Epistemología
Epistemología : Fundamentación epistemológica de las teorías

 

Epistemología: fundamentación epistemológica de las teorías


Autor:
Rodolfo-J. Rodríguez
Correo-E:
rodolfojrr@gmail.com

San José, Costa Rica, América Central




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Epistemología: Fundamentación epistemológica de las teorías

Globalización/Antiglobalización

 

Globalización y mundialización

Enlace permanente 13 de Abril, 2008, 15:15

Globalización y mundialización: clarificando términos


En los últimos años se ha popularizado una vieja discusión sobre el alcance de la globalización y la mundialización, produciéndose una notable confusión sobre el significado de cada uno de estos términos, y en la que se muestran un conjunto de varias tendencias, que no siempre están conectadas entre sí. La "globalización" es un proceso multidimensional (cultural, tecnológico, social, etc.), basado en hechos reales, objetivos, con aspectos positivos y negativos, y que afecta de manera desigual a la gente. Es verdad que puede llevarnos al desastre si al final agranda aún más el foso que separa a los ricos de los pobres, pero es también una ocasión para crear una ciudadanía cosmopolita y para que las personas y las sociedades estén más conectadas. La globalización permite, en todo caso, una mayor interconexión y comunicación, gracias a las nuevas tecnologías, y ello conlleva mayores posibilidades de influir e incidir en los asuntos mundiales. La parte buena de la globalización, por tanto, es que potencialmente permite que la gente sea participativa y creativa en cosas transformadoras. Pero el aspecto negativo no es ya una potencialidad, una posibilidad, sino la constatación de una cruel realidad: ha ayudado a la concentración en muy pocas manos de la riqueza, los beneficios, los conocimientos y el poder. En definitiva, existe ya una globalización elitista.

La mundialización (o internacionalización) de la economía, en cambio, podemos definirla como una ofensiva capitalista, un reflejo del capitalismo actual y de la expansión de las fuerzas del mercado, con nuevas estrategias que se han ido consolidando en las últimas dos décadas. Los movimientos de capitales buscan su propio provecho financiero, no la inversión productiva, y quieren hacerlo en condiciones de absoluta libertad y sin controles externos. Aunque es un proceso fundamentalmente económico, tiene consecuencias sociales, culturales, medioambientales y políticas. Los actores fundamentales de la mundialización son bancos, instituciones financieras, grupos multinacionales, seguros y fondos privados de pensiones, toda una oligarquía transnacionalizada que utiliza de manera muy interesada a los Organismos Internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM), o la Organización Mundial de Comercio (OMC), organismos muy poco transparentes y democráticos, que actúan de mensajeros del gran capital transnacionalizado.

¿Qué persigue esta mundialización vinculada a la violencia estructural? En primera instancia, la liberalización del comercio y de los flujos de capitales, buscando la movilidad sin restricciones del capital; por el contrario, se limitan los movimientos de las personas y trabajadores inmigrantes. El segundo objetivo de la mundialización es garantizar la internacionalización y la especulación financiera. La tecnología actual permite a los financieros operar en tiempo real por todo el mundo y manejar gigantescas operaciones financieras y especulativas, con lo que el desarrollo de las redes financieras es muy superior al comercio internacional de bienes y servicios. Esto implica un debilitamiento de la capacidad de intervención y control de los Estados, por la ausencia de un contrapeso político a las dinámicas económicas, y de ahí que se hable de la existencia de un déficit democrático, una falta de transparencia en estas políticas, del desarrollo de una estrategia de privatización de los servicios, y de una incapacidad para frenar los abusos del poder.

Otro componente de la mundialización económica es la "internacionalización de la producción". Sus aspectos más visibles son la "deslocalización", es decir, la práctica de invertir y producir en países más pobres donde se pagan menos salarios y donde existe menor protección social (con lo que ello supone de flexibilización del mercado de trabajo, la desregulación, la precariedad del empleo, la aceptación de los trabajadores de los países ricos de disminuir sus conquistas sociales), y la subcontratación (que permite controlar sin ser los propietarios). Todo ello está comportando una profunda transformación de los sistemas de trabajo. La mundialización, por tanto, tiene un fuerte sentido de la territorialidad. Las fronteras físicas desaparecen para los más ricos y se refuerzan para los más pobres.

Este tipo de dinámicas económicas buscan también una desconexión del poder respecto a sus obligaciones. Se ha formado un auténtico gobierno en la sombra dirigido por las empresas transnacionales, exentas de responsabilidad, porque no han de rendir cuentas a nadie, de ahí que una estrategia de paz orientada a combatir esta violencia estructural insista en pedir responsabilidades sobre cuanto hacemos y en saber a quien hay que pedirlas.

