación es la que se encuentra muchas veces tras polémicas aparentemente centradas en otras cuestiones (cf. cap. 12 §5).

Esta última es también la objeción más fuerte y explícita que hace la otra línea de la nueva filosofía de la ciencia, la de las concepciones semánticas o modeloteóricas: la idea clásica de tomar las teorías científicas simplemente como sistemas axiomáticos de enunciados es demasiado primitiva e inadecuada a la complejidad estructural de las teorías. Con esta crítica general está emparentada otra de carácter más particular, pero no menos importante: la escasa importancia que revisten en la filosofía clásica de la ciencia los estudios de casos, es decir, el análisis y la reconstrucción detallados de ejemplos reales de teorías científicas. Por ello, es característico de las concepciones semánticas (si no de todas, al menos sí de una gran parte de ellas) el haber dedicado una gran porción de sus esfuerzos al análisis muy detallado de teorías concretas, al menos mucho más que la corriente clásica, y también que la historicista.

Esta línea es en parte anterior y en parte posterior a la línea historicista. En realidad, aún menos que la filosofía clásica de la ciencia y que la historicista, puede hablarse aquí de una concepción unitaria. Se trata más bien de una familia muy difusa de enfoques. Sus raíces comunes están en los trabajos de reconstrucción de teorías de Patrick Suppes y sus colaboradores (especialmente Ernest W. Adams) en los años cincuenta y sesenta. Éstos inspiraron la emergencia del estructuralismo metateórico de Joseph D. Sneed y Wolfgang Stegmüller en los años setenta y del empirismo constructivo de Bas van Fraassen en los años ochenta. A esta familia pueden asignarse también los trabajos de Frederick Suppe y Ronald Giere en EE.UU., del grupo polaco alrededor de Marian Przelecki y Ryszard Wójcicki, y los de la Escuela Italiana de Toraldo di Francia y Maria Luisa Dalla Chiara, todos emergentes más o menos por las mismas fechas. A pesar de las considerables diferencias que existen entre estos enfoques en cuanto a intereses, métodos y tesis sustantivas, su "aire de familia" les proviene de que en ellos juega un papel central la idea de que las teorías científicas, más que sistemas de enunciados, consisten en sistemas de modelos, en cuanto que estos últimos son representaciones conceptuales (más o menos idealizadas) de "pedazos" de la realidad empírica (de ahí la denominación semánticas o modeloteóricas o representacionales para estas concepciones). Y, a diferencia de los historicistas, estos enfoques no ven ninguna dificultad en el uso de instrumentos formales en el análisis de las teorías científicas: al contrario, su reproche a la filosofía clásica de la ciencia no es que ésta haya usado (a veces) métodos formales, sino que los utilizados (en lo esencial, la lógica de primer orden) eran demasiado primitivos y por ello inapropiados a la tarea; conviene utilizar porciones "más fuertes" de las ciencias formales: teoría de modelos, teoría de conjuntos, topología, análisis no-estándar, teoría de categorías, etc.

Carecemos todavía de la suficiente perspectiva histórica para presentar una evaluación mínimamente ajustada de los desarrollos en la filosofía general de la ciencia de los últimos años. Concluiremos este breve recuento histórico señalando solamente lo que, al menos a primera vista, parecen ser rasgos notorios de la situación actual. Por un lado, la filosofía historicista de la ciencia parece haber dado todo lo que podía dar de sí, al menos como propuesta de metateorías generales. Ella parece haber desembocado, o bien en una pura historiografía de la ciencia, o bien en un sociologismo radical de corte relativista y frontalmente adverso a cualquier teorización sistemática (que no sea sociológica). En cambio, los enfoques de la familia semanticista han seguido desarrollándose y articulándose como metateorías generales de la ciencia; una tendencia que parece cada vez más fuerte dentro de al menos parte de esa familia estriba en combinar la línea modeloteórica general con conceptos y métodos de las ciencias cognitivas y de programas computacionales de simulación. Asimismo es notoria la proliferación cada vez mayor de estudios de casos, es decir, de interpretaciones y reconstrucciones de teorías particulares de las diversas disciplinas, inspiradas de modo implícito o explícito en las metateorías generales, pero que también pueden llevar a una revisión de estas últimas. Se trata en lo esencial, pues, de un desarrollo acelerado de lo que más arriba hemos caracterizado como filosofía especial de la ciencias, la cual, como hemos advertido, no es tema de este libro.

 

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Sobre el concepto de thema en Gerald Holton

Enlace permanente 17 de Septiembre, 2007, 13:36

Sobre el concepto de thema

en la obra del filósofo de la ciencia Gerald Holton

Julián Jesús Martínez López. Marzo de 2006.

PRESENTACIÓN

El concepto de thema es un concepto acuñado por el profesor Gerald Holton, actualmente profesor emérito en la universidad de Harvard, con una larga trayectoria desde los años cuarenta,  en historia y filosofía de la ciencia, especialmente de la ciencia física.

Para elaborar este artículo nos hemos centrado en cuatro capítulos de tres libros de Holton, que referenciamos  a continuación:

    * Los "themata" en el pensamiento científico (cap.1), in Holton, Gerald: Ensayos sobre el pensamiento científico en la época de Einstein. Alianza Universidad. Madrid, 1982. En su versión original este capítulo se publicó  en el libro Holton, Gerald: The Scientific Imagination. Cambridge University Press, 1978.

    * Los orígenes de la complementariedad (cap.3),  in Holton, Gerald: Ensayos sobre el pensamiento científico en la época de Einstein. Alianza Universidad. Madrid, 1982. En su versión original este capítulo se publicó  en el libro Holton, Gerald: The Scientific Imagination. Cambridge University Press, 1978. 

    * El elemento temático en la ciencia (cap 14.3), in Holton, Gerald: Introducción a los conceptos y teorías en las ciencias físicas (2ª edición corregida y revisada por Stephen G. Brush). Editorial Reverté. Barcelona,1993. En su versión original este capítulo se publicó  en el libro Holton, Gerald: Introduction to Concepts and Theories in Physical Science, Second edition. Addison-Wesley. Massachussets.

    * La imaginación en la ciencia (cap.4), in Holton, Gerald: Einstein, historias y otras pasiones. Ed. Taurus. Madrid,1998.  En su version original este capítulo se publicó en el libro Holton, Gerald: Einstein, History, and Other Passions. AIP Press. Woodbury.NY,1995.

En principio abordaremos una aproximación  general al concepto de thema, y después haremos una reflexión más concreta, centrada en un ejemplo que da el mismo Holton  sobre los orígenes de la complementariedad en la física atómica (Holton,1982:pp.118-164). La apuesta que hacemos en este artículo es a favor del uso de nociones del tipo de  de thema para abordar el análisis de las representaciones científicas en lo que tienen en común con representaciones no científicas de las culturas.  Creemos por tanto que la noción de thema u otras afines pueden ser muy útiles para estudiar la ciencia en su relación con la cultura y viceversa.

 
El CONCEPTO DE THEMA EN LA OBRA DE HOLTON

 Antes de explicar específicamente la noción de "thema", veamos algunas caracterizaciones que Holton da al hecho científico.

Holton señala ocho aspectos significativos a estudiar en un acontecimiento científico (HOLTON, 1982:pp.19-22):

   1. El contenido conceptual-científico del acontecimiento dentro de los contenidos científicos de su tiempo.

   2. El desarrollo evolutivo-conceptual de ese acontecimiento científico desde conceptos anteriores a conceptos posteriores.

   3. La singularidad creativa del investigador que promovió dicho acontecimiento,  Holton habla del momento del surgimiento de la nueva idea, del "contexto de descubrimiento", y de cómo  se gesta dicha idea en la mente del científico o del equipo de científicos.

   4.  La trayectoria profesional del investigador que promovió dicho acontecimiento, es decir, su biografía profesional.

   5. La trayectoria vital del investigador, esto es, su desarrollo psicobiográfico. Se trata aquí de relacionar el trabajo científico con la vida privada, cotidiana.

   6. El contexto social de la comunidad científica y de sus instituciones.

   7. El contexto histórico y social extracientífico. Las relaciones del contexto científico con el contexto cultural más amplio. Holton cita particularmente las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad, y entre ciencia y literatura y entre ciencia y ética.

   8. El análisis lógico de la obra estudiada. Holton confiesa que este punto fue el que primero tocó en sus estudios de historia y filosofía de la ciencia, primero siendo estudiante de P.W. Bridgman y Phillip Frank, y luego, como colega de ambos.

Holton señala que estos dominios están interactuando, no son autónomos y que el estudio por separado que cada uno de ellos es una abstracción analítica impuesta por las limitaciones humanas. Pero, contemplando estos ocho elementos,  opina que hay algo que no encaja, pues, con estas perspectivas no termina de entenderse el comportamiento científico, por ejemplo, cuando se mantienen de un modo pertinaz teorías, utilizando argumentaciones "ad hoc", pese a que los experimentos las invalidan. Holton propone un noveno elemento a tener en cuenta: el análisis temático. Hay "themata" (plural de thema) que están implícitos en los debates y en las actividades de los científicos y que entran en relación con la cultura general y el contexto sociohistórico, pero no sólo de su tiempo, sino que se extienden a lo largo de épocas diferentes.

Holton desarrolla una presentación muy  gráfica del lugar que ocupan esos themata en las consideraciones del estudioso respecto de un hecho científico (Holton,1993: pp.314-317). Se imagina una proyección tridimensional con los tres ejes del espacio. El eje de X representaría las proposiciones empíricas del hecho científico, el eje de las y representaría las relaciones lógicas y matemáticas del hecho científico. Así, conceptos, leyes e hipótesis se podrían imaginar como  líneas trazadas con coordenadas xy.

Pero hace falta añadir una dimensión más al estudio del hecho científico: la dimensión temática, los "themata". Holton los emparenta con los "axiomas de la física" a los que, según nos cuenta, se refirió Copérnico, y que están más allá de las observaciones empíricas, y también los relaciona con las afirmaciones de Bertrand Russell , en obras como Human Knowledge, sobre "suposiciones previas", que no son necesarias ni empírica ni lógicamente. Esta nueva dimensión estaría representada por el eje z. Entre los ejemplos que da Holton para ilustrar esto tenemos el del thema de "principio de potencia" que aparece recurrentemente en la historia de la ciencia y que iría desde la "energueia" aristotélica al concepto físico moderno de "fuerza". Otros ejemplos serían: el thema  de "invariabilidad o constancia en el universo", que podría rastrearse en la conservación del movimiento de Descartes y en el principio moderno de conservación de la energía, o las díadas de themata, como los dos themata "continuidad"-"discontinuidad", relacionados por oposición e intercalándose a lo largo de la historia, que tienen una expresión moderna en los debates de la física cuántica clásica entre Heisenberg (discontinuo) y Schrödinger (continuo).

Además, discrimina  tres usos diferentes de los themata: concepto temático, tema metodológico e hipótesis temática:

"Resulta fructífero hacer una distinción entre tres usos diferentes de los themata: el concepto temático, o el componente temático de un concepto (los ejemplos que he analizado son el uso del concepto de simetría y del continuo); el tema metodológico (tal como la preferencia por expresar las leyes de la ciencia, mientras sea posible, en términos de conservaciones, extremos o imposibilidades); y la proposición temática o hipótesis temática (ejemplificada por enunciados muy generales tales como las hipótesis de Newton concernientes a la inmovilidad del centro del mundo, o los dos principios de la teoría de la relatividad especial." (Holton , 1982:  p. 26).

Holton  es consciente de que este análisis temático existe ya, especialmente en las ciencias humanas: hay un parecido por ejemplo entre el análisis temático que el propone y el análisis de un folklorista, de un antropólogo, que describe y cataloga las prácticas de un pueblo[1]:

 "La actitud que he adoptado en la tarea de ordenación y de identificación de los elementos temáticos encontrados en las discusiones científicas, es en cierto modo análoga a la actitud del folklorista o el antropólogo que  escucha historias épicas buscando la estructura temática subyacente y los elementos recurrentes. Aunque la analogía deja mucho que desear, existe algo más que relaciones superficiales." (Holton:1982: p. 26).

Holton señala que dichos themata pueden por tanto investigarse fuera de lo que se considera ciencia propiamente dicho, por ejemplo, en las cosmogonías griegas. Pero, es renuente a relacionar esta categoría con los arquetipos platónicos o jungianos, o con los mitos, aunque admite que asociar los themata a estos elementos es una tarea que todavía no se ha realizado (él la considera no necesaria, no obstante).

Holton entiende que las constantes temáticas no se eliminan, ni se resuelven. Pone como ejemplo la anteriormente citada díada continuidad-discontinuidad; así mientras en el siglo XIX vence el atomismo sobre la teoría de los vórtices de éter de Kelvin, en el XIX, con las nuevas teorías de campo, se reintroduce el tema del continuo. Citamos a Holton:

  "Porque en contraposición a las teorías físicas que se materializan en los términos del plano xy, los "themata" no pueden aprobarse o desaprobarse. Además, suben y bajan para volver a subir según las mareas de la utilidad contemporánea o la moda intelectual. Ocasionalmente, un gran tema desaparece de la vista o un nuevo tema se desarrolla y lucha por establecerse firmemente (al menos durante un tiempo)". (Holton,1993: pp.320-321).

