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Paul Krugman, un crítico del neoliberalismo, elegido Premio Nóbel de Economía 2008

Por Episteme - 18 de Octubre, 2008, 14:48, Categoría: Economistas

El Nobel premia al mayor crítico de la política de Bush

La Academia sueca destaca los trabajos de Paul Krugman sobre la nueva teoría del comercio internacional(*)


"Algo muy divertido me ha pasado esta mañana…" Ésa fue ayer la primera reacción pública de Paul Krugman (Nueva York, 1953) a la concesión del Premio Nóbel de Economía, desde su blog en The New York Times.  Krugman, premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2004, columnista del diario neoyorkino y profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton, ha sido uno de los posibles candidatos al premio desde hace años.

La Real Academia Sueca de las Ciencias justificó el galardón en "su análisis sobre los patrones comerciales y dónde se lleva a cabo la actividad económica".

En realidad, Krugman ayudó a fundar la nueva teoría del comercio internacional. La tesis clásica justificaba el comercio en el intercambio de los productos que cada uno de los países fabricaba por su ventaja comparativa. Krugman desarrolla un modelo que demuestra que "los países también intercambian productos similares porque aprovechan la variedad de gustos de los consumidores y las economías de escala", explica Federico Steinberg, investigador del Real Instituto Elcano. Además, admite que hay cosas en el mercado que se producen por casualidad (los accidentes históricos) y eso puede determinar donde se instala la producción.

"Este premio recupera la visión del economista que analiza la actualidad y está comprometido políticamente", apunta Steinberg. Y es que, como él mismo reconoce, en los últimos años su faceta de analista político ha ganado terreno a la investigación y ahí ha dejado claro su profundo rechazo a las políticas del Gobierno Bush. "Vamos a decirlo así, el Nobel se ha entregado a bastantes intelectuales y la mayoría de ellos rechaza a Bush", aseguraba ayer en la rueda de prensa.

Una posición que le ha granjeado grandes adeptos y un número similar de críticos y que difícilmente ha podido ser ignorada por el jurado del Nóbel.

Krugman, premiado por unos trabajos que realizó hace treinta años, es un gran crítico del neoliberalismo económico y de la ausencia de regulación y supervisión de los mercados, el origen para muchos de la actual crisis financiera. A preguntas de EL PAÍS por videoconferencia, Krugman rechazó connotaciones políticas indirectas en el premio "pero sí el reconocimiento del comportamiento imperfecto de los mercados", su gran batalla.

Krugman nunca ha ocultado sus posiciones demócratas y su respaldo a Hillary Clinton en la carrera por la nominación. Y eso que, con 29 años, formó parte del Consejo Económico Asesor de la Casa Blanca con el republicano Ronald Reagan en la presidencia.


(*) ALICIA GONZÁLEZ - Madrid - 14/10/2008, El País


Paul Krugman, Premio Nóbel en Economía 2008

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El Nóbel de Economía 2008

Por Episteme - 18 de Octubre, 2008, 14:28, Categoría: Economistas



La Real Academia Sueca de las Ciencias ha otorgado el Premio Nobel de Economía 2008 a Paul Krugman de la Universidad de Princeton. Se trata sin duda de uno de los premiados con mayor perfil público en los últimos años.

Sus continuas críticas al gobierno republicano de George W. Bush, publicadas en su columna bisemanal en el New York Times, le han convertido en una figura importante dentro del panorama demócrata norteamericano. ¿Puede uno interpretar la concesión del premio a Krugman como una nueva bofetada a Bush, como algunos quisieron leer el Premio Nobel de la Paz otorgado al ex-candidato demócrata Al Gore en 2007? La respuesta es un contundente no: el Nobel a Krugman no tiene ningún cariz político.

Simplemente reconoce su trabajo pionero en el desarrollo de las teorías modernas del comercio internacional y la geografía económica.

La teoría clásica del comercio internacional, fundada por David Ricardo a principios del siglo XIX y desarrollada, entre otros, por Paul Samuelson y Bertil Ohlin (anteriores ganadores del Premio Nobel), enfatiza los beneficios asociados con el comercio internacional entre países que difieren en sus potencial productor.

