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Sociología de la ciencia

Sociología del conocimiento científico

Por Episteme - 8 de Octubre, 2007, 17:30, Categoría: Sociología de la ciencia

Sociología del conocimiento científico

Emmanuel Lizcano

Universidad Nacional de Educación a Distancia

La modernidad, tras las huellas de Kant, deja establecido el problema del conocimiento científico en términos de unas escisiones tan rotundas como reconfortantes. En primer lugar, de la escisión entre sujeto y objeto, el positivismo lógico heredará una concepción del conocimiento que pivota sobre dos ejes: del lado del sujeto (transcendente), la coherencia lógica del lenguaje de conocimiento; del lado del objeto, su exterioridad y susceptibilidad de aislamiento y descomposición a efectos de análisis. La relación sujeto/objeto se entiende así como una relación de adecuación o correspondencia entre un lenguaje racional que describe y una realidad (supuestamente exterior al sujeto) que se des-cubre. (Si bien es cierto que, para esta simplificación, ha debido olvidarse por el camino toda la actividad constructora del objeto por parte del sujeto, que Kant atribuía a las categorías y a las formas a priori de la sensibilidad).

En segundo lugar, la imposibilidad de fundamentar la metafísica como ciencia deslindará dos campos y dos modos de saber nítidamente diferenciados: los saberes no fundamentados ("ilusiones metafísicas", saberes prácticos, superstición, pseudociencias...) y el conocimiento científico, éste ya único, universal y necesario. La tarea de una filosofía crítica es para Kant la de "un censor que mantiene el orden público" al mantener una frontera impermeable entre ambas esferas.

En tercer lugar, el criterio de demarcación que formulara Reichenbach distingue no menos tajantemente entre un contexto de descubrimiento y un contexto de justificación. El primero abarca la actividad humana del descubrir y el conjeturar, por lo que en él se manifiesta la componente irracional del conocimiento; al segundo corresponde la justificación racional de lo descubierto irracionalmente, es decir, la verificación -o falsación, en la variante popperiana- de hipótesis y la construcción de conceptos y teorías, actividad ya puramente racional.

Esta triple escisión -sujeto/objeto, ciencia/no-ciencia y descubrimiento/justificación- fundamenta el conocimiento científico sobre la sólida base de una racionalidad pura. Y tal división epistemológica viene a institucionalizarse en una correspondiente división del trabajo académico respecto de la actividad científica. Cuanto cae del lado del sujeto (concreto o trascendente, individual o colectivo), de los saberes no estrictamente científicos o de la componente irracional de los descubrimientos será el objeto de estudio propio de las ciencias humanas: historia, psicología, sociología... Pero a éstas nada les cabe decir sobre el núcleo duro de la razón científica: la construcción de conceptos y teorías y la metodología de investigación; éste es un ámbito reservado a filósofos de la ciencia, metodólogos, lógicos y epistemólogos.

La sociología de la ciencia nace con el propósito de dotar de racionalidad a aquellas instancias de la actividad científica que tales escisiones dejaban indeterminadas en exceso. Para Merton, la racionalidad de la ciencia viene garantizada por la internalización por los científicos de las normas que rigen el funcionamiento de la comunidad científica. Este ethos científico se concreta en los cuatro conocidos imperativos institucionales: frente a los localismos, el imperativo de universalidad; frente al excesivo individualismo, el comunalismo; frente a las motivaciones particulares, el desinterés; y frente al dogmatismo, el escepticismo organizado. El sujeto kantiano del conocimiento científico queda así destranscendentalizado y socializado, al tiempo que la universalidad y objetividad del conocimiento científico resultan ahora de proyectar idealmente tales características sobre la comunidad de quienes hacen la ciencia.

Pero esta entrada de la sociología en la escena de los estudios sobre la ciencia, lejos de superar ninguna de las divisiones establecidas, las refuerza aún más. "Consideraremos -afirma Merton- no los métodos de la ciencia, sino las normas con que se los protege". Los métodos y contenidos de la ciencia quedan explícitamente fuera del ámbito de la investigación social.

Ésa caja negra empezará a abrirse en los convulsos años sesenta, dando origen a los que hoy se vienen conociendo como nuevos estudios sociales de la ciencia o sociología del conocimiento científico. Estos estudios, al considerar la actividad científica en los contextos concretos donde se va desarrollando efectivamente, irán borrando los límites definidos por las escisiones establecidas y contaminando así la pureza de la ciencia con el fango de lo social: intereses, prejuicios compartidos, negociaciones de sentido, prácticas discursivas... Sus orígenes son heterogéneos. La Escuela de Frankfurt actualiza las críticas marxiana y bakuniniana a la alianza entre conocimiento científico e intereses de clase en las sociedades tecno-demo-burocráticas. La emergencia de movimientos sociales como el ecologismo y el feminismo alertan sobre la compulsión al control y a la destrucción de la que se alimenta el propio proyecto científico. Se retoma la crítica romántica (Goethe, Nietzche...) a la noción de hecho: los supuestos hechos brutos están, en realidad, bien domesticados, hechos por la teoría desde la que se observan, construidos por el lenguaje, por proyecciones antropomórficas, por intereses, presupuestos... Distinciones como la de Hanson entre "ver" y "ver que" o la de Quine entre "lo que hay" y "lo que se dice que hay", y ataques como el de Sellars al "mito de lo dado", el de Feyerabend al monopolio científico de la verdad o el de Lakatos a la supuesta disponibilidad de las teorías para dejarse refutar por los hechos... apuntan todos ellos en la misma dirección.

En este contexto, con la crítica kuhniana a la ilusión de progreso en el sucederse de las teorías científicas y la consideración del papel determinante que juegan en los cambios de paradigma las luchas por el poder en el seno de la comunidad científica, se abrirán definitivamente las exclusas que mantenían separadas las serenas aguas de la ciencia y las turbulencias en que se agitan los grupos humanos y sus tanteantes modos de conocimiento. Todas estas orientaciones precipitan y se institucionalizan en el llamado programa fuerte de sociología del conocimiento científico, punto de inflexión entre la sociología clásica de la ciencia y los nuevos estudios sociales de la ciencia. Este programa arranca de los trabajos de los integrantes del "grupo de Edimburgo" (B. Barnes, D. Bloor, S. Shapin y D. McKenzie), y en particular con la publicación de Scientific Knowledge and Sociological Theory de Barry Barnes en 1974 y Knowledge and Social Imagery de David Bloor en 1976. Tal y como lo define Bloor, se articula en torno a cuatro grandes principios o postulados: causalidad, imparcialidad, simetría y reflexividad. El principio de causalidad postula que la investigación debe "interesarse en las condiciones que dan nacimiento a las creencias o a los estadios del conocimiento observados"; estas condiciones pueden ser sociales, económicas, psicológicas, políticas o históricas, pero en cualquier caso el sociólogo debe buscar establecer relaciones "entre causas y efectos, como cualquier otro científico". Si tradicionalmente la sociología del conocimiento ha atendido tan sólo a lo que tenía por conocimiento falso (atribuido a ciertas anomalías o contradicciones sociales) pero suponía que el conocimiento verdadero no exigía ninguna explicación social (pues se da de modo natural cuando tales distorsiones sociales no existen), el principio de imparcialidad reclama una misma actitud "respecto a la verdad o la falsedad, la racionalidad o la irracionalidad, el éxito o el fracaso", pues tan susceptibles son los unos como los otros de investigación sociológica. El principio de simetría es un corolario del anterior y establece que "los mismos tipos de causas deben explicar las creencias `verdaderas' y las creencias `falsas'", en lugar de asentar las primeras en una supuesta lógica objetiva y en una mayor comprensión o autonomía del conocimiento, y atribuir las segundas al error humano, la superstición o el enmascaramiento. Por último, el principio de reflexividad postula que "estos modelos explicativos deben aplicarse a la sociología misma".