Según Holton, el plano de los themata se mantiene en una parte no pública de la ciencia, mientras que los científicos de lo que debaten es de los ejes x e y, es decir, de los aspectos empíricos y analíticos, donde fácilmente se puede cooperar o estar en desacuerdo de un modo operativo. Pero esta dimensión temática es escurridiza, no se deja aprehender bien, empezando por su apartamiento de las formulaciones y                        argumentaciones de los científicos cuando están enfrascados en el trabajo colaborativo y en la publicación de su trabajo a la comunidad científica. Seguimos a Holton nuevamente:

 "Pero está bien claro que, aunque puede haber factorías automáticas funcionando por medio de ordenadores programados y realimentación con elementos sensibles, no pueden existir laboratorios automáticos. La esencia del automatismo es su éxito en el plano xy a expensas de la dirección z (por tanto, los autómatas no hacen, cualitativamente, nuevos descubrimientos). Y, con frecuencia, la esencia del genio científico es exactamente lo contrario (sensibilidad en la dirección z, incluso a expensas del éxito en el plano xy). Pues, aunque la dimensión z nunca está ausente, ni siquiera en la más exacta de las ciencias cultivadas por personas reales, se trata de una dirección en la cual la mayor parte de nosotros nos movemos sin una formulación explícita o consciente y sin entrenamiento; es la dirección en la cual la materia en cuestión y los medios de comunicación son enteramente distintos de aquellos inventados específicamante para el estudio de las materias en el plano xy, con el cual el científico se siente en casa después de un largo entrenamiento." (Holton,1993:p.321)[2] .

Holton considera que, antiguamente, el plano de los themata era más consciente en el discurso científico (así por ejemplo, cita la relación entre la teología de Newton y su física, aunque los físicos de la cuántica clásica  (cita a Einstein, a Bohr, a Heisenberg, a Schrödinger entre otros) parece que han vuelto a hacer conscientes sus themata.

"…/…/, para el cuerpo principal de científicos, el plano del discurso se ha inclinado progresivamente, o proyectado del espacio xyz al plano xy.(Quizás impulsado por este ejemplo, lo mismo está ocurriendo, cada vez más, en otros campos de la educación)." (Holton,1993: pp.321).

Es importante subrayar que los themata son elementos que no están constreñidos al contexto científico, sino que se relacionan con el contexto cultural e histórico más amplio, esta es otra cuestión sobre la que volveremos en la segunda parte de este artículo. Por otro lado, en los themata se puede detectar una yuxtaposición entre la ciencia natural y las humanidades, cuestión también que nos merecerá reflexión posterior:

 "Debe aclararse que el hecho más significativo, implicado en este ejemplo, es que la mayor parte, o quizás, todo esos "themata", no se restringen simplemente a su uso en el contexto científico, sino que parecen proceder del campo menos especializado de nuestra capacidad general imaginativa. Este punto de vista nos lleva en seguida más allá de la usual yuxtaposición de antítesis entre la ciencia y las humanidades. Pues los lamentos sobre la separación entre la ciencia y los otros componentes de nuestra cultura dependen de la simplificación de que la ciencia sólo tiene dimensiones x e y, mientras que el trabajo educativo o artístico lleva consigo decisiones de una clase distinta con elementos predominantemente estéticos, cualitativos y míticos. Esta dicotomía, desde nuestro punto de vista, se atenúa mucho (si no se elimina) al observar que también en la ciencia el plano xy no es suficiente, ni nunca lo ha sido." (Holton,1993: p.322).

 Añade que, aunque los aspectos temáticos en la ciencia, están también en lo que no es ciencia, no debemos cometer la ingenuidad de identificar lo que es ciencia con lo que no lo es.

Holton (1982:p.27) se confiesa impresionado por lo que él cree reducido número de los themata existentes, y cifra, en Física, un número aproximado de unos cien, además subraya que los themata pueden presentarse en dobletes, como ya habíamos referido antes, e incluso en tripletes. Cree que es rara la aparición de themata nuevos, aunque de vez en cuando aparecen, así piensa que la "complementariedad" , en 1927 es un thema nuevo, y también la "quiralidad" en 1950.  Considera que los themata permiten el acceso a operaciones cognitivas creativas  y se refiere  al uso de la analogía en la ciencia, relacionada con los themata (Holton,1982:pp.34 y ss). Holton analiza un artículo de Steven Weinberg que apareció en Scientific American [3]. En este artículo se habla de la unificación de las fuerzas elementales del átomo, cuestión por la  que Weinberg obtuvo el premio Nobel .  Holton alude al thema de la unificación de las leyes de la naturaleza, y a partir de ahí, argumenta sobre algunos elementos temáticos en el estudio del átomo. Menciona Holton la díada  elemental-compuesto, y luego también, lo contínuo, opuesto a la díada anterior, y que forma pareja a su vez en la díada continuo-discontinuo. También estudia la categorización en la física actual: gravitación, interacción electromagnética, interacciones fuertes e interacciones débiles, y cómo esto es una versión temática-metodológica que ha sido constante en la historia, por ejemplo, se ha dado en los elementos básicos en la física griega antigua (tierra, aire, agua, fuego, éter). Es más, con los nuevos descubrimientos, como los de Weinberg, que ha unificado en su teoría electromagnetismo e interacción débil, se resalta el thema de la unificación de leyes de la naturaleza.

Centra su atención en  palabras "antropomórficas" del artículo de Weinberg, que surgen de una analogía entre la física de las partículas y el lenguaje de la biología y de la vida cotidiana. Esta analogía, por lo demás, es corriente y se ha convertido en lenguaje también común de la física cuántica, pudiendo decirse, que da lugar a un campo de analogías y de metáforas.

 "Una de las concepciones que aparece una y otra vez en el artículo de Weinberg, y de otros muchos en este campo, es precisamente esta espléndida idea de grupos, familias y superfamilias ("superfamilias" de ocho, diez, o incluso más miembros)."(Holton,1982:p.34).

 Además del término metafórico "familia", aparece el término metafórico "vida":

"Permítame que aproveche la ocasión de que haya aparecido esta magnífica palabra antropomórfica para volver a la página inicial en el artículo de Weinberg, donde se hace referencia a "unas cuantas partículas adicionales, de vida corta". A la física de partículas elementales se la llama irónicamente "zoología""(Holton,1982:p.35).

 Y esta "vida" de la partícula, además, se narra, esto es se contempla como un ciclo vital. Esto se ve muy bien en los informes técnicos en los que se analizan los resultados de las cámaras de burbujas.[4]:

"El informe técnico del análisis de una fotografía de una cámara de burbujas, por ejemplo, está estructurado en gran medida como la narración de un ciclo vital. Es una historia de evolución y degeneración, de nacimientos, aventuras y muerte. Las partículas entran en escena, encuentran a otras, y producen una primera generación de partículas que subsiguientemente degeneran, dando lugar a una segunda y quizá a una tercera generación. Están caracterizadas por vidas relativamente cortas o relativamente largas, y por la pertenencia a distintas familias o especies." (Holton,1982,p.35).

Holton, a a partir de estos comentarios, se recrea en la paradoja de que la ciencia natural importe temas tomados de los asuntos humanos al mismo tiempo que los científicos sociales, por ejemplo los psicólogos de principios de siglo, se afanan por adoptar conceptos prestados de la física para referirse a  las relaciones humanas, esos mismos psicólogos no advertían que estaban reimportando nociones que posiblemente hubieran tenido su primer origen también en el ámbito de lo humano cotidiano o de las ciencias humanas, y no propiamente en el de las ciencias naturales . Al respecto cuenta Holton una anécdota:

"Uno recuerda la anécdota del banco que se estaba construyendo en Atenas, bajo la Acrópolis, y que parecía una copia especialmente mala de un templo griego. Resultó que el arquitecto no había tomado como modelo cualquiera de los grandes templos que tenía allí mismo a mano, sino que había recurrido a una fuente mucho más de moda. Su diseño estaba basado en el de un banco berlinés que a su vez procedía de una copia lejana, de tercera categoría de un templo griego idealizado" (Holton,1982:p.36).

 Así que, Holton detecta una interacción, a través de  los themata, que sirve de puente entre conceptos de las ciencias sociales y humanas y las ciencias naturales; además, en la medida en que también nos referimos a los asuntos humanos cotidianos, creemos que está justificado atribuir a Holton la presunción de que los themata arraigan en lo que los filósofos llaman el "mundo de la vida", en la cultura de los pueblos  vivida en la cotidianeidad  de la gente. Al respecto son también reveladoras las alusiones que hace a la influencia en los científicos de su formación cultural general y previa a la especialización científica:  "…themata que podían muy bien haber tenido origen en una parte de las formas de pensamiento desarrolladas antes de que el investigador tomase la decisión consciente de convertirse en científico". (Holton,1982:p.35).

Holton, cautelosamente, se reserva prevenciones autocríticas respecto al uso de la noción de thema. Considera que la noción necesita ser más perfilada, pues tiene un contorno demasiado borroso, además previene sobre su uso como "panacea" explicativa, pues confiesa que hay partes importantes de la historia antigua y  actual de la ciencia en los que los themata no parecen servir como categoría explicativa. Así dice:

"/…/,no me gustaría que se pensase que los themata son la realidad primordial en un trabajo científico. De otra forma, el trabajo en la historia de la ciencia degeneraría en descriptivismo, y los hallazgos científicos parecerían estar a la par con las leyendas de los ancianos en los montes de Albania, para los cuentos de hoy son, más o menos, igual de buenos que los de ayer. Hay en la ciencia, evidentemente, una sucesión de refinamientos, una ascensión, y un declive, y ocasionalmente el abandono o la introducción de themata. Pero indudablemente, también ha habido, en conjunto, un cambio progresivo hacia una comprensión más completa y más general de los fenómenos naturales". (Holton, 1982:p.40).

 Tampoco hay "themata" mejores o peores, hay una imparcialidad en los themata respecto al éxito o fracaso de las teoría científicas[5]. Así dice:

 "El estudio del papel desempeñado por los themata en el trabajo de los científicos puede ser igualmente interesante tanto si el trabajo condujo al "éxito" como al "fracaso"; la fidelidad de un conjunto de themata no hace que un científico acierte o esté equivocado". (HOLTON: 1982:p.40).

Los themata, por otra parte son tanto individuales como compartidos por una comunidad, aunque Holton subraya más el aspecto personal de los mismos:

"Aunque el científico individual es el depositario fundamental de los themata, éstos son también compartidos, con pequeñas variaciones, por los miembros de una comunidad" (Holton,1982:p.41). Sería interesante analizar más a fondo esta preferencia de Holton por la relación personal, que le acerca más bien, y lo vemos como un obstáculo, a una visión demasiado centrada en el sujeto. Por eso, aunque Holton valora la importancia de la psicología cognitiva para estudiar a los científicos, su trabajo e ideaciones, lo hace en relación con la psicología individual del científico particular.[6]. Son reveladoras declaraciones como éstas:

 "Para mí es bastante claro que un enfoque que haga hincapié en las conexiones entre la psicología cognitiva y el trabajo científico individual, es un punto adecuado de partida". (Holton, 1982:p.41).

Nos vamos a referir, por último, al texto más reciente con el que contamos, se trata de un artículo original de 1995, publicado en español en 1998, que arriba hemos referenciado ya y que recordamos aquí nuevamente: La imaginación en la ciencia in Holton, G.: Einstein, historia y otras pasiones  (La rebelión contra la ciencia en el final del siglo XX). Ed. Taurus. Madrid, 1998).

Holton  corrobora en este artículo explícita o implícitamente todos los rasgos con los que caracterizó a los themata anteriormente. No obstante, hay algunos elementos interesantes a considerar, especialmente , la relación que establece entre arte y ciencia, es decir, entre un elemento de la cultura como es el arte, diferenciado de la ciencia, aunque interactuando con la misma. Aquí de nuevo volvemos a tocar el terreno de las analogías y la metáforas, tácitas o expresas. Dice Holton.

 "Se piensa habitualmente que las artes y las ciencias pertenecen a dos mundos diferentes, pero en algunos aspectos son primas cercanas. Pues mientras que los objetivos, las herramientas y los productos difieren, el ingenio y la pasión que hay detrás de las dos empresas son similares".(Holton,1998:p.111)

Para descubrir esta mutua influencia entre artes y ciencias, piensa Holton que no podemos quedarnos con las teorías formalizadas y los libros de texto o comunicaciones solemnes de la ciencia, es preciso pillar "desprevenido" al científico, es decir estudiarlo en los registros privados y en los cuadernos de laboratorio, en pleno trabajo.[7]

Holton se apresta a hablar de la imaginación visual, de la imaginación metafórica y de la imaginación temática, que, aunque él separa, pensamos que se dan en íntima interconexión.