Este apasionante debate sobre los efectos de la mundialización va de la mano con una crítica a lo que se denomina el "pensamiento único" y al neoliberalismo. Para Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, el llamado "pensamiento único" no es más que la traducción, en términos ideológicos y con pretensión universal, de los intereses de un conjunto de fuerzas económicas, en particular las del capital internacional. Es el discurso y la estrategia que busca naturalizar la mundialización económica, un discurso donde prima la lógica económica y la presenta como la nueva utopía, rechazando y despreciando las grandes ideologías y los meta-relatos del siglo pasado.

Si insistimos en estos conceptos no es porque sí, sino porque su extensión por todo el planeta está provocando cotas impresionantes de exclusión y de pobreza. Y lo que es realmente grave es que la pobreza en la que viven centenares de millones de personas no es el resultado de la escasez, sino que, como nos recuerda John Berger, es el fruto de las prioridades establecidas por los ricos. La miseria, insisto, no es algo inevitable, como un fenómeno natural, sino el resultado de un planificación deliberada.

Este "pensamiento único" va ligado a la sacralización de dos conceptos estrechamente vinculados entre sí, nada inocentes y muy presentes en la sociedad occidental industrializada, a saber, el superproductivismo y la competitividad. Y no son inocentes o inocuos, porque la competitividad llevada al extremo supone, inevitablemente, la pérdida del sentido comunitario, de la cooperación, la solidaridad, la justicia y la equidad, es decir, la pérdida de todos aquellos valores y prácticas asociadas a la paz.

Vicenç Fisas (Titular de la Cátedra Unesco sobre Paz y Derechos Humanos, UAB)

Disponible en:
http://www.telepolis.com/especiales/globalizacion/opiniones1.htm


| Referencias (0)


 

La injusticia globalizada

Enlace permanente 13 de Abril, 2008, 14:55

Este mundo de la injusticia globalizada
TRIBUNA: JOSÉ SARAMAGO 06/02/2002


Comenzaré por contar en brevísimas palabras un hecho notable de la vida rural ocurrido en una aldea de los alrededores de Florencia hace más de cuatrocientos años. Me permito solicitar toda su atención para este importante acontecimiento histórico porque, al contrario de lo habitual, la moraleja que se puede extraer del episodio no tendrá que esperar al final del relato; no tardará nada en saltar a la vista.

Estaban los habitantes en sus casas o trabajando los cultivos, entregado cada uno a sus quehaceres y cuidados, cuando de súbito se oyó sonar la campana de la iglesia. En aquellos píos tiempos (hablamos de algo sucedido en el siglo XVI), las campanas tocaban varias veces a lo largo del día, y por ese lado no debería haber motivo de extrañeza, pero aquella campana tocaba melancólicamente a muerto, y eso sí era sorprendente, puesto que no constaba que alguien de la aldea se encontrase a punto de fenecer. Salieron por lo tanto las mujeres a la calle, se juntaron los niños, dejaron los hombres sus trabajos y menesteres, y en poco tiempo estaban todos congregados en el atrio de la iglesia, a la espera de que les dijesen por quién deberían llorar. La campana siguió sonando unos minutos más, y finalmente calló. Instantes después se abría la puerta y un campesino aparecía en el umbral. Pero, no siendo éste el hombre encargado de tocar habitualmente la campana, se comprende que los vecinos le preguntasen dónde se encontraba el campanero y quién era el muerto. 'El campanero no está aquí, soy yo quien ha hecho sonar la campana', fue la respuesta del campesino. 'Pero, entonces, ¿no ha muerto nadie?', replicaron los vecinos, y el campesino respondió: 'Nadie que tuviese nombre y figura de persona; he tocado a muerto por la Justicia, porque la Justicia está muerta'.

¿Qué había sucedido? Sucedió que el rico señor del lugar (algún conde o marqués sin escrúpulos) andaba desde hacía tiempo cambiando de sitio los mojones de las lindes de sus tierras, metiéndolos en la pequeña parcela del campesino, que con cada avance se reducía más. El perjudicado empezó por protestar y reclamar, después imploró compasión, y finalmente resolvió quejarse a las autoridades y acogerse a la protección de la justicia. Todo sin resultado; la expoliación continuó. Entonces, desesperado, decidió anunciar urbi et orbi (una aldea tiene el tamaño exacto del mundo para quien siempre ha vivido en ella) la muerte de la Justicia. Tal vez pensase que su gesto de exaltada indignación lograría conmover y hacer sonar todas las campanas del universo, sin diferencia de razas, credos y costumbres, que todas ellas, sin excepción, lo acompañarían en el toque a difuntos por la muerte de la Justicia, y no callarían hasta que fuese resucitada. Un clamor tal que volara de casa en casa, de ciudad en ciudad, saltando por encima de las fronteras, lanzando puentes sonoros sobre ríos y mares, por fuerza tendría que despertar al mundo adormecido... No sé lo que sucedió después, no sé si el brazo popular acudió a ayudar al campesino a volver a poner los lindes en su sitio, o si los vecinos, una vez declarada difunta la Justicia, volvieron resignados, cabizbajos y con el alma rendida, a la triste vida de todos los días. Es bien cierto que la Historia nunca nos lo cuenta todo...