Bloor rompe así drásticamente con la tradición mertoniana en sociología de la ciencia, pero lo hace precisamente en nombre de la fidelidad a los planteamientos clásicos en sociología del conocimiento (Durkheim, Mannheim, Znaniecki) e incorporando eclécticamente una amplia gama de aportaciones (Spengler, Wittgenstein, Mill, Kuhn, M. Douglas...). Las características más destacadas de las investigaciones emprendidas a partir del programa fuerte son: a) Relativismo: no hay criterios absolutos de verdad o de racionalidad, sino que tales criterios dependen tanto de las interacciones y negociaciones en el interior de la comunidad científica como de grupos humanos más amplios, de épocas históricas y de contextos de significado concretos. b) Naturalismo: todo conocimiento, incluido el matemático y el lógico, corresponde en última instancia a una experiencia, si bien de esa experiencia se selecciona una de las varias interpretaciones posibles, la cual se racionaliza a posteriori como la `explicación lógica' y se legitima por la autoridad como `conocimiento verdadero': "lo que hemos hecho no es sino desarrollar la teoría [empirista] de Mill sobre un plano sociológico". c) Constructivismo: esa capacidad social de seleccionar y legitimar ciertos modelos como `verdaderos' es, por tanto, capacidad de construir la realidad, al menos dentro de ciertos límites físicos. d) Holismo: el conocimiento científico no puede entenderse fuera del contexto concreto (práctico, lingüístico, cultural...) en el que se produce y justifica, no cabiendo por tanto distinguir entre contextos de descubrimiento (sociales e irracionales: externos) y de justificación (lógicos y empíricos: internos). e) Cientifismo: los cuatro principios en que se funda el programa fuerte "reposan sobre los mismos valores que los tenidos por adquiridos por otras disciplinas científicas" y el sociólogo de la ciencia no hace sino "lo que cualquier otro científico".

El desarrollo de este programa estimulará tanto una multitud de estudios empíricos sobre episodios concretos de la historia de las diversas ciencias como una viva discusión sobre sus principios y características, dando origen a las distintas orientaciones hoy dominantes. Entre los primeros cabe señalar los estudios pioneros -a mediados de los setenta- de Farley y Geison sobre el debate entre Pasteur y Pouchet, de Shapin sobre la disputa frenológica, o de Edge y Mulkay sobre la radioastronomía, así como los posteriores de Pinch sobre las anomalías de los neutrinos solares, de Harvey sobre las variables escondidas en mecánica cuántica, de Collins y Pinch sobre la parapsicología, de MacKenzie sobre los primeros debates en estadística social, de Pickering sobre experimentos con partículas subatómicas, de Shapin y Schaffer sobre la bomba de aire, o los del propio Bloor sobre la construcción social de las matemáticas. No deben olvidarse, sin embargo, otros estudios ajenos al programa fuerte, como el que Forman publicara en 1971 sobre la influencia del ambiente socio-cultural alemán en la génesis de la mecánica cuántica.

Las críticas a los aspectos teóricos del programa fuerte se apoyan en las que se perciben como contradicciones internas de sus principios o las derivadas del propio eclecticismo que, a nuestro juicio, es también una de sus principales bazas. Así, p.e., el principio de causalidad, heredero del paradigma newtoniano en física, no es sometido al mismo relativismo que se aplica a otros principios científicos o lógicos, lo que contradice el principio de reflexividad; o el realismo naturalista que subyace a todo el programa es de muy difícil conjugación con sus aspectos más constructivistas o con sus intentos de dar cuenta de ciertas construcciones matemáticas absolutamente antiempíricas (véase Sociología del pensamiento formal); o la incongruencia de pretender a priori un estatuto de cientificidad -cuyo concepto no se cuestiona- que de hecho se pone entre paréntesis para aquellas otras actividades científicas a las que se somete a investigación. Woolgar (1991) criticará al programa fuerte por reproducir, a otro nivel, los mismos supuestos mertonianos que aspiraba a superar: a) presupone acríticamente la existencia de una realidad-ahí llamada `ciencia' a la que convierte en objeto de estudio -sin preguntarse si el propio concepto de `ciencia' no es también una construcción social- al tiempo que pretende reproducir su supuesto `método', sin indagar tampoco si esa `lógica' científica es algo más que una serie de racionalizaciones a posteriori; b) las nociones científicas de `causalidad' y `explicación' siguen rigiendo la investigación sociológica, sin más que cambiar el papel que Merton atribuía a las normas sociales por el de los intereses (instrumentales o ideológicos); y c) sus cuatro principios tienen el mismo carácter normativo que los imperativos del ethos científico mertoniano, ignorando de igual modo la práctica efectiva de los científicos.

Las alternativas que se abren a partir de estas críticas irán dando lugar en los últimos años a una serie de líneas de investigación que, pese a entremezclarse con frecuencia, podrían tipificarse como sigue (T. González de la Fe y J. Sánchez Navarro, 1988): a) Interpretaciones moderadas del programa fuerte (Barnes, Shapin, MacKenzie) que debilitan la noción de causalidad y renuncian a construir teorías generales en favor del estudio empírico de casos, donde tengan cabida las singularidades. b) El programa relativista (Collins, Pinch, Pickering, Harvey) de la escuela de Bath deja de lado principios que, como el de causalidad o el de reflexividad, habría que considerar en cada situación concreta; enfatizando los aspectos relativistas y un cierto constructivismo, se centra preferentemente en el estudio de los métodos de experimentación y en la construcción de sus resultados en investigaciones o controversias aún en curso, y en las `ciencias marginales'. c) El programa constructivista (Latour, Woolgar, Knorr-Cetina) está estrechamente ligado a la llamada antropología de los laboratorios, atenta a esa multitud de prácticas tenidas por in-significantes que serían precisamente las que construirían el significado de los enunciados y prácticas científicas: en el laboratorio, no es la `realidad' lo que observa el científico sino una multitud de informaciones fragmentarias y desordenados, de registros y aparatos que, convenientemente seleccionados y tratados, construyen hechos de apariencia ordenada con vistas a conseguir credibilidad; la negociación, los modos de argumentación y el uso retórico del lenguaje merecen especial atención para entender lo que `realmente hacen los científicos': "la argumentación entre científicos transforma algunos enunciados en quimeras y otros en hechos de la naturaleza" (Latour y Woolgar, 1995). d) Los análisis del discurso científico (Mulkay, Gilbert), a diferencia de los estudios etnográficos de laboratorio, no toman el discurso como síntoma de la actividad científica real sino como objeto propiamente social, en el que se manifiestan las contradicciones y solapamientos entre los diferentes registros del lenguaje que usan los científicos para describir, interpretar y racionalizar sus comportamientos; con frecuencia esta orientación se torna reflexiva al incluir también como objetos pertinentes de análisis tanto el discurso del propio analista como el de la sociología que éste pone en juego. e) Este carácter reflexivo también lo asumen los estudios etnometodológicos de la actividad científica (Lynch, Garfinkel), si bien éstos incluyen entre las prácticas observables tanto las conversaciones o materiales escritos como otros materiales manipulados en los laboratorios; en una última vuelta de tuerca, el apego del etnometodólogo a la sola consideración de lo observable le lleva a establecer que "no hay que usar más metalenguaje que el lenguaje de las mismas ciencias", con lo que la sociología radical llega a no distinguirse apenas del internalismo contra el que emergió.

Los resultados de todas estas orientaciones han abocado, simultánea y paradójicamente, a un callejón sin salida ("los investigadores de la ciencia -señala Latour- no pueden explicar sus propios descubrimientos") y a una progresiva desmitificación de la ciencia como forma de saber no ya sólo privilegiado sino ni tan siquiera singularizable dentro del repertorio de formas de conocimiento de una sociedad: "nunca hemos dejado de hacer, en la práctica, lo que las escuelas más importantes de filosofía nos prohibían hacer, a saber, mezclar objetos y sujetos, conceder intencionalidad a las cosas, socializar la materia y redefinir los humanos" (B. Latour, 1992).