Es natural y beneficioso que países relativamente abundantes en ciertos recursos productivos se especialicen en la producción de bienes que usen esos recursos intensivamente. La evidencia empírica indica, sin embargo, que los mayores flujos de comercio internacional ocurren entre países dotados con similares niveles relativos de recursos productivos que se intercambian bienes relativamente parecidos (automóviles, productos electrónicos,…). ¿De dónde se deriva entonces el beneficio de la especialización?

A finales de los años 70 y principios de los 80, Krugman revolucionó el campo de la economía internacional al proponer una nueva teoría para explicar la estructura comercial internacional. Su teoría se basa en dos conceptos básicos: la heterogeneidad o diversidad de gustos entre consumidores y la presencia de economías de escala en producción. El primer factor explica por qué, dentro de una industria (por ejemplo, la del automóvil) las empresas deciden ofrecer diferentes variedades (o modelos) de un mismo bien comercial.

El segundo factor racionaliza el hecho de que la producción de cada una de estas variedades se acabe concentrando en un país o región. El resultado es un mundo donde los países no se especializan en ciertas industrias, sino en particulares variedades dentro de cada industria.

Además de explicar por qué el comercio internacional entre países con idéntico potencial productor puede ser beneficioso, la teoría de Krugman también racionaliza el hecho de que una parte muy significativa del comercio internacional ocurra entre los países más desarrollados del mundo, algo que la teoría tradicional difícilmente puede explicar. Durante la década de los 80 y con la colaboración de Elhanan Helpman (mi colega en la Universidad de Harvard), Krugman estudió las implicaciones de esta nueva teoría del comercio para otras cuestiones fundamentales en Economía Internacional, como el diseño óptimo de políticas comerciales o el rápido crecimiento de las empresas multinacionales en la economía mundial.

En la década de los 90, Krugman se dio cuenta que los mismos factores que explican la localización de la producción a nivel internacional son relevantes para entender la distribución de la actividad económica dentro de un país.

Al igual que su teoría de comercio internacional, la "nueva geografía económica" desarrollada por Krugman también se basa en la existencia de economías de escala en producción, pero enfatiza la importancia de los costes de transporte y la potencial movilidad del trabajo entre regiones.

La interacción de estas fuerzas permite entender la emergencia de grandes centros de producción (que uno puede interpretar como ciudades), donde los trabajadores (en tanto que consumidores) se benefician de estar cerca del núcleo de producción, mientras que las empresas (y sus trabajadores) se benefician de un mayor nivel de demanda que permite una mejor explotación de las economías de escala.

En los círculos académicos, Krugman también es admirado por su enorme talento en el desarrollo de simples modelos matemáticos que consiguen plasmar la esencia del problema económico estudiado. Su estilo fue percibido como heterodoxo en los años 70 (lo cual explica que Krugman fracasara en sus intentos de publicar su primer artículo sobre comercio internacional en una las principales revistas de economía americanas), pero el "estilo Krugman" (Krugman-style) es hoy en día venerado e imitado en todo el mundo.

(*) Pol Antràs Puchal, Catedrático de Economía Internacional en la Universidad de Harvard.


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Escasez en época de abundancia

Por Episteme - 7 de Julio, 2008, 2:07, Categoría: Economistas

Escasez en época de abundancia
Joseph E. Stiglitz(*)

Hemos tratado nuestros recursos más preciosos como si fueran gratuitos


NUEVA YORK – En todo el mundo aumenta el número de protestas por el alza de los alimentos y los combustibles. Los pobres, e incluso las clases medias, ven que sus presupuestos se hacen insuficientes a medida que la economía mundial se desacelera. Los políticos desean responder a las legítimas inquietudes de sus votantes, pero no saben qué hacer.