Respecto a la imaginación visual, Holton  nos habla de la interpretación de las fotos de trazas de partículas subatómicas, primero, en cámaras de niebla, y más tarde en cámaras de burbujas. Aquí se repite lo que ya había mencionado Holton de la terminología antropomórfica en la física de partículas:

 "Usted advertirá que en semejante descripción técnica el físico está utilizando la retórica de un tipo de obra teatral o cuento popular familiar y primordial, que se representa en el espacio y en el tiempo; una historia de nacimiento, aventura y muerte. Esto anticipa un punto que se comentará más adelante: la fuerza de muchos conceptos científicos útiles reside, al menos en parte, en el hecho de que son proyecciones antropomórficas del mundo de los asuntos humanos, y en esa medida son metáforas." .(Holton,1998: p.116).

La visualización de los conceptos científicos implica un elemento intuitivo, que no está sometido en principio a un rígido control matemático-analítico o experimental. Holton habla de la facilidad para pensar en imágenes que tenía Einstein, capacidad favorecida por su trabajo de "visualización mental" de los proyectos que le enviaban a la oficina de patentes donde trabajó en Berna. Holton incide en que esta tarea de visualización es manifiestamente importante en la elaboración de modelos que sirvan de mediadores entre las teorías y los fenómenos observados. Aquí, justamente se entrecruzan las cuestiones por los modelos y por las imágenes, y resulta que muchas de estas imágenes se conciben por analogías a modelos anteriores  o a elementos de la cultura general en la que están insertos los científicos en cuanto miembros de una sociedad. El ejemplo que da Holton, sobre la descripción de la Luna que ofreció Galileo en su tiempo, en la que el científico renacentista fue influido por sus conocimientos de la perspectiva en la pintura de la Academia de Vasari, en Florencia , es un ejemplo revelador. Galileo pudo ir más allá de los"prejuicios"  existentes sobre la Luna perfecta y lisa , porque leyó los claroscuros de la Luna en términos de sombras e irregularidades en perspectiva, y apostó por esta nueva interpretación de una luna erosionada, con cráteres y montañas. Pero esta misma influencia del arte y del ideal de belleza y armonía, le hizo errar en su apuesta por las órbitas circulares frente a las órbitas elípticas de Kepler. Pensamos que hay una analogía implícita, la de trabajar con la imagen en el telescopio, como trabajaba con los esbozos de cuerpos y edificios en el taller de pintura. Así que, Galileo planteó su propio modelo de Luna, comparando más o menos conscientemente su formación artística y pictórica con su trabajo de astrónomo.

En física cuántica, y pese a la renuencia a los modelos visuales de muchos físicos, por el carácter poco intuitivo de esta parte de la física, también tenemos modelos, que son visuales, y que están basados en analogías. Empezando por la famosa analogía del átomo de Bohr:

"En la primera parte del siglo XX, la imaginación icónica continuó llevando de un triunfo científico a otro. Por ejemplo, el modelo atómico de Niels Bohr de 1913 adoptaba la imaginería del sistema solar copernicano. Fue, por supuesto, un gran avance. Pero, a mediados de los años veinte se hizo claro cuán peligroso era pensar sobre procesos atómicos en términos ideados originalmente para sucesos a gran escala tales como el movimiento de los planetas. Se necesitaba un modo nuevo de imaginar fenómenos tales como el del "espín" del electrón, o la consideración de la luz como onda y partícula al mismo tiempo. Las intuiciones fácilmente visualizadas y basadas en modelos, en tanto que opuestas a abstracciones conceptuales, se habían convertido en un obstáculo." (Holton, 1998:p.126).

Pese a que físicos como Heisenberg y Dirac mantenían sus objeciones a emplear intuiciones visuales y eran más partidarios de la pura representación matemática, más abstracta, el uso de representaciones y modelos visuales sigue siendo común. Recordemos, por ejemplo, los célebres diagramas de Feynman para la electrodinámica cuántica. Por otra parte las mismas representaciones geométricas de los campos cuánticos, pese a tener un elevado grado de abstracción matemática, son representaciones visuales.

Los diagramas de Feynman sirvieron y sirven de modelo de visualización de las interacciones entre las particulas, y en su momento han sido cruciales para la interpretación de fenómenos nuevos que han permitido elaborar nuevas teorías: es el caso de la teoría electrodébil de Steven Weinberg, a  la que Holton se refirió tal como hemos comentado anteriormente. Aunque Holton, no lo menciona, pensamos que tras la visualización de diagramas de choque de partículas sigue viva la analogía con la mecánica clásica, que permite visualizar lo que ya no es mecánica clásica, tal vez porque nuestros patrones de visualización son los del mundo macroscópico de la mecánica clásica.

Holton habla en el artículo que nos ocupa de las metáforas y analogías, separadas de las representaciones y modelos visuales, pero nosotros creemos que debería haberlas relacionado más entre sí, pues las representaciones intutitivas son deudoras de las comparaciones que hacen los científicos entre diversas áreas de la misma ciencia o entre varias ciencias, o entre la ciencia y la vida cotidiana. No obstante aboga por una revalorización de analogía y metáfora para entender el trabajo del científico, pone los ejemplos de Thomas Young y de Enrico Fermi. Young comparó los colores de una película delgada con los sonidos de los tubos de un órgano, y Fermi fue prolífico en el uso de analogías: en particular Holton recuerda la analogía en la que comparó la desintegración beta del átomo  con la anterior teoría de la emisión de cuantos de luz en un átomo que se desexcita. Dice Holton:

"La metáfora ha sido llamada "la esencia de la poesía"; trabaja a través de la ilusión. Y, ciertamente, el quehacer de los científicos es precisamente lo contrario. Podría parecer así que metáfora y analogía son lo que los científicos deberían "evitar" con más diligencia.

De todas formas, los científicos utilizan analogías continuamente, aunque lo hacen calladamente." (Holton,1998:p.131).

 Y finalmente, Holton se refiere ya directamente a los "themata", la noción que viene usando desde los años cincuenta. Nos parece,en este artículo más reciente al que nos estamos ahora refiriendo, que Holton ha separado los themata en demasía de las otras instancias imaginativas a las que se refiere. Tal vez sea porque no ha pensado todavía la conexión suficientemente, o quizá porque está quitando protagonismo a esta noción clave en su pensamiento. Nosotros tendemos a pensar lo primero.

Habla Holton de la imaginación temática, como la instancia imaginativa que propicia la creación y recreación de themata. Aquí se refiere como ejemplo al thema de la belleza y la armonía que guió a Galileo y que le hizo errar en su apuesta por las órbitas circulares y que nosotros hemos citado más arriba. Se sirve, y esto nos parece muy interesante, de la crítica de arte, y cita a Panofsky, uno de los críticos de arte más célebres y padre de la  iconología en el arte.[8]

El thema supone una asunción previa a las pruebas experimentales, que guía, a modo de premisa "metafísica", a los científicos en su trabajo. Nuestra presunción, que adelantamos ahora, es que el thema es el magma- permítasenos la metáfora- a partir del cual   se puede comprender una gran parte de la elaboración de sentido que tienen lugar en las representaciones visuales y en las metáforas y analogías de los científicos, y reiteramos que en este artículo último (Holton:1998) Holton no ha subrayado suficientemente  esto, pues ha dado una imagen demasiado inconexa entre los tres elementos que comenta. Leemos:

 "Hemos visto ahora cómo algunos de los mejores científicos disponen de tres de las herramientas claves de la imaginación científica. Estos ejemplos muestran de nuevo qué caricaturesca resulta la idea tan extendida del pensamiento científico como un casi irresistible y maquinal proceso de inducción. Los historiadores de la ciencia  y otros estudiosos en todo el mundo han estado reconstruyendo esta comprensión más compleja y caótica pero más realista e interesante del modo en que los científicos han utilizado sus mentes mientras perseguían cada vez con más denuedo problemas durante los cuatro últimos siglos." (Holton,1998:p.140)

REFLEXIONES EN TORNO A UN CASO CONCRETO

Holton, actualmente profesor emérito en la universidad de Harvard , es uno de los estudiosos de la obra de Einstein, y encargado de la edición de las obras completas de Einstein, por otro lado, como físico él mismo, ha conocido de primera mano los avances de la física en el siglo XX.  Él mismo realizó investigaciones sobre el comportamiento de la materia bajo altas presiones. Su obra abunda en análisis de casos en torno a la relatividad y Einstein y sobre al modelo atómico. Vamos a dirigir nuestra atención al artículo sobre la complementariedad, ya citado al principio de este artículo, publicado originalmente como uno de los capítulos de  The scientific imagination: Case Studies (Cambridge, Inglaterra: Cambridge University Press, 1978). Lo vamos a analizar a partir de la traducción española en el libro Holton: Ensayos sobre el pensamiento científico en la época de Einstein. (Alianza Universidad. Madrid,1982).

En este capítulo, Holton  nos cuenta el proceso de elaboración del modelo atómico de Bohr, su evolución y, especialmente, la concepción del principio de complementariedad onda-partícula, que según Holton, ha nacido a partir de la díada de themata  "continuo-discontinuo", themata (díada de opuestos, en este caso) que aparece en la historia de la física recurrentemente. Al mismo tiempo el principio de complementariedad conciliaría la indeterminación con la causalidad, por lo que estaríamos ante un nuevo thema en la historia de la física: si el continuo-discontinuo expresaba una oposición irreconciliable, ahora la dualidad onda-partícula  representa una oposición "conciliada": la conciliación entre onda, indeterminada en tanto que basada en cálculo de probabilidades, y partícula determinada causalmente en los registros de laboratorio.

Bohr elaboró, en un principio,  su modelo simple de átomo, como conjunto de partículas en torno a un núcleo (a la manera de un pequeño sistema solar) y este modelo sirvió como punto de partida para la elaboración de modelos más sofisticados en los que trabajaron todos los eminentes físicos de la teoría cuántica clásica para dar lugar más tarde a lo que en la actualidad se llama el modelo estándar, con el trabajo y aportaciones de todas las comunidades científicas que estudian la física atómica y de partículas. La historia es larga, ha sido y es largamente estudiada, por filósofos e historiadores de la ciencia. Nosotros nos vamos a fijar en las cuestiones que Holton aporta en relación a las influencias de la  peripecia vital y de los estudios no físicos del físico Niels Bohr.

La ventaja, con Bohr, es que él mismo  tiene sugerentes páginas de reflexiones filosóficas sobre su trabajo [9] . En esta medida, tanto Holton como nosotros nos basamos prácticamente en memorias del científico, y no tanto en análisis de tipo etnometodológico y fenomenológico sobre las conductas en un laboratorio. Es decir, nos "fiamos" de lo que nos cuenta el sujeto que estudiamos y reflexionamos sobe "su" versión. Somos conscientes de las limitaciones que esto acarrea; pero aún así, pensamos fructífera la indagación. Pasemos a la misma.

Bohr opina que la consideración de estas duplicidades, onda-partícula e indeterminismo-causalidad, que entran en aparente contradicción no nos debe llevar a un bloqueo en el trabajo; realmente, ambos elementos se pueden considerar juntos, y válidos, alternativamente. En esa medida, Holton piensa que tenemos una novedad en la historia y es que las díadas citadas, que hasta entonces habían sido alternas y opuestas, ahora son simultáneas; esto sería un nuevo thema en la historia de la física. Creo que sobre este aspecto también habría mucho que hablar, aunque desde el punto de vista de nuestros intereses la controversia respecto a la novedad de un thema no resulta significativa. Lo que nos interesa, recordamos, son los lazos del thema de la complementariedad con otras ciencias y con la esfera cultural en toda su amplitud.

Una anécdota interesante es que Bohr recibió el título de caballero de la Orden danesa del Elefante, en 1947, y con motivo de ello, tuvo que encargar un escudo personal, según dictaban los estatutos de esta orden. Bohr eligió el símbolo milenario del yin y del yang, con un lema que decía "contraria sunt complementa". ¿Influencia de la cultura oriental en la física atómica?. No, no vamos tan lejos. Simplemente, reseñamos una anécdota en la que un científico, o un conjunto de científicos asocian sus nociones, trabajadas técnicamente, a elementos de la o las culturas populares.