Incluso, según las versiones más críticas de los estudios sociales de la ciencia, si algo distingue al conocimiento científico es la especial potencia de los recursos -retóricos, políticos, etc.- que pone en juego para persuadir (a los colegas, a los patrocinadores, al público en general) de que su construcción de la realidad no es tal construcción sino mera representación de la realidad misma (véase Ciencia e ideología). Esta `ideología de la representación' (Woolgar), que presupone un objeto exterior y una serie de prácticas metódicas destinadas a capturarlo lo más fielmente posible, incluye además los recursos necesarios para el olvido de su propia dimensión ideológica, para borrar el rastro de su actividad constructiva: "la representación parece producir una especie de amnesia sobre sí misma: a los lectores (y a los escritores) se les persuade de que no están siendo persuadidos, de que la representación es un simple instrumento para expresar el mundo exterior". Es más, la mayor parte de las investigaciones emprendidas por la propia sociología del conocimiento científico reproducen -según Woolgar- esa ideología, ahora como actividad sociológica, en el acto mismo de ponerse a desenmascararla en las ciencias naturales: en lugar de `neutrinos' o `virus', los objetos exteriores al observador sociológico son ahora los `discursos científicos' o las `prácticas reales' en el laboratorio: "no desmantelan la representación per se, tan sólo se dedican a sustituir las representaciones de la ciencia por representaciones sociológicas, literarias o filosóficas".

Para superar esta situación, la reflexión sobre las consecuencias de su propio trabajo desarrollada por algunos estudiosos sociales de la ciencia abre posibles caminos -acaso convergentes- de notable interés. Uno es el emprendido por el mismo Woolgar al proponer un cambio de objeto de investigación que incluya ahora al propio sujeto observador en su actividad de representarse las prácticas de representación que estudia: se trata de problematizar la relación entre el objeto y su representación y pasar a investigar la actividad de representación misma. Al entrar así en la que se ha llamado `investigación social de segundo orden' surgen una serie de implicaciones para la ciencia social que pueden abrirle nuevas orientaciones. En primer lugar, abandonar de una vez por todas la preocupación por "la trasnochada pregunta" sobre la cientificidad de las ciencias sociales, que tantas páginas ha consumido: "Tal vez -concluye Woolgar- el logro más importante del estudio social de la ciencia sea el haber puesto de manifiesto que ¡las ciencias naturales mismas apenas se comportan según los ideales de la ciencia! La pregunta sobre hasta qué punto la sociología puede o debe emular a las ciencias naturales da así un nuevo giro. Al reconocer el carácter no-científico, tanto de las ciencias sociales como de las naturales, los científicos sociales pueden dejar de preocuparse sobre cuán científicos son. La pregunta `¿puede ser científica la ciencia social?' resulta engañosa, pues la ciencia misma no es científica, excepto cuando se presenta a sí misma como tal".

En segundo lugar, al compartir las ciencias naturales y las sociales una misma ideología de la representación (sólo diferenciable en la potencia de los recursos movilizados para su deconstrucción), se trata de buscar otras formas de interrogar a la estructura `sujeto/objeto' que no aumenten aún más la distancia retórica entre el analista y la representación; en particular, interrogar a ese ignorado agente de la representación que es el `sí mismo', como último paso -aún pendiente- de ese proceso de descentramiento que inaugurara Copérnico y que ha venido a encontrar en el sujeto de la ciencia -aunque sea sujeto social- su último refugio.

En un sentido diametralmente opuesto, lo que la sociología del conocimiento científico puede aportar a la sociología en general no sería tanto la disolución crítica de toda práctica de representación (cuyo olvido de la inevitable dimensión simbólica de toda constitución social y cognitiva podría no llevar sino a un estéril escepticismo) cuanto la asunción crítica y consciente de tales prácticas con todas sus consecuencias. Si efectivamente el científico natural construye la realidad que pretende haber descubierto, y para ello no duda en utilizar representaciones tan poderosas como artificiosas (desde metáforas tan `irreales' como la de la `materia oscura' o la de la `mente-ordenador' hasta modelos matemáticos sin la menor `correspondencia con' la realidad), el científico social no tiene en absoluto por qué seguir ateniéndose tan estrictamente al sentido común, a hipótesis tan inmediatamente verosímiles, a esa voluntad de realismo que las ciencias naturales ignoran tanto como después -pero sólo después- simulan acatar. "En esto -dice Moscovici- es en lo que las ciencias sociales no alcanzan la fuerza de las ciencias de la naturaleza: las ciencias sociales son demasiado empíricas. En las ciencias sociales las gentes no juegan con la teoría, no ejercitan el pensamiento en toda su libertad. En cierto sentido, no creen lo bastante en el pensamiento (...) Esa actividad creadora del pensamiento es muy limitada en las ciencias sociales, por arriba y por abajo. Por arriba, a causa de la enormidad de las presiones ideológicas. Por abajo, por esa especie de voluntad de realismo".

Una tercera sugerencia que pueden ofrecer estos estudios es la propuesta por Latour (1992, 1993) o Serres (1991). Estos estudios, tras haber "ganado la batalla" a la sociología mertoniana, a las reconstrucciones racionales lakatosianas y a la historia de las ideas, han caído en la trampa que ellos mismos se han construido: de tanto enfocar la ciencia han desenfocado lo social hasta perderlo casi de vista. Sus enfoques `micro' les han acabado por conducir a tesis que bien podían haber suscrito los filósofos internalistas contra los que emprendieron sus investigaciones empíricas, pues renuncian a la más mínima teoría social y no aciertan a conectar con un mínimo de coherencia los registros más amplios de lo social con sus estudios de laboratorio o de los discursos científicos. La razón de ello la encuentra Latour en que se han limitado a radicalizar el modelo que ya estableciera Kant y que caracteriza a la modernidad: un modelo unidimensional que se mueve entre dos polos esencializados, el del sujeto y el del objeto, ahora repensados como sujeto-sociedad y objeto-naturaleza. Si la Ilustración clásica fijó el polo de la naturaleza para desde él pensar y desbancar al de la sociedad, los estudios sociales de la ciencia vienen a dar cumplimiento a la revolución copernicana que invierte la polaridad hacia el extremo opuesto: tras los pasos del psicoanálisis, la sociología o la semiótica, con estos estudios el polo social acaba por dar cuenta exhaustiva del polo natural. Según ellos muestran, la hipertecnológica civilización occidental no hace nada sustancialmente diferente de las antiguas o de los primitivos, se proyecta en una naturaleza que construye a su propia imagen.

Las distintas opciones intelectuales o metodológicas (que también lo son políticas) no dejan de moverse en esa única dimensión definida por la bipolaridad. Entre el realismo objetivista (reaccionario), que se fija en un polo, y el constructivismo extremo (radical), que lo hace en el opuesto, las restantes perspectivas o programas se mueven en los puntos intermedios (conservador-justo medio-progresista) de ese único eje. El principio de simetría de Bloor se revela ahora completamente asimétrico, pues parte -una vez más- de uno de los dos polos para dar cuenta del otro. No habrá auténtica simetría si no nos proponemos pensar en los mismos términos, y a la vez, la naturaleza y la sociedad. Para Latour, se trata ahora de llevar a cabo una `revolución contracopernicana', de dar `un giro más después del giro social' que supere esa falta de perspectiva, ese círculo vicioso en que se ha instalado la modernidad, abriendo una segunda dimensión, perpendicular a la anterior, en la que se evalúen los distintos `gradientes de estabilidad' de unos sujetos/objetos (actantes) nunca bien constituidos sino siempre en un proceso inestable y turbulento de continuas constituciones y reconstituciones.