En los EE. UU., tanto Hillary Clinton como John McCain tomaron el camino fácil y apoyaron una suspensión del impuesto a la gasolina, al menos por el verano. Solo Barack Obama se mantuvo firme y rechazó la propuesta, que no habría hecho más que aumentar la demanda de gasolina, lo cual contrarrestaría el recorte de impuestos. Sin embargo, si Clinton y McCain estaban errados, ¿qué habría que hacer? Uno no puede sencillamente hacer oídos sordos a quienes sufren. En los EE. UU., los ingresos reales de la clase media todavía no se recuperan a los niveles que tenían antes de la última recesión, en 1991.

Cuando George Bush fue elegido, afirmaba que los recortes de impuestos a los ricos solucionarían todos los problemas de la economía. Los beneficios del crecimiento económico impulsado por ellos se propagarían a todos los niveles. Estas políticas se han puesto de moda en Europa y otros lugares, pero han fracasado. Se suponía que los recortes de impuestos estimularían el ahorro, pero los ahorros de los hogares de Estados Unidos se han desplomado a cero. Se suponía que iban a estimular el empleo, pero la participación de la fuerza de trabajo es menor que en los años 90. Si hubo crecimiento, benefició solo a unos cuantos privilegiados.


Juegos financieros. La productividad creció durante un tiempo, pero no se debió a las innovaciones financieras de Wall Street. Los productos financieros que se crearon no gestionaron el riesgo, sino que lo aumentaron. Eran tan poco transparentes y complejos que ni Wall Street ni las agencias de clasificación podían evaluarlos adecuadamente. Mientras tanto, el sector financiero no pudo crear productos que ayudaran a la gente común a gestionar los riesgos que enfrentaban, incluidos los riesgos de poseer una propiedad. Es probable que millones de estadounidenses pierdan sus casas y, con ellas, los ahorros de toda una vida.

En el centro del éxito de Estados Unidos está la tecnología, simbolizada por Silicon Valley. La ironía es que los científicos que crean los avances que permiten el crecimiento basado en la tecnología, y las firmas de capital de riesgo que lo financian, no fueron quienes recibieron lo mejor de los beneficios de los días de auge de la burbuja inmobiliaria. Estas inversiones reales se han visto opacadas por los juegos que han absorbido a la mayoría de los participantes de los mercados financieros.

El mundo debe reevaluar cuáles son las fuentes del crecimiento. Si las bases del crecimiento económico radican en la ciencia y la tecnología, no en la especulación de bienes raíces o de los mercados financieros, entonces es necesario realinear los sistemas tributarios. ¿Por qué quienes hacen dinero especulando en los casinos de Wall Street tendrían que pagar menos impuestos que quienes ganan dinero de otras maneras? Sobre las ganancias de capital se debería pagar una tasa de impuestos al menos tan alta como la que pagan los ingresos comunes. (En todo caso, estos ingresos obtendrán un beneficio sustancial porque el impuesto no se impone hasta que se perciba la ganancia). Además, debería haber un impuesto sobre las utilidades inesperadas de las compañías petroleras y de gas.

Mayores impuestos. Considerando el enorme aumento de la desigualdad en la mayoría de los países, es adecuado imponer mayores impuestos a quienes han prosperado, para ayudar a quienes han sido perjudicados por la globalización y el cambio tecnológico, lo que además podría paliar las dificultades creadas por el aumento de los precios de los alimentos y combustibles. Los países que, al igual que EE.UU., tienen programas de estampillas de alimentos claramente necesitan aumentar el valor de estos subsidios para asegurar que no se deterioren los estándares nutricionales. Los países que no tienen programas así deberían pensar en crearlos.

Dos factores dispararon la crisis actual: la guerra e Iraq contribuyó al alza sostenida de los precios del petróleo, lo que ocurrió también con la mayor inestabilidad en el Oriente Próximo, que era el proveedor de petróleo a bajos costes, mientras que los biocombustibles han significado que los mercados de la energía y los alimentos están cada vez más integrados. Si bien es bienvenido el énfasis sobre las fuentes de energía renovables, no lo son las políticas que distorsionan la oferta de alimentos.