Bohr, con su modelo planetario de electrones que saltaban de una órbita a otra (imperfecto, pero eficaz), logró aunar la versión ondulatoria del electromagnetismo de Maxwell, de finales del siglo XIX, y la versión de los fotones ,partículas discretas, que Einstein había elaborado a principios del siglo XX. La explicación que dió Bohr del espectro del átomo de hidrógenos aunaba estas dos versiones científicas. Desde luego, este admirable trabajo no fue el resultado del yin y del yang, sino de la ardua tarea de laboratorio, de encuentros de trabajo y de congresos,confrontada y rediseñada durante décadas. Pero, el sólo hecho de que los científicos establezcan relaciones conscientes entre sus resultados y los elementos culturales amplios nos incita a reflexionar sobre la naturaleza entre ciencia y cultura. En este aspecto el término "thema" consigue hacer de su debilidad, de su ambigüedad, una virtud, pues es operativo a la hora de nombrar lo que vamos a llamar "ámbitos conceptuales y cognitivos" en los que se desarrollan en común los trabajos de los científicos y  las actividades múltiples de las sociedades de cada época histórica. Nuestra presunción es que en estos "ámbitos conceptuales" se establecen patrones de modelización, de analogías, de metáforas y de relaciones cognitivas, en fin, para construir los discursos científicos. En este aspecto el "thema" podría ser un trasunto de lo que a principios del siglo XX se llamaban "cosmovisiones", ciertamente, y esta puede ser una sugerencia digna de ser analizada más detenidamente en otro artículo, para ver sus pros y sus contras. Lo que sí nos parece claramente interesante es que, si rastreamos en las categorías de los estudios de la ciencia, el término thema nos ofrece más operatividad que nociones más estrechas de los planteamientos de estudiosos como Kuhn (matrices disciplinares, con valores compartidos), o Laudan (programas de investigación , con supuestos "metafísicos" compartidos). La medida de  esta operatividad está en que, frente a estos discursos de la filosofía de la ciencia ya clásicos en los que la referencia está más limitada al interior de las comunidades científicas, en el concepto "thema" Holton quiere integrar la visión del científico, su relación con otras ciencias y con el mundo cultural en general, con el mundo amplio de la vida (el Lebenswelt de la tradición filosófica). En esta línea tal vez sea interesante enlazar la propuesta de Holton con los trabajos de "arqueología del saber" y la noción de episteme de Foucault, que son también citados por estudiosos actuales , como Arnold Davidson[10]

Para glosar este carácter amplio, omniabarcador, de la nocion de thema en Holton, vamos a citar del artículo referido arriba un párrafo que nos da la medida de la posibilidad de investigación  que Holton abre al usar un thema, en este caso, el de la complementariedad:

" El principio de complementariedad es una manifestación de un thema, en el sentido que desarrollé en otro lugar; un thema dentro del conjunto relativamente pequeño de themata del que se surte la imaginación en todos los campos de la actividad humana. Cuando prestamos atención a un thema particular en la física o en cualquier otra ciencia, sea la complementariedad, el atomismo o la continuidad, uno no debe olvidar que cada forma especial de enunciar el thema es un aspecto de una concepción general que se ejemplifica de forma específica en el trabajo del físico, del biólogo o de cualquier otro científico. Así un tema general, θ, tomaría una forma específica en física que podría ser simbolizada por θ, en la investigación psicológica por θ, en el folklore por θ. El thema general de la discontinuidad o de los discreto aparece de esta forma en la física como el θ del atomismo, mientras que en los estudios psicológicos aparece como el  θ de la identidad individualizada.". (Holton,1982, p.157).

 Sigue diciendo Holton, que por tanto, un thema sería el sumatorio de todas las versiones del mismo en cada ámbito del saber.

En su análisis de Bohr y del principio de complementariedad, Holton, cita las analogías que Bohr hace entre la conducta humana y el estudio del átomo, inspiradas en la experiencia vital del eminente físico, en las relaciones que Bohr ve entre literatura y física, y  en la comparación entre los conocimientos de psicología de Bohr (William james, especialmente) y su trabajo científico, así como en las lecturas de filosofía de Bohr (especialmente, Kierkegaard). Todas estas analogías son reflexiones escritas por el propio Bohr en sus libros, escritos y conversaciones registradas.

Sobre la experiencia cotidiana de Bohr, dice Holton:

"Porque es en principio curioso, y más tarde indudablemente significativo, que desde los mismos comienzos en 1927 Niels Bohr citase experiencias de la vida diaria para poner de manifiesto la dificultad de distinguir entre objeto y sujeto, y tal como escribió Oscar Klein en su ensayo retrospectivo, para "facilitar la comprensión de la nueva situación en física, en los puntos en que su visión parecía demasiado radical y misteriosa incluso a muchos físicos". En relación con esto, según Klein, Bohr escogió un ejemplo particularmente simple y llamativo: el uso que se puede hacer de un bastón para encontrar el camino en una habitación oscura. El hombre, el bastón y la habitación forman una entidad. La línea divisoria entre sujeto y objeto no está definida. Por ejemplo, la línea divisoria está al final del bastón cuando se le sostiene firmemente. Pero cuando se le sujeta con menos fuerza, el bastón parece ser un objeto que está siendo explorado por la mano." (Holton,1982,p.139).

También cita Holton, en relación con la literatura, cómo Bohr establecía un símil entre el yo, como identidad, y la personalidad en general, basándose en la lectura de una novela del escritor Paul Martin Moller.  Esta novela, que Bohr solía citar a sus colegas  más cercanos, se titula  "Las aventuras de un estudiante danés". El personaje central, dicho estudiante, argumentaba sobre sus dificultades para fijar la atención en su yo, pues esto le procuraba una regresión infinita en pensamientos concatenados sobre él mismo. [11] El estudiante de la novela de Moller se planteaba como personaje literario cuestiones largamente debatidas por filósofos y por psicólogos, como veremos más abajo, y que Bohr concebía como una versión de la complementariedad: cómo pensamos las cosas en tanto que delimitadas, pero cómo se nos diluye esa delimitación cuando intentamos pensar el yo qua objeto.

Por otra parte, están las lecturas que hizo Bohr sobre la psicología de William James, lecturas que fueron recordadas y comentadas por el mismo Bohr.  William James hablaba del flujo de la conciencia  como algo continuo, no fragmentario. Pero esa misma conciencia podía discriminar los objetos de su pensamiento. William James, en  Principles of Psychology,  hablaba de las partes transitivas del pensamiento, frente a las partes substantivas, las partes transitivas del pensamiento no podían ser estrictamente delimitadas. El pensamiento, dice James, es como un pájaro que vuela y se detiene en el espacio alternativamente.  El problema de registrar cabalmente los momentos de vuelo sería equivalente a , en palabras de James, encender la luz rápidamente para ver cómo es la oscuridad. Ni que decir tiene que Bohr gustaba de estas imágenes y se recreaba en ellas. Curiosamente, y de modo literal, William James utilizó el término inglés de "complementariedad" en Psicología clínica para referirse al fenómeno de conciencias escindidas, en las que un sujeto presenta mútiples personalidades o conciencias.

Mostramos al respecto una cita del propio Bohr[12], que Holton  reproduce:

"En particular, el aparente contraste entre el flujo continuo hacia delante del pensamiento asociativo y la preservación de la unidad de la personalidad presenta una analogía sugestiva con la descripción entre la descripción ondulatoria de los movimientos de las partículas materiales regida por el principio de superposición y su individualidad indestructible." (Holton,1982,p.155).

Y, por último, veamos  las lecturas  que hizo Bohr de filósofos como Kierkegaard Parece que  Bohr se interesó  por Kierkegaard desde sus primeros tiempos de estudiante en la universidad, donde recibió clases de Hoffding, uno de los más importantes estudiosos de Kierkegaard en la época. Bohr también lo atestigua en sus escritos. Entre las tesis de Kierkegaard, está la célebre elección entre las opciones vitales  (estética, ética, religiosa). Esta elección  supone una apuesta no racionalizable,  en la que hay un salto, una discontinuidad que el sujeto atraviesa por creencia, y estos aspectos fueron especial objeto de cavilación por parte de Bohr.

Hay que considerar, ciertamente,  después de comentar estos aspectos, que la rigurosa génesis del concepto de complementariedad en física está relacionada de modo estricto con la historia del concepto de luz en física y con los trabajos físicos de Bohr; pero aquí no se trata de intentar explicar el concepto físico o su génesis con nociones metafóricas; se trata de relacionar dicho concepto con elementos culturales, científicos o no, que, pese a no formar parte de la física, entran en un espacio o ámbito conceptual común, desde la óptica cultural más amplia[13] .

Pensamos que este ejemplo concreto de análisis del thema de complementariedad tal como lo consideró Niels Bohr, y su conexión con versiones temáticas afines en otros ámbitos culturales, es una muestra interesante de investigación ciencia-cultura. Reiteramos que un thema puede servir como elemento operativo para comprender la organización en campos conceptuales afines  de representaciones científicas en las que intervienen operaciones cognitivas  tales como las analogías y las metáforas, de un modo interactivo, a través de ciencias y mundo cultural. En suma, creemos que la indagación en el estudio de la interrelación  ciencia-cultura,  precisa de categorías amplias, como ésta de thema, empleada por Holton, aún a sabiendas de sus limitaciones. Entre las cuales, no es poco el riesgo de hipostasiar los "themata" y convertirlos en algo así como "ideas platónicas". Creemos más adecuado verlos como conceptos reguladores, deducidos por semejanzas culturales , en el seno de las prácticas científicas y no científicas de las culturas[14]. 

[1]  Actualmente, en Filosofía y sociología de la ciencia se inspiran en los estudios de campo de la antropología, huyendo de  "estructuras esencialistas". Véase al respecto: Sperber, D., "How to be a True Materialist in Anthropology", cap.1 in Explaining Culture, Harvard University Press, Cambridge (Mass.),1994,9-31.

[2] En los últimos años se están desarrollando fecundas investigaciones para analizar cómo representan cotidianamente sus prácticas de laboratorio los científicos y la importancia que esto tiene para la ciencia, más allá del teoreticismo y formalismo tradicionales; además de la importancia de la modelización con fotos, ilustraciones, esquemas, u otros recursos en artículos y libros de texto. Ver al respecto: Knorr- Cetina, K., "Image Dissection in Natural Scientific Inquiry", Science, Technology, & Human Values, 15/3 (1990), 259-283; y Lynch, M., "The externalized retina: Selection and mathematization in the visual documentacion of objects in the life sciences", Human Studies, 11 (1988), 201-234. 

[3] Weinberg,  Steven: Unified Theories of Elementary-Particle Interaction), in Scientific American, 231, número 1 (julio de 1974).

[4] Holton está aquí en la línea de los trabajos, ya citados, de Knorr-Cetina. Véase: Knorr-Cetina, K., "Image Dissection in Natural Scientific Inquiry", Science, Technology, & Human Values, 15/3 (1990), 259-283.

[5]  En común con los llamado principios de "simetría" e "imparcialidad" en sociología de la ciencia , que podemos ver por ejemplo en Latour, B: Ciencia en acción. Ed. Labor. Barcelona, 1992.

 [6]  En los últimos tiempos se está desarrollando una óptica de estudio no subjetivista, ni idealista o mentalista, más "naturalista" y "pragmática": el sentido se genera en las prácticas. Véase: Hutchins, Edwin: Cognition in the Wild. MIT Press,1995.

 [7]  De nuevo tenemos que citar  a las investigaciones de Knorr-Cetina, y respecto al arte y la ciencia, actualmente hay una interesante bibliografía de la que citamos dos ejemplos.: Alpers, S: Uta Pictura, "Ita Visio: El ojo según Kepler y el modelo nórdico de representación visual", in El arte de describir, Hermann Blume, Madrid,1987. Y también Latour, Bruno: "How to Be Iconophilic in Art , Science and Religion", in Jones, C. A. y Galison, P. (eds.) Picturing Science, Producing Art. Routledge. New York, 1995.

 [8]  Los estudiosos de la ciencia no dejan en la actualidad de acudir a  los críticos e historiadores de arte, especialmente, para el problema de la representación científica. Véase como ejemplo de este tipo de trabajos citados por filósofos de la ciencia el trabajo del estudioso del arte Gombrich, E., "El mapa y el espejo: teorías de la representación pictorica", in La imagen y el ojo, Alianza, Madrid, 1987, 163-202.

 [9]  Véase Niels Bohr: Essays 1958-1926 on Atomic Physics and Human Knowledge. Interscience Publishers. Nueva York,1963

 [10] Véase  Davidson, Arnold: Styles of Reasoning, Conceptual History, and the Emergente of Psychiatry.

 [11] Bohr cita la novela en sus escritos: " Bohr, Niels:Essays 1958-1926 on Athomic physics and Human Knowledge" ( Nueva York: Interscience Publishers,1963).

 [12] Bohr, Niels: Atomic Theory and the description of Nature, Ox Bow Press; 1987.

[13] A este respecto no creemos que seamos culpables de cometer "imposturas intelectuales" , según el término popularizado por Sokal. Véase Sokal, Alan y Bricmont, Jean: Imposturas intelectuales. Ed. Paidós. Barcelona,1999[originalmente,  Sokal, Alan y Bricmont, Jean  Intelectual Impostures. Profile Books. London, 1998].

[14] Véase: Hutchins, Edwin: Cognition in the Wild. MIT Press,1995; y también Sperber, D., "How to be a True Materialist in Anthropology", cap.1 in Explaining Culture, Harvard University Press, Cambridge (Mass.),1994,9-31.