En ese nuevo espacio bidimensional, lo que antes eran puntos de encuentro (el fenómeno) correspondientes a estados fijos del sujeto y del objeto, más o menos próximos al uno o al otro según las opciones teóricas, se convierten ahora en trayectorias. A lo largo de ellas, en cada punto, es indecidible cuánto hay de naturaleza y cuánto de sociedad, pues es la trayectoria misma la que define a sus puntos en sus circulaciones, en el proceso de su producirse. El dinamismo de esos `cuasi-objetos' de ontología variable, ni idénticos nunca a sí mismos ni susceptibles de identificar en ellos quanta de naturaleza o de sociedad, es el mismo que el que produce conjuntamente naturaleza y sociedad. "Los microbios de Pasteur -resume Latour- no son ni identidades atemporales descubiertas por Pasteur, ni el dominio político impuesto por la estructura social del Segundo Imperio al laboratorio, ni tampoco una mezcla cuidadosa de elementos `puramente sociales' y fuerzas `estrictamente' naturales. Son un nuevo vínculo social que redefine, al mismo tiempo, los constituyentes de la naturaleza y los de la sociedad". Los microbios o los electrones tienen así también su historia en ese espacio bidimensional, en el que cada corte paralelo al eje de la dimensión sujeto/objeto puede revelarlos ora como sujetos, ora como objetos, ora como híbridos, ora inexistentes. Aquella dimensión única en la que se moviera la representación moderna aparece así como un estado congelado (Nietzsche) del proceso vital de estos actantes en los que la frontera entre lo humano y lo no-humano es inestable y porosa, un estado en el que no cabía sino disputar cuánto de natural y de social hay en cada fenómeno, ignorando que esa naturaleza y esa sociedad -como también esos fenómenos- no son sino identidades reificadas, formas puras desprovistas de historia y de vitalidad.


 

BIBLIOGRAFIA

Archipiélago, nº 20, 1995: "El cuento de la ciencia" (artículos de Mulkay, Desrosières, Feyerabend, etc).

BARNES, B. (1974), Scientific Knowledge and Sociological Theory, Routledge and Kegan Paul, Londres.

BLANCO, J.R. et al. (1992), "Ciencia, científicos y sociologías: por dónde empezar?", en Escritos de teoría sociológica en homenaje a Luis Rodríguez Zúñiga, CIS-Siglo XXI, Madrid.

BLOOR, D. (1976), Knowledge and Social Imagery, Routledge & Kegan Paul, Londres. [Gedisa, Barcelona, 1998].

CALLON, M. y B. LATOUR (dirs.) (1990), La science telle qu'elle se fait. Anthologie de la sociologie des sciences  de langue anglaise , La Découverte, París.

FORMAN, P. (1984), Cultura en Weimar. Causalidad y teoría cuántica, 1918-1927, Alianza, Madrid.

FOUREZ, G. (1994), La construcción del conocimiento científico, Narcea, Madrid.
GONZALEZ DE LA FE, T. y J. SANCHEZ NAVARRO "Las sociologías del conocimiento científico", Reis, 43(1988)75-124.

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LATOUR, B. (1992), Ciencia en acción, Labor, Barcelona.

- (1993), Nunca hemos sido modernos, Debate, Barcelona.

- y S. WOOLGAR (1995), La vida en el laboratorio, Alianza, Madrid.

LIZCANO, E. "La ciencia, ese mito moderno", Claves de razón práctica, 32(1993):66-70.

- (1993), Imaginario colectivo y creación matemática. La construcción social del número, el espacio y lo imposible  en China y en Grecia , Gedisa, Barcelona.

Política y sociedad, nº14/15, 1993-94: "Ciencia y tecnología" (artículos de Bloor, Barnes, Mulkay, Latour, Woolgar, etc.)

Revista Internacional de Sociología, nº 4, 1993: "Sociología de la Ciencia".

SERRES, M. (ed.) (1991), Historia de las ciencias,Cátedra,Madrid.

-(1991), El Paso del Noroeste, Debate, Madrid.

-WOOLGAR, S. (1991a), Ciencia: abriendo la caja negra, Anthropos, Barcelona

Román Reyes (Dir): Diccionario Crítico de Ciencias Sociales

Disponible en:

http://www.ucm.es/info/eurotheo/diccionario/S/conocimiento_cientifico.htm


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La sociología de las ciencias y de las técnicas de Bruno Latour y Michel Callon

Por Episteme - 30 de Septiembre, 2007, 20:59, Categoría: Sociología de la ciencia


La sociología de las ciencias y de las técnicas

de Bruno Latour y Michel Callon(Ò)

Por Antonio Arellano Hernández*

 
Michel Callon, ingeniero de formación, y Bruno Latour, graduado en filosofía y Michel Callon, ingeniero de formación, animan el Centro de sociología de la innovación (CSI) de la Escuela nacional superior de minas de París; en el campo de la sociología de la ciencia pueden identificarse como el Grupo París. Ellos desarrollaron en los años ochenta un nuevo marco de análisis sobre la ciencia y la tecnología a partir de la reflexión y crítica de la sociología de la ciencia convencional y de sus investigaciones empíricas en los terrenos científico y técnico.

Bajo sus auspicios aparecen los primeros textos de una nueva escuela de sociología de la ciencia que ya tenia una buena implantación en el mundo anglófono. En efecto, el texto, "la ciencia tal y como se hace, antología de la sociología de ciencias en lengua inglesa" (Callon y Latour, 1982) presenta entre los investigadores franceses los aportes de investigaciones que analizan directamente la producción de hechos científicos en el seno de disciplinas de alta reputación como la invención de la radioastronomía, la detección de ondas gravitacionales, la teoría ondulatoria de la luz, la genética de Mendel, los debates entre Pasteur y Pouchet, el descubrimiento de los pulsares, etc. (Ibid.). Sin embargo, rápidamente sus propios trabajos representarían una propuesta original.

Al principio, sus recursos conceptuales provinieron sobre todo de dos horizontes: 1) la filosofía de ciencias elaborada por Michel Serres (Serres, 1992), de quién tomaron prestado el concepto de traducción y 2) el programa fuerte en sociología del conocimiento iniciado por el filósofo-sociólogo inglés David Bloor (Bloor, 1976). Aunado a lo anterior, habría que considerar las influencias que han recibido de otros autores considerados como postestructuralistas. Algunas de estas nociones son la "inscripción" propuesta por Jacques Derrida, la de Rizoma elaborada por Deleuze y Guattari y la de "dispositivo" proveniente de la filosofía de Michel Foucault.

El campo académico que proponen se ubica en la intersección de argumentos salidos de la filosofía de ciencias, de las nuevas tendencias de la sociología de ciencias blooriana y de la etnometodología. El campo de esta nueva sociología de la ciencia de sustento antropológico propuesto por ellos intenta explicar la manera en como se entretejen la naturaleza, la sociedad y las representaciones simbólicas en la fabricación de mediaciones que permiten ensamblar estas tres dimensiones.

A continuación intentaremos una genealogía que nos posibilite comprender la construcción y desarrollo de esta sociología de ciencias y técnicas callonianolatouriana. En este ejercicio presentaremos los diferentes espacios de inspiración y los desarrollos propios de nuestros autores bajo estudio.

El programa fuerte en sociología de ciencias de David Bloor.

En 1962, aparece "La estructura de las revoluciones científicas" de Kuhn mostrando la viabilidad de relacionar la historia del contenido de la ciencia y de los científicos[1]. La recepción de la teoría kuhniana de la ciencia culminó con el establecimiento del Programa Fuerte de la Sociología de la Ciencia, planteado por David Bloor en 1976.