Los subsidios de los EE. UU. al etanol producido a partir del maíz contribuyen más a los cofres de los productores de etanol que a limitar el calentamiento global.
Los enormes subsidios agrícolas en EE.UU. han debilitado la agricultura en el mundo en desarrollo, donde un porcentaje demasiado bajo de la ayuda internacional apuntó a mejorar la productividad agrícola. La ayuda para el desarrollo destinada a la agricultura ha caído desde un 17% de la ayuda total a apenas un 3% en la actualidad, mientras algunos donantes internacionales reclaman la eliminación de los subsidios a los fertilizantes, lo que dificultaría aún más el que los agricultores con problemas económicos puedan competir.


Los países ricos deben reducir, si es que no eliminar, las políticas energéticas y agrícolas que distorsionan el mercado, y ayudar a los países más pobres a mejorar su capacidad de producir alimentos. Pero este es tan solo un punto de partida: hemos tratado nuestros recursos más preciosos –el agua potable y el aire– como si fueran gratuitos. Solo nuevos patrones de consumo y producción (es decir, un nuevo modelo económico) puede dar respuesta a este problema de recursos más fundamental.


(*)Joseph E. Stiglitz, profesor de Economía en la Universidad de Columbia, recibió el Premio Nobel de Economía en el 2001. Su libro más reciente, escrito en colaboración con Linda Bilmes, es "The Three Trillion Dollar War: The True Costs of the Iraq Conflict".

Disponible en:

http://www.nacion.com/ln_ee/2008/junio/29/opinion1597666.html



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Economía de guerra

Por Episteme - 14 de Abril, 2008, 0:22, Categoría: Economistas

Guerra y economía
 ¿Quién habría pensado que un gobierno
causaría tanto daño en tan poco tiempo?


Joseph E. Stiglitz, profesor de Economía en la Universidad de Columbia, recibió el Premio Nobel de Economía en el 2001. Su libro más reciente, escrito en conjunto con Linda Bilmes, es The Three Trillion Dollar War: The True Costs of the Iraq Conflict (La guerra de tres billones de dólares: los verdaderos costos del conflicto de Iraq).


NUEVA YORK – Algunos dicen que existen dos temas en las inminentes elecciones norteamericanas: la guerra de Iraq y la economía. En los días en que la guerra parece ir mejor de lo que se esperaba, y la economía peor, la economía eclipsa a la guerra, pero a ninguna de las dos les está yendo bien. De alguna manera, existe un único tema, la guerra, que exacerbó los problemas económicos de Estados Unidos. Y cuando la economía más grande del mundo está enferma –y hoy está muy enferma–, todo el mundo sufre.

Antes se creía que las guerras eran buenas para la economía. Después de todo, en general se tienda a pensar que la Segunda Guerra Mundial ayudó a sacar a la economía global de la Gran Depresión. Pero, al menos a partir de Keynes, sabemos cómo estimular la economía de manera más efectiva, y de modos que aumenten la productividad a largo plazo y mejoren los niveles de vida.

Esta guerra en particular no ha sido buena para la economía por tres razones. Primero, contribuyó a un aumento de los precios del petróleo. Cuando Estados Unidos entró en guerra, el barril de petróleo costaba menos de 25 dólares, y los mercados a futuro esperaban que se mantuviera allí durante una década. Los operadores de futuros eran conscientes del crecimiento de China y de otros mercados emergentes; pero esperaban que la oferta –principalmente de los proveedores de bajo costo de Oriente Medio– aumentara a la par de la demanda.

Cambio de ecuación. La guerra cambió esa ecuación. Los precios más altos del petróleo implican que los norteamericanos (y los europeos y los japoneses) están pagando cientos de millones de dólares a dictadores petroleros de Oriente Medio y a exportadores de petróleo en otras partes del mundo en lugar de gastarlos en casa.

Es más, el dinero gastado en la guerra de Iraq hoy no estimula la economía tanto como el dinero invertido fronteras adentro en caminos, hospitales o escuelas, y no contribuye tanto al crecimiento a largo plazo. Los economistas hablan de "obtener más por menos" –cuánto estímulo económico ofrece cada dólar que se gasta–. Cuesta imaginar menos estímulo que el de los dólares gastados en un contratista nepalés que trabaja en Iraq.