 
Referencias bibliográficas

  • Alpers, S.-(1987)  Uta Pictura, Ita Visio: El ojo según Kepler y el modelo nórdico de representación visual, in El arte de describir, Hermann Blume, Madrid.
  • -Bohr, Niels- (1963) Essays 1958-1926 on Athomic physics and Human Knowledge.  Nueva York: Interscience Publishers.
  • - (1987) Atomic Theory and the description of Nature. Ox Bow Press.
  • Davidson, Arnold-(1999)  Styles of Reasoning, Conceptual History, and the Emergence of Psychiatry, in Mario Biagioli (Editor) :  The Science Studies Reader. Routledge.
  • -Gombrich,E.-(1988) "El mapa y el espejo: teorías de la representación pictorica", in Gombrich, E: La imagen y el ojo, Alianza, Madrid. 163-202.
  • Holton, Gerald:-(1982) Ensayos sobre el pensamiento científico en la época de Einstein. Alianza Universidad. Madrid. En su versión original : Holton, Gerald: The Scientific Imagination. Cambridge University Press, 1978.
  • Holton, Gerald: (1993)Introducción a los conceptos y teorías en las ciencias físicas (2ª edición corregida y revisada por Stephen G. Brush). Editorial Reverté. Barcelona. En su versión original : Holton, Gerald: Introduction to Concepts and Theories in Physical Science, Second edition. Addison-Wesley. Massachussets.(Nota- No he conseguido encontrar la fecha original de edición)
  • Holton, Gerald: -(1998) Einstein, historias y otras pasiones. Ed. Taurus. Madrid.  En su version original :Holton, Gerald: Einstein, History, and Other Passions. AIP Press. Woodbury.NY,1995.
  • -Hutchins, Edwin-(1995) Cognition in the Wild. MIT Press.
  • -Knorr-Cetina,K.-(1990) Knorr-Cetina, K., "Image Dissection in Natural Scientific Inquiry", Science, Technology, & Human Values, 15/3 , 259-283.
  • -Latour, B.-(1992) Ciencia en acción. Ed. Labor. Barcelona.
  •                 -(1995) How to Be Iconophilic in Art , Science and Religion, in Jones, C. A. y Galison, P. (eds.): Picturing Science, Producing Art. Routledge. New York.
  • -Lynch, M.- (1988). "The externalized retina: Selection and mathematization in the visual documentacion of objects in the life sciences", Human Studies, 11, 201-234.
  • -Sokal, Alan-(1999). Sokal, Alan y Bricmont, Jean: Imposturas intelectuales. Ed. Paidós. Barcelona.
  • -Sperber, D.-(1994). How to be a True Materialist in Anthropology, cap.1 in Sperber, D: Explaining Culture. Harvard University Press, Cambridge (Mass.),9-31.
  • Weinberg, Steven -(1974) Unified Theories of Elementary-Particle Interaction, in Scientific American, 231, número 1 (julio de 1974).


Disponible en:
http://lacavernadeplaton.com/articulosbis/holton0506.htm

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El Fin de la ciencia y la anticiencia

Enlace permanente 15 de Septiembre, 2007, 17:24

El Fin de la ciencia y la anticiencia

Ricardo J. Gómez *

 

Aunque existen diversas versiones del fin de la ciencia, criticaremos la más reciente (J. Horgan, 1996), según la cual está muy próximo el fin del progreso científico hacia teorías o paradigmas radicalmente distintos.

 

Mostraremos que tal extrema propuesta está fundada básicamente en dos tipos de argumentos: 1) el desarrollo científico ya ha alcanzado la verdad o está muy próximo a lograrlo, quedando sólo futuras tareas de mejor conocimiento, nuevas aplicaciones y corrección de detalles, y 2) tal desarrollo sólo puede dar en el futuro beneficios cada vez menores, por lo que la sociedad perderá interés en apoyar la investigación científica.

 

Propondremos, además, no confundir el fin de la ciencia con propuestas llamadas anticientíficas. Distinguiremos, al respecto, seis versiones de anticiencia y sostendremos que: a) no se implican necesariamente entre ellas, b) el fin de la ciencia a la Horgan no se identifica con ninguna de dichas formas de anticiencia, y c) algunas de dichas posturas anticientíficas involucran formas mitigadas del fin de la creencia en la ciencia.

 

"El fin de la ciencia"

 

Horgan usa la expresión el fin de la ciencia en más de una acepción. Por una parte, tal expresión significa que la ciencia está próxima a su fin en el sentido de que ya ha logrado la verdad o está cercana a lograrlo. Ello significa que tanto en física como en biología ya se ha alcanzado la versión estructural final, la "gran versión definitiva". Tanto la teoría de la relatividad, como la mecánica cuántica, así como la teoría evolucionista darwiniana proveen los marcos teóricos finales, los cuales no han de ser cambiados o abandonados porque son básicamente verdaderos. Así, "los físicos han mostrado que toda la materia está regida por unas pocas fuerzas básicas: gravedad, electromagnetismo y las fuerzas nucleares fuerte y débil". [1] La gran versión del surgimiento del universo hace quince mil millones de años y del sistema solar hace cinco mil millones de años, con la posterior aparición de organismos portadores de la molécula ADN, que evolucionan por selección natural hasta el homo sapiens, es aceptada por Horgan "porque es verdadera". [2] Podrá haber nuevos conocimientos y descubrimientos, pero que constituirán meros aditamentos de detalle, porque "es muy improbable hacer adiciones significativas al conocimiento (así) generado". [3] Lo que se está afirmando es lisa y llanamente el fin del progreso científico, en el sentido de que no habrá cambios hacia teorías o paradigmas radicalmente nuevos.

 

El fin de la ciencia es el fin de la ciencia pura y no de sus aplicaciones, que, según Horgan, han de seguirse sumando en el futuro, aunque la ciencia aplicada también "está acercándose rápidamente a sus límites", como lo muestra, según Horgan, el hecho de que la fusión nuclear no ha dado el resultado esperado de proveernos de energía limpia y barata. [4]

 

Subyace a todas estas afirmaciones una concepción ingenua del conocimiento científico. La ciencia es, por una parte, "el modo primordial para comprender el universo y nuestro lugar en él". [5] Tal modo nos da acceso a la verdad acerca de tal universo y nosotros podemos estar ciertos de ello. Además, tal búsqueda del conocimiento, propia de la ciencia, es "por lejos la más noble y significativa de todas las actividades humanas". [6] Todo esto es muy discutible; yo al menos, sin argumentos probatorios adicionales ausentes en Horgan, no estoy seguro en absoluto de ello.

 

Horgan intenta, sin embargo, proporcionar diversas razones para avalar su tesis del fin de la ciencia.

 

Argumentos en defensa de la propuesta de Horgan

 

Creo que hay dos tipos mayores de argumentos en la defensa de la propuesta de Horgan, uno de corte teórico fundamentalmente basado en el modo en que, de acuerdo a Horgan, se desarrolla el conocimiento científico, y otro de corte sociopolítico. Cada uno de ellos tiene algunas variantes.

 

Acerca del primer tipo de argumento, Horgan coincide con G. Stent, quien afirmó que la ciencia, al igual que la tecnología y todas las empresas progresivas y acumulativas, estaba llegando a su fin. [7] Ello está próximo a suceder porque tal progreso es tan rápido, que si hay límites puede pronto chocar contra ellos. Pero este tipo de argumento está plagado de problemas. Por una parte, supone que la ciencia progresa acumulativamente, algo que ha sido rebatido hasta el hartazgo desde Popper en adelante; lo curioso es que Horgan no discute ninguna de esas versiones acumulativistas del progreso científico con el objeto de criticarlas. Se supone que el conocimiento científico tiene límites, algo que estamos dispuestos a aceptar. Pero lo que es difícil de aceptar es que dentro de esos límites no haya lugar para nuevas y radicales teorías. Podría afirmarse que las actuales teorías pueden dar lugar a preguntas que no pueden contestar y que otras nuevas y distintas teorías puedan hacerlo. Es esta postulación de que hemos llegado a una teoría o paradigma final la que carece de argumentación satisfactoria. La ciencia puede tener límites, en el sentido de no poder contestar a todo tipo de problema, pero bien puede crecer indefinidamente dentro de dichos límites.

 

Hay, por supuesto, lugar para preguntas cruciales. Por ejemplo, Horgan propone, siguiendo a Stern, que los biólogos sólo tienen tres preguntas mayores por responder: ¿Cómo comenzó la vida? ¿Cómo un huevo fertilizado se desarrolla en un organismo? y ¿Cómo el sistema nervioso central procesa información? Dejemos de lado la audaz tesis de que éstas son las únicas preguntas mayores por contestar, o que no hemos de descubrir que las mismas no pueden ser contestadas satisfactoriamente por la biología contemporánea. Mucho más importante es señalar que al contestar tales preguntas se pueden generar nuevas, las cuales bien pueden no ser contestables desde la teoría o paradigma dominante. [8] Sorprende además que Horgan, quien defiende a ultranza el paradigma darwiniano como final para la biología, no acepte una nota distintiva del mismo, la del carácter progresivo sin fin del conocimiento científico.

 

Horgan propone una explicación al respecto. En primer lugar, hasta bien entrado este siglo había entre los científicos y, muy especialmente entre los biólogos, fuertes polémicas especialmente acerca de cuál debería ser el enfoque dominante, mientras que hoy hay una casi unanimidad al respecto. Esto suena a futurología o a elemental proyección inductivista del presente. Horgan pretende reforzar las razones anteriores agregando que las nuevas aplicaciones de la ciencia actual tienden a reforzar el paradigma dominante más que a ponerlo en tela de juicio. Y agrega que los futuros avances en ciencia aplicada "probablemente no harán cambiar tales paradigmas [actuales]". [9] Sin embargo, en tanto no podemos garantizar que tal probabilidad es próxima o se acerca a cero, no podemos concluir lo que Horgan pretende. [10]

 

Cabe agregar que son muchos los que creen que debido a que la ciencia ha avanzado tan rápidamente durante los últimos cien años, continuará haciendo lo mismo por siempre. Horgan cree responder a ello afirmando que la ciencia ha tenido vida corta, y el rápido avance no parece ser un rasgo permanente sino una aberración, una convergencia excepcional de factores políticos, sociales y económicos. Puede responderse momentáneamente que tal aberración lleva ya varios años, que tal incremento podría también explicarse por la notable retroalimentación de problemas y respuestas exitosas, y por la imparable necesidad de que tal desarrollo progresivo siga su marcha, por las características peculiares que tiene la relación entre ciencia, innovación tecnológica y sobrevida de la economía de mercado en las sociedades capitalistas contemporáneas. No creo que nada de esto pueda ser considerado por Horgan como una aberración o una convergencia excepcional.

 

Pero, todo ello nos introduce en el segundo tipo de argumentos que Horgan propone en defensa de su tesis sobre el fin de la ciencia. Distinguimos aquí tres subtipos de argumentos: el primero en términos sociobiológicos, el segundo de neto corte económico, y el último caracterizado por apelar a una creciente falta de incentivos para la investigación básica.

 

En el primero de ellos, Horgan afirma que, de acuerdo a la teoría darwiniana, la ciencia no surge por nuestro deseo de alcanzar la verdad per se sino de nuestra compulsión para controlar nuestro entorno con el último propósito de incrementar la probabilidad de que nuestros genes se propaguen. Pero, la ciencia ha comenzado ya a tener una notable disminución de beneficios (dimínishing returns). Esto genera una disminución en los incentivos para seguir haciendo ciencia, y, como consecuencia, la sociedad ha de tener menos interés en financiar tal investigación. Aquí Horgan no mide la relación entre objetivos prácticos y el ansia de saber, la curiosidad, etcétera. En este contexto parece reducir estos últimos factores al mínimo, sin previo aviso.

 

Lo afirmado acerca de la disminución de beneficios está fuertemente relacionado con aspectos económicos vinculados a la financiación de la investigación de la ciencia por parte de la sociedad. De acuerdo a Horgan, la dimensión de la investigación científica contemporánea ha crecido, y seguirá haciéndolo enormemente. La disminución de beneficios se deberá, en primer lugar, a que el ritmo en nuevos descubrimientos no ha crecido exponencialmente como el ritmo de la financiación de la investigación. Pero esto es totalmente inconclusivo. La mayor financiación se debe a la mayor complejidad de todo tipo de los problemas y de la investigación asumida (piénsese en los programas espaciales). Ello no garantiza, si no se incurre otra vez en falacias inductivistas, que tales beneficios han de seguir disminuyendo por siempre e ineluctablemente. Horgan llega a coincidir con otros que afirman que el crecimiento de los costos de la investigación va a terminar con los presupuestos de las naciones industrializadas. Esto no toma en cuenta algo vital: las ganancias que las naciones industrializadas obtienen de tal investigación y sus aplicaciones tecnológicas, y mucho menos la incesante exigencia de nueva investigación por la creciente necesidad de aumentar el consumo de las mayorías para poder mantener o incrementar las tasas de ganancia, sin lo cual no hay sociedad industrializada de corte capitalista que sobreviva.

 

Ello no está muy distante de las razones esgrimidas por Horgan en su tercer tipo de subargumento en términos de falta de incentivos. Habría, en primer lugar, un incentivo de corte psicológicosocial. La ciencia contemporánea se ha vuelto tan compleja que resulta incomprensible para las mayorías. Por ende, la gente ha de perder interés y atracción por la ciencia. Esto, por supuesto, linda con lo ridículo. Las grandes mayorías jamás se interesan por comprender a la ciencia. La admiran y la respetan por su capacidad explicativa y predictiva (cosa que sigue sucediendo hoy aunque no tengan claro cómo explica efectivamente la ciencia o por qué tiene el poder predictivo que tiene) . Mientras la gente crea que su bienestar, salud, capacidad de dominar el entorno y hacer dinero está íntimamente ligada al avance científico, lo ha de seguir apoyando. Y nada ha cambiado al respecto hoy; todo lo contrario.