Bajo esta concepción del conocimiento científico, Bloor se propuso desarrollar un Programa fuerte de investigación social, con el objetivo de descubrir las causas que llevan a distintos grupos sociales, en distintas épocas a seleccionar diferentes aspectos de la realidad como objeto de estudio y explicación científica. El Programa Fuerte, otorga la posibilidad de considerar el trabajo de los científicos (observación, experimentación, interpretación de datos, creencias científicas, entre otros) como una construcción social, influida por aspectos internos de la propia comunidad de científicos, así como de aspectos externos de la sociedad a la que pertenecen.

Para abordar estos dos aspectos, el Programa Fuerte cuenta con cuatro principios programáticos: a) causalidad, b) imparcialidad, c) simetría y d) reflexividad. De acuerdo con Bloor, la sociología del conocimiento científico es causal porque se ocupa de las condiciones que dan lugar a la creencia o estados del conocimiento[2]; es imparcial con respecto a la verdad y falsedad, la racionalidad y la irracionalidad, el éxito y el fracaso, ambos lados de estas dicotomías requieren de explicaciones; es simétrica en su estilo de explicación, los mismos tipos de causas explican las creencias falsas y verdaderas; Finalmente, es reflexiva porque sus patrones de explicaciones son aplicables a la sociología misma (Bloor,1976).

Con estos cuatro principios Bloor pretende construir una sociología del conocimiento que es científica según el modelo de la ciencia natural (González y Sánchez,1988). Esta naturalización consiste en "La construcción de una teoría general sobre las conexiones causales entre los factores sociales y cognitivos y en la búsqueda y contrastación de leyes que sean capaces de recoger esas conexiones causales"(Bloor,1976:96). Bloor afirma que con esta teoría general existirán lazos causales conectando las formas de control social de una sociedad, sus usos de la naturaleza, su conocimiento científico y las creencias y actividades de los científicos individuales. La necesidad de la imparcialidad de la sociología de la ciencia, surge del hecho de que todas las creencias han de explicarse como fenómenos sociales, independientemente de que estas hallan sido evaluadas y consideradas en una época determinada como verdaderas o como falsas. Complementando esta teoría, la simetría en la sociología esta presente, en la medida que se reconoce que los criterios con los que son evaluados los conocimientos son construidos socialmente, por lo tanto, los mismos tipos de causas deben explicar tanto las creencias evaluadas favorablemente como las rechazadas. Finalmente, Bloor afirma que las teorías generadas, deberán aplicarse a la propia sociología de la ciencia para que el conocimiento no sea fundacionalista y entre en contradicción con sus afirmaciones generales acerca del conocimiento científico (Bloor,1976).

Las perspectivas trazadas por David Bloor han servido de referencia para toda una serie de trabajos sociológicos, antropológicos o económicos sobre las ciencias y las técnicas, particularmente en el mundo angloamericano, que se expresan en la revista Social Studies of Science. Los principios de imparcialidad y de simetría de este programa fuerte han retenido particularmente la atención (Bloor, 1976:8).

Revisando el principio blooriano de simetría, Michel Callon ha extendido ese principio a las controversias sobre la sociedad (Callon 1986:176-177). El acercamiento de Callon retoma el carácter controversial de las nociones sobre la naturaleza, tal como lo han enunciado los sociólogos post-bloorianos, pero ahora tomando también el carácter controversial de las nociones sobre la sociedad. Por esta doble razón, Callon propone la construcción de un cuadro común y general para interpretar el carácter incierto de la naturaleza y de la sociedad llamado "principio de simetría generalizada" (Callon 1986:176-177)[3]. Con el principio de simetría generalizada propia de una antropología simétrica, no se trata únicamente de la misma manera a la verdad y el error, a los vencedores y a los vencidos de la historia de las ciencias, sino igualmente a la sociedad y a la naturaleza, a los humanos y a los no humanos; el objeto de la investigación no siendo más la construcción social, como con David Bloor, sino la socio-naturaleza.

Si bien durante un tiempo Callon y Latour estaban conformes con el empleo de su principio de simetría generalizada, a fines de la década de los años 90, un debate entre Latour y Bloor separaría al Grupo de Paris de la Escuela de Edimburgo (Bloor y Barnes) definitivamente. El debate entre ambos surgió a raíz de las criticas de Bloor sobre la falta de consistencia de Latour para explicar la construcción social de la ciencia y de otro lado Latour criticaba a Bloor su falta de evolución del Programa fuerte indicando que los principios de imparcialidad y simetría marcaban un relativismo epistémico absoluto y con ello se ubicaba en un idealismo que suponía la creación de la ciencia en la dinámica cultural. En este mismo debate, Bruno Latour rechaza el relativismo epistémico sustentado por principio de simetría para analizar las variaciones del conocimiento del mundo exterior y el de simetría generalizada (formulado por el propio Latour) para estudiar las variaciones del conocimiento social del proceso científico (Bloor, 1999 y Latour, 1999). La idea latouriana frente a este relativismo consiste en evitar la separación de las entidades ontológicas Naturaleza y Sociedad[4]. En síntesis podría decirse que después de haberse inspirado en el programa fuerte de la sociología de la ciencia, Callon y Latour tratarían de construir una metodología capaz de aprehender simultáneamente las construcciones sociales de las ciencias y de las sociologías.

La construcción social de los hechos científicos.

En ciencias sociales también hay descubrimientos como en las ciencias naturales y esto se expresó cuando por primera vez se aplica el método etnográfico al estudio de la ciencia contemporánea. De manera simultanea, Latour, Michael Lynch y Knorr-Cetina deciden penetrar antropológicamente grupos exóticos ubicados no en la periferia de las culturas occidentales, como lo habían hecho por casi un siglo los antropólogos clásicos, sino por el contrario, ubicados en el centro de la reformulación del mundo moderno.

La primera obra de Bruno Latour fue coescrita con un sociólogo británico, Steve Woolgar, y publicada en 1976. Durante dos años, él compartió la vida cotidiana de los investigadores del laboratorio de neuro-endocrinología del profesor Roger Guillemin en California. El análisis producido a partir de esta etnografía de laboratorio se sitúa bajo los auspicios de David Bloor y de la etnometodología, descifrando los procesos sociales de construcción de hechos científicos.

Para Latour y Woolgar, la construcción social de la ciencia incluye factores, dimensiones y niveles bastante heterogéneos que no pueden aprehender visiones epistemológicas que tomarían como datos a la ciencia, a la verdad y a la razón. Las nociones de inscripción literaria y de inscriptores les otorgan un primer hilo conductor, pues un laboratorio produce una gran gama de trazos escritos (de las gráficas producidas por los aparatos hasta los artículos científicos) y su actividad puede ser encarada como una secuencia de operaciones y de transformación de ciertos tipos de enunciados en otros tipos de enunciados de grados de facticidad diferentes; siendo el hecho un enunciado que no es rebatido por los colegas concurrentes. Abundando más, la génesis histórica de un hecho está marcada por controversias científicas, estrategias diversas, publicaciones incluyendo formas retóricas de persuasión, lazos establecidos con organismos financiadores o lógicas de carrera, como se acostumbra en las actividades cotidianas en el seno del laboratorio, en las conversaciones informales por ejemplo. La construcción de un hecho científico no remite, pues, sólo a un trabajo intelectual y discursivo, sino que moviliza todo un conjunto de prácticas así como técnicas y objetos que son materializaciones de debates anteriores. Esta perspectiva no conduce a poner en duda la solidez del hecho científico construido así, pero los sociólogos son llevados a restituir las condiciones sociales, los diversos contextos y los dispositivos a través de los cuales este hecho toma forma, es hecho, pero que son enseguida olvidados poco a poco una vez que es admitido.

Aún en nuestros días, el Centro de Sociología de la Innovación sigue impulsando etnografías de laboratorios científicos y de otros espacios sociales relacionados con la innovación tecnológica.

Traducción y desplazamientos.

En la prolongación crítica de esta primera etnografía de laboratorio, Michel Callon y Bruno Latour han progresivamente estabilizado un conjunto conceptual, que pone en mal a buen número de tendencias clásicas de la sociología como el sistemo-funcionalismo o las oposiciones reproducción/cambio y micro/macro.