Supongo que ésta ha sido la única vez, en cualquier parte del mundo, en que una campana, una inerte campana de bronce, después de tanto tocar por la muerte de seres humanos, lloró la muerte de la Justicia. Nunca más ha vuelto a oírse aquel fúnebre sonido de la aldea de Florencia, mas la Justicia siguió y sigue muriendo todos los días. Ahora mismo, en este instante en que les hablo, lejos o aquí al lado, a la puerta de nuestra casa, alguien la está matando. Cada vez que muere, es como si al final nunca hubiese existido para aquellos que habían confiado en ella, para aquellos que esperaban de ella lo que todos tenemos derecho a esperar de la Justicia: justicia, simplemente justicia. No la que se envuelve en túnicas de teatro y nos confunde con flores de vana retórica judicial, no la que permitió que le vendasen los ojos y maleasen las pesas de la balanza, no la de la espada que siempre corta más hacia un lado que hacia otro, sino una justicia pedestre, una justicia compañera cotidiana de los hombres, una justicia para la cual lo justo sería el sinónimo más exacto y riguroso de lo ético, una justicia que llegase a ser tan indispensable para la felicidad del espíritu como indispensable para la vida es el alimento del cuerpo. Una justicia ejercida por los tribunales, sin duda, siempre que a ellos los determinase la ley, mas también, y sobre todo, una justicia que fuese emanación espontánea de la propia sociedad en acción, una justicia en la que se manifestase, como ineludible imperativo moral, el respeto por el derecho a ser que asiste a cada ser humano.

Pero las campanas, felizmente, no doblaban sólo para llorar a los que morían. Doblaban también para señalar las horas del día y de la noche, para llamar a la fiesta o a la devoción a los creyentes, y hubo un tiempo, en este caso no tan distante, en el que su toque a rebato era el que convocaba al pueblo para acudir a las catástrofes, a las inundaciones y a los incendios, a los desastres, a cualquier peligro que amenazase a la comunidad. Hoy, el papel social de las campanas se ve limitado al cumplimiento de las obligaciones rituales y el gesto iluminado del campesino de Florencia se vería como la obra desatinada de un loco o, peor aún, como simple caso policial. Otras y distintas son las campanas que hoy defienden y afirman, por fin, la posibilidad de implantar en el mundo aquella justicia compañera de los hombres, aquella justicia que es condición para la felicidad del espíritu y hasta, por sorprendente que pueda parecernos, condición para el propio alimento del cuerpo. Si hubiese esa justicia, ni un solo ser humano más moriría de hambre o de tantas dolencias incurables para unos y no para otros. Si hubiese esa justicia, la existencia no sería, para más de la mitad de la humanidad, la condenación terrible que objetivamente ha sido. Esas campanas nuevas cuya voz se extiende, cada vez más fuerte, por todo el mundo, son los múltiples movimientos de resistencia y acción social que pugnan por el establecimiento de una nueva justicia distributiva y conmutativa que todos los seres humanos puedan llegar a reconocer como intrínsecamente suya; una justicia protegida por la libertad y el derecho, no por ninguna de sus negaciones. He dicho que para esa justicia disponemos ya de un código de aplicación práctica al alcance de cualquier comprensión, y que ese código se encuentra consignado desde hace cincuenta años en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aquellos treinta derechos básicos y esenciales de los que hoy sólo se habla vagamente, cuando no se silencian sistemáticamente, más desprestigiados y mancillados hoy en día de lo que estuvieran, hace cuatrocientos años, la propiedad y la libertad del campesino de Florencia. Y también he dicho que la Declaración Universal de los Derechos Humanos, tal y como está redactada, y sin necesidad de alterar siquiera una coma, podría sustituir con creces, en lo que respecta a la rectitud de principios y a la claridad de objetivos, a los programas de todos los partidos políticos del mundo, expresamente a los de la denominada izquierda, anquilosados en fórmulas caducas, ajenos o impotentes para plantar cara a la brutal realidad del mundo actual, que cierran los ojos a las ya evidentes y temibles amenazas que el futuro prepara contra aquella dignidad racional y sensible que imaginábamos que era la aspiración suprema de los seres humanos. Añadiré que las mismas razones que me llevan a referirme en estos términos a los partidos políticos en general, las aplico igualmente a los sindicatos locales y, en consecuencia, al movimiento sindical internacional en su conjunto. De un modo consciente o inconsciente, el dócil y burocratizado sindicalismo que hoy nos queda es, en gran parte, responsable del adormecimiento social resultante del proceso de globalización económica en marcha. No me alegra decirlo, mas no podría callarlo. Y, también, si me autorizan a añadir algo de mi cosecha particular a las fábulas de La Fontaine, diré entonces que, si no intervenimos a tiempo -es decir, ya- el ratón de los derechos humanos acabará por ser devorado implacablemente por el gato de la globalización económica.