 

Muy vinculado a lo anterior, Horgan argumenta que como vamos a tener más dominio sobre la naturaleza, vamos a ir perdiendo nuestro deseo de dominarla. Esto es mala futurología otra vez, porque supone que la naturaleza humana ha de cambiar radicalmente en cuanto a los deseos de dominio; como si más dinero generara menos deseos de más dinero, más saber menos deseos de más saber, más poder de cualquier tipo menos deseos de más poder, etcétera.

 

Puede agregarse que, incluso a nivel socioeconómico, continúan vigentes problemas que han de seguir requiriendo de renovada investigación de variado tipo, como las hambrunas, el racismo y la pobreza. Pero Horgan coincide con Stent al afirmar que "tales problemas van a ser cada vez menos importantes". [11] Nuestro único comentario es que no sabemos por qué Horgan no nos ilumina acerca de por qué ello ha de ser así. [12]

 

De ahí que resulte importante reconocer con Rescher (y otros) que la ciencia nunca tendrá fin; podrá avanzar eventualmente más despacio pero jamás podrá concluirse que la investigación ha de degenerar en un mero llenar detalles; siempre es posible que, por ejemplo, un experimento tenga resonancias revolucionarias. Rescher reconoce que hay límites en los recursos humanos, pero esto no significa que se acaben las nuevas preguntas, sino, como siempre sucedió, que se hace más arduo contestarlas o que hay que posponer su respuesta. [13]

 

Límites del conocimiento científico

 

Horgan reconoce también la existencia de límites. Coincidimos con él que el conocimiento científico tiene límites. No todos los problemas son problemas científicos, ni la ciencia puede resolver todos los problemas. Así, Horgan coincide con el físico Penrose quien sostiene que la ciencia a pesar de toda su riqueza y poder no puede resolver los últimos problemas de la existencia, por ejemplo el de la conciencia humana. [14]

 

La ciencia misma, en su avance, se autoimpone límites. El teorema de incompletitud de Godel (1931) impone límites sobre la sistematicidad de verdades en un determinado sistema que presuponga la aritmética, la relatividad especial prohíbe la transmisión de materia e información a velocidades mayores que la luz, la mecánica cuántica prescribe que siempre tendremos cierta incerteza en nuestro conocimiento del microcosmos, etcétera. Economistas teóricos enfatizan que no puede haber modelo económico totalmente adecuado a la realidad: la conducta humana es indeterminada e impredecible, al simplificarla en los modelos económicos para tornarla manejable (suponiendo, por ejemplo, que tenemos conocimiento perfecto de los otros) nos alejamos de la realidad.

 

Agréguese a ello que parecen haber al menos dos límites primarios para el conocimiento. Uno es la inaccesibilidad; así, nunca podemos estar seguros sobre el origen del universo debido a la distancia que nos separa de ello en el espaciotiempo. El otro es la distorsión. En tanto humanos estamos dentro del universo; si pudiéramos estar fuera de él, podríamos conocer todos los límites del conocimiento. Es decir que hay sin duda límites a nuestra cognoscibilidad de nuestros límites cognoscitivos.

 

Pero nada de esto, contra lo que supone Horgan, implica que la ciencia está llegando a su fin. Pues aún dentro de dichos límites, hay lugar para nuevas y nunca agotadas preguntas que pueden dar lugar, como la historia pasada lo demuestra, a la necesidad de nuevos marcos teóricos para abordarlas, si bien sabemos que no hemos de inventar naves espaciales capaces de superar la velocidad de la luz, ni devendremos inmortales por mayores conocimientos en ingeniería genética.

 

En cada momento del desarrollo científico ha de haber preguntas que las ciencias no pueden contestar; es decir, habrá lugar para la investigación extracientífica, a la cual Horgan llama ciencia irónica. Ella sería investigación no empírica. No constituiría ciencia en sentido estricto, sino investigación con el propósito de "proseguir con la ciencia en un modelo especulativo postempírico ... que no converge hacia la verdad". [15] Obsérvese que Horgan parece reducir la ciencia a investigación puramente empírica, sin componentes especulativos, lo cual pone de manifiesto una concepción de corte empirista ingenuo de la ciencia. Afirma que la llama irónica porque tal investigación da lugar a varias interpretaciones, contra lo que sucede en ciencia (cosa que también es harto discutible) . Además, si las cuestiones de ciencia irónica no son decidibles empíricamente, por qué no llamar a las mismas filosóficas, mucho más aún porque él mismo sostiene que "sus preguntas son aquellas que quizás nunca pueden ser contestadas dados los límites de la ciencia humana". [16] En consecuencia, toda la verdad que podemos alcanzar es verdad científica, porque la ciencia irónica "no puede alcanzar el objetivo de trascender las verdades que ya tenemos [en las ciencias empíricas]". [17] La humanidad, según Horgan, está cerca de llegar al estado de una Nueva Polinesia en la cual los científicos no tienen nada radicalmente nuevo que investigar, por lo que propondrán nuevas preguntas que la ciencia no puede contestar (no queda claro si en términos absolutos o relativos). La búsqueda del conocimiento continúa, pero de un conocimiento especulativo, no empírico. Futurología mal fundada otra vez, con el agregado de la ingenua suposición de que los científicos (especialmente los científicos tal como los describe Horgan) puedan o les interese suscitar (por su propio entrenamiento qua científicos) preguntas especulativas. La historia se vuelve contra Horgan; sólo muy pocos científicos lo han hecho. Y ellos justamente fueron aquellos que, o eran grandes filósofos (Aristóteles) o devinieron científicosfilósofos (Einstein), muy alejados del científico tal como lo concibe Horgan. [18] En tal Nueva Polinesia habría fin de la ciencia, pero no de la ciencia irónica (léase, no fin de la filosofía). Horgan parece olvidar en este contexto el proceso de retroalimentación que se suscita entre las investigaciones científica y filosófica: las nuevas preguntas (con sus correspondientes respuestas) en cada una de ellas suscita nuevas preguntas en la otra.

 

Nada de lo dicho hasta aquí hace de Horgan un defensor de la anticiencia, puesto que él defiende, por el contrario, una postura fuertemente procientífica. Es difícil sostener algo más optimista acerca de la ciencia que proponer que ella ya ha logrado la verdad o está próxima a hacerlo. Esto nos invita a ser cautos acerca de las relaciones entre defensores del fin de la ciencia y de la anticiencia. Nada mejor que clarificarnos acerca de los diversos modos de sostener una postura que hoy pueda o haya sido llamada anticientífica.

 

Variedad de posturas anticientíficas

 

Coincidimos con G. Holton (1993), quien afirma la existencia de una variedad de perspectivas desde las cuales diversos grupos se oponen a la ciencia, especialmente a cómo es hecha o concebida hoy en nuestra cultura. Dichas perspectivas no forman un todo coherente, pues surgen de distintas motivaciones, tienen distintos propósitos y están vinculadas a distintos programas políticos. Si hay una nota común a todos ellos, es que en mayor o menor grado se oponen a la hegemonía que la ciencia y sus aplicaciones tienen en las sociedades contemporáneas, en algunos casos proponiendo versiones alternativas de ciencia que, supuestamente, evitarían la también supuesta dominación imperial del conocimiento científico. Con el exclusivo propósito de ordenar la breve y sistemática discusión de las principales versiones actuales de anticiencia, nos limitaremos a las siguientes seis variantes de la misma.

 

En relación a la ciencia como pretendido conocimiento objetivo y universal

 

Nos referiremos aquí a dos formas extremas y muy distintas de esta versión de anticiencia. Comenzaremos con el ataque de V. Havel en su varias veces comentado discurso ante el World Economic Forum en Davos, Suiza. Finalizaremos con las acusaciones de imposibilidad de objetividad y determinismo en la mecánica cuántica.

 

Havel encuentra la razón de todos los males del mundo contemporáneo, e incluso del comunismo, en el pensamiento racional, en el culto a la objetividad propio de la Modernidad con la aceptación de la cognoscibilidad del mundo en tanto gobernado por leyes naturales, captables racionalmente, comenzado en el Renacimiento, seguido por la Ilustración y extendiéndose hasta el socialismo. Ello llevó a creer que el hombre es capaz de explicar y dominar todo lo existente, y de poseer la única verdad sobre el mundo, una verdad despersonalizada, a la cual se accede gradualmente en un progreso automático garantizado por la utilización a ultranza del método científico. Esta es una era de ideologías, una era cuya meta es una gran teoría universal del mundo, que abriría las puertas a la prosperidad. De acuerdo a Havel, el comunismo es el extremo perverso de esta tendencia, por lo que la caída del comunismo es un síntoma de la crisis de tal versión moderna y procientífica del mundo. Estamos ante el abismo de un mundo donde la objetividad y la universalidad están en crisis, un mundo donde la ciencia mata a Dios y toma su lugar, para degradar y colonizar el mundo natural.

 

Pero todas las afirmaciones de Havel constituyen un caso paradigmático de la falacia del hombre de paja. Es él quien reemplaza una concepción sensata de la ciencia, y de su lugar en la vida del ser humano, por una concepción burdamente cientificista. Ni los científicos sensatos creen que lo pueden explicar todo, ni que la ciencia puede resolver todos lo problemas; ningún pensador pro­ciencia con cierto grado de información sofisticada cree que el método científico es panaceas universal ni que su aplicación garantiza el progreso automático. No es la ciencia la que degrada al mundo natural sino ciertas aplicaciones tecnológicas llevadas a cabo por intereses económicos especiales, entre los cuales hay muchos que favorecen una posición anticiencia, como la de los críticos de la defensa a ultranza del medio ambiente, usualmente emparentados a grupos económicos conservadores. El fin del comunismo no implica ni el fin de la ciencia ni el fin de la explicación del mundo, ya sea por grupos de una economía de mercado o una economía socialista. Piénsese en la ciencia aria de la Alemania nazi, para concluir que el fin del comunismo ligado a una propuesta anticientífica, no es garantía per se de un mundo mejor.

 

En el otro extremo de una posición anticiencia vinculada a cuestiones de objetividad, universalidad y determinismo, se encuentran todas aquellas afirmaciones que niegan sentido a la física porque en su versión mecánicocuántica se ha apartado de la realidad. [19] Se llega hasta el extremo de proponer que debido al principio de indeterminación de Heisenberg es imposible hablar de naturaleza o de materia. Esto es así porque "si [de acuerdo al principio de indeterminación] la realidad se comporta de modo distinto en diferentes circunstancias ¿no significa esto que no hay realidad?" [20] Se agrega que como la física ha descubierto el principio de indeterminación (también llamado principio de incerteza), no puede más dar información confiable sobre el mundo físico, por lo que ha perdido toda pretensión de objetividad. [21]

 

Pero todo esto es una barbaridad. En lugar de hacer a las cosas de la naturaleza incognoscibles, el principio de indeterminación provee el fundamento para una creciente exactitud en nuestras mediciones. No hay contradicción en poder medir con creciente precisión la posición de una partícula en determinada situación experimental, y medir también con precisión creciente el momento de la misma en otra situación experimental. Ambas informaciones se complementan. En tal sentido, la mecánica cuántica es una formidable herramienta para describir fenómenos atómicos y subatómicos, sin que ello implique abjurar totalmente del determinismo físico, el cual, de acuerdo al principio de correspondencia, sigue siendo válido a nivel macroscópico.

 

La ciencia ha salido bien parada, pues, de eta primera forma de ataque anticientífico, cuyo principal problema es la quasi-­ignorancia de las notas fundamentales del proceder científico y de las conclusiones acerca del mundo obtenidas por el mismo.

 

Por las supuestas dañinas consecuencias de las aplicaciones de la ciencia

 

Los máximos representantes de esta postura son los ambientalistas extremos, como los llamados Green. Comencemos con una aclaración: se puede ser defensor del medio ambiente sin atacar a la ciencia. Los que atacan a la ciencia en aras de una supuesta defensa del medio ambiente requieren además repudiar los cimientos echados por la Ilustración; lisa y llanamente, hay que acabar con todo rastro de la Modernidad. Pero esto es, por una parte, una mera expresión de deseos, especialmente si no se ataca al capitalismo, a la economía de libre mercado que requiere para su supervivencia de la innovación tecnológica, que ha llegado ahora a una etapa de creciente globalización del capitalismo y de su retroalimentador, el avance tecnológico acelerado. Todo esto involucra la aceleración de lo que muchos llamarían Modernidad. Hay quienes sostienen que, a este nivel, el mundo contemporáneo, en vez de abandonar la Modernidad por una nueva y radical etapa, usualmente llamada Posmodernidad, está entrando en la Hipermodernidad.

 

No se puede culpar a supuestos modernos como el del valor de la razón, o el dualismo mente-cuerpo, o a la Idea hegeliana de la crisis del entorno: ello no es nada más que una forma salvaje de determinismo metafísico inaceptable.