La noción de traducción está en el corazón de su dispositivo teórico. Los actores (individuales y colectivos, humanos y no humanos) trabajan constantemente para traducir sus lenguajes, sus problemas, sus identidades o sus intereses en los de los otros. Es a través de este proceso que el mundo se construye y se desconstruye, se estabiliza y se desestabiliza. Por esto "la identidad de los actores y sus tallas respectivas son situaciones, apuestas permanentes en las controversias que se desarrollan (Callon, 1986:174)" y que se puede hablar de inter-definición de los actores. Contra las rigideces sociológicas propias de las nociones de "sistema" o de "funciones", Callon y Latour nos invitan a seguir a los actores en sus múltiples actividades de traducción (o más justamente de ínter traducción), fuera de las fronteras predefinidas de los "sistemas" y de las "funciones", redefiniendo incluso estas separaciones. En esta perspectiva, la lista de los actores pertinentes (individuos, grupo u objetos), así como sus propiedades y las reglas del juego al que juegan, no están nunca dadas de una vez por todas. Las cadenas de traducción son entonces trabajadas por diferentes actividades: estrategias concurrentes, confrontaciones en pruebas de fuerzas, un trabajo de movilización y de enlistamiento, la elaboración de dispositivos de interesamiento y de puntos de paso obligados a fin de sellar alianzas y asociaciones entre actores y la emergencia de voceros de estas asociaciones sobre todo.

Traducir, en entonces desplazar: "desplazamientos de objetivos o intereses, o también desplazamientos de dispositivos, de seres humanos, de larvas o de inscripciones (Callon, 1986:203)". En la inter-definición de los actores hay interdesplazamiento. Saliendo del esquema binario reproducción/cambio, la noción de desplazamiento permite encarar todo un conjunto de prácticas cotidianas que han más o menos mover estados del mundo más o menos estabilizados.

Cuando así se refieren nuestros autores se mueven en el campo de observación de Michel Serres y su obra, particularmente, la intitulada justamente "la traducción" (Serres, 1974), en la que inspirándose de la mitología griega se recupera la figura del Dios Hermes como paradigma de la difícil tarea de traducir el lenguaje de los Dioses a los hombres sin caer en la traición. Traición del lenguaje, de las ideas, de los actores a quienes se tiene que representar con fidelidad guardando siempre su propio espacio de actor intermediario.

Redes, la teoría del actor-red.

Desde los años 80 un grupo de sociólogos de ciencias y técnicas han empleado el término red desde diferentes enfoques (Callon, 1986; Law, 1984; Rip,1992). Una de las acepciones más difundidas de la noción red se ha evocado como actor-red. Los promotores del término han señalado que un objeto científico-técnico es el resultado de la mezcla de entidades humanas y naturales pero que actúa socialmente con las características de un actor situado entre dinámicas sociales y leyes naturales, gracias a las posibilidades instrumentadas de ambas. En cierto sentido, la noción de red ha sustituido la de sistema, en tanto que la segunda se interesa en delimitar y poner en relación los elementos de una parte delimitada de la realidad pero sin una jerarquía precisa, la primera considera que los elementos se encuentran interrelacionados por medios de circulación de información. Callon ha considerado que cualquier elemento de un sistema puede, en determinadas circunstancias, representar un papel crucial en el comportamiento del conjunto (Callon, 1986) y por esta razón se ha interpretado que ese elemento protagónico tiene el rango de actor representativo del sistema organizado en términos de red.

La noción de red intenta a la aprehensión de la estabilización, nunca definitiva y siempre en trabajo, de las relaciones entre humanos y objetos. Pero la estabilización de las formas de la vida social debe ser considerada más como un punto de llegada que como un punto de partida del análisis. Se trata de reabrir las cajas negras (lo que va de sí ya no es interrogado como un hecho científico, una técnica , un procedimiento o una institución) cerradas por los actores. La red es el resultado más o menos solidificado de procesos de traducción y de su inscripción en "cajas negras"; "la palabra indica que los recursos están todos concentrados en algunos lugares – los nudos – pero que estos nudos están ligados unos con otros por mallas; gracias a estas conexiones, los algunos recursos dispersos se vuelven una red que parece extenderse por todas partes (Arellano, 1989)". Son las redes sociotécnicas – asociando justamente recursos acomodados habitualmente bajo las etiquetas "sociales", "económicas", "científicas" o "técnicas" –  las que han movilizado particularmente su atención (Callon, 1988). La red supone un trabajo previo de puesta en equivalencia de recursos heterogéneos, volviéndolos conmensurables y permitiéndoles funcionar juntos. La solidez de las alianzas constitutivas de las redes parece depender sobre todo del número de aliados movilizados y de asociaciones realizadas (Latour, 1989; 92-96, 223-230 y 262-286). Las nociones de traducción y de red ofrecen pues una vía para salir de la oposición macro/micro, poniendo en evidencia procesos por los cuales micro-actores estructuran, globalizando e instrumentado su acción, a macro-actores o, inversamente, por los cuales entidades son deconstruidas y localizadas (Latour, 1994).

Latour (1996) considera que se ha abusado de la noción de Red y esto ha provocando algunos malentendidos. El primer malentendido, es considerar a la Red únicamente como una red-técnica, como una red hidrológica, ferroviaria, telefónica, o informática. En efecto, existen algunas tecnologías que tienen el carácter de red, porque involucran a elementos distantes que pueden ponerse en circulación de acuerdo a ciertos puntos estratégicos, pero una red-técnica es solamente un final posible y un estado estabilizado de una sistema de elementos que no puede considerarse como una metáfora básica del actor-red, porque este puede carecer de todas las evidencias de un dispositivo social-técnico.

El segundo malentendido, es la utilización de la noción de red, como una relación de actores humanos individuales limitándose a su frecuencia, distribución, homogeneidad y proximidad, utilizando conceptos globales como instituciones, organizaciones, estados y naciones adicionándole el término red, una posición relativista y reducida de asociación.

Respecto a la noción de actor vehiculada por la teoría del actor-red, ha sido tratada erróneamente, pues según Latour, se ha utilizado en su sentido literal. Por ejemplo en la tradición anglosajona un actor es un humano individual e intencional y es referido a un comportamiento. Si unimos este significado con la noción de red, el malentendido es mayor, el actor-red es entendido como: Un humano individual (masculino) quien desea mostrar y extender su poder en una red de aliados haciendo redes de trabajo o enlazando actores (Latour,1996:373).

El tercer malentendido es considerar a la red como un sinónimo de información, misma que es sinónimo de rapidez, de contacto inmediato sin intermediarios, de manera que la noción pierde la capacidad de designar el trabajo de los intermediarios, que es el punto que le interesa a la sociología latouriana.

El término red es valioso empleado en sentido metodológico (Arellano, 1998). En ese sentido, Latour muestra que las ventajas de la utilización de la noción de red están dadas por sus tres propiedades metodológicas:

1) Lejos/Cerca. La utilización de la noción de red, permite liberarse de la tiranía de la distancia o proximidad. Hay elementos cercanos, si son desconectados pueden resultar infinitamente remotos, y al contrario, hay elementos que pueden aparecer a una gran distancia pero que pueden ser atraídos. La dificultad que existe en definir todas las asociaciones en términos de redes, es debido a la prevalencia de la Geografía, por ello en lugar de pensar en términos de proximidad o de distancia, habría que referirse a la conectabilidad de los elementos.

2) Pequeña/Larga escala. La noción de red permite disolver la distinción de micro-macro con la que ha sido plagada la teoría social. Una red nunca es más grande que otra, es simplemente más larga o más intensamente conectada. Así la noción de red permite recobrar algunos márgenes de maniobra entre los ingredientes de la sociedad (espacio vertical, jerarquía estratos, macro-escala) sin tener que elegir entre un punto de vista local y global, sino más bien en una alta conexión.