Con tantos dólares que se van al exterior, la economía norteamericana debería haber estado en mucha peor forma de lo que parecía. Pero, a pesar de todo lo que intentó la administración Bush ocultar los verdaderos costos de la guerra mediante una rendición de cuentas incompleta y engañosa, las deficiencias de la economía fueron compensadas por una inundación de liquidez de parte de la Reserva Federal y por una regulación financiera laxa.

Se inyectó tanto dinero en la economía y tan laxos fueron los reguladores que un banco norteamericano líder publicitaba sus préstamos con el eslogan "calificado desde el nacimiento" –un claro indicio de que, en efecto, no había ninguna norma crediticia–. De alguna manera, la estrategia funcionó: una burbuja inmobiliaria alimentaba el frenesí del consumo, mientras las tasas de ahorro se desplomaban a cero. Las debilidades económicas se posponían para alguna fecha futura; la administración Bush esperaba que el momento de rendir cuentas llegara después de noviembre del 2008. Por el contrario, las cosas empezaron a desembrollarse en agosto del 2007.

Paquete insuficiente. Ahora respondió con un paquete de estímulo que es demasiado pequeño, llega demasiado tarde y está pésimamente diseñado. Para ver la inepcia de ese paquete, basta con compararlo con el más de 1,5 billón de dólares que se pidieron en concepto de préstamos con garantía hipotecaria en los últimos años, la mayor parte de los cuales se gastaron en consumo. Ese juego –basado en la idea de que los precios inmobiliarios entrarían en una espiral interminable– terminó.

Frente a una caída de los precios inmobiliarios (que seguirán cayendo) y dada la incertidumbre de los bancos respecto de su posición financiera, los prestadores no prestarán y los hogares no pedirán prestado. Así las cosas, si bien la liquidez adicional inyectada al sistema financiero por la Fed puede haber impedido una catástrofe, no estimulará el consumo o la inversión. Por el contrario, gran parte de esta liquidez encontrará su destino en el exterior. China, por ejemplo, teme que el estímulo de la Fed aumente su inflación interna.

Existe una tercera razón por la cual esta guerra es económicamente mala para Estados Unidos. No solo Estados Unidos ya gastó mucho dinero en esta guerra –12.000 millones de dólares por mes y siguen sumando–, sino que todavía se debe saldar gran parte de la cuenta, como la compensación y la atención sanitaria del 40% de los veteranos que regresan con incapacidades, muchas de las cuales son muy serias.

Financiación externa. Es más, esta guerra estuvo financiada de manera diferente que cualquier otra guerra en la historia de
Estados Unidos –tal vez en la historia reciente de cualquier país–. Normalmente, los países piden un sacrificio compartido, cuando piden a sus jóvenes, mujeres y hombres, que arriesguen sus vidas. Se aumentan los impuestos. Existe un debate sobre la carga a traspasar a las generaciones futuras. En esta guerra, este debate no existió. Cuando Estados Unidos entró en guerra, existía un déficit. Sin embargo, llamativamente, Bush pidió y obtuvo un recorte impositivo impulsivo para los ricos. Eso significa que cada dólar gastado en la guerra, en efecto, se pidió prestado.

Por primera vez desde la Guerra Revolucionaria, hace dos siglos, EE. UU. tuvo que recurrir a los extranjeros en busca de financiación, porque los hogares norteamericanos no han estado ahorrandonada . Cuesta creer los números. La deuda nacional se incrementó el 50% en ochos años, y de este incremento casi 1 billón de dólares se debe a la guerra –una cantidad factible de aumentar más del doble en diez años–.

¿Quién habría pensado que una administración podía causar tanto daño en tan poco tiempo? Estados Unidos y el mundo pagarán para repararlo en las próximas décadas.

Disponible en:
http://www.nacion.com/ln_ee/2008/abril/13/opinion1496174.html



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