 

Desde intereses económico políticos (antiambientalistas)

 

Se acusa a la ciencia de no poder encarar satisfactoriamente los problemas del medio ambiente. Es cierto que para problemas complejos de gran escala, tales como el crecimiento de la población, el cambio climático, la destrucción de la capa de ozono, la declinación de la biodiversidad, no existen las soluciones unilaterales y fáciles. No se puede saber por anticipado los efectos secundarios que pueden acompañar a cualquier fenómeno ambiental serio, como el calentamiento de los océanos. No hay posibilidad de experimento global, ni de su repetibilidad, ni de aislar un determinado proceso de cambio porque todos los cambios están interrelacionados.

 

Pero hay formas climáticas que se repiten y también se conocen relaciones como la del aumento del efecto invernadero y el cambio de clima; las incertezas son acerca de cuán rápido ocurrirán los cambios y de qué tipo exacto serán. Pero, a pesar de todo ello, la mejor apuesta de la sociedad es apoyarse en el consenso científico. Y hay consenso acerca de que no es recomendable mantener el crecimiento exponencial de la población, agregar gases tóxicos a la atmósfera pues cambiaría el clima y las regularidades en la producción agrícola. Tal consenso se basa en investigación de campo, simulaciones computacionales, estadísticas, etcétera.

 

La probabilidad de errores está siempre presente, pero no se conoce mejor instrumento que la ciencia para eliminarlos. La gran ventaja de la ciencia consiste en lo que los grupos conservadores de todo tipo la culpan: la obligación de los científicos de cambiar de posición si se tienen nuevos datos que invitan a ello. No hay certeza, pero se pueden dar diagnósticos cada vez más adecuados de la situación del medio ambiente, y se puede contribuir a diseñar e implementar estrategias para mejorar la situación.

 

Los antiambientalistas están ligados a fuertes intereses económicopolíticos. Y tienen importante apoyo en cierta prensa parasitaria de tales sectores, que siempre recomienda que los intereses económicos inmediatos están mejor servidos siguiendo con los negocios de modo usual; por supuesto, estas recomendaciones no son sometidas a crítica científica, ni publicadas en revistas técnicas de prestigio; a pesar de ello, usan de ciertos científicos, quienes, por su posición ideológica o por razones monetarias, certifican la no necesidad de resolver un problema ambiental determinado, porque, en última instancia, se niega que exista tal problema. [22] Ante la evidencia de todo tipo mostrando que hay calentamiento global, los antiambientalistas dicen (luego de negar por un tiempo la existencia de tal calentamiento) que "hay calentamiento global pero no hay que preocuparse", lo cual da piedra libre a que se sigan haciendo negocios del modo usual. Además, periodistas a sueldo del tipo de R. Limbaugh han propagandizado que, en tanto la inestabilidad y el desequilibrio han hecho posible, en cierto modo, la vida en la Tierra, el daño hecho por los seres humanos a la Tierra puede difícilmente conmoverla o alterar sus ecosistemas. Esto es análogo a decir que porque las extinciones son parte de un proceso natural inevitable, las extinciones provocadas por los humanos no deben preocupar en absoluto. Y ello revela el carácter falacioso de la argumentación con que defienden su postura los antiambientelistas o sus esbirros en el periodismo. [23]

 

Contra la hegemonía de las ciencias

 

Mencionaremos dos versiones siempre citadas como representativas de una fuerte crítica a la pretensión imperial de las ciencias dentro del ámbito de la cultura.

 

Rorty es el representante más sagaz de la postura según la cual la ciencia debe ser reemplazada como la disciplina rectora y suprema de la cultura contemporánea. Esta cultura es la cultura postfilosófica, postIlustración, la cual quita el halo a palabras como verdad, conocimiento y realidad, lo cual lleva a Rorty a considerar a la ciencia y a la filosofía como géneros de literatura y, a la vez, hace que la literatura desplace a la "religión, ciencia y filosofía como las disciplinas que presiden nuestra cultura". [24]

 

De manera consistente con la afirmación anterior, Rorty ha propuesto que la ciencia no es una empresa que pretende alcanzar la verdad. Además, la verdad es un mero rótulo retórico, como "una palmadita en la espalda", según la propia descripción de Rorty, que aplicamos a aquellas afirmaciones que estamos dispuestos a aceptar en la práctica social y siempre por acuerdo con nuestros pares. Además, como tal acuerdo entre pares es siempre hecho dentro de un determinado discurso o juego de lenguaje, debe concluirse, de acuerdo a Rorty, que no hay una verdad sino muchas. No extraña pues que Rorty afirme que la objetividad es basura pura (pure humbug).

 

Tampoco nos puede sorprender que Rorty se oponga a que 1) la ciencia pueda darnos una representación precisa de la realidad, y que 2) en su desarrollo nos revele más y más aspectos previamente ocultos de la naturaleza en tanto dominio que trasciende lo humano. Es más, Rorty duda de que haya una naturaleza del mundo esperando a ser descubierta por las ciencias. Todo lo que podemos hacer es comparar una descripción con otra. No hay algo más allá de los textos que no sea sólo otro texto, y no algo con respecto de lo cual otros textos pretendan ser adecuados.

 

De ahí que no haya nada particular o interesante acerca de la ciencia. Ni hay método, ni tiene sentido buscarlo, que explique su éxito.

 

Sin entrar a discutir cada una de las afirmaciones de Rorty sobre la ciencia, lo que nos interesa enfatizar es que las ideas que los científicos tienen sobre sí mismos son distintas a las del pragmatista Rorty. Luego, desde la propia versión pragmatista de Rorty, el pragmatista Rorty es el que está equivocado.

 

La segunda postura que pretende abjurar de la hegemonía de la ciencia en nuestra cultura es claramente representada por Feyerabend, quien no pretende hegemonía para disciplina alguna. La ciencia debería ser, en una sociedad nueva y libre, una línea más de partida. Feyerabend reconoce la enorme cantidad de magníficos aportes de la ciencia; lo que ataca es la ciencia tal como es concebida usualmente y tal como es practicada en los centros científicos contemporáneos.

 

Lo que nos preocupa, por parecer irreal, es la pretensión que en una sociedad democrática tal como la describe Feyerabend siguiendo los ideales de Mill, la ciencia debería tener el mismo status que la medicina Hopi o la astrología. En una sociedad a la Mill, de neto corte capitalista liberal, ello es impracticable, por las demandas de producción científico-tecnológicas de tal sociedad. Para producir nuevas computadoras rápidas y baratas, poco ayuda otra disciplina que no sea el análisis de sistemas y la electrónica, para colocar el telescopio Hubble en órbita de nada sirve la astrología. Por lo tanto, yo no mandaría a mis hijos a las escuelas tal como Feyerabend las concibe, en donde bajo la excusa de "todo vale", todo debe ser en principio transmitido a las nuevas generaciones. Además, no soy el primero en afirmar que en una sociedad como la nuestra (¿de cual otra podríamos partir hoy?) proponer que desde un determinado momento todo vale, lo que se logra es que las diferencias ya existentes permanezcan y se acentúen. El "todo vale" no es más que una receta, en el plano sociopolítico, para que "nada cambie".

 

Desde la perspectiva del fundamentalismo religioso

 

Seremos breves, porque bien es sabido que el ataque a la ciencia desde el dogma religioso se debe a que principios y consecuencias de la ciencia contemporánea no son consistentes con las llamadas verdades reveladas y/o con interpretaciones interesadas de las mismas, especialmente con la interpretación literal de los llamados textos sagrados.

 

Sin embargo, tal postura anticientífica involucra también un ataque a los procedimientos de las ciencias, especialmente al testeo empírico como inalienable, al requisito de consenso acerca de los resultados de tal testeo, al uso de procedimientos adversariales, al no reconocimiento de autoridades externas más allá que la de los pares de la comunidad científica, entre otros.

 

Como algunas de las otras posturas anticientíficas ya comentadas, los fundamentalistas, usualmente creacionistas, confunden virtudes de la ciencia por defectos de la misma. La no existencia de certeza absoluta final y la necesidad de revisar críticamente toda propuesta ya aceptada o por aceptar, ante la presencia de nueva evidencia que invite a ello, las cuales son características obvias de la buena práctica científica, son denostadas por el fundamentalismo religioso, acusándoselas de muestra de falta de objetividad, de inexistencia de concepción sólidamente defendible, etcétera.

 

Desde nuevas versiones alternativas de la ciencia

 

Nos referiremos aquí exclusivamente a una de las más citadas de dichas versiones alternativas: el programa fuerte de la Escuela de Edimburgo, complementado por el constructivismo sociológico.

 

El programa fuerte, de acuerdo a D. Bloor, propone las siguientes cuatro notas como características tanto de una adecuada sociología del conocimiento como de una apropiada versión de la ciencia: 1) Causalidad: una adecuada elucidación de las decisiones acerca de hipótesis y teorías científicas requiere apelar a las causas principalmente sociales que dan lugar a tales hipótesis o teorías (llamadas genéricamente creencias científicas); 2) Imparcialidad: ambos extremos de las dicotomías verdaderofalso, racionalirracional deben ser explicadas en términos de causas; 3) Simetría: el mismo tipo de causas deben explicar ambos extremos en dichas dicotomías, y 4) Reflexividad: las pautas anteriores de explicación deben aplicarse a la sociología misma. [25]

 

No podemos entrar a discutir en detalle la aceptabilidad de tal propuesta; sólo nos interesa remarcar aquellas dificultades que minan la pretensión del programa fuerte de constituir una versión alternativa aceptable de conocimiento científico, en la cual la evidencia o buenas razones nunca permiten elucidar nuestras decisiones acerca de las creencias científicas.

 

La noción de conocimiento científico presupuesta en las cuatro notas anteriores es inaceptablemente estrecha, pues presuponer que hacer buena ciencia es proponer siempre explicaciones en términos de causas (cualquiera sea su tipo) no resiste hoy el más mínimo análisis. Hempel diría, además, que subyace también a dichas notas una confusión entre explicar (que remite a consideraciones espaciotemporales) y justificar (dar razones), sin negarse que las razones pueden operar como causas (aunque no siempre lo hacen). Lo que sucede realmente es que el programa fuerte sugiere que para dar razones es necesario ineludiblemente apelar a las causas (de una decisión o una creencia). Pero este es, otra vez, un reduccionismo causalista que ha sido suficiente y satisfactoriamente criticado en reiteradas ocasiones. [26] Por último, nos interesa llamar la atención acerca de la eliminación de la filosofía de la ciencia que el programa fuerte implica, tal como ellos mismos lo reconocen acusándola de no científica y no empírica, como si la filosofía y cualquiera de sus ramas tuviera que ser necesariamente científica para ser aceptable. En verdad, es un supuesto dogmático aquel que propone que el mejor estudio de la ciencia tiene que ser necesariamente científico, mucho más cuando la perspectiva de la ciencia usada para el mismo es inaceptablemente estrecha.

 

El constructivismo sociológico es sin duda el otro caso paradigmático siempre discutido del enfoque propio de los estudios sociales de la ciencia. Latour y Woolgar (1979) describen a los científicos como una sociedad de grafomaníacos, quienes en sus laboratorios dedican las dos terceras partes de su tiempo trabajando con instrumentos de inscripción, siendo así una tribu de escritores y lectores. Ello les permite convencer a otros que lo que ellos hacen es importante, que lo que dicen es verdad y digno de ser financiado. Uno se pregunta por el rol de la evidencia en favor de lo que proponen los científicos, pero no hay tal cosa como evidencia objetiva porque los de la tribu científica "convencen a otros que no están siendo convencidos, sino que están siguiendo una línea consistente de interpretación de la evidencia disponible". [27] Tal convencimiento meramente retórico logrado a través de la publicación hace de ésta no sólo el medio a través del cual la ciencia alcanza sus objetivos sino el objetivo mismo de la ciencia. Todo consiste en persuadir a los lectores de que los enunciados propuestos en la publicación deben ser aceptados como hechos.

 

Este es el núcleo de la primera connotación del constructivismo sociológico de los hechos, a la que se debe añadir como segunda nota que los hechos son el resultado de negociaciones entre las partes interesadas, porque, supuestamente, la llamada evidencia empírica nunca es suficiente para concluir taxativamente cuál debe ser el hecho a aceptar. Esto lleva a la inaceptable conclusión de que el hecho constituido por la aceptación de una cierta sustancia en la vida de laboratorio es construido de tal modo que tal sustancia no debe ser considerada como existente hasta que no hubo un test para la misma aceptado como probatorio a través de negociación social. [28] La generalización de esta propuesta más allá de los ejemplos dados por Latour y Woolgar conduce a una conclusión disparatada: la no existencia de un metal determinado, oro, plata, etcétera, hasta que hubo un test para el mismo. El disparate llega al paroxismo cuando leemos que "nuestro argumento no es sólo que los hechos son construidos socialmente. También queremos mostrar que el proceso de construcción involucra el uso de recursos a través de los cuales todos los rastros de tal producción son extremadamente difíciles de detectar". Tal como bien dice Brown (1989), esta es una estrategia argumentativa falaciosa usada ya por los creacionistas cuando afirman que no sólo hizo Dios al mundo hace 6.000 años, sino que para testear nuestra fe, también hizo los fósiles, para hacer que las cosas luzcan mucho más viejas...