3) Dentro/Fuera: La noción de red nos permite desaparecer a una tercera dimensión. Una superficie tiene dentro y fuera separada por un límite. Una red esta limitada sin dentro y fuera, la única cuestión es que permite o no el establecimiento de una conexión estable entre dos elementos. La superficie en/entre redes es conectada -pero cuando la red esta expandida- o no existe literalmente una red no tiene fuera. No es un antecedente sobre la base, no es una abertura sobre el suelo sólido, una red es una Noción positiva la cual no debe ser entendida negativamente, ella no tiene una sombra (Latour,1996:372).

La noción actor-red permitió a muchos investigadores obtener una libertad de maniobra frente a la absurda separación entre los datos técnicos y los sociales. Con la noción de actor-red dimos -dice Latour- una libertad a los investigadores de ciencias y técnicas igual de la que disfrutaban científicos e ingenieros. He aquí el aporte, pero esto es aporte de método (Arellano,1998).

Traducción y epistemología

Una característica importante de los nuevos estudios de ciencias y técnicas su compromiso con los estudios empíricos. Los estudios etnográficos han mostrado la inutilidad de separar las cuestiones de realismo y relativismo para substituirlos por problemas más modestos como son como los conocimientos de la genética vegetal se aplican a la planta de maíz y como estas transformaciones sociotécnicas se transforman en modificaciones de los colectivos sociales agrícolas. Antes de los estudios de ciencias estas cuestiones se resolvían aplicando un modelo determinista en el que las ciencias eran construidas basándose en golpes de racionalidad y que posteriormente ellas impactaban la sociedad modificándola de acuerdo a una extrapolación de la racionalidad científica.

La suposición de la correspondencia entre los enunciados y el mundo, entre los discursos y la realidad y destacando una supuesta capacidad interpretativa de los resultados como naturaleza de los científicos. En lugar de continuar por esta vía interminable, la propuesta de esta sociología calloniano-latouriana pone en el centro de su actividad la fabricación y circulación de los enunciados conceptualizados como las cadenas de la traducción.

La observación de las cadenas de traducción conduce a los enunciados (observacionales o teóricos) conduce a constatar la existencia de una larga serie de microrupturas que vienen a sustituir la ruptura radical entre los enunciados y el mundo al que hacen referencia. Luego que los investigadores discuten las imágenes producidas por un aparato, que ellos escrutan las trazas de un cromatógrafo, que calculan una función para rendir cuenta de un aglomerado de puntos, transforman las medidas en cuadros, un enunciado local a uno de implicaciones generales. Cuando todo eso pasa, ellos no discuten de un mundo exterior (objetivo), no se dejan ir por su pura fantasía... ellos se confrontan a inscripciones que pueden trabajar, redistribuir, poner en relación con otros aspectos, los hechos no se imponen desde el exterior ni se imponen de manera irreductible.

Si hay trascendencia, se debe a este humilde trabajo de composición y de traslado de coincidencias y diferencias de objetos inscritos en instrumentos. A la venerable trascendencia entre el objeto y su sujeto se substituyen largos encadenamientos de microtrascendencias. Pasar de una representación de un orden a otro, establecer cadenas de equivalencias, traducciones que alinean las microreferencias unas a otras (tal traza se expresa en tal dato, que a su tiempo conduce a una tal fórmula), en eso consiste en gran parte el trabajo de los investigadores. La estabilización de esas micro equivalencias construidas entre las inscripciones de las cuales cada una traduce las precedentes sin reducirlas, produce en particular una adecuación entre el mundo y los discursos sobre el mundo. Pero esta correspondencia habitual que supone la existencia previa de una división entre la realidad y los discursos. Ella esta inscrita, enmarcada en una red de instrumentos, de protocolos, de experiencias, de competencias, de enunciados que han sido organizados solidariamente.

Mostrar este trabajo de fabricación de cadenas de traducción evidencia el carácter inútil de mantener la tradicional oposición entre realismo y relativismo. Un cierto realismo es evidente cuando las cadenas de traducción se tejen, permiten movilizar otras entidades, pero este realismo esta contaminado de relativismo por que es suficiente desmantelar las cadenas metrológicas que mantienen y producen equivalencias y traducciones que desaparecen simultáneamente los enunciados y el mundo que las moviliza. Esto es como la conquista de México, que desaparece una perspectiva erudita de mundo por que la metrología que producía equivalencias y traducciones es destruida simultáneamente a los enunciados y mundo que movilizaba previamente. Dicho de otra manera, los enunciados no son validos mas que en las redes de traducción (relativismo) pero que esas redes son completamente reales (realismo).

El análisis de cadenas de traducción permite igualmente de renovar el debate clásico entre internalismo y externalismo reformulando los términos de la confrontación. El dualismo entre naturaleza y sociedad que conduce a sin respuestas, los SS han sustituido un objeto intermediario más rico: la dinámica de las cadenas de traducción que permite a los enunciados circular y ganar generalidad. Los enunciados no pueden desplazarse por si mismos, para sacarlos de los laboratorios es necesario alargar las cadenas, duplicando los laboratorios, replicando el conjunto de instrumentos y de saber-hacer que permite dar un sentido y una utilidad a los enunciados fuera del contexto necesariamente local de su fabricación. En ese incesante trabajo de replicación, los conocimientos se transforman, se adaptan, se combinan y, finalmente, cuando esta relación se estabiliza los conocimientos son universales pero en los estrictos ámbitos de las redes y no fuera. Es por esta razón que ellos rechacen la acusación de constructivistas sociales. Para nuestros autores, la sociedad es una palabra enorme pues disminuyendo la observación de la ruptura entre sujeto cognoscente y objeto de conocimiento, ellos substituido estas cadenas en las cuales no se puede pasar de un enunciado a otro que a condición desviarse por medio de un instrumento o por un saber hacer humano.

Estas construcciones son simultáneamente sociales puesto que relacionan seres humanos, reales en tanto que permiten movilizar las entidades a las que ellos dan acceso y discursivos puesto que ellas se evocan en sus enunciados. Las dificultades de estudiar estas elaboraciones consisten en que las ciencias naturales, las sociales y las del lenguaje están habituadas a observar una parte del conjunto.

Algunas Interrogaciones.

Las posiciones que más llaman la atención de los críticos del Grupo de París son el estatuto epistémico asignado a la ciencia y la tecnología, su postura teórica, epistemológica y la relación que guardan sus propuestas a la luz de otros campos académicos.

En la encrucijada de cuestiones epistemológicas y teóricas, ciertos, como Benjamin Matalon, han reprochado a este tipo de trabajos de pasar del lado de la especificidad de la ciencia, en el rechazo de distinguir los aspectos sociales y los aspectos cognitivos (Matalon, 1986). Es claro que a través de los análisis de Michel Callon y Bruno Latour, los universos científicos aparecen como universos como los otros, tal vez demasiado como los otros. Aproximaciones diferentes, en particular la de Pierre Bourdieu, han avanzado que si el campo científico posee características comunes con los otros campos sociales (luchas concurrenciales, estrategias, lógicas de carrera, mecanismos de capitalización y de dominación, etc.) manifiesta también la autonomía y la especificidad de "un juego social donde la idea verdadera está dotada de fuerza"; lo que volvería posible "la aparición de estos productos sociales relativamente independientes de sus condiciones sociales de producción que son las verdades científicas" (Bourdieu, 1976).