¿Y la democracia, ese milenario invento de unos atenienses ingenuos para quienes significaba, en las circunstancias sociales y políticas concretas del momento, y según la expresión consagrada, un Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo? Oigo muchas veces razonar a personas sinceras, y de buena fe comprobada, y a otras que tienen interés por simular esa apariencia de bondad, que, a pesar de ser una evidencia irrefutable la situación de catástrofe en que se encuentra la mayor parte del planeta, será precisamente en el marco de un sistema democrático general como más probabilidades tendremos de llegar a la consecución plena o al menos satisfactoria de los derechos humanos. Nada más cierto, con la condición de que el sistema de gobierno y de gestión de la sociedad al que actualmente llamamos democracia fuese efectivamente democrático. Y no lo es. Es verdad que podemos votar, es verdad que podemos, por delegación de la partícula de soberanía que se nos reconoce como ciudadanos con voto y normalmente a través de un partido, escoger nuestros representantes en el Parlamento; es cierto, en fin, que de la relevancia numérica de tales representaciones y de las combinaciones políticas que la necesidad de una mayoría impone, siempre resultará un Gobierno. Todo esto es cierto, pero es igualmente cierto que la posibilidad de acción democrática comienza y acaba ahí. El elector podrá quitar del poder a un Gobierno que no le agrade y poner otro en su lugar, pero su voto no ha tenido, no tiene y nunca tendrá un efecto visible sobre la única fuerza real que gobierna el mundo, y por lo tanto su país y su persona: me refiero, obviamente, al poder económico, en particular a la parte del mismo, siempre en aumento, regida por las empresas multinacionales de acuerdo con estrategias de dominio que nada tienen que ver con aquel bien común al que, por definición, aspira la democracia. Todos sabemos que así y todo, por una especie de automatismo verbal y mental que no nos deja ver la cruda desnudez de los hechos, seguimos hablando de la democracia como si se tratase de algo vivo y actuante, cuando de ella nos queda poco más que un conjunto de formas ritualizadas, los inocuos pasos y los gestos de una especie de misa laica. Y no nos percatamos, como si para eso no bastase con tener ojos, de que nuestros Gobiernos, esos que para bien o para mal elegimos y de los que somos, por lo tanto, los primeros responsables, se van convirtiendo cada vez más en meros comisarios políticos del poder económico, con la misión objetiva de producir las leyes que convengan a ese poder, para después, envueltas en los dulces de la pertinente publicidad oficial y particular, introducirlas en el mercado social sin suscitar demasiadas protestas, salvo las de ciertas conocidas minorías eternamente descontentas...

¿Qué hacer? De la literatura a la ecología, de la guerra de las galaxias al efecto invernadero, del tratamiento de los residuos a las congestiones de tráfico, todo se discute en este mundo nuestro. Pero el sistema democrático, como si de un dato definitivamente adquirido se tratase, intocable por naturaleza hasta la consumación de los siglos, ése no se discute. Mas si no estoy equivocado, si no soy incapaz de sumar dos y dos, entonces, entre tantas otras discusiones necesarias o indispensables, urge, antes de que se nos haga demasiado tarde, promover un debate mundial sobre la democracia y las causas de su decadencia, sobre la intervención de los ciudadanos en la vida política y social, sobre las relaciones entre los Estados y el poder económico y financiero mundial, sobre aquello que afirma y aquello que niega la democracia, sobre el derecho a la felicidad y a una existencia digna, sobre las miserias y esperanzas de la humanidad o, hablando con menos retórica, de los simples seres humanos que la componen, uno a uno y todos juntos. No hay peor engaño que el de quien se engaña a sí mismo. Y así estamos viviendo.

No tengo más que decir. O sí, apenas una palabra para pedir un instante de silencio. El campesino de Florencia acaba de subir una vez más a la torre de la iglesia, la campana va a sonar. Oigámosla, por favor.

Disponible en:
http://www.elpais.com/articulo/opinion/mundo/injusticia/globalizada/elpepiopi/20020206elpepiopi_6/Tes/



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