 

Frente a la gama de versiones que distorsionan al conocimiento científico, sólo cabe responder con una actitud crítica que, sin caer en versiones positivistas extremas, cientificistas rústicas o anticientíficas más rústicas aún, avance hacia versiones cada vez más sofisticadas de las ciencias y su desarrollo.

 

No debe confundirse fin de la ciencia con anticiencia

 

Por una parte, la defensa de Horgan de su peculiar manera de proponer el fin de la ciencia presupone una fuerte actitud pro­ciencia: la ciencia nos da acceso a la verdad, podemos estar cierto de ello, y ya estamos operando con el marco científico verdadero y final. Nada tiene esto que ver con cualquiera de las seis posturas anticientíficas discutidas, quienes abjuran de la capacidad de la ciencia de darnos acceso a la verdad y mucho más de que estemos ya lográndolo.

 

Por otra parte, si distinguimos entre fin de la ciencia y fin de la creencia en la ciencia, debemos reconocer que si bien dichas posturas anticiencia son muy distintas entre si, todas ellas involucran el fin de la creencia en la ciencia tal como es usualmente concebida. Por el contrario, Horgan cree firmemente en la ciencia, especialmente en su pretensión de alcanzar la verdad.

 

Además, ninguna de las posturas anticientíficas discutidas implica, a diferencia de Horgan, el fin del progreso de la ciencia: lo que varía en cada una de ellas es la concepción de progreso que sustentan, porque cada una propone un modo distinto de cómo habría de ser el conocimiento científico, así como su lugar y rol en el ámbito cultural. Justamente, la modificación que algunas de dichas posturas anticientíficas proponen, como la de los estudios sociales, es que hay que cambiar el modo de entender de la ciencia para que ésta, en su desarrollo, contribuya a un progreso no restringido al ámbito científico (una excepción a ello estaría constituida por las posturas de Havel y los fundamentalistas).

 

Por último, si bien hay ciertas relaciones obvias entre algunas versiones de anticiencia (por ejemplo, Havel afirma que debe terminar la hegemonía de la ciencia, cosa aceptada también por Rorty y Feyerabend), no hay, en general relaciones de implicación entre ellas. El adoptar cualquiera de ellas no involucra aceptar alguna de las otras in toto (ni Rorty ni Feyerabend aceptarían que el fin del comunismo implica el fin de la Modernidad y de los supuestos ontológicoepistemológicos que subyacen al conocimiento científico).

 

Creo que resulta claro, por los comentarios críticos realizados a lo largo de este estudio, que no coincidimos con forma alguna del fin de la ciencia, ni con ninguna de las posturas anticientíficas. Aceptamos, en cambio, que todo este ruido reciente en torno de la ciencia invita a un renovado estudio crítico de la práctica científica, los supuestos de todo tipo que la subyacen, y las teorías que codifican sistemáticamente los resultados de todo el proceso de investigación. Propongo, en aras del rigor y verosimilitud de tal estudio, comenzar con un retorno a la sensatez. En mi caso, la sensatez empieza con un llamado a repensar la sencilla, rica y profunda caracterización de Bertrand Russell de la ciencia: "La ciencia no es en momento alguno totalmente correcta, pero es raramente totalmente incorrecta, y tiene, como regla, una mejor chance de ser correcta que las teorías no científicas". [29]

 

* El Dr. Ricardo J. Gómez es un filósofo y epistemólogo argentino que debió alejarse del país tras el golpe de Estado de 1976. Radicado en los Estados Unidos, desde 1983 es profesor titular de Filosofía de las Ciencias en la Universidad Estatal de California en Los Angeles (UCLA). Dicta también regularmente cursos de Doctorado y seminarios en diversas universidades argentinas. Autor de numerosos artículos publicados en revistas especializadas de distintos países, podemos destacar su libro Neoliberalismo y Seudociencia, Lugar Editorial, Buenos Aires, 1995. Constituye un honor para Herramienta publicar este artículo que nos fuera entregado por el autor en el segundo semestre de 2001.

 

[1] Horgan (1996, 16).

 

[2] Ibid.

 

[3] Ibid.

 

[4] Ibid, 238. Como quedará claro a lo largo de este trabajo, no coincidimos con ninguna de las afirmaciones de Horgan y, mucho menos, con las razones para sustentarlas. Afirmar, por ejemplo, que la fusión nuclear no ha dado los resultados esperados, no es necesario ni suficiente para concluir que la ciencia aplicada se acerca rápidamente a sus límites.

 

[5] Ibid, 6.

 

[6] Ibid, 5.

 

[7] Stent (1969, 10).

 

[8] Horgan reconoce que hay mucho por descubrir, como el tratamiento para curar el SIDA, pero nada de ello dará lugar a "descubrir algo tan monumental como la selección natural o la Relatividad General o la teoría del Big Bang" (Horgan, 1996271) . Horgan jamás da un argumento satisfactorio para explicar por qué ello no ha de suceder. Algo análogo sucede con la psicología pues, según Horgan, "la inhabilidad de la ciencia de ir más allá del paradigma freudiano no inspira mucha esperanza" (Ibid. , 275). Es obvio que esta no es una razón convincente. A lo sumo es una rústica extrapolaci6n inductivista, porque la incapacidad de hoy bien puede transformarse en logro resonante mañana, tal como la historia de las ciencias lo muestra sobradamente.

 

[9] Ibid, 17.

 

[10] Uno podría preguntarse cómo Horgan es capaz de tamañas aseveraciones acerca de la terminación del progreso científico teniendo en cuenta la notable variedad de versiones del progreso científico en los últimos treinta años que afirman, basándose en respetables defensas argumentativas, el desarrollo indefinido de las ciencias. Sin embargo, Horgan es consciente de tales versiones. Así, en el Capítulo II del libro que comentamos (titulado equívocamente "El Fin de la Filosofía" cuando el capítulo ni discute ni permite concluir tal fin) se ocupa de las teorías de la ciencia y su desarrollo propuestas por Popper, Kuhn y Feyerabend. Su propósito es desacreditarlas, señalando supuestos inconvenientes insalvables de las mismas. Pero los inconvenientes son de Horgan. Por ejemplo, los tres autores citados son tildados de relativistas (Horgan, 199633), cuando, en verdad, afirmar ello de Popper es un tremendo dislate que no resiste la más leve crítica y afirmarlo de Kuhn, sin indicar en qué sentido él es relativista, es una gruesa hipersimplificación. Horgan afirma que la concepción de Popper está llena de contradicciones, porque, por ejemplo, el criterio de falsabilidad no es aplicable a la propia teoría popperiana de la ciencia. Pero, Horgan no se percata que Popper mismo aclara una y otra vez que el criterio de falsabilidad es para demarcar el conocimiento científico empírico, y la filosofía de la ciencia no es conocimiento de tal tipo, por lo que no hay contradicción alguna en sostener que el conocimiento científico empírico es falsable, y tal rótulo no es aplicable a la propuesta epistemológica de Popper. Acerca de Kuhn los malentendidos son aún mayores. Por ejemplo, Horgan sostiene que uno de los más profundos argumentos de Kuhn culmina concluyendo que los científicos no pueden entenderse entre ellos. Por caridad argumentativa suponemos que Horgan se refiere a comunicación entre científicos que trabajan bajo distintos paradigmas. Pero Kuhn jamás negó la posibilidad de intercomunicación entre ellos. Que no exista diccionario de traducción entre paradigmas distintos no significa que los científicos de un paradigma no puedan gradualmente llegar a hablar el lenguaje del otro paradigma. Esta posibilidad ha sido más y más aseverada por Kuhn a lo largo de la producción intelectual de sus últimos años. Además, como Kuhn se vió forzado, según Horgan, a concluir que todas las teorías científicas no pueden alcanzar la verdad absoluta, "todas son igualmente verdaderas" (Ibid., 47). La más superficial lectura de cualquier trabajo de Kuhn pone en evidencia que Kuhn jamás sostuvo tamaño error. Kuhn siempre propuso criterios para evaluar paradigmas comparativamente, para así poder concluir cuál es mejor. El hecho de que Kuhn crea conveniente no hablar de la verdad de cada paradigma, no lo "conduce a Kuhn a una posición tan absurda como la de los sofistas quienes argumentan que todos los textos son igualmente no significativos" (Ibid.) . A Feyerabend, Horgan lo acusa de atacar la ciencia (cuando en verdad lo que atacó son ciertas interpretaciones en boga de la misma), y concluye que "después de todo , las ideas de Popper, Kuhn y Feyerabend se autorefutan" (Ibid, 56) . Sin duda, Horgan no ha exhibido razones convincentes para concluiz semejante errónea afirmación.

 

[11] Horgan (1996, 14). No podemos resistir la tentación de agregar que ni Ronald Reagan se animó jamás a tamaña afirmación.

 

[12] Entre otra de las faltas de incentivo para nuevos tipos de investigación, Horgan cita el fin de la guerra fría. Digamos que en el mejor de los casos ello genera un saludable cambio en el tipo de incentivos, en lugar de una pérdida de los mismos: parte del dinero destinado a la investigación bélica se reorienta, como realmente sucede en muchos casos, a financiar investigación básica de otros tipos.

 

[13] Rescher (1978).

 

[14] Penrose (1989).

 

[15] Horgan (1996, 7).

 

[16] Ibid.

 

[17] Ibid., 8. Horgan agrega que la Gran Pregunta a contestar finalmente es ¿por qué hay algo en vez de nada?. La Respuesta a tal pregunta trascendería a todo conocimiento humano limitado. Pero, esta es justamente una de las preguntas que Heidegger consideró como central de la metafísica, lo que reitera el carácter meramente artificial y convencional de la decisión de Horgan de hablar de ciencia irónica, en lugar de llamar a las cosas por el nombre que la tradición filosófica les adscribió.

 

[18] Recuérdese que Einstein afirmó que, en tanto físico, él se consideraba una suerte de metafísico disimulado.

 

[19] Véase, por ejemplo, el artículo de John Lukacs en The New York Times (Junio 17, 1993) y el libro de B. Appleyard (1992).

 

[20] B. Appleyard, op. cít., 157.

 

[21] Véase, Aronowitz (1988).

 

[22] Así, los puntos de vista de los antiambientalistas son publicados, por ejemplo, en revistas americanas de negocios como The Wall Street Journal y Forbes. Una estrategia muy usual en dichas revistas es que los antiambientalistas se citan unos a otros, o recurren a argumentos como el que presentaron R. Limbaugh y J. Fund en la primera de las publicaciones citadas: el monte Pinatubo en las Filipinas lanzó más de mil veces la cantidad de químicos dañinos a la capa de ozono en una erupción que todos los hidrocarburos manufacturados por las grandes corporaciones en la historia. De ello concluyen que si la humanidad no puede igualar una sola erupción del Pinatubo, ¿cómo entonces puede destruir la capa de ozono? Esto es anticiencia pura. Los científicos saben que la conclusión es incorrecta. Lo que lanzan los volcanes no contribuye mayormente a la destrucción del ozono en  la estratósfera, porque tales gases volcánicos no se depositan en la estratósfera, cosa que ocurre con los hidrocarburos.

 

[23] Para un estudio crítico detallado del carácter anticientífico del antiambientalismo, véase Ehrlich y Ehrlich, (1996).

 

[24] Rorty (1982, 155).

 

[25] Véase Bloor (1977, 5).

 

[26] Para una sistematización de las críticas más importantes al respecto, véase Brown (1984).

 

[27] Latour y Woolgar (1979, 70).

 

[28] Muy especialmente es en la experimentación, para decidir cuándo termina un experimento, es decir, cuándo podemos concluir que estamos ante un hecho real y no ante un mero artefacto producido artificialmente, sin correlato real, que se necesita de teoría, cálculo, experiencia, instrumentación y sociología (Galison, 1987). A tal conclusión no se llega por mera argumentación deductiva; es un complejo proceso de eliminación de errores que no termina, contra el constructivismo social, cuando triunfan los intereses de los teóricos dominantes, ganadores en la negociación. Todos los factores arriba mencionados, supuestos teóricos, comprensión y uso de la tecnología disponible, aceptación de usos de simulación computacional, etcétera, restringen objetivamente todo proceso de decisión. Además, teoría y experimento no son plásticos (en el sentido de dar lugar a diversas acomodaciones mutuas decidibles sólo por negociación) contra lo que suponen los constructivistas; si lo fueran, se podría poner de acuerdo a teoría y experimentación mucho más a menudo de lo que sucede. Galison propone que en vez de visualizar a los científicos en el laboratorio como sometidos a una gran cantidad de fuerzas exteriores que los manipulan, deben ser vistos embebidos en su cultura, que incluye todas las restricciones citadas. Esto le permite a él ir más allá de la dicotomía que parecía crucial a la generación anterior: o versiones internalistas que hacían a la ciencia inmune a las culturas en las que se desarrollaba, o versiones externalistas que dejaban de lado las restricciones internas a las maniobras teóricas y de laboratorio.