Se plantean cuestiones igualmente en cuanto a otros elementos teóricos propuestos por Michel Callon y Bruno Latour. Así, Francis Chateauraynaud ha apuntado el carácter reductor de una lectura de la solidez y la estabilidad de los lazos sociales a través simplemente del número de los recursos almacenados. Igualmente, puede preguntarse si la vigilancia metodológica de no estudiar la estabilización del mundo más que después, como resultado de los procesos analizados (reabrir las cajas negras), no impide tomar lo que estos procesos deben antes a formas de preestabilización de la realidad (en las cabezas y en las cosas). Sin embargo, no se pueden reabrir todas las cajas negras (en el tiempo y en el espacio) al mismo tiempo. Erhard Friedberg critica, en cuanto a él, la indistinción operada entre actores humanos y no humanos, que no permite dar cuenta de las especificidades de los comportamientos humanos (Friedberg, 1993). Por otra parte, la distinción humanos/no humanos como la definición misma de la humanidad no son verosímilmente idénticos en toda situación, como lo ha puesto en evidencia Francis Chateauraynaud (Chateauraynaud, 1991:172-173 y 305-327). Se debe notar también que la ambición de tratar de la misma manera el polo humanos-sociedad y el polo objetos-naturaleza tiende a reenviar al olvido los aportes de las corrientes comprehensivas de las ciencias sociales (entre las cuales la de Weber y Schutz), que han justamente tratado de extraer las consecuencias de una doble constatación: 1) que se despliega al interior del polo humanos-sociedad una actividad simbólica contribuyendo a constituir la realidad de este polo y sus relaciones con el polo objetos-naturaleza, y 2) que los sociólogos se sitúan al interior del polo humanos-sociedad (no son, desde este punto de vista, a igual distancia de los marinos y de las almejas Saint-Jacques que estudian).

Son las posiciones epistemológicas de Michel Callon y Bruno Latour, su reporte tendencialmente relativista de la noción de verdad científica, los que han suscitado las criticas más férreas y que constituyen verosímilmente uno de los puntos más frágiles de sus trabajos. Señalemos la manera en que Francois André Isambert puso en causa la dimensión auto-refutante de las tentaciones relativistas en el caso de una ciencia social rindiendo cuentas de otras ciencias: "Bruno Latour no puede apelar a la razón que él ha repudiado (Isambert, 1985)." Las cosas son sin duda un poco más complejas, y se debe más bien notar una vacilación en los trabajos de Michel Callon y Bruno Latour, entre una epistemología relativista (que ya no haría de la noción de verdad científica un horizonte regulador del conjunto de las prácticas científicas, y entonces también de su propia actividad de investigación) y un relativismo estrictamente metodológico (contentándose de poner entre paréntesis la cuestión de la verdad únicamente en lo que concierne al campo científico tomado por objeto de su análisis sociológico).

En el fondo, las hipótesis epistemológicas de Latour se inspiran en la filosofía de la traducción de Michel Serres, de modo que es pertinente retomar directamente a este último. Según Serres, las posiciones ontológicas extremas de la reflexión filosófica y científica, en tanto que han develado dos temas después de la edad de las luces, nos han hecho considerar que hemos arribado a la claridad límite del lado de la hermenéutica y a la luz máxima del lado de las leyes físicas. Sin embargo, esas dos distinciones puestas lado a lado hacen un ejemplo de oscuridad (Serres, 1994). La realidad es una historia de cosas y de colectivos sociales. Pero la historia no es la yuxtaposición de las versiones de las ciencias de la naturaleza o de la sociedad, quienes se han dividido y relativizado la explicación del mundo. Las cosas no son exclusivamente Naturaleza, están socializadas; pero, de otro lado, los colectivos sociales no son exclusivamente Sociedad, estos están saturados de cosas sin las cuales no pueden sobrevivir.

Los antropólogos aportan datos de epistemologías monistas, los historiadores reconstruyen la genealogía de la separación de las entidades ontológicas naturaleza y sociedad en la explicación del mundo, los estudios antropológicos de la ciencia que han inspirado a Latour evidencian que la práctica de los científicos es de naturaleza híbrida y, la filosofía de la traducción de Serres abogan por una interpenetración de las ciencias y las humanidades para sincronizar la práctica híbrida de producción material con las representaciones simbólicas, ahora escindidas. Esta interpenetración podría tener como efecto una entrada de la moral pacificadora[5].

La tarea sólo está proyectada desde el punto de vista metodológico. Para sociólogos y algunos humanistas, el problema consiste en eliminar las rupturas que sobre el mundo ellos mismos han creado. Fundamentalmente, tienen frente a sí el problema de conciliar las dos grandes entidades epistemológicas en las que han dividido la realidad: la sociedad y la naturaleza. Los métodos actuales como la hibridación (propuesto por Latour) y la traducción (propuesto por Serres) siguen siendo dualistas y parece que serán necesarios nuevos esfuerzos para elaborar un método de trabajo más acorde con una teoría que no sea cautiva de las rupturas epistemológicas tradicionales.

Finalmente, habría que notar que la imaginación sociológica desplegada y los trabajos empíricos producidos han tenido algunos efectos en las ciencias sociales. Por ejemplo, en el campo de la ciencia política, la sociología de la traducción ha constituido un recurso para Paul Bacot en la elaboración de una aproximación original de la politización, entendida como el alargamiento de la conflictualidad[6]. Por otra parte, la confrontación con los escritos de Michel Callon y Bruno Latour parece haber procurado aún más flexibilidad y un carácter más constructivista a la sociología de las organizaciones de Erhard Friedberg (Friedberg, 1993).

En México, el impacto de la obra de Callon y Latour no ha sido significativa, se menciona en las investigaciones pero no se aprecia alguna sensibilidad de investigadores o instituciones a emplear críticamente sus métodos o sus categorías.

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Ò Texto publicado en el libro "Escuelas sobre la tecnología, un debate abierto", Universidad Autónoma Chapingo. 2003. Esta versión electrónica cuenta con la aprobación de los editores Ocampo, L. Jorge; Palacios, R. María Isabel y Arellano, H. Antonio.

* Profesor-Investigador del Centro de Estudios de la Universidad. Universidad Autónoma del Estado de México. E-mail aah@coatepec.uaemex.mx

[1] Para Kuhn la noción de paradigma tiene una dimensión cognitivo instrumental y una social en el sentido de que un paradigma es compartido por un colectivo.

[2]  De acuerdo a Bloor "El conocimiento para el sociólogo es lo que los hombres toman como conocimiento, que son las creencias a las cuales los hombres se aferran, estas creencias están institucionalizadas o los hombres las han dotado de autoridad"(Bloor,1976:95).

[3] El principio de simetría generalizada ha sido formulado por Michel Callon (1986) a partir del principio de simetría de David Bloor (1976). Según Callon, el principio de simetría blooriano considera que la naturaleza no explica ni lo falso ni lo verdadero y que las explicaciones son dadas por la sociedad (los científicos). En el principio de simetría generalizada, tanto la naturaleza como la sociedad son categorías a explicar partiendo de las interpretaciones sobre los objetos.

[4] Elementos de este debate pueden encontrarse en Arellano, H.A. 2000. La guerra entre ciencias exactas y humanidades en el fin de siglo: El "escándalo" Sokal y una propuesta pacificadora. Ciencia Ergo Sum. Vol 7. No 1.

[5] De conformidad con Serres, las humanidades deberían absorber el objeto de las ciencias duras (construyendo una moral de base objetiva) y simultáneamente, modificando éstas haciéndoles absorber las humanidades en su sentido amplio y asegurando que han sido castradas de portar el problema del Mal (construyendo una sabiduría de base moral).

[6] Ver: "L"affaire Claude Bernard", en J. Micher (ed.), La Nécessité de Claude Bernard, París, Méridiens-Klincksieck, 1991.


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CUADERNOS DIGITALES:  PUBLICACIÓN ELECTRÓNICA EN HISTORIA, ARCHIVÍSTICA Y ESTUDIOS SOCIALES.
VOLUMEN 8. NO.23.  NOVIEMBRE DEL 2003.  UNIVERSIDAD DE COSTA RICA. ESCUELA DE HISTORIA.

http://historia.fcs.ucr.ac.cr/cuadernos/c-23his.htm



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